Henri Salvador en Barcelona

El día 20 de julio [de 2004] fui con mi hermana y mi padre a ver a Henri Salvador en Barcelona. Salvador es un cantante famoso en Francia desde hace más de 60 años, quizá más de 70, puesto que debutó en 1933. ¿Cuántos años tiene? Noventa.

La longevidad es una de esas cualidades o características de los artistas que pensamos que es propia de nuestra época, pero tal vez sea una de esas cosas que siempre han existido (de eso hablo en Cosas que siempre han existido). Me parece recordar, pero tal vez me equivoco, que Sara Bernhard, la más célebre actriz francesa del siglo XIX también actuó hasta una edad muy avanzada.

Henri Salvador durante su actuación en el Teatre Grec de Barcelona en 2004 (la h de Henri no se pronuncia en francés.: «Enrí»)

Es razonable, al ir a ver a un artista de 90 años, que se dude de si no vamos a asistir a un concierto un poco triste o que acabe por provocar en nosotros un tipo de emoción muy semejante a la compasión. Hace unos años fui al último concierto de Chavela Vargas en Madrid (desde entonces, Chavela ha dado diez o doce «últimos conciertos» más), que no me pareció triste ni me movió a compasión, al menos no a causa de que Chavela tuviera 80 o más años (como es obvio, muchas de sus canciones son tristes).

Uno de mis conciertos favoritos, que no pude ver, pero que escucho a menudo, es el que dio Charles Trenet con 87 años. También recuerdo lo emocionante que fue escuchar Strangers in the night en una emisora de radio que trasmitía el último concierto que dio Frank Sinatra en Madrid. Aquel concierto no se llenó debido a que la prensa extendió la idea de que Sinatra ya apenas tenía voz (yo me lo creí, y después me arrepentí). Ante la falta de público, en el último momento los organizadores autorizaron a una emisora a emitirlo en directo para recuperar algo de la inversión. El concierto fue impresionante, escuchado desde mi radio, y es el que más lamento no haber visto en vivo (en vez de quedarme en casa llorando a solas).

En fin, para terminar con los ejemplos, hace poco fui al «último» que dieron los Rolling en Madrid (a mis amigos Helen y Oliver les sorprende que en España digamos los Rolling, puesto que en Gran Bretaña y EE UU dicen «los Stones»). Este concierto de los Stones con 60 años fue casi tan bueno como el de 1982 y, por parte de Mick Jagger, ni siquiera se notó que hubieran pasado 22 años (ni 40 desde sus inicios). Tampoco sería malo que se hubiera notado, por cierto. No fue tan emocionante como el del 82 porque en el del 82 cayó sobre el estadio una tormenta impresionante.

El propio Henri Salvador bromeó a lo largo de su concierto acerca de lo que le dijo su agente cuando le propuso hacer una gira con 90 años. Lo contó con muchísimo ingenio y humor, porque Salvador es un artista de esos que antes se llamaban «One Man Show», que no se limitan a cantar, sino que también cuentan anécdotas personales, chistes o bromas. Como Frank Sinatra.

Salvador incluso puso en escena un sketch divertidísimo en el último bis, interpretando a un actor que anuncia un whisky o una ginebra. Se trataba de uno de esos hombres o mujeres anuncio que en los inicios de la televisión aparecían  en las pausas publicitarias, y que se quedaban en la emisora todo el día, esperando el momento en que les tocase intervenir de nuevo. El personaje de Henri Salvador anunciaba una ginebra, así que cada vez que volvía a entrar en antena se tomaba un vaso y, claro, al final del día acababa completamente borracho. La interpretación de Salvador tambaleándose (a propósito) y farfullando un inglés ininteligible (también a propósito) fue fabulosa.

Sin embargo, un amigo con quien nos encontramos tras el concierto, y también un crítico en una reseña de prensa, dijeron que «todo estaba muy ensayado».

¡Por supuesto! Lo que no entiendo es que lo dijeran como si eso fuera algo malo. No conozco a nadie capaz de hacer un sketch como ese sin tenerlo perfectamente ensayado. Interpretar un sketch sin ensayar es condenarse uno mismo al ridículo, a la torpeza y a un resultado desastroso. Aunque soy un firme partidario de la imperfección (como pronto argumentaré en este diario eléctrico), la imperfección no significa necesariamente improvisación. De hecho, a menudo la buena improvisación surge cuando te sientes seguro en las líneas básicas de un número.

Naturalmente, los cómicos y actores saben que hay cosas que se pasan de cocidas, de ensayadas, y que empiezan a resultar frías e insípidas, sin fuerza. A mí, como director, no me gusta repetir más de dos veces un número cómico en el que intervienen comediantes (con los actores el asunto cambia un poco). Si se repite varias veces un gag, conviene cambiar algo, y lo habitual es que el propio cómico lo cambie sobre la marcha para recuperar frescura, sorprendiendo a sus compañeros. Pero el número de Salvador nos divirtió a todos (o a casi todos) y estaba en su punto preciso de cocción.

Precisamente lo mejor de los comediantes es cómo improvisan y cómo encuentran durante su actuación cosas que no estaban en el guión, pero un cómico dejado a su suerte también está perdido. Es casi seguro que Salvador improvisó donde menos sospecha el público que pudiera hacerlo. Incluso el gran Jango Edwards, rey de la improvisación, ensaya las líneas maestras de su actuación, elige que tres o cuatro números hará y repite números que ha hecho tantas veces que quizá no necesita siquiera repasarlos… Y después se mueve libremente e improvisa. Cuando vi a Jango Edwards en Barcelona el año pasado, el primer día la cosa no salió redonda porque tuvo que improvisar la traducción al catalán de su número (además de al castellano). El segundo día prescindió del catalán y el tercero lo incorporó de nuevo, pero mejor ensayado y bien unido al número (cuento los dos primeros días y el escándalo en Jango Edwards en Barcelona).

Además de todo lo anterior, lo más importante de la actuación de Henri Salvador fueron sus maravillosas canciones, algunas de sus dos últimos discos y otras antiguas (yo estaba deseando que cantara mi favorita, C’était toute mon enfance, pero no la cantó). Todas fueron una delicia: Siracusse, Une chanson douce, Jardin d’hiver, Chambre avec vue… También contó anécdotas de su amistad con Boris Vian, de cómo compusieron juntos una canción apresurada dedicada a una chica, y una canción curiosa en la que se menciona a Dalí y a Barcelona.


2020: otro ejemplo de longevidad artística es Julieta Serrano, con su magnífica interpretación en Dolor y gloria, de Almodóvar, ganadora a la mejor actriz de reparto en los últimos Goya. La vi hace no mucho en la presentación de mi libro Maldita Helena y hablé con ella hace unos días, en este aislamiento del coronavirus: su vitalidad y lucidez se mantienen en plena forma ahora que tiene casi la misma edad que Henri Salvador en aquel concierto.

He buscado mi canción favorita de Henri Salvador, C’était toute mon enfance. No ha sido fácil. Está en un álbum inencontrable de canciones para niños (Pinocchio). Pero en un programa de radio francés he conseguido por fin escucharla. Aquí la puedes escuchar tú.


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