
Se suele pensar en el humor como una manera de olvidarse de las cosas serias de la vida, un remedio contra la depresión, el aburrimiento o la tristeza. Sin duda es todas esas cosas, pero se olvida que también es una manera de denunciar a los intolerantes, de agrietar las sólidas defensas de los sistemas dogmáticos, ya sean sociales, ideológicos, religiosos o políticos. Los bufones han sido muchas veces la única manera de protestar que no te llevaba directamente a la horca o la guillotina, aunque no son pocos los humoristas que también han acabado en las mazmorras. En la Ilíada, Homero nos presenta a un personaje zafio y gruñón, Tersites, al que todos desprecian y al que el propio Homero parece considerar un bufón detestable. Pero no nos dejemos engañar por el truco del autor, porque es Tersites quien cuestiona, en esos pasajes a primera vista humorísticos, la avaricia, la soberbia y la injusticia de los inmaculados héroes.
Tampoco parece casual la manera en la que otro de los héroes, el fatuo Áyax de Oileo, pierde en el último momento la carrera contra Ulises, en una escena que recuerda el humor del cine mudo: resbala en estiércol de vaca.
Son los bufones de Shakespeare y los saltimbanquis de la Comedia del Arte italiana y francesa los que, sin dejar de reír, levantan las faldas de la seria sociedad cortesana para mostrar sus ridículas enaguas, y los que dibujan garabatos burlescos en sus dignos muros de cartón piedra. Ellos mantienen la tradición cínica de la parresía, la franqueza o libertad de palabra, cuando todos los demás son obligados a permanecer en silencio.
Luciano no es uno más de los humoristas que la crítica y la profundidad filosóficas esconden tras la risa, sino que es el más importante de todos ellos y el creador o el máximo representante del género serio-burlesco, al combinar la seriedad de los diálogos filosóficos con la burla de Aristófanes. Su influencia, como la de otros tantos cómicos, desde Jonathan Swift a los Hermanos Marx o Woody Allen, ha sido tan o más grande que la de los ceñudos filósofos que aparecen en las enciclopedias de filosofía. Esa es la razón por la que no aparece en esas apretadas páginas llenas de pedantería y palabras de muchas sílabas, lo que Horacio llamaba sesquipedalia, palabras de un pie y medio de largo. Porque su sátira no se dirige solo contra los poderosos, los profetas, los gramáticos, los abogados, los retóricos y los propagadores de supersticiones, sino también contra los filósofos. Contra la gran farsa filosófica.

Hace casi dos mil años, Luciano de Samósata se atrevió a hacer algo imperdonable: reírse de los filósofos.
Reírse de los filósofos, no de la filosofía, que amaba profundamente, sino de quienes la traicionaban con palabras vacías, sistemas grandilocuentes y promesas de sabiduría que nunca se cumplían.
En sus diálogos y relatos satíricos, Luciano desenmascara a maestros solemnes, profetas de la razón, vendedores de doctrinas y farsantes intelectuales que confunden profundidad con oscuridad y pensamiento con retórica. La filosofía aparece aquí no como un pedestal, sino como un campo de batalla donde abundan la impostura, el ego y el autoengaño.
La gran farsa filosófica reúne algunos de los textos más incisivos de Luciano —como Hermótimo, Subasta de vidas, El pescador o La doble acusación— acompañados de una lectura que los acerca al lector contemporáneo. Porque resulta inquietante comprobar hasta qué punto estos retratos antiguos recuerdan a los gurús actuales, a ciertos discursos académicos o a la espiritualidad de postureo.
Una invitación a desconfiar, a pensar por cuenta propia y a reírse —con inteligencia— de quienes se toman demasiado en serio.






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