Geocentrismo y antropomorfismo revisado

Se suele presentar el cosmos geocéntrico como la idea de que todo gira en torno a la Tierra y que, por tanto, la Tierra es lo más importante, puesto que es el centro del universo.

Pero más bien sucede al contrario, la Tierra es lo más bajo en cierto modo, puesto que es a partir de la Esfera de la Luna cuando empieza el mundo incorruptible y perfecto, con esferas cristalinas sucesivas hasta llegar a la del Primer Motor.

Esa es la concepción aristotélico-ptolemaica y por eso, al parecer, Nicolás de Oresme dudaba de que la Tierra fuera inmóvil, porque eso era propio de los cuerpos perfectos, no de los imperfectos como la Tierra (sublunar). Además, le parecía que era más razonable que la Tierra se moviera a que lo hiciera todo el universo cada veinticuatro horas.

Tal vez habría que imaginar a las esferas celestes a la inversa de lo habitual.

No son esferas concéntricas a partir de la Tierra, sino, al contrario, a partir del Primer Motor.

Es el Primer Motor el que se mueve, como dice Aristóteles, y al moverse mueve la esfera de las estrellas fijas, que  a su vez mueve la del planeta más lejano, y así hasta llegar a la esfera de la Luna y, tras esta, a nuestro mundo sublunar e imperfecto de la Tierra.

Imaginémoslo  a la manera de los dioses gnósticos: el primer Dios mueve al segundo, el segundo al tercero, y el último mueve la Tierra, que no está en el verdadero centro como motor, sino como punto común, imaginario o real, de las esferas concéntricas.

Situémonos, dicho de otra manera, en la perspectiva de Dios o de la Eternidad: no miramos desde la Tierra hacia el exterior, sino al contrario: desde la esfera más exterior hacia el interior. Y allí, en el extremo del Universo (extremo interior) tal vez vislumbremos ese cuerpo, que ni siquiera emite luz, llamado Tierra.

(Pero el Primer Motor en realidad mueve sin moverse: es lo único realmente fijo).

2026. Lo cierto es que las interpretaciones cristianas del Primer Motor Inmóvil no tienen nada que ver con lo que decía Aristóteles, que concebía ese concepto más bien como algo que es objeto de deseo, no como una pieza de una maquinaria. Algo así como el objetivo de un dramaturgo cuando escribe su obra: el deseo de provocar placer en el espectador. Lo que se llama causa teleológica.

Desde este punto de vista, al que en realidad Aristóteles tampoco prestó mucha importancia en su cosmología o metafísica, y del que su escuela se olvidó rápidamente, la representación sería más parecida a esta imagen:


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