
Despues de sufrir la humillación de que los vendieran en pública subasta (en La subasta de vidas), los grandes filósofos, como Sócrates, Platón, Aristóteles o Diógenes piden permiso a Hades, el rey del mundo subterráneo para regresar al mundo de los vivos y así poderse vengar del irreverente Luciano.
Aunque se oculta bajo el nombre de Parresíades (“El que dice la verdad”) se lanzan sobre él, lo atrapan y se disponen a torturarlo y matarlo. Pero Parresíades pide que le dejen defenderse ante la mismísima Filosofía.
Su acusador será Diógenes, quien lanza todo tipo de improperios contra él:
“Éste, convocando a lo mejor de la sociedad, tras haber reflexionado y preparándose desde hace tiempo, llena de injurias un libro voluminoso y calumnia a voces a Platón, a Pitágoras, a Aristóteles, a Crisipo, a mí y a todos, sin la excusa de una fiesta ni en respuesta a alguna ofensa nuestra. Pero lo más terrible de todo es que toma tu nombre, Filosofía, y se escuda en el Diálogo, que es nuestro siervo, y lo usa como cómplice y actor contra nosotros”.
Por su parte, Parresíades (Luciano) se defiende con vigor y empieza a dar las razones por las que los grandes pensadores deberían estarle agradecidos, en vez de furiosos.
La aventura desemboca en una curiosa pesca de filósofos farsantes desde lo alto de la Acrópólis.
Este es el segundo de los diálogos de Luciano incluidos en La gran farsa filosófica, llamado El pescador o los resucitados.

Hace casi dos mil años, Luciano de Samósata se atrevió a hacer algo imperdonable: reírse de los filósofos.
Reírse de los filósofos, no de la filosofía, que amaba profundamente, sino de quienes la traicionaban con palabras vacías, sistemas grandilocuentes y promesas de sabiduría que nunca se cumplían.
En sus diálogos y relatos satíricos, Luciano desenmascara a maestros solemnes, profetas de la razón, vendedores de doctrinas y farsantes intelectuales que confunden profundidad con oscuridad y pensamiento con retórica. La filosofía aparece aquí no como un pedestal, sino como un campo de batalla donde abundan la impostura, el ego y el autoengaño.
La gran farsa filosófica reúne algunos de los textos más incisivos de Luciano —como Hermótimo, Subasta de vidas, El pescador o La doble acusación— acompañados de una lectura que los acerca al lector contemporáneo. Porque resulta inquietante comprobar hasta qué punto estos retratos antiguos recuerdan a los gurús actuales, a ciertos discursos académicos o a la espiritualidad de postureo.
Una invitación a desconfiar, a pensar por cuenta propia y a reírse —con inteligencia— de quienes se toman demasiado en serio.
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