Derechos de autor

 

Existen algunos asuntos sujetos a discusión en los que las posiciones enfrentadas resultan tan extremas que la única manera de llamar la atención es mostrándose moderado. Uno de ellos es sin duda el de los derechos de autor.

Los dos bandos que se enfrentan en el asunto de los derechos de autor han decidido adoptar, tal vez no posiciones, pero sí actitudes irreconciliables. Rompieron las hostilidades antes de averiguar si estaban de acuerdo en algo en poco, en mucho o en nada.

¿Quién desearía ponerse de acuerdo con alguien a quien considera un criminal?

¿Quién podría, aunque lo deseara en su fuero interno, dar la razón a alguien a quien ha nombrado repetidas veces como explotador de la humanidad?

Si alguno de estos polemistas profesionales dejara de gritar, amenazar, insultar y despreciar y, por un instante, se dedicara a escuchar, tal vez no quedaría mucho acerca de lo que discutir, lo que supondría, es cierto, una terrible pérdida para quienes prefieren pasarse las horas discutiendo de banalidades o peleándose con enemigos reales o imaginarios. Porque pocas cosas son tan adictivas como la sensación de que uno está salvando a la humanidad o a la cultura, a pesar de no hacer otra cosa que opinar de forma desaforada.

Porque la discusión acerca de los derechos de autor parece ser una más de aquellas en las que no hace falta ni informarse ni reflexionar para encontrar la solidaridad de aquellos que piensan como tú, aunque nadie sepa exactamente qué es lo que pensamos ahora que estamos todos de acuerdo. Basta expresar una crítica encendida, un desprecio hacia el otro, para encontrar el apoyo unánime de los nuestros.

En definitiva, la discusión acerca de los derechos de autor tiene todos los ingredientes para convertirse en una polémica, pero ninguno de los que debería tener una discusión razonable. Es por eso que le espera un brillante futuro.

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