Oscar Wilde y el artista ingenuo… y escéptico

En La musa en el laboratorio mencioné en dos ocasiones la actitud que, creo, debemos adoptar en ciertos momentos, tanto durante la creación artística como durante la contemplación, ya se trate del arte, de la naturaleza o incluso ante un debate o un argumento. Como en el libro ya había dedicado algún capítulo a El crítico artista, un ensayo magnífico de Oscar Wilde, aquí retomé el tema, aludiendo ahora a la epojé o suspensión del juicio estética, que, al menos en este caso, no se debe interpretar como la conclusión de una discusión entre ideas que quedan equilibradas en una balanza, sino más bien como un estado de ánimo en el que nos mantenemos a lo largo de una investigación, una discusión o un acto de creación.

Ya sabemos que para Oscar Wilde todo buen artista debía ser también un buen crítico. Sin embargo, al mismo tiempo recomendaba entregarse a la obra de arte. Al menos al principio. Tanto a la obra de arte ajena como a la propia. Empezar por disfrutar. No juzgar. Ser inundado por la obra que tenemos delante, dejarnos llevar por la emoción ingenua cuanto podamos.
Ya habrá tiempo para analizar y juzgar más adelante, pero la primera reacción debe ser la de alguien que se entrega sin condiciones, tanto a la obra de arte ajena como a la nuestra, y no juzgar, no comparar: contemplar lo que tenemos delante como si nunca hubiéramos visto algo parecido. Esa difícil esquizofrenia en la que al mismo tiempo sabemos y no sabemos, somos expertos y somos aprendices, somos artistas y críticos, somos quien ha escrito el guión y quién lo lee por primera vez es, en mi opinión, una de las claves de la creatividad y del gran arte. Hablo de ese extraño equilibrio o equilibrismo un poco más adelante, al examinar lo que podemos aprender de los antiguos escépticos. (La musa en el laboratorio)

Si quieres leer esa referencia final a los antiguos escépticos, puedes hacerlo en esta entrada: Lo que nos enseñan los antiguos escépticos.

Descubre a los escépticos de Grecia y Roma.

Ariel editorial
568 páginas

Sabios ignorantes y felices: lo que los antiguos escépticos nos enseñan

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