Un universo detrás de una palabra

En los capítulos anteriores hemos podido ver que una construcción sintáctica adquiere significado sólo en función de las circunstancias implicadas en toda comunicación. Estas circunstancias pueden ser el medio, el contexto, la entonación. Estas circunstancias, en cualquier caso, son componentes sintácticos.

La frase «I am in London»…

…significa «Estoy en Londres» si se trata de hacerla comprensible a un hablante español que no conoce el inglés;

…significa que soy yo el que está en Londres si se trata de saber si soy yo o Mengano el que está en Londres;

…significa que estoy en Londres si se trata de saber dónde estoy ahora…

Etcétera.

No se puede, como se ha visto repetidamente, hablar del significado aislado (isolated) de una frase o de una palabra.

Además, en ocasiones, un signo puede ser tremendamente revelador para alguien y completamente opaco para otra persona.

La persona que puede entender el significado de un signo suele identificarlo intuitivamente con la forma sintáctica explícita, sin advertir el resto de componentes que le han permitido comprender ese significado. Como señala Hofstadter (1987):

«Cuando un código es muy familiar deja de ser visto como un código; uno olvida que existe un mecanismo decodificador. El mensaje pasa a ser identificado con su significación».

En consecuencia, si seguimos el proceso inverso:

«A medida que la descripción sintáctica se hace más profunda, lo que parecen ser problemas semánticos, entran incesantemente dentro de su ámbito» (Chomsky citado por   Eco,   1975).   

Posiblemente,   la  existencia   de componentes sintácticos implícitos y más o menos ocultos puede considerarse una de las causas que más dificultan el entendimiento entre la personas, ya sean ciudadanos comunes o incluso científicos, pues la leyes físicas también están sujetas a esa dicotomía entre lo implícito y lo explícito, ya que una ley física ha de ser formulada en una construcción sintáctica que no dejará de ser ambigua a pesar de su lenguaje técnico y preciso, puesto que su equivocidad sólo podría ser evitada por la omnisciencia (o recurriendo, de nuevo, a las mónadas de Leibniz, por ejemplo).

George Steiner resume admirablemente la compleja relación entre lo implícito y lo explícito:

«Por lo común, utilizamos una taquigrafía debajo de la cual yace un caudal de asociaciones subconscientes, deliberadamente ocultas o declaradas, tan extensas e intrincadas que probablemente sean un equivalente de la índole y de la singularidad de nuestro carácter de personas individuales» (citado por Hofstadter, 1987),

La distinción entre lo implícito y lo explícito también se encuentra en la base de la teoría de los campos semánticos ya comentada anteriormente.

2023. En un escrito reciente he examinado lo difícil que es aislar un elemento cualquiera y darle sentido sin recurrir a otros elementos. Este es precisamente uno de los tropos de Enesidemo y Agripa, el de la «relación», que trato en Sabios ignorantes y felices.
Este es un tema que interesaba mucho a los escépticos de la antigüedad grecolatina y también a la Escuela de los Nombres china (Ming jia): en especial el asunto concreto de la relación entre las palabras y las ideas mentales de quien las pronuncia o emplea y de quien las recibe, lee o escucha. No cabe duda de que es fácil ponerse de acuerdo en el elemento más explícitamente sintáctico, como las siete letras de la palabra «belleza» en español, pero es una fantasía creer que podemos saber a qué corresponde exactamente esa palabra en la mente de nuestro interlocutor. Como decían los también escépticos cirenaicos de Aristipo, lo único que conocemos con (casi) total certeza son nuestros propios pensamientos. Por eso, para entender el significado o la semántica que nuestro interlocutor le da a esas siete letras, nos vemos obligados a obtener de él o ella mucha más información, mucha más sintaxis. Todo eso ampliará nuestro conocimiento acerca de esa semántica ajena, pero nunca llegaremos a tener un conocimiento pleno (al menos en el estado actual de la neurociencia).

Quizá alguien dirá que «belleza» tiene seis letras, pues la «ll» aunque sea un dígrafo, representa también un sonido diferente, que podría representarse por un grafema propio, como se hizo durante décadas, antes de que la «ch» y la «ll» fueran eliminadas del abecedario. Y no me parece disparatada esa idea, pues soy partidario en principio de la regla «un fonema, un grafema». Como se ve, incluso en una cuestión tan sintáctica (en el sentido de opuesta a semántica) como las letras de una palabra puede existir ambigüedad y discusión.


Semántica y sintaxis en Inteligencia Artificial

Investigación acerca de la Inteligencia Artificial y la diferencia entre semántica y sintaxis , en relación con los argumentos de John Searle, Alan Turing y otros autores. A partir de un trabajo universitario escrito en 1989 o 1990.
Bibliografía | Semántica y sintaxis en Inteligencia Artificial

BIBLIOGRAFÍA Considero importante señalar que no he utilizado ni las respuestas de varios autores a Searle en The Behavioral  and Brain Sciences, ni un artículo…

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