
No cabe duda de que los muertos son más dóciles que los vivos: no protestan, y hacen lo que sus discípulos quieren que hagan.
El autor de El mandril de Madame Blavatsky señala la ironía de que, una vez muertos, Blavatsky, Ousspensky y Gurdjieff se reconciliaron en el Limbo de los Maestros, algo que no habían conseguido en vida.
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