Humo

Daniel Tubau

 

 

Cómo poseer el mundo

Leí en mi adolescencia, en un libro de ilustraciones de Gustave Doré para obras de Balzac, que Doré había exclamado en una ocasión: "¡Lo ilustraré todo!".

El deseo de apropiarse del mundo dibujándolo también me ha asaltado muchas veces, como le sucede al protagonista de mi novela Cautivos, cuando ve a una mujer muy hermosa y, más que poseerla, desea dibujarla.

Pero siempre he sido un mediocre dibujante y un mal pintor.

Sustituí el juramento de Doré por otro: "¡Lo pensaré todo!". Coincidía ahora con Aristóteles: "Una vida sin reflexión no merece ser vivida".

Después descubrí en las páginas del Fausto de Goethe que su protagonista invocaba al diablo para lograr cumplir el mismo propósito. Es el célebre "¡Detente instante!". Sólo cuando Fausto pida a Mefisto que el tiempo se detenga en un instante que desee eterno, le entregará su alma.

Como Fausto, como Goethe y como Joseph Glanwill llegué a creer que:

"El hombre no se doblega a los ángeles
ni cede por entero a la muerte
si no es por la flaqueza de su débil voluntad".

Descubrí, como Fausto, mi error, quizá gracias a Goethe y su Viaje a Italia, que leí durante mi viaje a Italia:

No pienso descansar hasta que todo deje de ser palabra y tradición para convertirse en concepto vivo. Desde mi juventud, esto fue lo que me impulsó y me atormentó; ahora, que me hago mayor, y después de haber padecido tanto tiempo e inmerecidamente el destino de Sísifo y Tántalo, quiero al menos alcanzar lo abordable y realizar lo factible.

 

Atalanta fgitiva

Atalanta fugitiva (Michael Maier)

 

El mandato del cielo

 

En la antigua China se consideraba que los emperadores obtenían su legitimidad del Cielo, de manera semejante a como en la Europa medieval la obtenían de Dios ("que está en los cielos"):

 

La permanencia de una dinastía está refrendada por el ’Mandato del cielo’ (Tianming). El cielo (Tian) permite a los emperadores gobernar, sólo si administran de forma acertada el poder. Si el gobierno entra en decadencia, los emperadores pierden el mandato del cielo.
               (Ana Aranda en La modularidad china)

 

La idea china del "Mandato del Cielo" era un poco más compleja que la simple afirmación de que el Cielo decidía qué dinastía o emperador debía reinar. Porque para seguir gozando del mandato del cielo, un emperador debía cumplir ciertos requisitos. No se trataba de algo tan caprichoso como la voluntad de un Dios inescrutable o de la predestinación.

El mandato del cielo tenía entre uno de sus aspectos más importantes la justicia y el bienestar del pueblo.

Kung Zi (Confucio) y su discípulo Meng Zi (Mencio) justificaron en sus escritos la rebelión contra los monarcas que se separaban del mandato del cielo. Meng Zi justifica incluso el tiranicidio:

 

"Si los diferentes príncipes reinantes, por la tiranía que ejercen sobre el pueblo, ponen en peligro los altares de los espíritus de la Tierra y de los frutos de la tierra, entonces el Hijo del Cielo los despoja de su dignidad y los reemplaza por príncipes sabios." (Men Zi)

 

La cosa no es tan extraña si pensamos que en el pensamiento cristiano medieval también se admitía esa posibilidad. Así lo hace, por ejemplo, Juan de Salisbury en su Policraticus:

 

"De todo lo cual resultará fácil ver que siempre fue permitido adular y embaucar a los tiranos, y que siempre fue honesto quitarles la vida, si no se les podía poner coto de otro modo"

 

Por eso era tradicional en la historiografía china describir al último emperador de una dinastía como desastroso, porque así se podía justificar el cambio de dinastía a causa de la pérdida del mandato del cielo. Por el contrario, el primer emperador siempre era estupendo.

Todas las dinastías empiezan bien porque tienen el mandato del cielo y todas acaban mal, porque lo han perdido.

Wu Zetian

La única emperatriz china, Wu Zetian, es la primera y última de su dinastía, la Zhou, por lo que se la podía considerar enviada por el cielo y, también, rechazada por el cielo. Los historiadores chinos tradicionalmente se han decantado por la segunda posibilidad y la han presentado con los más oscuros colores, aunque actualmente esta opinión es muy discutida.

 

¿Y cómo se sabía si un emperador había perdido el mandato del cielo?

Generalmente gracias a los desastres naturales, que eran las señales que enviaba el cielo.

Cuando se sucedían los desastres naturales, eso significaba que había que cambiar de dinastía o de soberanos.

El más terrible terremoto del siglo XX tuvo lugar en China en 1976, pocos meses antes de la muerte de Mao Zedong, por lo que muchos consideraron que había anunciado el gran cambio que se produjo en China a la muerte del Gran Timonel, que culminó con la elección como líder supremo del Pequeño Timonel, Deng Xiaoping, al que cada vez más historiadores consideran el verdadero artífice de la modernización china y de su previsible conversión en primera potencia mundial (yo comparto esa opinión).

Deng Xiaoping

 

Deng Xiao Ping era uno de los enemigos de Mao Zedong, pero fue también uno de los pocos que logró sobrevivir a sus purgas, porque todos en el Partido Comunista, incluido Mao, sabían que era el único capaz de arreglar los sucesivos desastres económicos causados por Mao.

 

Los desastres naturales en Myanmar (antigua Birmania), un país gobernado por una Junta Militar que sólo tiene el apoyo decidido de China, y los más recientes en la propia China, poco después de la represión en Tibet, han hecho a muchos pensar que los actuales dirigentes han perdido el Mandato del Cielo y que se avecinan cambios importantes.

Aunque es perfectamente previsible que se produzcan cambios en China (lo cierto es que se están produciendo constantemente), probablemente ahora gracias a los Juegos Olímpicos, no parecen razonables, bajo ningún punto de vista, los supuestos avisos del Cielo. Porque, si el Cielo desautoriza a los dirigentes que no gobiernan bien a su pueblo, ¿por qué lo hace maltratando aún más al pueblo?

Lo razonable sería que castigase tan sólo al dirigente, como, según los historiadores chinos hizo durante la dinastía Ming, el 9 de mayo de 1421, cuando un gran incendio destruyó la Ciudad Prohibida:

 

"Esa noche...cayó un relámpago en lo alto del palacio que había sido construido recientemente por el emperador. El fuego que se inició en el edificio lo envolvió de tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha."

 

El propio trono imperial quedó reducido a cenizas y el emperador Zhu Di se fue al templo a rezar y lamentarse:

 

"El Dios del Cielo está enfadado conmigo, y, por tanto, ha quemado mi palacio, aunque yo no he cometido ninguna mala acción... Quizá se ha cometido alguna trasgresión de la ley ancestral, o alguna perversión de los asuntos de gobierno... Quizá los castigos y los encarcelamientos han sido excesiva o injustamente aplicados a los inocentes... En mi confusión no puedo encontrar la razón".

 

El emperador fue a partir de entonces de mal en peor, hasta que murió en medio de una desastrosa expedición militar. Su hijo, nada más acceder al trono, proclamó un decreto mediante el cual señalaba la causa del enfado del Cielo: las expediciones navales alrededor del mundo del almirante Zhen He.

Zheng He

El almirante Zheng He, que navegó en gigantescos barcos a tierras lejanas (se discute si descubrió América en 1421). Cuando regresó a China, cargado de tesoros y novedades, descubrió que la política de apertura y descubrimiento había acabado y que China iniciaba un período autárquico y aislacionista, de espaldas al mar. De este modo, China, que entonces estaba tal vez estaba a punto de convertirse en la primera potencia mundial, comenzó su larga decadencia.

 

Lo cierto es que a mí me parece escuchar, bajo los truenos celestes, el rumor de las pisadas de los mandarines, que se oponían a una China abierta al exterior y cosmopolita. Tal vez la metáfora del incendio de la Ciudad Prohibida hay que entenderla como una descripción literal de lo que sucedió:

 

"De tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha."

 

Antonio Salmerón y Wang Wei

Antonio Salmerón me contó que hace tiempo encontró el juego que consiste en traducir un poema de Wang Wei y que "aprendió mucho".

Ahora él hace unas impresionantes planchas en las que traduce poemas chinos de una manera exhaustiva: en caracteres tradicionales (que todavía se emplean en Taiwan); en caracteres simplificados (que se usan en la China continental), y en caracteres tradicionales en vertical y con trazo de pincel. Además, ofrece una traducción de cada carácter, y una etimología gráfica de algún carácter del poema, mostrando su origen pictográfico y su evolución, como en este ejemplo:

Wang Wei "Shan"

Finalmente, ofrece una traducción completa en la que emplea diversos colores para distinguir las diversas funciones de las palabras. A eso se añaden otros detalles, como una recomendación bibliográfica o unas notas acerca del poema.

Es un trabajo realmente impresionante y muy hermoso. Creo que también es una excelente herramienta para aprender chino.

Puedes verlo con este enlace:

Wang Wei «Lu chai»

Desde aquí agradezco a Antonio su mensaje y le felicito por su asombrosa creación.

La impronta

También nosotros tenemos la impronta humana: nos gustan los humanos. Un hecho que tal vez sea más asombroso de lo que parece. Si fuéramos espíritus o robots, ¿no sentiríamos asco hacia los humanos?

 

 

Quaerendo invenietis

La búsqueda del objeto desconocido y sólo intuido nos conduce a la creación del objeto buscado, que, finalmente, encontramos en el exterior, pero tan sólo porque ya hemos creado el doble interno, y en realidad previo, con el que se corresponde, y sin el cual era imposible descubrirlo.

 

 

 

|


 

 

 

 

.. ..

Julio de 2008

8   Cómo poseer el mundo

 

Mayo de 2008

 16  El mandato del cielo                       
   9  Antonio Salmerón y Wang Wei
   8  La impronta   
   7  Quaerendo invenietis     

 

 

 

 

 

 

 

Si buscas el blog anterior:

 cambiante Cambiante

 

 

   

Si visitas la página de juegos con palabras Cibernia encontrarás los siguientes juegos:


Cibernia Cibérnia
        Los swifities de King Los swifities de King
        Fritz Mauthner La doble etimología de Mauthner
         Noam Chomsky  La ambigüedad de Chomsky y Pinker
         Charles Perrault El narrador intruso de Perrault

Otras páginas de juegos:
Cadáveres exquisitos Cadáveres exquisitos

Próximamente

La cuarta pared (marcóticos) La cuarta pared/Marcóticos (Marcos Méndez)
En busca del fuego En busca del fuego (Roser Amils)
Titania (Leafar) Titania (Leafar)
La oficina imaginaria (Max) La oficina imaginaria (Max Desastre)
Las mareas de la memoria (Natalia Tubau) Las mareas de la memoria (Natalia Tubau)
Sin nombre, weblog de Bruno Tubau Sin nombre (Bruno Tubau)
Persianas Persianas (Natalia Tubau)
Pastecca Pastecca (Iván Tubau)
Centésimo de Bruno Tubau Centésimo (Bruno Tubau)
Phone Dolls Phone Dolls (Ana Aranda)
La página de Walter Ego La página ególatra (Walter Ego)
fuenteamor El prado eléctrico (Fernando P.Fuenteamor)
enessencia Enessencia (Judit Porta)

ATENCIÓN: Aquí puedes ver los artículos publicados en la página, pero para leerlos tienes que ir a la página: El resto es literatura

Martin Amis       
      Amis y la muerte de la novela      
L.Frank Baum
     
       El mundo de Oz     
Ambrose Bierce
   
Ambrose Bierce: el diccionario del diablo El diccionario del diablo
Jorge Luis Borges Jorge Luis Borges      
       Instantes
de Jorge Luis Borges       
       La mirada crítica y el poema instantes       
       Borges, Cortazar, el kitsch y los relojes
Bertolt Bretch

Elias Canetti Elias Canetti
Una investigación sobre la manía de escribir
1 2 3
Giacomo Casanova
Una cita de Casanova      
Benvenutto Cellini
     
El artista renacentista egocéntrico
Miguel de Cervantes Miguel de Cervantes     
Don Quijote y los pedantes     
El Quijote de Avellaneda
Chñejov Chéjov     
Nick Cohn
     
A Wop Bop A Loo Bop     
Arthur Conan Doyle
     
Sherlock Holmes y su autor     
Alvise Cornaro
     
Cornaro el nonagenario
.

Thomas De Quincey     
El palimpsesto     
Du Deffand
     
Madame Du Deffand    
Denis Diderot
    
La paradoja del comediante revisitada
Lawrence Durrell
    
El cuarteto de Alejandría

Panel Content...

Edward Gibbon     
La decadencia del imperio romano     
El Gibbon-O-Mattic
Algunos retratos de Goethe Johann W.Goethe
     
Otro viaje a Italia
Thomas Hardy
Un par de ojos azules

Samuel JOhnson Samuel Johnson     
El espejo de Samuel Johnson     
Samuel Johnson el perezoso     
Johnson el perezoso
Stephen King Stephen King     
Mientras escribo y Stephen King      
Escribir      
El juego de los Swifties
Izumi Kyoka   
El mundo intermedio
   
Kyoka y el casamiento

Lichtenberg Lichtenberg     
      Aforismos      
      Lichtenberg      
      Breve semblanza de Lichtenberg      
       Las figuras de Lichtenberg
       Aforismos de Lichtenberg 2
       Lichtenberg      
       Lichtenberg: más sobre el optimismo      
       Placer y dolor      
       Fin de Mazda con Lichtenberg      
       El salmo 90      
        La regla de oro de Lichtenberg      
       El hombre en la ventana

Mauthner y Wittgenstein Fritz Mauthner     
   Mauthner y Wittgenstein     
   Proust y Mauthner     
   El juego de Mauthner
McPherson
     
   Ossian
Robert Musil
     
   Escritos póstumos publicados en vida     
   Un principio de la más excelsa crítica

 

Pedro Olalla
Atlas de Grecia Mitológica.

Karina Pacheco
La voluntad del molle     
Pániker
     
El cuaderno amarillo de Pániker
Charlotte Perkins Gillman
     
Dellas     
Pitigrilli
     
Plutarco     
Plutarco el charlatán     
Marcel Proust
     
El espejo y Proust      
Proust, coincidencias      

Kenneth Rexroth.

Ijara Saikaku
Amores de un vividor      
Arno Schmidt
     
La república de los sabios     
Arthur Schnitzler

Antal Szerb
     
El viajero bajo la luz de la luna
Una tragedia shakesperiana William Shakespeare
     
McLuhan y Shakespeare     
Una tragedia Shakesperiana     
Shakespeare según Johnson

Tassoni     
Las dedicatorias de Tassoni

Ludwig Wittgenstein     
   Mauthner y Wittgenstein

Liu Zongyuan     
Un prólogo de Liu Zongyuan
Stephan Zweig
El legado de Europa

Lo.

Mediante estos menús puedes navegar por todas mis páginas.

La página está configurada para que puedas imprimir cualquier entrada sin problemas de encaje en la página. Si sólo deseas una parte del texto, lo más sencillo es seleccionar ese texto y elegir la opción "selección" en la impresora.

Si descubres que algún vínculo no funciona, me harías un favor escribiéndome a danieltubau@gmail.com

rss