
Muchos científicos (entre ellos Einstein) y filósofos de la ciencia nos recuerdan que la teoría es la que decide qué debemos observar
Es conveniente, en efecto, no olvidarlo, pero también es un error interpretar, como algunos suelen hacer (pero no Einstein, desde luego) como una especie de reformulación el idealismo: como si no existiera el mundo exterior ni ninguna cosa observable. Como si las teorías lo creasen literalmente.
La frase quiere decir fundamentalmente que, para que una teoría pueda ser considerada como tal, la propia teoría debe decir qué cosas podrán ser observadas y cuáles no. Si no se observan esas cosas, entonces la teoría, deja de ser una teoría, o al menos una teoría correcta o contrastada, y se convierte en una hipótesis fallida.
Es decir, las teorías no determinan lo que vemos, salvo en ciertas situaciones.
Una de esas situaciones puede ser la de un experimento científico.
Otra es el funcionamiento de los prejuicios: esperamos ver algo porque tenemos una “teoría” previa, y eso nos puede llevar a no observar lo que contradice esa teoría, o a creer que hemos observado algo que la confirma. Ese tipo de prejuicios teóricos son los que emplean los magos y prestidigitadores para engañarnos, pero también los autores de novelas policiacas, como dice Mattteo Rampin.
Por otra parte,de una manera más o menos metafórica e ingeniosa se puede decir que nuestro cerebro y nuestra percepción es en cierto modo una teoría fabricada por la evolución, que nos permite ver ciertos hechos, por ejemplo los que se acomodan a las propiedades del tiempo y del espacio (que en sí mismas también pueden ser una teoría, un a priori kantiano, si se prefiere).

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