

Daniel Tubau
Gottlob Frege: sentido y referencia (Filocomic 2)
Gottlob Frege es uno de los creadores de la lógica moderna. Su objetivo como investigador era demostrar que las matemáticas se podían explicar mediante reglas lógicas. En su opinión, la lógica era la ciencia básica a partir de la cual se pueden y deben construir todas las demás. Es una variedad de reduccionismo llamado logicismo.
El filósofo británico Bertrand Russell le hizo un gran favor a Frege al llamar la atención de la comunidad pensante hacia sus trabajos, hasta entonces casi desconocidos. El joven Russell también acabó con los sueños del anciano Frege. Cuando se hallaba cerca de la confirmación de su teoría, recibió una carta de Russell, en la que le decía que había encontrado un fallo en sus teorías. Es la paradoja de Russell, la de las clases que se contienen a sí mismas (de eso hablaré en otra ocasión, cuando se me ocurra un chiste).
La respuesta de Frege fue que la paradoja de Russell hacía tambalear la aritmética:
“Frege quedó tan desasosegado por esta contradicción que dio de lado el intento de deducir la aritmética de la lógica, al cual, hasta entonces, había dedicado principalmente su vida”.
Tiempo después, un Russell ya mayor se encontraría con un discípulo que le puso en una situación semejante a la que él había causado a Frege. Se trata de Wittgenstein, pero tampoco hablaré de él en este momento.

Bertrand Russell poco antes o poco después de destrozar los sueños de un anciano
Uno de los hallazgos más interesantes de Frege no se ve afectado por la destrucción de su sueño logicista. Se trata de la distinción entre sentido y referente.
Una cosa es, dice Frege, el sentido de una expresión y otra su referente o referencia.
El ejemplo más célebre para entender esta idea es la comparación que propone Frege en Sobre sentido y referencia entre el lucero de la mañana y el lucero de la tarde.
Los antiguos griegos se habían dado cuenta de que por las mañanas, cuando todavía no es pleno día, aparecía una luz muy brillante en el cielo. También observaron que por la tarde, cuando el sol ya se ocultaba, se podía ver otra luz muy brillante. También descubrieron que esas luces no podían ser estrellas (cuerpos fijos en el firmamento, según se creía entonces), sino cuerpos errantes, como lo era la Tierra. Así que los llamaron planetas, es decir “errantes”.
Los dos luceros, el que se veía por la mañana y el que se veía por la tarde, eran planetas.
Dicho en la nueva terminología que propuso Frege a finales del siglo XIX, había dos sentidos, dos expresiones: “lucero de la mañana” y “lucero de la tarde” y cada una tenía su propio referente: la cosa que brillaba en la mañana y la cosa que brillaba en la tarde.
Sin embargo, alguien descubrió, tal vez después de un viaje a Egipto o Babilonia, que esas dos luces eran causadas por un mismo objeto: el planeta al que llamamos Venus. No se trataba, pues, de dos planetas, sino de uno solo.
Ahora, dice Frege, seguimos teniendo dos sentidos, el lucero de la mañana y el lucero de la tarde, pero sólo hay un referente, pues las dos expresiones se refieren al mismo objeto.
Es interesante darse cuenta de que, a pesar de tener el mismo referente, se puede tener distinto sentido y que el lucero de la mañana no es exactamente lo mismo que el lucero de la tarde.
Por ejemplo, si pensamos que:
lucero de la mañana= lucero de la tarde
Si fuesen lo mismo, ¿por qué parece adecuado decir “Ayer por la mañana vi el lucero de la mañana”, pero suena absurdo decir: “Ayer por la mañana vi el lucero de la tarde”.
Si fueran lo mismo, entonces sería verdad que “lucero de la mañana” tiene tantas letras como “lucero de la tarde”, pero eso no es cierto, pues “lucero de la tarde” tiene una letra menos.
Aquí nos detenemos, ahora que el lector ya puede entender el chiste de mi nuevo capítulo de Filocomic, porque, esta introducción sólo tiene un sentido: hacer comprensible un chiste. Ya sé que algún lector dirá que mal chiste es aquel que necesita tanta explicación previa. Probablemente tendrá razón.
El chiste, por cierto es una adaptación de un acontecimiento real. Sucedió en la cafetería de la Universidad Complutense, donde estudié Filosofía, un día en que estaba con mi amigo Manuel Abellá deseando desayunar. Aquí lo he adaptado a una muchacha en un bar.
FILOCOMIC 2
Sentido y referencia
(Gottlob Frege)




Filosofía barata, y otros salones digitales de Rafael Aguilar
Hace tiempo que quería recomendar el salón digital de mi gran amigo Rafael Aguilar Filosofía barata. Lo hago ahora que él se me ha adelantado y me ha dejado entrar en una de sus salas con el primer capítulo de mi Filocomic.
En Filosofía barata encontrarás breves entradas relacionadas con la filosofía, divertidas e iluminadoras.
Además, Rafa tiene otro salón digital absolutamente delicioso dedicado a la fotografía, Titania, que recomiendo visitar.

Una foto de Titania (sin usar Photoshop para retocarla)

"Piensa en verde" (también en Titania)
Dentro de Titania, además de la colección principal, hay otras series...
Una de las fotografías de La ciudad no tiene fin, con el cielo impresionante de Madrid

Vídeos en Cosas que pasan cuando no está pasando nada. En la esquina inferior derecha se puede ver al autor, Rafael Aguilar

Fotografía de Detalles

En Confesiones de un comedor de palomitas en San Lorenzo de El Escorial (Rafael se alimenta fundamentalmente de palomitas, aunque a muchos les resulte difícil creerlo)

En la colección La soledad

En la colección Puerta
Aquí tienes los enlaces a Filosofía barata y a Titania, aunque también puedes encontrar los vínculos en el menú flotante lateral, dentro de la pestaña AMIGOS.
Reduccionismo y teorías religiosas
Hace dos años encontré en una biografía de Leonardo Da Vinci, escrita por William Kemp, un párrafo interesante, que me hizo tomar unas notas saltinbanquis, de esas en las que uno divaga de acá para allá:
"Leonardo se proponía someter los “efectos” que él observaba en la naturaleza a un riguroso escrutinio, de modo que pudiera discernir sus “causas”, sus “razones” o sus “principios” básicos."
Es lo que se llama el programa reduccionista, el intento de encontrar unas pocas causas que expliquen una gran variedad de fenómenos. Como critico a menudo el reduccionismo, a muchos lectores puede parecerles que estoy en contra de este programa de investigación, pero no es así. El filósofo al que más admiro es precisamente el padre del reduccionismo: Demócrito.
Siento una tremenda admiración y fascinación hacia quienes encuentran las causas simples que se hallan bajo fenómenos complejos. Creo que mediante el reduccionismo podemos encontrar grandes respuestas y soluciones y podemos descubrir las causas de qué existan y funcionen cosas complejísimas, desde el ser humano al clima.
Pero encontrar las causas de que existan no significa siempre explicar mejor las cosas. Por mucho que nos ocupemos del movimiento de las partículas subatómicas, no explicaremos mejor por qué una tormenta se ha desviado, o por qué alguien ha golpeado a su mejor amigo.
Porque existen propiedades emergentes que surgen de la combinación de esos elementos mínimos.
De todos modos, aunque llegásemos a pensar que fuera posible que todo se pudiera traducir a movimientos de piezas mínimas, la explicación sería tan farragosa e incomprensible que no valdría la pena. Sería algo así como explicarle a alguien cómo funciona un programa de diseño informático en lenguaje máquina, es decir, sólo con ceros y unos.
Tengo que aclarar también que cuando digo que Demócrito es el fundador del reduccionismo, hay que matizar que ya había antecedentes, pues casi todos los filósofos que le precedieron seguían también en cierto modo un programa reduccionista y hablaban de los cuatro elementos de los que todo está compuesto, o ideaban una nueva causa, como el nous de Anaxágoras.
Incluso las explicaciones religiosas seguían el programa reduccionista: la multiplicidad de fenómenos de la naturaleza se explicaba por la intervención de un número limitado de dioses.
Desde este punto de vista, el monoteísmo reduce las causas a una: una única causa para todos los efectos (Dios).
Sin embargo, resulta dudoso que una sola causa pueda causar algo. Quizá, por ello, en la explicación religiosa del mundo resulte más correcto el dualismo, por ejemplo el de los maniqueos.
Lamentablemente también dudo que dos causas o elementos puedan crear algo. Seguramente, como escribí en un ensayo adolescente de metafísica, hacen falta tres elementos, o tal vez cuatro.
Por otra parte los dioses de la India serían un ejemplo de pluralismo extremo: el número de los dioses parece superar el número de las cosas.
Finalmente, el ejemplo máximo del pluralismo sería el panteísmo, que ve dioses en todas las cosas.
Con lo anterior se podría escribir algo interesante, porque, aunque el monoteísmo, el dualismo y el paganismo parecen más cerca de un programa científico (pues son más reduccionistas), el panteísmo podría usarse para ilustrar un programa científico que sin negar las causas básicas (la sustancia divina que hay en todo) al mismo tiempo cree que hay propiedades emergentes (los dioses concretos que están en todas partes).
En cualquier caso. Demócrito es, en el contexto de su época, un poco más pluralista, o menos reduccionista, pues aunque propone los átomos, también habla de diferentes tipos de átomos (ganchudos, lisos...) frente a los cuatro elementos tradicionales.
(2007)
Un chiste de Epicarmo
Epicarmo fue un poeta siciliano. Había nacido en la isla de Cos, pero a los tres meses sus padres lo llevaron a Sicilia y vivió mucho tiempo en la ciudad de Siracusa.
Para Platón, era el mejor comediógrafo que había existido, y como autor su estilo era comparable al de Homero. Apenas quedan de él fragmentos. En una de sus obras, tal vez en una llamada Triakades,contaba la historia de dos personajes que se perseguían a causa de las deudas. Allí, según parece, se contaba el chiste que he adaptado en la primera entrega de una nueva serie de comic que empiezo hoy (Filocomic).
FILOCOMIC
Heráclito y su deudor



Salones digitales en 2005
En un antiguo blog, Il Saggiatore, publique en 2005 una entrada en la que comparaba los weblogs (denominación que hoy ya no se estila) con los antiguos salones. Incluso anunciaba que el siguiente blog se llamaría Salón digital. Sin embargo, han pasado cuatro años hasta la inauguración de este Salón digital. Incluso me olvidé de la idea original, que he encontrado ahora navegando al azar por mis propias páginas. Recupero aquí dos entradas que publiqué en Il Saggiatore.
¿Son los weblogs como los antiguos salones?
Los weblogs son muchas cosas y no son ninguna. Pero es posible que sean, o que algunos weblogs sean, una actualización de los antiguos salones. Eso me parece fantástico, porque yo creo que mucha de la mejor filosofía no se hizo en las Universidades ni en los gabinetes de los pensadores sesudos.
Si una filosofía no se puede explicar en un salón, de manera más o menos entretenida, a un público atento, pero que también se distrae de vez en cuando mientras escucha, quizá sea una gran filosofía, pero seguramente quien la expone no es un gran filósofo.
Eso lo aprendí de Platón, pues también se aprenden cosas de Platón (a veces parece que Platón y Sócrates sólo perdían el tiempo en charlas inútiles, que tampoco está mal), cuando decía que el mejor médico es aquel que sabe hacerse entender por sus pacientes.
Pero tampoco hay que tomarse esto completamente a la letra, pues ahora se me ocurren excepciones o matices, para distinguir entre los pensadores creadores y los pensadores ejecutantes, como puede pasar con los músicos: un buen compositor no está obligado a ser un buen intérprete (y menos de todos los instrumentos para los que compone).
En fin, que los weblogs son como salones en los que uno tiene visitantes más o menos regulares y otros que aparecen de vez en cuando. Algunos visitantes charlan y cuentan cosas en este o aquel salón, y a veces tienen su propio salón en el que también reciben visitantes. Y hay conversaciones que se alargan y otras breves, quizá porque el tema no da más de sí o porque quien habla no es estimulante. Y en cada salón hay una sala principal, que es el weblog propiamente dicho, y otras dependencias más ocultas, algunas casi privadas, incluso algunas inesperadas. Y hay un anfitrión e invitados que presentan a otros invitados, y desconocidos que entran (con más facilidad sin duda que en los salones de antaño) y algunos echan un vistazo y se van y otros se quedan.
Es una metáfora interesante que desarrollaré en mi próximo salón o weblog y que, como habrás intuido, se llamará algo así como Salón digital o Salones Tubau o algo parecido.
(Il Saggiatore, 16 de diciembre de 2005)
La segunda entrada relacionada con el asunto de los salones digitales la publiqué unos días más tarde, el 24 de diciembre de 2005:
Los salones digitales. Primera parte
Hace unos días comparé los weblogs y las páginas web con los antiguos salones. Creo que es una comparación interesante, que permite ver mejor el mundo web, al mirarlo desde un punto de vista diferente a la comparación habitual con un libro.
Esta es la verdadera utilidad de las metáforas y las comparaciones, porque casi todo nuestro conocimiento es metafórico: conocemos algo nuevo anclándolo a algo ya conocido.
Por eso en el delicioso libro indio Las preguntas de Milinda, en el que discuten el sabio budista Nagasena y el rey greco-indio Milinda (Menandro), cada vez que el griego tiene una dificultad para entender algo le dice al sabio: "Hazme una comparación".
Y el arhat Nagasena le hace una comparación tras otra, como aquella en la que muestra cómo es posible la transmigración de las almas si pensamos en un mismo fuego que pasa a otra vela antes de que la primera se extinga.
Pero también hay que saber que las comparaciones son sólo comparaciones, no semejanzas absolutas: nada es igual a otra cosa, porque, si fuera igual, sería la misma cosa.
Comparar las páginas web con los salones, los libros, las charlas de café o las tertulias, nos permite percibir cosas que de otro modo nos podrían pasar desapercibidas, pero también puede ser una trampa, porque puede ocultar las diferencias que existen entre cosas que catalogamos como semejantes.
Así que hablaré ahora de las semejanzas entre dos cosas distintas y de las diferencias entre dos cosas semejantes. Precisamente, una de las definiciones que más me gusta, y que tal vez sea mía, de la inteligencia es: "Encontrar lo diferente en lo semejante y lo semejante en lo diferente".

Las páginas web son como los libros porque en ellas hay letras, frases, párrafos, capítulos.

Las páginas web se diferencian de los libros, y se parecen a los antiguos rollos egipcios, griegos y romanos, porque tanto en webs como en rollos tiene sentido decir: "Como dije más arriba" o "Como diré más abajo", mientras que en los libros eso no siempre es verdad.
[La imagen del rollo y el texto pertenece a Cómo debe ser una página web, donde hablo de temas parecidos a los de está entrada].
Páginas web y salones
Las páginas web se parecen a los salones por lo que dije hace unos días.
Ahora bien, como le dije hace unos días a Pilar en respuesta a un comentario (puedes leerlo aquí), en estos salones digitales uno entra sin llamar. No hay timbres, ni porteros en la puerta que te miren de arriba abajo y decidan si eres digno o no de entrar.
Pero es cierto que a veces las puertas están cerradas a cal y canto, porque no hay ningún modo de enviar un comentario. En ese caso, esas webs o weblogs no se parecen a un salón, sino a un monólogo que uno puede escuchar si le apetece, pero sin poder convertirlo en diálogo. Es como si uno hablase a solas en el salón de su casa pero pusiera unos altavoces en la fachada para que en la calle todos pudieran escuchar lo que se le va ocurriendo.
Dicho así, y dada la mala fama que tiene la palabra monólogo, la cosa suena bastante mal, pero al fin y al cabo, la historia de la literatura es la de un continuo monólogo en el que los monologuistas usan altavoces de papel, a veces encuadernados en tela.
El único problema del monólogo es cuando se emplea en un lugar inadecuado, es decir siempre que uno no está sólo, donde lo mejor, sin duda, es el diálogo.
Hay, sin embargo, otras variantes de monólogo públicas, por supuesto, como los mítines o las conferencias. Incluso hay un tipo de monólogo que casi parece diálogo: el de los líderes de las manifestaciones (que yo tengo el disgusto de escuchar todos los fines de semana porque en Madrid siempre suben por calle Atocha) que van diciendo a los demás manifestantes lo que tienen que decir. Y los demás lo dicen, al menos muchos de ellos, y, de algún modo, supongo, sienten que están dialogando. Pero eso no se diferencia demasiado a lo que decía la canción de François Hardy: "Yo soy tu ruido de fondo y tu mi pared."
Pero en las páginas web en las que no hay la posibilidad de enviar comentarios, a veces todavía queda un resquicio para la comunicación si la autora o el autor de la misma ha dejado su dirección de correo electrónico. En ocasiones, como en alguno de mis weblogs secretos, ni siquiera hay dirección de email, porque uno sabe que a través de la dirección de correo electrónico pueden ser encontrados esos weblogs.
[Elimino un fragmento acerca de los comentarios en los blos, que resulta técnico e ilegible]
(...) Una de las características de los antiguos salones es que allí había ciertas costumbres: un día determinado se recibía a estos o a aquellos; había una hora en la que se servía el chocolate y se hablaba de cosas más ligeras y los visitantes lo sabían y contenían su trascendencia.
Aunque yo soy enemigo jurado de los hábitos, admito que mi página web puede ser un caos indescifrable. Es como si mi salón estuviera casi a oscuras y los visitantes tuvieran que orientarse dándose golpes con las sillas, perdiéndose en un laberinto de salas, sin saber como regresar a la principal o cómo llegar a una de la que han oído hablar. Por ello voy ordenando poco a poco esta mansión llena de salones, salas y saloncitos.
Termino con esta primera visita guiada a mi salón digital, que sospecho se está haciendo tan pesada al visitante como un recorrido completo a un museo, y quizá ya siente agujetas en sus neuronas.
Pero todavía hay mucho que decir sobre los salones digitales...
Llegaron dos interesantes comentarios de mis amigos Jordi y Roser, que copio a continuación:
ROSER (Barcelona, 27 de diciembre de 2005)
A mí también me gusta mucho imaginar los salones Verdurin y similares como paraísos de la charla fructífera y placentera, pero los tiempos cambian... y yo veo que donde uno lee que la gente se reunía en grandes salones para "recibir" ahora hay que pensar en pequeñas sobremesas-copas-cenas en casa o fuera de ella, por ejemplo, con nuevas modas y modos, o en el resurgimiento de las coctelerías o barras de tapeo como "charladeros" oficiales, o el "te veo en el blog" que me mandó una amiga hace poco como gran novedad en nuestras conversaciones, ahora enriquecidas a través de la pantalla.
Ah! Y sobre los comentarios: Daniel, convéncete, ordenarlos es imposible; intentarlo, incluso imaginarlo, resulta útil como ejercicio... pero creo que es como cuando se ordenan los volúmenes de una biblioteca personal. O eres bibliotecario profesional y ves cada comentario como un elemento 100% clasificable o no hay manera, siempre terminan quedando unos libros por aquí y otros por allá a causa del mal de las sugerencias, desviaciones, ensueños etc. elementos que se aglutinan por magnetismo entre unos libros y otros creando recorridos laberínticos que... que son también valiosos e interesantes, no? A mí me gusta que haya un poco de emoción a la hora de visitar un blog, que entre unos comentarios y otros aparezcan temas que aparentemente no vienen a cuento...
Bueno, tan solo era un comentario... +
JORDI (NYC, 9 de enero de 2006)
A mí lo que de verdad me gustaría es que todo esto pasase en un salón de verdad, con cafés y alcohol y humo y sillones y tumbonas y algo para picar. Veros a todos las caras y los movimientos de los brazos mientras explicais vuestras cosas. Poderos tocar el hombro cuando compartimos una risa.
Todavía soy muy del 19 tocando al 20. Este siglo 21 tan electrónico me parece una herramienta de trabajo excelente, pero me siento un poco incómodo. Como en la Barcelona de ahora. Si, la barceloneta esta mas limpia, pero dónde estan aquellos merenderos con las paredes pintadas de paellas a vivos colores comidos por la sal del mar?
La página noALT 007: Jerjes austrohúngaro
Como dije ayer, hacía mucho tiempo que no añadía nada nuevo a La página noALT. Para quien no la conozca, recuerdo aquí brevemente el origen del pensamiento noALT, o no alternante:
"En una noche romana Ana
Aranda y Daniel Tubau pensaron en esa situación tan frecuente en la que a uno le obligan a elegir entre una cosa y otra: razón
o pasión, realismo o fantasía, novela o ensayo, Rolling Stones
o Beatles. Pensamos en cómo llamar a eso y tras barajar nombres como "pensamiento
dicotómico o dialéctico" nos decidimos por "alternante". Suena un poco mal y suena mucho mejor "pensamiento alternativo", pero, claro,
eso es quizá lo contrario de aquello a lo que nos queríamos referir.
El pensamiento alternante ve el mundo como opuestos".
(Publicado originalmente en Turista
en Madrid)
Por cierto, quiero aclarar aquí a qué me refería con lo de que el pensamiento alternativo es probablemente lo contrario del pensamiento no alternante (o no dogmático o dicotómico, si se prefiere). En primer lugar, quería decir lo obvio: alternativo y alternante son casi sinónimos: en ambos casos no se dice que existe una "alternativa", sino que existe "una" alternativa: sólo una. Por otra parte, las personas que se llaman a sí mismas "alternativas" suelen caracterizarse por un dogmatismo tan o más férreo que sus supuestos enemigos.

Jerjes y el Imperio austrohúngaro
Existe una paradoja que se encuentra en diversas culturas y momentos históricos. En mi Cuaderno austrohúngaro me referí a una versión moderna de esa paradoja:
"Otra de estas dualidades austrohúngaras, que cuenta en esta ocasión Paul Watzlawick, era curiosísima: al soldado o mando que desobedecía a sus superiores se le condenaba a un tribunal militar y probablemente a la pena de muerte, pero la mayor condecoración del imperio, la orden de María Teresa, se concedía a aquellos oficiales que hubieran obtenido una victoria al cambiar el curso de una batalla desobedeciendo las órdenes de sus superiores."
Ante este ejemplo, uno no sabe si se encuentra ante pensamiento alternante ("O esto o lo otro") o pensamiento no alternante ("Casi siempre existe una tercera posibilidad"). Porque, por un lado, el soldado u oficial que podía ganar la orden de María Teresa, no se enfrentaba a un dilema clásico alternante (con dos opciones claras) como:
Obedecer a sus superiores y perder la batalla
Desobedecer a sus superiores y ganar la batalla
Porque la segunda opción es más compleja:
Desobedecer a sus superiores y ganar la batalla y probablemente morir por desobedecer las órdenes... y tal vez ganar la orden de María Teresa.
Es decir, que siempre que sus cálculos sean correctos (y no pierda la batalla), el resultado es demasiado complejo, tentador y terrible al mismo tiempo. Si su deseo de fama es superior a su apego a la vida, podrá elegir la segunda opción (desobedecer a sus jefes), pero, si lo que prefiere es seguir viviendo, entonces, ¿qué elige? Tanto en la opción una (obedecer), como en la dos (desobedecer), existen muchas posibilidades de morir (ya sea durante la batalla o tras ella).
Parece que no hay más alternativas, pero, precisamente lo que muestra el pensamiento noALT, o no alternante, es que en la vida práctica sí existen casi siempre otras alternativas diferentes al par de opciones enfrentadas. Por ejemplo, obedecer pero lograr sobrevivir, o convertirse en desertor y sobrevivir en el terreno enemigo.
O tal vez no. El caso de los traidores que denunciaron a Viriato muestra que a veces suceden imprevistos en situaciones en las que la alternativa parece muy clara:
Si traicionas a Viriato...
Serás rico en Roma (si no eres descubierto)
O morirás a manos de Viriato (si eres descubierto)
La alternativa imprevista a este par de opuestos resulta ser:
"Si traicionas a Viriato morirás... a manos de Roma"... porque "Roma no paga a los traidores".

Viriato muerto tras la traición
Herodoto cuenta un ejemplo semejante al de la orden de María Teresa: cuando Jerges regresó a Asia Menor después de su derrota en la batalla de Salamina, una tormenta le sorprendió en Eion (Tracia):
"Jerjes llamó al capitán y le preguntó cómo podrían salvarse. Aquél le contestó que el buque estaba sobrecargado de gente y debía ser aligerado si se quería evitar el naufragio. Jerjes les pregunta a los nobles persas que le acompañaban si eran capaces de demostrarle la estima en que tenían la vida del Rey. Para demostrársela se arrojaron al mar y se ahogaron. Al llegar a Asia Menor, Jerjes honró primeramente al capitán con una corona porque le salvó la vida; pero luego le decapitó por haber causado la muerte a tantos nobles persas."
Es, como en el caso de la condecoración austriaca, una situación en la que no está muy claro si Jerjes se muestra como una persona coherente o como un déspota caprichoso. Precisamente el hecho de llevar la lógica a su extremo es quizá una definición del pensamiento alternante, que sólo funciona según dicotomías: si por tu causa han muerto mis nobles, debo matarte". Es la incapacidad de tener en cuenta el dato presente, la situación real: "Has matado a mis nobles, pero me has salvado la vida, que es lo que te pedí".
Porque tan importante para la civilización es aceptar seguir las reglas de un juego, como estar dispuesto a cambiar esas reglas si la realidad nos muestra algo imprevisto o contradictorio con dichas reglas.
Herodoto, por cierto, nos ofrece otro ejemplo persa, en el que se sigue la misma inflexible ley, a pesar de que en este caso nadie había salido verdaderamente perjudicado. El rey persa Cambises, furioso con el rey lidio Creso, ordenó que lo mataran. Pero sus servidores, que conocían el variable carácter de su amo, escondieron a Creso:
"No pasó, en efecto, mucho tiempo sin que Cambises deseara de nuevo la compañía y gracia de Creso; sabenlo los familiares, y le dan alegres la nueva de que tenían vivo a Creso todavía. «Mucho me alegro, dijo Cambises al oirlo, de la vida y salud de mi buen Creso; pero vosotros que me lo habéis conservado vivo no os alegrareis por ello, pues pagareis con la muerte la vida que le habéis dado.» Y como lo dijo lo ejecutó." (Herodoto, Historia)
Una tercera anédota nos hace dudar de si lo que mueve a los persas es la rigidez del sometimiento a la ley o el apego a la dignidad inviolable del soberano. En este caso es un ejemplo muy favorable al rey persa Jerjes.
Como se puede ver en la película recientemente estrenada 300, el rey Jerjes envió dos embajadores a los espartanos para exigirles que se sometieran a su imperio. Por toda respuesta, los espartanos mataron a los embajdores arrojándolos a un pozo.

Tiempo después, los espartanos se arrepintieron de lo que habían hecho, tal vez no por haber violado el derecho internacional, sino porque su acto ofendía a lo mismos dioses. Así que eligieron a dos de entre los más nobles de Essparta, Espertias y Bulis, y los enviaron a la corte de Jerjes. Su misión consistía en dejarse matar por el rey persa para compensar el asesinato anterior.
Cuando estuvieron ante Jerjes, y después de mostrarse ionsolentes no arrodillándose ante él, se dispusieron a ser ejecutados.
Jerjes los miró y ordenó que les dejaran marchar. Era cierto que los espartanos habían cometido un pecado y ofendido las reglas aceptadas por cualquier cultura civilizada, pero él, como rey de los persas, no cometería el mismo error, porque el rey de los persas respetaba las leyes, no se manchaba las manos con un crimen impío y, además, no tenía la intención de librar a los espartanos de sus remordimientos cometiendo un acto tan barbaro como el que ellos habían cometido.
Puedes ver otros capítulos noALT en: La página noALT
Comentarios
De nuevo La página noALT
En 2004 estrené en esta web La página noALT. Hacía tiempo que no añadía ningún nuevo capítulo, en parte porque me daba pereza reaprender el programa de diseño Flash, con el que construí las págians noALT. Ahora tengo previsto incorporar nuevos capítulos y convertir los anteriores a formato de texto. Ello se debe a diversas razones, un poco técnicas, con las que no quiero aburrirte.
Por ahora, aquí está de nuevo el primer episodio noALT, en el antiguo archivo de flash, pero desplegado.






Puedes ver otros capítulos noALT, todavía en formato flash, en:
Hipótesis mitológicas
Se puede aplicar el método de Kepler, que yo considero uno de los más interesantes y fecundos, al mundo mitológico.
Consiste en plantearse cualquier tipo de hipótesis, sin apenas prestar atención a la plausibilidad que pueda tener. A continuación, se defiende esa hipótesis como si ya supiéramos que ha sido comprobada, buscando todos los datos que la confirmarían. Una vez completamente desarrollada, se la somete a una dura crítica, intentando encontrar todo lo que pueda refutarla, y enfrentándola con datos nuevos que puedan ponerla a prueba.
Eso hacía Kepler al suponer que el sistema solar se podía explicar por cualquiera de los sólidos perfectos o platónicos. Intentaba encajar todos los datos y luego sometía la hipótesis a contrastación. De esta manera acabó encontrando, casi por descarte, la única figura que satisfacía la hipótesis aventurada y la rigurosa comprobación posterior: la elipse.
Intentaré aplicar el método kepleriano a la mitología griega: desarrollando diversas hipótesis, no por lo atractivas que me resulten, no porque algo me diga que son correctas, sino tan sólo, digamos, por capricho o por azar, porque sí, sin más. Pero intentaré también buscar con empeño lo que pueda demostrarlas… y después lo que pueda refutarlas.
Comenzaré, creo, con una interpretación absolutamente evemerista (los dioses y héroes son antiguos reyes o poblaciones) y con otra semisimbolista (Helena no es una mujer, sino un concepto, una idea, un objeto, una riqueza determinada…)
Creo que me centraré en la Guerra de Troya, pero tal vez elija el laberinto, aprovechando el extraordinario libro recientemente publicado por Marcos Méndez Filesi: El laberinto, historia y mito.
La mitología, del marxismo a la magia
La mitología es uno de los terrenos en los que se puede observar con más claridad el cambio de paradigma que ha tenido lugar en las últimas décadas, al ser sustituido el marxismo, dominante hasta el año 1989, por la magia, que ha empezado a extender su influencia entre todo tipo de público desde finales del siglo XX, pero especialmente en los últimos años.
La influencia del marxismo se hizo notar en los estudios de mitología de una manera clarísima. Se buscaban causas materiales tras los mitos, razones económicas, rutas comerciales, etcétera. Esta influencia se percibía incluso en pensadores muy alejados del marxismo, que practicaban estudios de tipo más fenomenológico, psicologista o simbólico. A pesar de ser algunos de ellos enemigos declarados del marxismo, y a veces simpatizantes del fascismo, como Mircea Eliade, ni siquiera ellos podían librarse de su influencia: era eso que suele llamarse el "espíritu de los tiempos" o welstanchaung .
Pero ahora, caído el muro de Berlín y con él el marxismo, hay cada vez más escritores que introducen la magia en sus investigaciones mitológicas. No se trata tan sólo de que destaquen la importancia de la magia en el tema estudiado, sino que literalmente creen en ella. Así lo hace Peter Kingsley, por ejemplo, en su estudio acerca de Parménides (o Parmeneides):
“De la misma manera que nos gusta creer que somos nosotros quienes “hacemos los descrubrimientos”, también pensamos que “tenemos” sueños. Pero lo que no comprendemos es que algunas veces otros seres se comunican con nosotros a través de nuestros sueños, de la misma manera que intentan comunicarse a través de acontecimientos externos” (En los oscuros lugares del saber, 153).
Kingsley no está intentando mostrar ni explicar la visión de un griego que asiste a los rituales, no está intentando ponerse en su lugar: habla por él mismo. Es él quien opina que otros seres nos visitan a través de los sueños.
Curiosamente, a pesar de contarnos de vez en cuando su creencia en los ángeles o espíritus, Kingsley no nos habla (o no nos habla siempre) como un charlartán de feria: es un erudito temible y un estudioso que conoce a fondo sus fuentes. Un contraste curioso, sin duda.
Tal vez, dirá un pesimista, el caso de Kingsley es una muestra más de cómo los lunáticos se apoderan del método científico, con una técnica extraordinariamente semejante a la de los creacionistas.
Ellos, los creacionistas, los nuevos forofos de la magia, han aprendido de sus enemigos. Tal vez los científicos deberían aprender también algo de ellos: cómo resultar más cautivadores para audiencias no científicas o especialmente crédulas.
Se podría encontrar una comparación interesante con la interpretación de la música barroca: como es sabido, durante décadas se olvidó cómo se interpretaba la música barroca, especialmente la parte del bajo continuo.
Así que la música barroca se interpretaba casi siempre a la manera romántica (digamos, como lo hacia Karajan). Frente a esta interpretación barroca había otro modo muy frío, formal, mecánico. Eran las dos maneras de ver (o más bien de escuchar) la música barroca. Pero ambas eran érroneas. La manera romántica ponía en la música barroca sus propias ideas de una manera exagerada, mientras que la manera formal era aparentemente científica, pero perdía lo esencial, la vida que se suponía poseyó la música barroca. Después, poco a poco, empezó a investigarse cómo se interpretaba la música barroca. Se hizo, no leyendo una y otra vez las partituras, sino buscando detalles en cronistas de la época, desde Casanova a cualquier novelista que hubiese asistido a un concierto y hubiese contado qué hacían los músicos: pellizcar las cuerdas, golpear el violín con el arco...
Se rescato así una manera de interpretar que unía el rigor de la manera formal junto al ardor y vida de la manera romántica. A veces, incluso, con instrumentos originales, aunque ese es seguramente un detalle que no es imprescindible.
Me da la sensación, que en la mitología, pero también en la historia, la antropología, la psicología o cualquier otra ciencia humana, también existe un camino intermedio entre el vuelo mágico de los iluminados y el metro subterráneo de los científicos. Entre volar por el aire estrellándose continuamente con los edificios y caminar sólo alrededor de los cimientos.
Falibilidad
De las hipótesis que podemos hacer hoy acerca de cualquier cuestión controvertida (historia, mitología, filosofía), sólo unas pocas podrán ser sometidas a examen. Porque muchas de esas hipótesis serán ambígüas, imprecisas, de díficil contrastación. Muy pocas podrán ser, en definitiva, refutadas o comprobadas de una manera clara.
Dentro de esas pocas hipótesis que puedan ser sometidas a una comprobación clara, o a una falsación popperiana si se prefiere, ese examen mostrará que en más del noventa por ciento de los casos nuestras hipótesis eran erróneas, o al menos incompletas o imprecisas. Tan sólo obtendremos algún que otro acierto en un mar de inexactitud.
Así que, lo mejor que podemos hacer es intentar que al menos esas hipótesis que ahora formulamos, condenadas a una casi segura refutación futura, sean al menos interesantes, y que causen cierto placer al que las lea y las examine.
El infierno de la repetición
Peter Kingsley, en su libro En los oscuros lugares del saber intenta convencernos de que el mundo moderno debe aprender lo que él cree es la lección de Parménides, y no buscar la novedad, sino la repetición, pues “no hay nada más repetitivo que el deseo de variedad”.
También Albert Camus nos intenta convencer en El mito de Sísifo de que la tarea absurda del héroe, que consiste en empujar eternamente una roca que siempre vuelve a caer, es compatible con la felicidad: “Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”.
Más razonable parece considerar que, para esa precisa generalización a la que llamamos “los griegos”, el de Sísifo era el peor castigo que se podía imaginar, no porque fuera absurdo, no porque, como dice Camus, consista en no poder acabar nunca la tarea, sino sencillamente porque había que repetir lo mismo una y otra vez.
Porque para aquellos inquietos griegos nada había peor que repetirse. Toda la filosofía griega parece un intento de no repetir lo que dijo el filósofo anterior. Si Tales piensa que el origen es el agua, Anaxímenes dice que es el aire, Pitágoras responde que todo es número, Parménides postula sólo el Ser, y Demócrito y Leucipo imaginan infinitos átomos. Si Heráclito dice que todo fluye, Zenón jura que nada se mueve y que Aquiles nunca alcanzará a la tortuga. El esfuerzo imaginativo dio impresionantes frutos, aunque sólo se ha conservado una parte mínima de ellos. Aristóteles, haciendo balance de los siglos anteriores puede afirmar:
No hay idea, por absurda que sea, que no haya sido pensada ya por un filósofo.
Se acaba en ese momento la búsqueda de novedades, comienza el academicismo: las notas a pie de página a lo que los griegos dijeron en la época que suele ser llamada presocrática, pero que Mosterín llama prearistotélica, y que tal vez debiera ser llamada, sencillamente, prealejandrina, anterior a Alejandro Magno.
El de los griegos no es el único momento de la historia en el que se ha intentado pensar todo lo pensable. También se intentó en la India en la época en que se escribieron las Upanisads y se desarrollaron decenas de escuelas, de las que apenas recordamos ahora las seis darsanas o vías ortodoxas, yoga, sankya, vedanta, mimansa, vaisesika y niaya, y dos heterodoxas, el jainismo y el budismo, que tal vez sea anterior a Buda, del mismo modo que quizá el cristianismo que conocemos no es coetáneo, sino anterior y posterior a Jesucristo. De los fatalistas ajivikas, los materialistas, Maskarin Gosala y tantos otros, apenas nos quedan algunos nombres y ciertas anécdotas recopiladas por sus detractores.
También en China intentaron pensarlo todo en la época de los Reinos Combatientes, durante el período de las Cien Escuelas , que se redujeron a apenas cuatro o cinco tras la unificación y el fin del terrible primer gran emperador, quien con gusto las habría reducido a una o ninguna: confucianismo, taoísmo, legismo, un libro del moísmo y el recuerdo de la Escuela de los Nombres y de otras muchas que se han perdido.
La repetición mitológica
Se puede sospechar, ya lo he insinuado, que para los griegos ese deseo de novedad no se expresaba sólo en la filosofía, sino que ya estaba presente en la mitología. Y que ese deseo de novedad les hizo imaginar que las peores penas del infierno consistían en tener que repetir una y otra vez la misma cosa. Ixión girando eternamente en su rueda de fuego, Sísifo subiendo la roca por una colina para ver cómo la roca desciende de nuevo y debe volver a subirla; Tántalo intentando alcanzar los frutos que caen cerca de su boca, pero que siempre se elevan en el último momento, o deseando beber el agua que le cubre hasta el cuello, y que desciende cuando intenta mojarse los labios.
O el titán Prometeo, atado a una montaña del Cáucaso esperando al águila que le comerá las entrañas que eternamente vuelven a regenerarse para ser devoradas de nuevo.

En La Odisea se nos muestra con nitidez el espíritu griego: la búsqueda constante de novedad. El poeta Konstantino Kavafis, que era alejandrino no por la época, sino por haber nacido en la ciudad fundada por Alejandro, es para muchos el autor de la síntesis de La Odisea que se expresa en la frase: “lo importante no es la meta, sino el camino”. Sin embargo, ya los griegos y los romanos eran conscientes de esa moraleja que encerraba el largo poema de Homero. Propercio escribió los versos en los que Kavafis probablemente se inspiró:
Deja tus moradas y busca costas extranjeras,
oh joven: para ti nace un nuevo orden de cosas
No sucumbas al mal: te ha de renovar el Danubio extremo,
el bóreas helado, los tranquilos reinos del Egipto
que ven al sol levantarse y descender.
Y, más grande, que descienda Ulises en lejanas playas.
Pero Tennyson anticipó el destino que esperaba a Ulisesal terminar su viaje y llegar de nuevo a Ítaca:
De poco sirve que como un rey perezoso,
junto a este hogar en calma,
entre riscos yermos, junto a una esposa anciana,
yo dicte e imponga leyes desiguales a una raza salvaje,
que acumula, y duerme, y come, y no me conoce
Conscientes del aburrimiento en que podía vivir un Ulises triunfante, los inquietos griegos imaginaron un nuevo viaje para su héroe, que cuenta el propio Homero, cuando el adivino Tiresias, al que Ulises visita en el Infierno, le dice lo que debe hacer tras matar a sus enemigos en Ítaca:
“Deberás partir con tu remo al hombro, y marchar hasta que encuentres gente que no conoce ni el mar ni los bellos remos, alas de los navíos. Te daré una señal bien segura; cuando suceda que te cruzas con otro viajero y éste te pregunte por qué llevas una pala para el trigo sobre tu hombro, allí deberás plantar tu remo en tierra”.
En ese lugar, suponemos, se estableció Ulises y, probablemente allí murió, antes de llegar a aburrirse de nuevo.
Frente a esta concepción del infierno de la repetición, podemos encontrar una muy diferente en el helado norte.
La batalla eterna
Los germanos y escandinavos aseguran que los guerreros que mueren en combate resucitan en el Valhalla y participan allí en nuevas batallas. Feroces, sedientos de sangre, hieren y matan, son heridos y mueren, pero resucitan y asisten a banquetes y orgías, cuidados por las valkirias, que incluso les regeneran los brazos o piernas que han perdido en la batalla.
Al día siguiente regresan al combate, y así una y otra vez, día tras día, año tras año, preparándose para el combate final, el Ragnarok, el crepúsculo de los dioses, cuando tendrán que ayudar a Odín y sus compañeros en su lucha contra el lobo Fenris y la serpiente Midgard.
Es difícil imaginar una vida más agitada y monótona que la de estos guerreros que combaten casi eternamente. Para los griegos sería una de las formas del infierno, para los germanos es el paraíso de los héroes.
Los héroes griegos intentan huir de la guerra. Así lo hace Aquiles, disfrazándose de mujer, o Ulises, fingiéndose loco; los héroes germanos consideran que es vergonzoso morir de otra forma que no sea en el campo de batalla. Son dos maneras de ver el mundo, incluso el mundo heroico, que se pueden encontrar en otras culturas: los japoneses convirtieron en paradigma nacional a los guerreros y crearon la figura excesiva y cruel del samurai, pero los chinos piensan que con el hierro de mala calidad se hacen clavos y con las malas personas soldados. A veces esta oposición se da en una misma cultura, como en la España del siglo de oro que comparte al hidalgo que no se mancha las manos con nada terrenal y que es capaz de morirse de hambre, con el pícaro dispuesto a cualquier cosa para conseguir comer un mendrugo. También se dio en Grecia, entre el militarismo extenuante de Esparta y el resto de las ciudades griegas, que también combatían, pero no lo consideraban el mayor de los honores, sino más bien una maldición repetida, un castigo, y no un premio, que los dioses imponen a los hombres.
Por eso, cuando Arquíloco, tras combatir con los sayos, confiesa que ha abandonado su escudo, lo que hace es enfrentarse con verdadera valentía al dictamen de los belicosos espartanos: “Vuelve con tu escudo o sobre él [muerto]”.
Alguno de los sayos se ufana con mi escudo, que junto a un matorral
-instrumento excelente- abandoné mal de mi grado.
Pero salvé la ida; ¿qué me importa aquel escudo?
Váyase enhoramala, que ya me procuraré otro nuevo no inferior.
El universo particular o la partícula universal
Existe una teoría de la física moderna que dice que el universo entero es una única partícula moviéndose a alta velocidad. Parece difícil creerlo, pero podemos encontrar un efecto semejante en el cine, donde vemos continuidad pero en realidad sólo hay imágenes estáticas, cuadros o fotogramas que parecen imitar la vida al ponerse en movimiento.
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Laszlo Toth
(Están entre nosotros)
1. Sin piedad
1972, Ciudad del vaticano, 21 de mayo, domingo de Pentecostés.
Son las once y media de la mañana.
Un hombre se abre paso entre la multitud de peregrinos que esperan la bendición papal, esquiva a cinco guardias, se encarama a la balaustrada de mármol junto a la Pietá de Miguel Ángel y le asesta 15 golpes con un martillo de geólogo.
La virgen pierde un brazo, un ojo y parte de la nariz.

Mientras destroza la estatua, el hombre grita: "¡Soy Jesucristo, soy Jesucristo y he regresado de la muerte!".
Se llama Laszlo Toth. Es un geólogo australiano, pero nació en Hungría.
Laszlo Toth es arrestado. Le llueven los insultos: asesino, fanático, vándalo, nihilista. Se le juzga y condena a nueve años de prisión.

2. El artista criminal
Sin embargo, algunos artistas defienden a Toth, no porque crean que la condena es desmesurada, sino porque están de acuerdo con la acción de Toth.
Hay que recordar que, desde los años sesenta del siglo XX, los artistas llaman acciones a las actividades artísticas que no se limitan a colgar cuadros en una pared. Por ejemplo: permanecer sentado durante horas en el escaparate de una tienda, no porque la tienda te pague como maniquí vivo, sino para denunciar la alienación del mundo actual. Se supone que la prueba de esa alienación es que un artista esté dispuesto a pasarse horas inmóvil, o que la gente se pare a mirar a alguien que está dispuesto a tal cosa, o que una institución ofrezca dinero al artista por hacer nada.
Para algunos artistas de la época, en consecuencia, lo de Toth no era una acción, sino una acción. Un hecho artístico en sí mismo. Todavía hoy se reeivindica el gesto de Toth desde algunos sectores del mundo del arte. Karen Eliot, por ejemplo, habla elogiosamente de Toth y su "terrorismo cultural".
Esta es otra característica de los artistas del siglo XX y XXI: les gusta jugar con palabras que expresan violencia y destrucción. A menudo coquetean con la palabra y los símbolos del terrorismo. ¿Por qué?
Entre otras razones porque el terrorismo es una bestia negra para los Estados y para la burguesía y, por alguna extraña razón, un artista que se precie es un enemigo declarado del Estado y de la burguesía. Así que, para llamar la atención del Estado y epatar a los burgueses, muchos artistas utilizar cualquier cosa, como hicieron aquellos artistas de inicios del siglo XX, los futuristas, que querían hundir Venecia. Luego se convirtieron muchos de ellos en fascistas, tal vez porque era la manera más rápida de colaborar en la destrucción de arte y vidas. Ya se sabe que el nazi Goebbels, quizá queriendo hacerse no sólo un lugar en la historia del crimen sino también en la del arte moderno, dijo aquella frase inolvidable: "Cuando oigo la palabra cultura, saco la pistola" .
Así que Toth hizo, con sus modestos medios, lo que soñara el colega nazi de Goebbels, Hitler: volar Paris, volar de un golpe la cultura francesa y todos sus símbolos; o lo que casi llegó a hacer poco después EE.UU: tirar las bombas atómicas sobre Kyoto, la antigua capital cultural de Japón.
3. La valiosa aportación de Toth
Pero, ¿cuál es la aportación de los martillazos de Toth a la cultura mundial?
Lo dice Karen Eliot:
"Él solo acuñó el principio básico del Mail Art: NO MÁS OBRAS MAESTRAS".
Esta es una muestra, dirán los mal pensados, de la calidad del arte actual: para crear una corriente artística basta con destruir una estatua.
El Mail Art no cree en las obras maestras, no quiere que haya comisarios o jurados en las exposiciones de arte y fomenta explícitamente el plagio en Festivales del plagio, entre otras cosas.
El asunto es interesante, pero ¿qué tiene que ver con los martillazos? Al parecer, la única relación real es que ambas cosas molestan a la burguesía y al establishment.
Eliot, en su defensa del inspirador del Mail Art, también se burla de los llantos de un profesor y sus alumnos al examinar los daños causados a la estatua, y enseguida dice que los golpes de Toth "fueron suaves".
El lector puede apreciar en esta imagen la suavidad de los martillazos y cómo suavemente cayó un brazo de la Virgen y su nariz.
4. ¿El arte o la vida?
Bien, Toth golpeó la Pietá, de acuerdo, pero, enseguida aclara Eliot: los golpes no cayeron sobre carne, sino sobre mármol.
¿Por qué dice eso?
Porque ahora va a comparar a Toth con los que golpean la carne.
En efecto, en un alarde prodigioso de pensamiento alternante, ese método que consiste en proponer alternativas absurdas, Eliot compara la maldad de Toth con la de Nixon y Kissinger, contemporáneos del artista.
Alude entonces Eliot al célebre dilema de si en el incendio de un museo salvarías una obra de arte o a una persona. El dilema, por cierto, se plantea, de manera muy hermosa en Balas sobre Broadway, de Woody Allen, cuando varios artistas bohemios discuten en un café qué harían si tuvieran que elegir ventre salvar al guardia de una biblioteca o el único ejemplar de las obras compeltas de Shakespeare.
Pero Eliot no menciona a Allen, sino a Giacometti, quien dijo que antes salvaría a un gato que un Rembrandt, algo que todos entendemos perfectamente, porque es lo que haríamos casi todos, no por odio a Rembrandt, sino por amor a los gatos.
Pero lo que pocos entendemos es por qué el dilema ético "Salvar una vida/salvar una obra de arte" y el amor a los gatos puede conducir a Karen Eliot a la conclusión: "Hay que destruir las obras de arte".
5. La influencia de Toth
Poco después de la acción de Toth, otros artistas mostraron su solidaridad. Ken Friedman escribió un oratorio en honor de Toth y Don Novello tituló uno de sus libros Las cartas de Toth, aunque no en homenaje al artista australhúngaro, sino tan sólo por la sonoridad del nombre.
Incluso existe una escuela de arte llamada Laszlo Toth School of Art, que alaba al artista del martillo que "adaptó cierta escultura popular de Miguel Ángel a una sensibilidad más moderna".
Pero el que más se destacó en su amor a Toth fue Roger Dunsmore, que publicó un libro de poemas con el célebre verso: "¿Dónde estás Laszlo Toth, el del martillo suave?".
Es posible que el lector también se haya preguntado lo que yo me pregunté al comenzar esta investigación: ¿Cumplió Laszlo Toth su condena de nueve años?
No. Fue examinado por doctores y enviado a un hospital mental durante dos años. En 1975 fue deportado de Italia como undesirable alien (persona non grata). En Australia no fue detenido.
6. Dos inmortales: Toth y la Pietá
¿Y qué le pasó a la Pietá, a su ojo, su nariz y su brazo?
Fue restaurada por Deoclecio Redig de Campos y ahora está tras un cristal protector que impide apreciar su belleza de cerca, como pude comprobar en mi visita al Vaticano no hace mucho.
Durante la restauración, se encontró en la palma izquierda de la Virgen una firma secreta de Miguel Ángel: una M.
Pero existe una extraña coincidencia digna de contarse, pues Toth no fue el primero en destrozar una Pietá, sino que tuvo un ilustre predecesor: Miguel Ángel.
En efecto, Miguel Ángel también destrozó una Pietá, la que hizo en Florencia, rompiendo a martillazos una de las piernas del Jesucristo moribundo en brazos de la Virgen.
¿Por qué lo hizo? Se dice que tal vez porque la colocación de la pierna de Jesucristo bajo el manto de la Virgen tenía una fuerte conotación sexual.
Toth, hay que admitirlo, consiguió lo que posiblemente pretendía: pasar a la historia. También lo consiguió en la Antigüedad aquel hombre que, queriendo ser recordado, incendió una de las Siete Maravillas del Mundo: el templo de Diana en éfeso. Se llamaba Erostrato.
Aunque Alejandro Magno reconstruyó el templo, años después unos vándalos mucho más organizados volvieron a destruirlo para siempre. Ellos, o al menos sus nombres, no han pasado a la historia.
7. Un enigma sin respuesta
Sin embargo, hay una pregunta a la que nadie ha dado respuesta. Laszlo Toth destrozó la Pietá de Miguel Ángel al grito: "Soy Jesucristo resucitado?"
Pero, ¿por qué Jesucristo querría golpear a su madre?
¿Tal vez para vengarse de los golpes que Miguel Ángel le había propinado en Florencia?
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Cómo tener un sexto sentido
La creencia en un sexto sentido abunda de manera asombrosa entre quienes han perdido el sentido común.
Los dioses discapacitados: herreros cojos
Es sabido que en muchas culturas, los herreros divinos son cojos. Es una extraña característica que comparte tanto el Hefesto griego como el Vulcano latino (Dios que, al parecer, no procedería del Hefesto continental sino del Velcano cretense).
En el mito tradicional griego se cuenta que cuando la diosa Hera vio a su hijo recién nacido, Hefesto, le pareció tan enclenque que lo arrojó desde la cima del Olimpo. No quería que nadie supiera que había dado a luz a un dios tan debilucho. Hefesto sobrevivió a esta terrible caída, y ni siquiera sufrió ningún daño, porque cayó en el mar y fue recogido y cuidado por las diosas Tetis y Eurinome. Agradecido, el muchacho construyó su primera fragua bajo el mar y empezó a fabricar joyas y herramientas para las amables diosas marinas.
Por tanto, parece que la causa de su cojera no fue esa caída, que hubiera matado a otro cualquiera (caer sobre el mar desde una altura considerable no es muy diferente a caer sobre tierra). Cuando en el Olimpo se supo que Hefesto era un gran herrero, se le permitió regresar junto a los dioses.

Hefesto regresa al Olimpo
Tiempo después, Hefesto vio cómo su padre Zeus colgaba de las muñecas a su madre Hera como castigo por que ella se las había apañado para dormir a su divino esposo, para así poder maltratar tranquilamente a Heracles (estaba celosa porque el héroe era hijo de Zeus con la mortal Alcmena).
Al ver a su madre colgada del cielo, Hefesto reprochó a Zeus su crueldad. Furioso, el padre de los dioses arrojó de nuevo a Hefesto desde el Olimpo . Esta vez la caída fue terrible, duró un día entero y acabó estrellándose en la isla de Lemnos. Se rompió las dos piernas, lo que justifica el epíteto con el que Homero suele referirse a el: “Hefesto, el ilustre cojo de ambos pies”
Gracias a la ayuda de los habitantes de Lemnos, Hefesto logró recuperarse, aunque se vio obligado a caminar con muletas de oro, que él mismo fabricó. Finalmente, Zeus le perdonó y le nombró herrero divino.
Esta es la historia de la minusvalía de Hefesto.
Otros herreros minusválidos
Pero Hefesto no es el único herrero de la mitología griega que tenía algún tipo de discapacidad física. Los cíclopes herreros, Brontes, Arges y Estéropes quizá no eran cojos, pero sí tenían un sólo ojo.
En opinión de Robert Graves y otros mitógrafos, como Marcos Méndez Filesi, los herreros divinos
“pueden haber sido lisiados deliberadamente para impedir que huyeran y se unieran a las tribus enemigas” (Graves, Los mitos griegos)
“En general, los personajes mitológicos vinculados con el mundo de los herreros suelen ser cojos, lo cual quizá esté relacionado con la costumbre de lisiarlos para que no se fueran a otro lugar” (Marcos Méndez Filesi, Dédalo y Völundr en El jardín de los dioses)
Es una explicación que resulta muy convincente a primera vista: los herreros fabrican armas y son indispensables para la defensa frente a los enemigos. Pero también son muy valiosos y pueden ser tentados por otros pueblos a cambio de grandes sumas de dinero, así que lo mejor es lesionarlos para que no puedan huír.
La perdiz coja
Otra explicación es que esta cojera podría tener que ver con la perdiz, que practica un extraño baile en el que se mueve de una lado a otro cojeando, al parecer para salvar a sus crías atrayendo hacia sí la atención de los depredadores, que ven más fácil capturar a una perdiz coja que a una cría inquieta. Cuando el depredador se acerca a la perdiz coja, ella levanta el vuelo, dejándole con un palmo de narices. Otra versión asegura que es la perdiz macho la que cojea cuando quiere seducir a una hembra: en realidad se sujeta un talón con el que golpeará a sus rivales.
Por cierto, hay otro herrero que es lanzado desde gran altura, Talos, que fue discípulo y rival de Dédalo, por lo que el futuro constructor del Laberinto, celoso del talento de su aprendiz, lo arrojó desde la Acrópolis. Talos no llegó a quedarse cojo, sino que murió, pero enseguida su alma remontó el vuelo en forma de perdiz, lo que es una sugerente asociación con la cojera.
A ello debemos añadir que Dédalo construyó un autómata de bronce llamado Talos, tal vez en recuerdo de su alumno. El autómata daba la vuelta cada día a la isla de Creta, para protegerla. Sólo tenía un punto débil, en el talón. Sin duda tampoco esto es casual, sobre todo si tenemos en cuenta que, según dice Graves, uno de los nombres de Talos era Tántalo (“cojeando” o “tambaleando”).
Señala Graves que mitos semejantes se encuentran en África Occidental o Escandinavia. Y es cierto, porque en los mitos germanos hay muchos personajes relacionados con la metaluia que tienen algín tipo de minusvalía, incluso el propio Odín. Otro es Wyland o Völundr, un herrero que había construido una joya tan prodigiosa que despertó la codicia del rey de Suecia:
Cuando Nídud, el rey de Suecia, se enteró de que existía un collar tan espléndido mandó a sus hombres que se lo trajeran. Aprovechando que Völundr había salido de su casa, los soldados entraron y encontraron el collar. Sin embargo, no se atrevieron a robarlo y se limitaron a llevarse una anilla. Al regresar, Völundr se dio cuenta de que faltaba una anilla pero pensó que, ya de vuelta, se lo habría llevado su mujer Álvit. Mientras la esperaba, se quedó dormido y los soldados le aprisionaron.
Para impedir que huyera, Nídud ordenó que le cortaran los tendones y que lo abandonaran en un islote enfrente de la costa llamado Sevarstad («El enclave del mar»). Además, se quedó con su espada y dio la anilla de oro a su hija Bódvild.
(Marcos Méndez Filesi, Dédalo y Völundr en El jardín de los dioses)
En realidad no fue el rey, sino la reina quien impuso a Völundr el terrible castigo de dejarlo cojo, pero a partir de ese día el herrero tuvo que trabajar sólo para el rey Nídud y su corte (aunque acabó vengándose de todos ellos).
Otros herreros no son minusválidos, sino de pequeña estatura, como los nibelungos, pero no me ocuparé ahora de ellos, sino que les dedicaré una futura entrada.
La hipótesis de Mircea Eliade
Mircea Eliade dice que hay otros herreros cojos en culturas muy alejadas, como en Japón, donde encontramos dioses herreros como Ame no ma-hitostt no kami “la divinidad tuerta del cielo”, que se caracterizan por tener un sólo ojo sano y tener una sola pierna.
Pero Eliade no parece compartir la idea de que estos mitos de héroes cojos procedan de la costumbre de mutilar a los herreros para que no se escapen, sino que propone otra posible causa:
“Las invalideces de los personajes (tuerto, cojo, etc.) recuerdan probablemente mutilaciones relacionadas con la iniciación”.
Se trataría de un reflejo de las iniciaciones propias de las sociedades secretas de guerreros (mannerbunde).
La hipótesis de Toynbee
Pero frente a la hipótesis, que realmente resulta ingeniosa y elocuente, de que a los herreros se les lesionaba porque eran demasiado importantes como para permitir que pudieran unirse a los enemigos y fabricar armas para ellos; y frente a la teoría de Eliade acerca de las huellas de un rito iniciático, el historiador Alfred Toynbee, en su monumental Estudio de la historia, ofrece otra explicación. El mito de que los herreros tenían que ser cojos fue creado para que los minusvalidos no fueran eliminados o desterrados de la sociedad.
Hay que recordar que en lugares como Esparta se abandonaba o arrojaba a un barranco a los niños con discapacidades físicas o gran debilidad.
De este modo, el mito de los herreros tuertos y cojos podría pertenecer a la misma clase de mitos que el que traté en detalle en La utilidad de los mitos, al examinar un mito de los Nartos osetas en el que se explicaba por qué se dejó de practicar la costumbre de arrojar a los ancianos por un barranco. Se trata de mitos en los que en vez de justificarse prácticas crueles, se propone una manera más humana y civilizada de tratar a las personas más débiles.
No es este lugar (lo trataré en otro momento con detalle) para referirme a otro de estos mitemas (que no sé todavía cómo llamar, tal vez "mitos que salvan"), el del abandono de la costumbre de matar a los reyes o a los chamenes ancianos. Sólo mencionaré aquí algunas cosas que cuenta Frazer en La rama dorada, muy relacionadas con las minusvalías:
La costumbre de matar a los reyes tan pronto como sufrían algún defecto personal, se mantenía hace dos siglos en el reino cafre de Sofala. Ya hemos visto que estos reyes de Sofala eran considerados por su pueblo como dioses y de ellos impetraban la lluvia o el sol, según hiciera falta. Sin embargo, una ligera tacha corporal como la caída de un diente, por ejemplo, se consideraba causa suficiente para condenar a muerte a uno de estos hombres-dioses, según vemos por el siguiente relato de un antiguo cronista portugués: "Fue antiguamente costumbre de los reyes de este país suicidarse tomando un veneno cuando caía sobre ellos algún desastre o defecto físico natural, tales como impotencia, enfermedad infecciosa, pérdida de un diente frontal, por lo que quedarían desfigurados o sujetos a cualquiera otra deformidad o aflicción. Para poner término a tales defectos se mataban a sí mismos, diciendo que el rey debe estar libre de cualquier tacha o, si no, era mejor para su honor morir y buscar otra vida donde estuviera entero, pues allí todas las cosas son perfectas. Pero el Quiteve [rey] que reinó cuando yo andaba por aquellos lugares no imitó a sus predecesores en esto, siendo discreto y respetable como era, pues habiendo perdido un diente incisivo,ordenó que se proclamara por todo el reino para que todos fuesen sabedores de haber perdido un diente y que así pudieran reconocer al rey cuando le vieran sin él, y si sus antecesores se mataron ellos mismos por tales cosas, fueron muy necios y él no quería hacerlo; al contrario, estaría muy triste cuando, pasado el tiempo, llegara para él la muerte natural, pues su vida era muy necesaria a la conservación del reino para defenderlo de sus enemigos. Y recomendaba a sus sucesores que imitasen su ejemplo."
Y ante este estupendo ejemplo, comenta Frazer:
El rey de Sofala que se atrevió a sobrevivir a la pérdida de su diente delantero fue así un reformador intrépido semejante a Ergamenes, rey de Etiopía. Podemos conjeturar que la causa que incitaba a matar a los reyes de Etiopía, como en el caso de los reyes de los zulúes y de Sofala, era la aparición de alguna falta corporal o signo de decadencia y que el oráculo que los sacerdotes alegaban como autoridad para la ejecución regia indicaba las grandes calamidades que resultarían del reinado de un monarca que tuviese un defecto cualquiera en su cuerpo; de igual modo que un oráculo advertía a Esparta contra un "reino cojo" o sea el reinado de un rey cojo. (...) Aun hoy, el sultán de Wadai no debe tener ningún defecto corporal visible y el rey de Angoy no puede ser coronado si tiene solamente un defectillo tal como un diente roto, desenfilado o la cicatriz de una herida antigua. Según el Libro de Acaill y muchas otras autoridades, ningún rey que estuviera maculado por un sencillo defecto podía reinar en Irlanda, en Tara, y por esta causa el gran rey Cormac Mac Art, que perdió un ojo en un accidente, abdicó en seguida.
A la vista de estas bárbaras costumbres, que como se ve, no sólo afectaban a las gentes comunes, sino incluso a los reyes, una manera de proteger a los minusválidos, cojos, mancos, tuertos, enanos, era asegurar mediante un mito que eran especialmente sabios y útiles en las tareas de la fragua. Tal vez no pudieran participar en una batalla o colaborar en tareas que requirieran agilidad, pero sí eran perfectamente capaces de permanecer en la fragua incluso aunque sólo tuvieran una pierna.
Curiosamente, en otro de los poemas del Edda Mayor, el Hávamál (Los dichos de Har), que tiene un contenido ético bastante notable, también se defiende a los minusválidos:
El cojo cabalga, el manco a pastor,
el sordo en la lucha sirve;
mejor estar ciego que estar quemado.
¡A nadie aprovecha un muerto!
Del mismo modo que existen algunos mitos que parecen haber sido inventados para proteger a los viejos (ver de nuevo La utilidad de los mitos), hay otros que tal vez tienen su origen en el deseo de proteger a personas con discapacidades físicas. Uno de estos ejemplos podría ser el de los herreros divinos.
Confieso que la teoría de que tras estos mitos o mitemas (motivos míticos) se esconde un intento de proteger a quienes estaban condenados a ser arrojados por un precipicio o abandonados me parece muy hermosa, además de éticamente superior, por supuesto, a la que sostiene que les cortaban los tendones o les rompían las piernas para que no se escapasen. Pero mis gustos personales no sirven como demostración, por supuesto. Tal vez la teoría de Graves y Méndez Filesi, o la de Eliade, sean las correctas, o tal vez lo sean todas, incluída la de Toynbee, porque el desarrollo y evolución de cuaquier pueblo o cultura es demasiado complejo para redicirlo a una explicacon única más o menos ingeniosa y simplista.
Una última hipótesis
Sin embargo, es posible que la verdadera explicación sea incluso más sencilla que la de Toynbee o la de Graves, además de que explica las coincidencias de este mitema en culturas diversas y alejadas con mucha más facilidad.
No la he encontrado en ningún autor, a pesar que parece de sentido común, pero tampoco he leído ni siquiera un 10% de los libros sobre mitología.
Mi hipótesis es que se representa e imagina a los herreros tuertos, cojos o mancos porque el trabajo de herrero está expuesto a muchos accidentes. Es fácil que salte una chispa en un ojo, o clavarse o golpearse una mano o un pie. Es sabido, además, que los herreros solían taparse un ojo para protegerse de las lascas o chispas (se tapaban el que estaba en la trayectoria del golpe), con lo que era frecuente ver a herreros que parecían tuertos aunque no lo fueran.
Firmas en la Feria del Libro de Madrid 2009
"La nueva teología" (en El camino de los Mitos) Caseta Editorial Evohé. Día 5 de junio de 19h a 21h
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La verdadera historia de las sociedades secretas (y Las paradojas del guionista).
Caseta ALBA Editorial. 6 de Junio 2009 de 19 a 21Curso de guión de programas y series de televisión
ECAM julio (página de la ECAM)
Psicomagia
Es cierto que la psicomagia a veces funciona. Pero también funcionan los termostatos, y nadie se convierte a la religión de los termostatos.
Si buscas el blog anterior:
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Prohibid los placeres (John Milton e Iván Tubau)
De John Milton se suele decir que era ciego, puritano y que escribió El paraíso perdido. Es un resumen muy útil para ignorar quién era Milton.
Es cierto que era ciego, pero no siempre lo fue; es cierto que era puritano y partidario de Cromwell, pero no un fanático como lo fue el Lord Protector, y es cierto que escribió El paraíso perdido, pero también El paraíso recobrado, y otros muchos poemas y ensayos. Hoy imaginamos a Milton como a un ciego que nos mira a través de sus cuencas vacías, pero quienes fueron con él a la escuela le llamaban la damisela del College a causa de sus largos cabellos rubios y, según él mismo cuenta, a pesar de ser ciego, sus ojos azules parecían perfectamente sanos. También era republicano y escribió las primeras defensas del divorcio, que inició cuando su joven esposa de 17 años le abandonó, y de un libro extraordinario en defensa de la libertad de imprenta y de prensa, Areopagitica, que ha sido razonablemente comparado con otro delicioso y poderoso ensayo inglés, Sobre la libertad, de John Stuart Mill.
La breve síntesis de la vida de Milton, como suele suceder, nos oculta la personalidad del autor al que creemos definir. Es sin duda uno de los personajes más complejos e interesantes de la literatura clásica inglesa, que muchos (y yo debo incluirme) sólo conocen de una manera superficial, como una suma de resúmenes y síntesis.
En su Areopagítica, Milton dice a quienes quieren prohibirlo todo:
“Si pensamos en regular las prensas, para con ello enderezar los modales, deberemos regular toda casta de solaces y pasatiempos, todo aquello en que los hombres hallaren su deleite. No habría que oír música, ni debería ir canción al pentagrama o ser entonada, como no fueran dóricas y graves. Ni sin permiso debería espaciarse la danza, para guardar a nuestra mocedad de ademán, movimiento o porte de los que vuestro permiso no estimara honestos…”
Es un párrafo que me recuerda un hermoso poema de mi padre, Iván Tubau:
WALKMAN
Un barco, el mar
cuando anochece
- ¿cómo
decir cuando anochece que anochece
sin decir que anochece?-
y el saxo de John Coltrane estallando
directamente en tu celebro:
¿Queréis droga más dura?
¿Cómo es posible
que aún sean legales
el mar, la muerte lenta
del sol,
los barcos
grandes como el mundo,
Miles Davis
y la cinta magnética, los Aiwa
portátiles baratos, las pilas
de todos los timbres que vos apretás
y sobre todo
los demoniácos auriculares?
Prohibid
la música y el mar y los atardeceres:
dan placer.
| ....... | julio 2009 01 Gottlob Frege, sentido y referencia (Filocomic 2) junio 2009 30 Filosofía barata, salón digital de Rafael Aguilar
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