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Una lectura del Zhuangzi

Otros mundos (que están en este) | Zhuangzi 3

Masasumi_Dapeng

«Tang y Ji también tuvieron una conversación de este tenor: «Arriba y abajo, y en las cuatro direcciones, ¿hay límites?», preguntó Tang a Ji. «¡Más allá de lo ilimitado sigue sin haber límites!», respondió Ji.

»En el septentrión, donde ni brizna de yerba crece, hay un vasto mar: un gran lago obra del Cielo. Vive en él un pez, cuyo ancho alcanza varios miles de li y del que nadie sabe cuánto mide de largo. Su nombre es Kun. Y hay un pájaro, nombrado Peng, cuyas espaldas semejan al Taishan, y sus gigantescas alas a esas nubes que ocultan el cielo. Sobre los remolinos de viento, como cuernos de carnero, se eleva hasta noventa mil li en lo alto del firmamento. Sobrepasando nubes y éter, con el cielo azul a sus espaldas, vuela hacia el sur y alcanza finalmente el mar meridional. Se burla de él un gorrión, de esos que hay en los charcos: «¿A dónde va ése’? Yo doy unos saltos, levanto el vuelo, y a pocas varas vuelvo a posarme; revoloteo entre las zarzas y artemisas; para eso está hecho el vuelo. Pero ése, ¿a dónde quiere ir?» He ahí la diferencia entre lo pequeño y lo grande» .

Tras leer este texto del maestro Zhuang, podemos recordar aquella frase de Paul Éluard que se hizo célebre gracias a un anuncio de colonia: «Hay otros mundos, pero están en este».

Ya hemos visto en El pájaro Peng que esos otros mundos pueden pasar inadvertidos a seres que son más pequeños que otros, como los mundos del pájaro Peng y el pez Kun, que viven experiencias a las que no pueden acceder la cigarra y la tortolilla.

Pero también puede suceder al contrario: quizá nosotros no percibimos mundos que sí perciben seres más pequeños. Las cigarras o las abejas perciben información que a nosotros nos pasa inadvertida. Por ejemplo, las abejas ven la luz ultravioleta y nosotros no. Los búhos y las lechuzas ven la luz infrarroja y nosotros no.

A principios del siglo XX, un biólogo llamado Jacob von Uexküll se opuso al darwinismo con argumentos realmente sugerentes. Una de las cosas que dijo es que los animales de un ecosistema determinado viven en mundos diferentes. En el rico fondo marino, lleno de estímulos muy diversos, como los  colores y la temperatura del agua, una esponja sólo percibe dos cosas: me toca/no me toca. Es como un ordenador digital: abierto/cerrado. A la esponja no le importa si lo que la toca es un pedazo de plancton verde, rojo o amarillo o un trozo de plástico, ella sólo percibe:

me toca|no me toca
abierto|cerrado
encendido|apagado
0|1

La esponja de Uexküll se parece al insecto del Zhuangzi: vive en el mismo mundo que nosotros, pero como si no lo hiciera: de los cientos de miles de estímulos posibles tan sólo recibe dos. NO hay colores, olores, sabores o temperaturas en su mundo perceptivo, es decir, en su mundo.

En Cartas biológicas a una dama, un delicioso libro que escribió para la que iba a ser su esposa, la condesa Gudrun de Schwerin-Schwerinsburg, Uexküll ofrece varios ejemplos brillantes que recuerdan muchísimo al Zhuangzi:

Karl Ernst von Baer«Karl Ernst von Baer ha construido una tesis muy ingeniosa. Supone que la vida de los distintos seres contiene el mismo número de momentos, pero con distinta duración, de modo que unas veces el momento abraza centésimas de segundo, y otras veces horas enteras. Existen, empero, animales que sólo viven un año y otros que viven un día. ¿Cómo se transforma para estos animales el aspecto del mundo, si su vida comprende el mismo número de momentos que la nuestra? Sí estuvieran provistos de entendimiento humano, los padres, al morirse en otoño, después de su año de vida, dirían a sus hijos que les espera todavía un largo período de vida, en el que han de soportar los horrores del frío y de la nieve; pero que no deben perder la esperanza, porque también a ellos les ocurrió lo mismo en su juventud, y luego llegaron mejores tiempos.

Los animales que no viven más que un día referirían a sus hijos este tiempo de horror como una vieja leyenda. El día y la noche serían meses para unos, media vida para otros.

A semejantes criaturas, todos los acontecimientos del mundo han de parecerles enormemente lentos. La bala que sale de la pistola ha de parecerles quieta en el aire. No deben tener ni idea del crecimiento de los árboles, como nosotros no tenemos del de las montañas.

Por otra parte, pueden imaginarse criaturas cuyos momentos se extiendan sobre un número mucho mayor de años. Para estos seres, las estaciones cambiarían, como para nosotros cambian los días. Transcurriría todo en un «tempo» acelerado. Las hierbas brotarían del suelo como surtidores. Verdearían, crecerían y morirían los bosques, como para nosotros las praderas. No se vería el sol; durante breve tiempo aparecería en el cielo un arco de fuego seguido de una corta oscuridad.

Jacob von Uexküll, Cartas biológicas a una dama

Lo que proponían von Baer y Uexküll, nosotros tenemos la suerte de poder verlo ahora gracias a la fotografía y el cine, que nos permiten presenciar en unos segundos el crecimiento de un árbol, o durante minutos el abrirse de un párpado humano.

Es fácil también hacer animaciones en Flash y otros programas para intentar entender cómo podrían ver el mundo esas «fantásticas criaturas». En la película Koyaanitqatsi hay hermosos ejemplos de maneras de ver el mundo a diferente velocidad.

Es muy posible que Baer o Uexkull fuesen la inspiración de un hermoso cuento de H.G.Wells, El nuevo acelerador, en el que se cuenta la experiencia de alguien que percibe los años como instantes y ve literalmente crecer la hierba.

La conclusión de todo esto es que nosotros percibimos un mundo que no perciben las cigarras o las abejas, pero que, del mismo modo, tal vez ellas perciben mundos que nosotros ignoramos y nunca podremos conocer y que no es que el animal se adapte al medio, sino que el animal vive, crea o se limita a un medio propio. Esa sería la tesis anti darwiniana de Uexkull.

Sea como sea, lo  que ahora me interesa es mostrar que nuestros criterios acerca de las cosas dependen del sistema de referencia desde el que las percibimos. Desde su limitado punto de vista, la cigarra y la tortolilla desprecian al pez Kun o el gorrión al pájaro Peng; desde su estrecho mundo de estímulos, la esponja ignora miles de aspectos de la realidad que la rodea.

 

Somos esponjas (en el mal sentido)

No hace falta ser una esponja para percibir un mundo limitado: basta con tener poca curiosidad. Personas que viven en el mismo mundo y pertenecen a la misma especie, como los seres humanos, pueden recibir miles de estímulos o solo unas cuantas decenas. Depende de la curiosidad de cada persona, porque, como afirma la psicología cognitiva, el ser humano no es un sujeto pasivo de laboratorio conductista, sino un buscador activo de información: no recibe pasivamente los estímulos, sino que también los busca.

Para volver a la relatividad de Zhuang Zi y a la de Einstein: es importante recordar que sostener que todo es relativo no significa decir que todo vale lo mismo, que todo es lo mismo o cualquier otra simpleza semejante.

 

El inculto relativismo cultural

 Es cierto que el relativismo se ha  entendido de esta manera muy sandía en los últimos decenios, dando origen al relativismo cultural, que excusa cualquier barbaridad, siempre y cuando la cometa alguien que tenga un sistema de creencias diferente al nuestro.

Dicen los relativistas culturales:

«Para ti, que vives en el occidente cristiano o agnóstico, con unos valores determinados, lo lógico es pensar que hombres y mujeres tienen los mismos derechos, pero para alguien que vive en una cultura musulmana, lo lógico es pensar que la mujer está al servicio del hombre.»

Sí, eso puede parecer lógico desde ese punto de vista. Del mismo modo, si el punto de vista de uno es que los cristales son muy digestivos, comerá cristales con la conciencia culturalmente tranquila, pero eso no impedirá que se le perfore el estómago y muera al poco tiempo.

kuhn la-estructura-de-las-revoluciones-cientc3adficasEl que una cosa se explique en relación a una cultura no significa que se pueda o se deba justificar esa cosa. Podemos entender que algo se hace de determinada manera por alguna razón, pero eso no nos impide opinar que tal costumbre, por muy coherente que sea con su sistema de referencia cultural, es también absurda, injusta o cruel.  Afortunadamente, también los sistemas de referencia culturales, como los inerciales de Einstein, pueden ser comparados y discutidos, aunque algunos discípulos del filósofo de la ciencia Kuhn piensen lo contrario (no el propio Kuhn, al parecer), que hablan de paradigmas o modos de ver el mundo inconmensurables, es decir, que no pueden compararse o enfrentarse entre ellos de manera razonable.

Thomas S.Kuhn popularizó la idea de los «paradigmas», en principio para explicar cómo avanza la ciencia. Por ejemplo, el paradigma newtoniano es sustituido por el cuántico y/o por el relativista (de Einstein). Los científicos que trabajaban en el paradigma newtoniano durante siglos de pronto se vieron obligados a abandonarlo, al menos cuando se trata de explicar el mundo subatómico o el de las altas velocidades.

Esta idea fue aplicada por los relativistas culturales a las culturas, y se dijo que no puede haber diálogo entre culturas distintas porque cada una tiene su propio paradigma. Eso nos llevaría a no poder juzgar las ideas de otra cultura, puesto que lo haríamos desde un paradigma distinto. Sin embargo, sostener la imposibilidad de diálogo entre paradigmas diferentes es un sinsentido: claro que es posible el diálogo entre la física de Newton y la de Einstein. Hubo mucho diálogo durante años y, al final, como sucede en algunos diálogos, fue uno de ellos el que ganó la discusión, en este caso Einstein.

La apertura a otras culturas no significa aceptar cualquier cosa simplemente porque nos llega marcada con un sello cultural, un sello que, por cierto casi siempre ha sido impuesto por los explotadores y jerarcas de cada cultura. La apertura significa escuchar con atención, discutir y modificar nuestros criterios si pensamos que tiene razón el otro; o intentar modificar los del otro si pensamos que tenemos razón nosotros. Sostener que diga lo que diga el otro será válido… porque pertenece a otra cultura, no es respetar a las otras culturas y personas, sino más bien despreciarlas. Es casi lo mismo que decir que no merecen siquiera que gastemos tiempo y razones con ellas. En mi libro acerca de los escépticos grecolatinos, Sabios ignorantes y felices, muestro que incluso el filósofo de la antigüedad al que se identifica con el relativismo, Protágoras, autor de la célebre frase «El hombre es la medida de todas las cosas», incluso él admitía que cada persona piensa que sus ideas son las correctas y que es bueno por lo general respetar que esa persona tenga ideas diferentes, pero también pensaba que era muy legítimo y razonable intentar que cambiase de ideas si consideramos que son erróneas, dañinas, peligrosas o simplemente incorrectas desde nuestro punto de vista. Y lo mismo podrá hacer esa persona respeto a nuestras ideas. Esa es una manera sensata, en mi opinión, de entender el relativismo.

También Montaigne entendía el relativismo como un diálogo que nos permite aprender y enseñar. Señaló que muchas de nuestras ideas eran sólo prejuicios de nuestra cultura y mostró que en muchos asuntos otras culturas opinaban de manera diferente. Para Montaigne eso no significaba «cada loco con su tema» y que cada uno haga o piense lo que quiera, sino que esas diferencias nos debían hacer pensar si no sería más razonable, por ejemplo, caminar desnudos (al menos en verano, o al menos en la playa); si no sería más razonable, como también decía el tahitiano imaginado por Diderot en su Suplemento al Viaje de Buganville, que nos amásemos de manera natural y que no tuviéramos miedo del sexo; si no sería más razonable reexaminar nuestras ideas acerca de la fidelidad, tras escuchar las palabras del tahitiano:

«Esos singulares preceptos los encuentro contrarios a la naturaleza y a la razón. Contrarios a la naturaleza porque suponen que un ser que siente, piensa y es libre puede ser la propiedad de un semejante.

¿No te parece sin sentido un precepto que prohíbe el cambio que está en nosotros mismos, que exige una constancia imposible y que viola la libertad del macho y de la hembra, atándolos para siempre el uno al otro, una fidelidad que pretende limitar el más versátil de los goces a un solo individuo, un juramento de inmutabilidad de dos seres de carne frente a un cielo que no es idéntico ni un solo instante? Créeme, habéis hecho la condición del hombre peor que la del animal».

Diderot, Suplemento al Viaje de Bouganville

El relativismo de Montaigne es lo contrario del de los relativistas culturales. No busca maneras de justificar el absurdo y la injusticia siempre y cuando los cometa otra cultura, sino aprender lo bueno de otras culturas y enseñar lo bueno de la nuestra.

Steven Pinker pone un ejemplo muy divertido cuando habla de un chamán siberiano y dice que es un farsante, un engañabobos, como lo es un mago de feria. Aunque parezca sorprendente, los antropólogos no suelen tenerlo tan claro y hablan de los chamanes como si realmente hicieran magia. Como dice Pinker: «Nunca miran detrás de la cortina para descubrir el truco».

shaman_siberia

Esta falta de juicio crítico cuando los protagonistas son exóticos es, insisto, una muestra de desprecio y de racismo más que de respeto, y explica la credulidad con la que fueron acogidos los escritos del célebre antropólogo y brujo farsante Carlos Castaneda. Más adelante tendremos ocasión de examinar el chamanismo en el Zhuangzi.

La suerte es que los seres humanos no somos esponjas (en el mal sentido) y la comunicación entre personas de distintas culturas es posible, a pesar incluso de que esa cultura nos haya educado en tres o cuatro parámetros básicos. Podemos ser esponjas en el buen sentido, en el sentido popular de absorber todo tipo de ideas: «Eres como uan esponja, todo lo asimilas». De hecho esa interrelación cultural es constante, aunque a menudo sólo se haya producido a través de la violencia.

Mussolini decía (¡mucho antes de los paradigmas de Kuhn!) que los sabios de Europa habían llegado a la conclusión de que no se pueden comparar culturas distintas de manera racional y razonable. La consecuencia que sacaba el dictador fascista era la misma a la que conduce el relativismo cultural en última instancia:

«Puesto que no se pueden comparar de manera racional ideas procedentes de diversas culturas, lo único que queda es la fuerza: la cultura más fuerte ha de prevalecer mediante el uso de la violencia si es necesario».

No es un pensamiento muy original, puesto que esa es la manera en la que se han relacionado las culturas desde el inicio de los tiempos: «O aceptas mis normas o te mato». Pero algunos pensamos que las culturas sí son comparables y que es preferible que nuestras ideas y nuestras culturas se maten entre ellas en vez de matarnos nosotros.

Del mismo modo que el marco de referencia del insecto o el del pasajero del tren solo dan cuenta de una realidad limitada, el marco de referencia de una cultura particular es sólo un fragmento de un marco de referencia mayor, que es el de la humanidad.

Quizá haya otros mayores, pero, ¿por qué quedarnos en la visión del insecto pudiendo alcanzar, al menos, la del pájaro Peng? ¿Por qué quedarnos con los paradigmas de Khun pudiendo quedarnos con el pez Kun?

Como sucede en el universo, tampoco aquí, en el mundo cultural y moral, hay verdades absolutas ni puntos fijos de referencia: se trata de una tarea sin fin, sometida a continua discusión y revisión, y por ello muy excitante.

Así pensaban Montaigne y Diderot y así pienso yo también cuando, en varios de mis libros, cuestiono muchos conceptos tradicionalmente respetados pero que, en mi opinión, son negativos:  la perfección en Defensa perfecta de la imperfección, la fidelidad en Elogio de la infidelidad, la identidad en  Nada es lo que, el problema de la identidad.

 


En el fragmento que estoy comentando del Zhuangzi, se menciona una conversación entre Tang y Ji que plantea un dilema interesante:

Tang y Ji también tuvieron una conversación de este tenor: «Arriba y abajo, y en las cuatro direcciones, ¿hay límites?» -preguntó Tang a Ji. «¡Más allá de lo ilimitado sigue sin haber límites!» -respondió Ji.

Es algo que recuerda el célebre problema que plantea Lucrecio en Sobre la naturaleza: ¿qué sucedería si un arquero lanzara una flecha en el confín del universo?

Mosca y Caja dan una respuesta en la Enciclopedia de filosofía de bolsillo: Lucrecio.


Nota acerca de Jacob von Uexkull

Dije que von Uexkul tenía sugerentes argumentos en contra de la teoría de la evolución de Darwin. Es cierto que eran sugerentes, pero creo que los mejores no chocan realmente con la teoría de Darwin, sino que son perfectamente compatibles con ella. Otro asunto es que Uexkull usara muchos de sus argumentos con una intención cercana al racismo, y de ahí su insistencia en que no todos los animales comparten el mismo medio o son iguales (él mismo se convirtió en nazi, dicen algunos, aunque he leído n otros lugares que sucedió tal vez lo contrario: habrá que investigar).

Más sobre Uexkhull en  2013

Uexkul se sintió cercano al nazismo y toleró o incluso dijo que mientras que la teoría de la influencia del medio darwiniana alentaba el bolchevismo la suya coincidía con el nazismo, pero he descubierto con alegría que tuvo tiempo de arrepentirse e incluso que mostró su disconformidad con la limpieza de «elementos judíos» que hicieron los nazis en la universidad (al contrario que su casi discípulo Heidegger, que la apoyó con entusiasmo). Uexkull mostró valerosamente su rechazo al uso de su teoría por los nazis en un discurso en la célebre reunión en la casa de la hermana de Nietzsche. Discurso que le obligaron a interrumpir. Murió en 1944 en Capri, poco después de la conquista de la isla por los aliados, quienes, al no encontrar a un cura católico, proporcionaron un rabino para su funeral. Lo cuenta Anne Harrington en Reenchanted Science: Holism in German Culture from Wilhelm II to Hitler


Más información acerca de personajes, lugares y conceptos en Enciclopedia del Zhuangzi 

La imagen del inicio es de «Masasumi Dapeng» by 竜斎閑人正澄 (Japanese) – scanned from ISBN 978-4-336-05055-7.. Licensed under Public Domain via Wikimedia Commons –

 

 

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