Excéntrico

       "Uno debería ser siempre un poco improbable"

 

                                                                           Oscar Wilde

 

 

Excéntricos

En el número 3 (1997) de la revista Esklepsis inicié una sección llamada Excéntricos, con esta cita de John Stuart Mill:

"Precisamente porque la tiranía de la opinión es tal que hace de la excentricidad un reproche, es deseable, a fin de quebrar esa tiranía, que haya gente excéntrica. La excentricidad ha abundado siempre donde ha abundado la fuerza de carácter; y la suma de excentricidad en una sociedad ha sido generalmente proporcional a la suma de genio, vigor mental y valentía moral que ella contiene. El mayor peligro de nuestro tiempo se muestra bien en el escaso número de personas que se deciden a ser excéntricas."
                          John Stuart Mill (Sobre la libertad)

 

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El cielo en la tierra

Al releer un comentario que escribí acerca de la película de Hirokazu Kore Eda After Life, advertí la relación entre su argumento y las ideas acerca del cielo y el infierno del teólogo sueco Emanuel Swedenborg.

Emanuel Swedenborg

Emanuel Swedenborg (1688-1762)

Swedenborg, que era científico, teólogo y medium, y que afirmaba que se hallaba en comunicación con los ángeles, decía que cuando morimos tardamos un tiempo en darnos cuenta de que ya no estamos vivos.

Tal vez nos despertamos en una habitación que parece ser la nuestra, entra alguien a quien no conocemos y nos dice que estamos muertos. Descubrimos entonces que es un ángel y que está allí para darnos a elegir entre cielo e infierno.

Lo sorprendente es que no todos eligen el cielo, sino que muchos prefieren el infierno:

"Los que están poseídos por el amor de sí mismos y el amor hacia las cosas mundanas, no están facultados para recibí las cosas buenas y verdaderas; abominan de ellas y las desechan; apenas entran en el cielo y toman contacto con ellas, sienten repugnancia y se apartan: entonces, huyen rápidamente para confabularse en el infierno con quienes aman las mismas cosas que ellos aman."

Además, explica Swedenborg, hay diferentes cielos y un ángel no puede vivir en un cielo que no le corresponda, porque se sentiría mal:

"Ningún ángel puede residir con ángeles de otro cielo que no sea el suyo; vale decir, no les es dado ascender de un cielo inferior a otro superior, ni descender de este a otro inferior. Si un ángel asciende de un cielo inferior a otro superior es presa de una angustia lacerante, no puede ver a quienes están a su lado; es incapaz de hablarles. Si desciende de un cielo superior, se ve privado de su sabiduría, habla con voz balbuciente, y se sume en la desesperación."

Si interpreto bien a Swedenborg, a todos los muertos se les ofrece lo mismo y ellos deben elegir. Pero no todos ven lo mismo. Lo que ven depende de lo que son y de lo que han sido. Las bellezas del cielo evidentes para uno son para otros sólo luces deslumbrantes sin interés. Lo que a algunos les parece los horrores del infierno, para otros son el medio en el que a ellos les gusta moverse, porque en ambientes semejantes han disfrutado en la tierra. Swedenborg cuenta una anécdota que él mismo presenció:

"Ciertos ángeles del cielo exterior, a quienes aún no se les había instruido que lo que constituye los cielos es la interioridad de los ángeles, suponían que podían gozar de una dicha celestial más elevada mediante el simple acceso a un cielo de ángeles superiores. Les fue dado entonces, disfrutar de la compañía de estos ángeles. Pero cuando se encontraron allí, por más que buscaron afanosamente, no divisaron a nadie."

Es interesante y hermosa la visión de Swedenborg, que hace depender nuestra vida en los cielos de nuestra vida en la tierra, de lo que él llama "nuestro yo interior". Según lo que hayas hecho con tu vida podrás hacer una cosa u otra al morir. Aunque tengas ángeles delante puedes no verlo si tu mente no está preparada para ello, del mismo modo que no vemos la luz ultravioleta o infrarroja a pesar de que se halla a nuestro alrededor.

La comparación de estas doctrinas de la salvación con nuestra vida cotidiana las hace quizá más interesantes y uno puede preguntarse, descendiendo de los cielos a la tierra: ¿de qué sirve que nos ofrezcan placeres sutiles si nuestro paladar esta quemado?

Siempre resulta difícil explicar ciertos placeres a quien no los ha experimentado. Borges conoció en su viaje a Japón a un monje que había conocido la iluminación o satori, pero que era incapaz de explicarla. ¿Cómo explicar la belleza del comienzo de la Pasión según San Mateo de Bach?

A veces experimento una conmoción al ver ciertas escenas de una película o al escuchar una canción o leer algo, emoción que me gustaría compartir con otras personas, pero a menudo me doy cuenta de que es imposible, que eso que a mí tanto me emociona deja indiferente al otro. Hay cielos swedenborgianos en la percepción y en la comprensión, cada uno de nosotros vivimos en el nuestro y raramente vislumbramos los ajenos.

Me gustaría creer que es posible, al menos de vez en cuando, poder contemplar los otros cielos sin sentir un dolor lacerante, poder observarlos y entonces, realmente, elegir, porque quien esta limitado por su incapacidad o por un desagrado que no puede dominar, es obvio que tampoco elige. Y sin duda sería incluso mejor no verse obligado a habitar en un único cielo swedenborgiano.

 

                                       Apuntes sobre Swedenborg, 1 (continuará)

 

Puedes leer el comentario acerca de la película After Life en mi página de cine El corredor ciego, pero también con este enlace directo: After life

Aunque tengo previsto rediseñar pronto las páginas de Esklépsis 1, 2 y 3, todavía puedes leerlas con su antiguo formato con los enlaces que encontrarás en el menú flotante (en páginas>Otros mundos)

Puedes leer textos de Swedenborg (en inglés) en: Sacred Texts
También hay traducciones en castellano de algunos de sus libros, como El cielo y el infierno

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Intuición y discriminación

Me gusta mucho esto que dice Paul Roazen en su fascinante libro Freud y sus discípulos:

"Jean Paul Sartre ha observado que el judío en particular ha aprendido a desconfiar de la intuición y de la empatía, por considerarlas formas de magia que no se prestan a la discusión racional, con lo que legitiman la discriminación entre los hombres. Por el contrario, la inteligencia es una facultad universal, a disposición, en grados variables, de todos"

Esta observación tan interesante de Roazen/Freud muestra de manera clara lo importante que es distinguir entre la intuición como, digamos, método creativo y la intuición como método demostrativo o de validación de un conocimiento.

La intuición es una manera estupenda de poner ideas y sensaciones ante nosotros. Otros métodos son hojear libros, ver películas, escuchar a los demás, asistir a conferencias, leer periódicos, revistas y páginas web, escuchar la radio, etcétera. Incluso se podría decir que la intuición es algo parecido a sintonizar un programa de radio que se emite desde nuestro interior, escucharnos a nosotros mismos.

El problema es que no podemos aceptar sin más lo que dicen los diversos comentaristas de los programas de radio, y lo mismo ocurre con esos mensajes que nos llegan desde nuestro interior: pueden ser un buen estímulo, pero también son una buena suma de prejuicios.

Porque la intuición consiste fundamentalmente en usar los prejuicios.

Funciona porque a veces los prejuicios funcionan. Porque a veces los prejuicios se basan en observaciones previas y son, en cierto sentido, posjuicios.

Si estamos en un semáforo y vemos que nos corresponde en tanto que peatones cruzar la calle, lo lógico es que lo hagamos, aunque veamos que se acercan coches. Ahora bien, si uno de esos coches va a una velocidad desmesurada, nuestra intuición nos puede decir que es mejor no cruzar la calle.

¿Cómo ha llegado la intuición a esa conclusión que tal vez nos ha salvado la vida? Seguramente porque ha comparado la velocidad del coche, con la de otros que hemos presenciado en ocasiones anteriores, pero, además, porque asociamos una gran velocidad con el peligro, del mismo modo que el fuego con la sensación de quemarse. Ahora bien, tal vez nos equivocamos y el coche tiene unos frenos ABS impresionantes que le permiten detenerse antes de llegar al semáforo.

Hay ocasiones en las que la intuición, es decir, los prejuicios, nos salvan la vida, pero hay otras en las que nos la complican y empobrecen.

Eso sucede cuando juzgamos a alguien por su aspecto físico, cuando aplicamos la sensación que nos causa alguien que nos parece feo o desagradable a sus cualidades como persona o a su moralidad.

Igual de intuitivo triste y mediocre es juzgar a las personas por su profesión, por su edad, por su demarcación política general (derecha/izquierda), por el lugar en el que han nacido y, por supuesto, por su sexo, sus gustos sexuales, el color de su piel o su supuesta raza o etnia.

En todos estos casos funcionan la intuición y los prejuicios a toda marcha. El propio Malcom Gladwell en su defensa de la intuición que hace en Inteligencia intuitiva, da a menudo buenos argumentos en contra de ella, como cuando dice que en un test que sirve para medir los prejuicios raciales, su resultado fue que tenía prejuicios contra los negros. Lo curioso del asunto es que el propio Gladwell, según explica él mismo, puede ser considerado, según los cánones oficiales (y tan intuitivos como prejuiciosos) negro.

Lo mismo, volviendo a lo que Sartre decía del pensamiento judío, puede aplicarse a la empatía. Estoy convencido de que la empatía es uno de los rasgos psicológicos más imprescindibles para una personalidad rica y sana. Pero es obvio que la empatía muy a menudo es dominada precisamente por la intuición y los prejuicios: sentimos empatía por los que son como nosotros o como a nosotros nos gusta que sea la gente, y no la sentimos hacia los extraños, distintos, raros, desagradables, etcétera.

Afortunadamente, también creo que la empatía y la intuición pueden ser educadas (salvo casos clínicos como el que cuenta Antonio Damasio en su delicioso El error de Descartes), robándole influencias sobre ambas cosas al puro instinto animal, que es, probablemente, la fuente original de intuición y prejuicios. Sin embargo, como es obvio, todo lo que puede ser modificado por la educación puede serlo para bien y apra mal, desarrollando prejuicios intuitivos y empatías supuestamente espontáneas. Los judíos, como señala Sartre/Roazen han sido a lo largo de la historia tal vez las principales víctimas de los prejuicios intuitivos (y todavía lo son, especialmente en España) y de la empatía (la falta de empatía). De ahí su desconfianza ante tales cosas.

Pero este asunto da para mucho y me he prometido escribir breve, al menos de vez en cuando, porque quiero facilitar la vida a mis lectores y arreglar un poco la navegación de mi página.

 

No creo necesario aclarar que no creo que exista un pensamiento judío por naturaleza. Tanto Roazen como Sartre, como yo, nos estamos refiriendo a la tradición del pensamiento judío, que tiene, es cierto, unos rasgos definidos, aunque variables y múltiples, que lo muy interesante, por ejemplo en lo que se ha dado en llamar, con bastante acierto, humor judío, desde Groucho Marx, Jerry Lewis y Woody Allen a Franz Kafka (!¡) y Saul Bellow.

 

En blogs anteriores he escrito bastante acerca de la intuición, con motivo del libro de Malcom Gladwell Inteligencia intuitiva (Blink, the power of thinking without thinking), y todavía tengo algunos comentarios pendientes, pues ni siquiera he llegado a explicar por qué me parece que el libro de Gladwell, en vez de demostrar, como es su intención, el poder de la inteligencia intuitiva logra justo lo contrario, al menos para un lector que sepa leer entre líneas (es decir, que no se deje llevar por la intuición). Ahora he agrupado todo lo referido a Gladwell en una nueva página que estreno hoy: Cuadernos de filosofía (lo de Gladwell está en Teoría del conocimiento> intuición).

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El corredor ciego

Hoy estreno o reestreno otra página, El corredor ciego, dedicada al cine. En ella reúno las entradas acerca de cine que he publicado en distintas páginas, las corrijo y en ocasiones las aumento. Esos nuevos comentarios se distinguen fácilmente del texto original.

Cine en El corredor ciego El corredor ciego

 

El suicidio del amor

Hace unos meses, Enrique Zacagnini me regaló un ejemplar de El suicidio del amor, de Daisuke Ichiba.

Enrique y yo compartimos la afición por las ediciones caseras, aunque yo solía hacer ediciones de un único ejemplar y además de mis propios escritos (tengo dos estantes de libros autoeditados), excepto con mi revista Esklepsis, de la que hacía entre seis y diez copias. Ahora, con la página web, he abandonado las ediciones en papel.

Todavía conservo las preciosas ediciones que hizo Enrique hace años de textos de Debord y otros autores. Cada librillo venía dentro de un sobre que hacía de portada.

Guy Debord Teoría de la deriva

 

William Burroughs

 

Pero ahora ya no se trata de ediciones caseras, sino de una editorial independiente llamada Los papeles pintados, en la que, al menos en esta primera edición, también colaboran Marta Sáinz, como coordinadora, Sergio Millán en el diseño y la maquetación junto a Enrique, y Emmanuelle Spinazzé en el arte final.

Daisuke Ichiba

Para iniciar la colección, han elegido a un dibujante japonés, Daisuke Ichiba, de quien han seleccionado dibujos y collages y los han editado de manera extraordinaria.

Yo no conocía a Ichiba y, cuando Enrique me habló de él por primera vez, pensé que se refería a Suehiro Maruo. Pero, aunque hay importantes semejanzas entre ellos, son también muy diferentes.

Ichiba

Humuhiko Hoso dice que el estilo de Ichiba es tan personal y tan difícil de comparar con otro que:

Todo lo que podemos hacer es acoger y aceptar el género llamado "Daisuke Ichiba"

                                "Daisuke Ichiba, the genuinly unique and creative artist"

Ichiba

A pesar de que a primera vista Ichiba parece buscar lo cruel, lo sanguinario, lo asqueroso o lo desagradable, él se considera a sí mismo un Bijin-gaka o pintor de la belleza. Y es cierto que hay mucha belleza en sus obras, como esos rostros de mujeres delicados y hermosos.

Ichiba

En contraste con esa belleza inmediata, encontramos vísceras, sangre, ojos colgantes y extrañas flores, mezcla de cebollas y sexos de mujer que esconden ojos en su interior. El contraste refuerza por una lado la serenidad de los rostros de las mujeres que pinta, pues este es una intención explícita en Ichiba:

"Querámoslo o no hay algo podrido dentro de nosotros. En este mundo los bellos paisajes coexisten con escenas de horrible violencia. Por supuesto, todo eso es enfermizo y maligno, pero eso no significa que debamos separarlo del resto y ocultarlo. Aunque tiendo de forma natural a la belleza, también soy asaltado por una urgencia irresistible de añadir  a la página elementos grotescos y cosas sin sentido para restablecer el equilibrio."

Ichiba

Ichiba se lamenta de que aunque él intenta alcanzar ese equilibrio, parece que la gente sólo repara en el aspecto grotesco de sus dibujos y "no perciben mi verdadero propósito"

Este buscado contraste no sólo nos hace apreciar más la belleza que se halla en las ilustraciones de Ichiba, sino también la fealdad, o lo grotesco, pues lo bello es también un necesario contraste para que no nos encontrarnos ante una mera acumulación de horror, algo muy frecuente en otros artistas que pueden, a primera vista, parecer semejantes a Ichiba (no me estoy refiriendo a Maruo).

Pero Ichiba también, en mi opinión, no se limita tan sólo al contraste, sino que coincide con el camino que inició, o al menos reavivó, Baudelaire con algunas de sus poesías, especialmente La carroña, en la que describe el cadáver putrefacto de un caballo en versos llenos de voluptuosidad y belleza. Allí se encuentra, de otro modo, el contraste entre la sensualidad y el horror que muestran las hermosas ilustraciones de Ichiba.

 

Puedes visitar la página de la editorial en

Los papeles pintados

 

Del poema de Baudelaire, y de la influencia que tuvo en Cezanne y a través de él en Matisse, Braque, Picasso y todo el arte moderno escribiré pronto en una entrada dedicada a otra de las grands influencias sobre Cezanne: La obra de arte desconocida.

 

Por fin he arreglado mi página de comic, que ya puedes visitar con este enlace:

Comic de 24 horas El noveno cielo

 

Deus ex machina (2ª parte)

Dios y el deus ex machina

Primera parte en: deusexmachina Deus ex machina

...

Aristóteles, Platón y mi amiga Ana me hicieron darme cuenta exacta de la interesante relación entre el deus ex machina de la narrativa y el dios de los teólogos y los filósofos.

Aristóteles, como comenté en el primer capítulo de este miniserial, deploraba el uso del deus ex machina en el teatro. No le gustaba que se utilizase un truco fácil como era hacer descender a un dios en el escenario para solucionar los enredos de la trama. Sin embargo, ¿no es eso lo mismo que hace Aristóteles al explicar cómo funciona el mundo?

En la Física, Aristóteles, siguiendo el sistema tolemaico, explica cómo funciona el universo: la Tierra se halla en el centro de una esfera trasparente, la Luna gira en una esfera similar que envuelve a la de la tierra, tras la de la Luna están las esferas de los planetas y tras estas una gran esfera no trasparente, sino negra, sobre cuyo fondo brillan las estrellas fijas.

Esferas del sistema tolemaico
Representación muy esquemática, pero muy visual, del sistema de las esferas concéntricas. En realidad, la esfera anterior a la de las estrellas fijas es la de Saturno. Tras la de las esferas fijas se supone que hay una última esfera, en la que están las estrellas errantes.

 

Cada esfera mueve a la anterior, y con ella a los astros que contienen. Es un buen argumento, pero nos estamos acercando al desenlace de la teoría del universo pstolemaico-aristotélica y todavía debemos responder a una pregunta: ¿qué es lo que mueve a la esfera de las estrellas fijas (o a la esfera que mueve a esa esfera)?

Si debemos creer que la filosofía es, como dijo en una ocasión Bertrand Russell una rama de la literatura, aquí, Aristóteles, como esos dramaturgos a los que él mismo crítica, echa mano de un recurso barato y tramposo, de un deus ex machina, al que llama Primer Motor:

"Y puesto que todo lo que está en movimiento tiene que ser movido por algo, si una cosa es movida con movimiento local por otra que está en movimiento, y ésta que mueve es a su vez movida por otra que está en movimiento, y esta última por otra, y así sucesivamente, tendrá que haber entonces un primer moviente, ya que no se puede proceder hasta el infinito."

En el libro delta de la Metafísica, Aristóteles confirma que a ese Primer Motor se lo puede llamar también "Dios".

De este modo es como Aristóteles utiliza a Dios como el deus ex machina de su filosofía.

Curiosamente, el maestro de Aristóteles, Platón, ya previno contra este truco filosófico en su Crátilo, cuando Sócrates discute con Crátilo acerca de los nombres primarios y le advierte que deben buscar una buena explicación:

"A menos que prefieras que, como los tragediógrafos cuando se encuentran sin salida y recurren a los dioses levantándolos en máquinas, así también nosotros nos demos por vencidos alegando que los nombres primarios los establecieron los dioses y, por eso, son exactos. ¿Será éste nuestro argumento más poderoso?"

Aristóteles, como hemos visto, hace oídos sordos a la recomendación de Platón y recurre al deus ex machina divino, intentando disfrazarlo bajo la apariencia de una deducción: "Puesto que una esfera mueve a otra, y otra mueve a esta…"

Probablemente, no hace falta siquiera señalar el uso que los autores cristianos, judíos e islámicos hicieron de Dios como deus ex machina, para solucionar todos los problemas que eran incapaces de resolver, ya se tratara de moral, de biología, de política o de cosmogonía.

Como si fueran mediocres autores dramáticos, los filósofos cristianos se pasaron más de mil años construyendo argumentos que desembocaban en un desenlace con deus ex machina.

No sólo eso, incluso antes de empezar a desarrollar sus argumentos, los teólogos y filósofos ya sabían que estaban obligados a  recurror al dichoso artilugio, porque Dios no era sólo el desenlace, sino la premisa de su sistema. Todo se iniciaba en Dios, continuaba sin desviarse de Dios y terminaba en Dios. Si obras semejantes se hubiesen tenido que representar en un teatro, el actor que interpretase a Dios tendría jornadas agotadoras y la máquina quizá no soportaría un uso tan prolongado.

Para los teofilósofos la respuesta es siempre Dios, sea cual sea la pregunta.

 

La nueva tramoya filosófica

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Terminada la Edad Media, Descartes se permitió dudar de ese Dios empleado como deus ex machina para justificarlo todo, e incluso se le pasó por la cabeza la idea de que fuera un demonio, un dios engañador.

En sus Meditaciones Metafísicas, se pregunta: ¿Qué pasaría si mis ideas me las trasmitiera un demonio engañador? Todas mis certezas se vendrían abajo si estuviese bajo el embrujo de un demonio o un Dios engañador:

"Supondré que hay, no un verdadero Dios --que es fuente suprema de verdad--, sino cierto genio maligno, no menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria para engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y las demás cosas exteriores, no son sino ilusiones y ensueños, de los que él se sirve para atrapar mi credulidad. Me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, ni sangre, sin sentido alguno, y creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente fijo en ese pensamiento, y, si, por dicho medio, no me es posible llegar al conocimiento de alguna verdad, al menos está en mi mano suspender el juicio. Por ello, tendré sumo cuidado en no dar crédito a ninguna falsedad, y dispondré tan bien mi espíritu contra las malas artes de ese gran engañador que, por muy poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada. "

¿Cómo continúa este fascinante argumento, que tal vez se podría considerar uno de los primeros ejemplos de eso que se ha llamado "novela del yo"? Descartes duda absolutamente de todo, supone que ese Dios engañador le ha hecho creer en su célebre frase "Pienso luego existo", que era la única certeza que había logrado tras poner en duda absolutamente todo.

Tras una parte media o nudo de la trama lleno de ideas sugerentes y de rocambolescas aventuras del espíritu, en la que Descartes encuentra dentro de sí la idea  misma de Dios (el concepto de dicha criatura), llegamos al desenlace, en el que Descartes concluye:

"Toda la fuerza del argumento que he empleado para probar la existencia de Dios consiste en que reconozco que sería imposible que mi naturaleza fuera tal cual es, o sea, que yo tuviese la idea de Dios, si Dios no existiera realmente: ese mismo Dios, digo, cuya idea está en mí, es decir, que posee todas esas altas perfecciones, de las que nuestro espíritu puede alcanzar alguna noción, aunque no las comprenda por entero, y que no tiene ningún defecto ni nada que sea señal de imperfección. Por lo que es evidente que no puede ser engañador, puesto que la luz natural nos enseña que el engaño depende de algún defecto."

¿No estamos viendo de nuevo aquí el dichoso artilugio, la mechane, haciendo descender al dios que todo lo arregla en un santiamén? Para demostrar que no sufre el engaño de un genio maligno o de un dios mentiroso, Descartes afirma que "Dios no podría dejar que me engañaran o engañarme pues eso no sería propio de Dios".

Pero, ¿el problema no era discutir qué es lo que es propio de Dios, por ejemplo ser o no engañador? 

De este modo, el deus ex machina soluciona el problema de un Dios que engaña a Descartes y le hace creer que existe un Dios no engañador.

Un truco realmente sofisticado, equivalente a hacer descender en la escena del teatro a un Dios, descubrir que el argumento no se resuelve con su intervención, sino que se complica, y que hay que hacer descender a otro Dios para que resuelva el nuevo problema.

Afortunadamente,  en los teatros griegos no sólo existía la mechane, sino también otras máquinas, como la ekkylkema, que permitía mostrar una parte de la escena que hasta ese momento había estado  oculta: quizá allí se podía esconder este segundo Dios que resuelve (¿resuelve?) el problema del primer dios engañador.

... Puntos suspensivos...

Lo curioso del asunto, volviendo al origen de este texto, es que  Aristóteles no sólo utiliza  a Dios como deus ex machina, si es que con debemos identificar al Primer Motor con Dios, sino que, siglos después de su muerte, el propio Aristóteles se convertiría en el deus ex machina de teólogos y filósofos, quienes con una apelación a él, llamado "el Filósofo", arreglarían todos los desaguisados y rellenarían todos los huecos de sus sistemas.

 Aristóteles, en efecto, se convirtió en deus ex machina filosófico durante la larga era cristiana, sólo por debajo de Dios en importancia y uso. Aristóteles fue durante la Edad media el Filósofo, la encarnación de eso que se ha llamado argumento de Autoridad:

_Por qué tenemos que creer que tenemos libre albedrío?

_ Porque lo dice Fulano.

_¿Y quién es Fulano?

_Fulano es el Filósofo.

_¿Y quién es el Filósofo?

_ Aristóteles.

De este modo, se hizo decir al Filósofo casi todo, incluso  cosas que nunca había dicho. Así, los preceptistas italianos y los clasicistas franceses aseguraron que las obras dramáticas debían respetar la unidad de tiempo, acción y lugar. ¿Por qué? Porque lo decía Aristóteles (pero Aristóteles no lo decía).

¿Y por qué no se debe usar el deus ex machina en el teatro?. Porque lo decía Aristóteles.

(continuará)

 

Sobre la intuición

(Respuesta a Ogro)

Llegó un comentario acerca de la entrada que escribí acercade la intuición. Los comentarios de Ogro siempre me parecen muy interesantes y tardo en contestarlos pero no los olvido (todavía tengo otros dos pendientes).

(Puedes leer la entrada en Intuición y discriminación)

"Totum revolutum o juicio y análisis.

A propósito de la entrada "Intuición y discriminación", apuntaré algunas cosas. Dices, Daniel, "la intuición consiste fundamentalmente en usar los prejuicios". Desde mi punto de vista, no es así. El juicio no debe confundirse con el análisis. Analizar algo, desde la Epistemología, desde el paradigma científico, supone averiguar el funcionamiento de ese algo, se trata de buscar la verdad, al margen de valoraciones morales.
  Juzgar, sin embargo, es precisamente eso: valorar moralmente; la bondad o maldad, la belleza, la pertinencia...
  Juzgar es una actividad distinta a analizar. Mucho más si hablamos de prejuzgar.
  Intuir, creo yo, es un modo de buscar la verdad. Una verdad que se nos presenta incompleta, inaccesible; meramente indicada.
  Por tanto, la intuición estaría más cerca del análisis que del juicio.
  No es necesario juzgar a alguien para intuir que está enfadado.
  El prejuicio, siguiendo por esta línea, sería un obstáculo para la intuición, porque se adelanta a la búsqueda de la verdad: primero opera la valoración moral y luego busca la confirmación de esa valoración, sin atender a contradicciones (incluso evidentes). La intuición, sin embargo, busca las contradicciones, busca la falsación de la hipótesis inicial.
  La intuición es dinámica y sin embargo el prejuicio es estático.
           Un abrazo".

La verdad es que cuando dije que la base de la intuición es el prejuicio y/o el instinto lo hice  sabiendo que era una afirmación un tanto polémica.

Sin embargo, creo que la afirmación es cierta en cierto sentido, en el del habla cotidiana, y que es bastante interesante en el otro sentido (en el del habla filosófica; por ejemplo, desde el punto de vista de la teoría del conocimiento, de la epistemología o la gnoseología, si es que se trata de disciplinas diferentes).

Intentare explicarme.

 

¿Qué es la intuición?

Lo que se entiende vulgarmente por intuición es la capacidad que tenemos en algunos momentos para formarnos una opinión instantánea sobre algo o alguien sin recurrir a un análisis a fondo de la situación. Vemos a alguien que camina hacia nosotros en una calle oscura e intuimos que puede ser peligroso. Así que nos alejamos o caminamos junto a los coches que pasan, para no hallarnos expuestos en la acera.

En otras ocasiones, nuestra intuición nos dice que un político no es de fiar. No sabemos por qué. No se debe a que hayamos analizado su discurso, ni a que sepamos algún secreto que oculta: simplemente, su manera de hablar o sus gestos o algo en él nos dice que no es de fiar, que miente de alguna manera. Mi padre dice que la televisión es implacable, porque basta con ver a un político hablar para saber claramente si miente o no (yo lo dudo).

Estos serían ejemplos de intuición en el sentido vulgar o cotidiano. Pero también hay ejemplos en la ciencia: muchos científicos aseguran que gracias a una intuición llegaron a descubrir una gran verdad, por ejemplo, la teoría de la relatividad por Einstein o la estructura del benzeno por Kekulé. La llamada serendipia o descubrimiento accidental a menudo se origina en una intuición, pero no siempre.

¿Que nos muestran todos estos ejemplos? Supongo que lo que muestran es que la intuición pone ante nosotros una imagen, una idea, una opinión, a veces un juicio de valor. Eso que es puesto ante nosotros, esa intuición, puede tener su origen en diferentes causas.

Cuando un matemático intuye que la solución a una fórmula muy difícil ha de contener la raíz cuadrada de -2, seguramente lo que sucede es que su cerebro, operando en un segundo plano de la consciencia, le señala en esa dirección. Yo estoy convencido de que el cerebro no sólo ordena los datos que le suministramos, sino que es también creador en segundo plano. En esto sigo las ideas que el gran matemático Henri Poincaré formuló a principios del siglo XX, ideas que poco a poco están siendo aceptadas e investigadas por la comunidad científica.

Poincaré tuvo entonces esa genial intuición, reclamando para la ciencia el estudio de algo que hasta entonces había quedado en manos (en las torpes manos) de los "espiritualistas", como los interpretadores de sueños o los diversos paranormalistas.

En realidad, no es tan asombroso que el cerebro trabaje en paralelo en varias cosas (ya lo hacen, con mucha menos capacidad, los ordenadores), y que incluso sea capaz de hacer con esa información algo más que combinaciones y clasificaciones. Por eso a menudo recomiendo que, del mismo modo que uno no se ocupa de hacer la digestión por su estómago, también  puede permitir y encargar a su cerebro hacer ciertas tareas, sin ocuparse conscientemente de ellas.

Poincaré

A Poincaré le gustaba practicar un método que consistía en dormirse en un cómodo sofa sosteniendo en las manos dos bolas de acero. Cuando era vencido por el sueño, las bolas caían de su manos sobre dos bandejas de metal. El ruido despertaba a Poincare, quien, entonces, intentaba atrapar las ideas que circulaban por su cabeza en esos momentos previos al sueño, pues estaba convencido, y creo que con razón, que esos instantes son extraordinarios para el pensamiento creativo, pues es entonces cuando el control del yo consciente se relaja y deja que circulen otras ideas.

 

Poincaré no sólo tuvo esa intuición (la de las capacidades del cerebro en segundo plano), sino muchas otras, pues no en vano es considerado, quizá en rivalidad con Von Neuman y Ramanujan el mayor matemático del siglo XX.

Poincaré llegó incluso a atisbar ciertas consecuencias matemáticas que le habrían conducido a la teoría de la relatividad anticipándose a Einstein (quien reconoció la influencia del francés en sus investigaciones). Sin embargo, la intuición le dijo a Poincaré que aquellas teorías eran demasiado absurdas para ser ciertas, con lo que renunció a seguir ese camino que le habría puesto a la altura de Newton y quizá habría dejado en el anonimato a Einstein.

¿Qué quiero decir con esto? Que del mismo modo que una intuición nos puede llevar a una verdad, también nos puede llevar a una mentira o  a un error.

 

Intuición y verdad

Tú, Ogro, dices:

"Intuir, creo yo, es un modo de buscar la verdad. Una verdad que se nos presenta incompleta, inaccesible; meramente indicada."

Y concluyes:

"Por tanto, la intuición estaría más cerca del análisis que del juicio."

Yo creo que la intuición, tal como la usamos habitualmente, no es ni análisis ni juicio. Es simplemente un destello, que se nos presenta sin saber muy bien cómo ni por qué.

En cierto sentido tiene que ver con el análisis, puesto que nuestro cerebro probablemente nos ofrece una intuición tras examinar algunas informaciones que hemos metido dentro de él (análisis o examen del que no somos conscientes). Por ejemplo cuando intuimos que nos vamos a llevar muy mal con alguien al que acabamos de conocer, a pesar de que no sabemos explicar por qué.

Pero, en otro sentido, la intuición también está cerca de ser un juicio (y un prejuicio) porque casi siempre nos ofrece aquello que ya hemos juzgado de antemano y, como en el caso anterior, sin darnos cuenta de ello. Por ejemplo: que un joven de aspecto descuidado y que camina dando tumbos puede representar un cierto peligro en una noche oscura.

Pero sea cual sea su origen, la intuición, tal como se nos presenta no es exactamente un modo de buscar la verdad. Seguramente,  a menudo es más bien, un modo de buscar la supervivencia, o el mero interés, o cualquier otro mecanismo que resulte tan o más útil que la búsqueda de la verdad. Es por eso que la comparaba al instinto, pues el instinto, es, digamos, la memoria de la especie (que no es lo mismo que el inconsciente colectivo de Jung): un acto reflejo premiado por la selección natural.

En cierto sentido, contradiciendo tal vez lo que dije al principio de este apartado, la intuición es el resultado de un análisis inconsciente que se nos presenta en forma de conclusión o juicio. Lo que percibimos conscientemente es sólo el resultado de estas operaciones, de ahí la sensación de seguridad o certeza que suele acompañar a la intuición.

 

¿Es tan asombrosa la intuición?

Cuando recordamos que este o aquel científico descubrió tal cosa gracias a una intuición, olvidamos que ese mismo científico, y muchos otros antes y después que él, recibieron miles de intuiciones que no les llevaron a ninguna verdad. Lo cierto es que un matemático suele intuir varias veces al día que ahora sí, que ahora ya tiene la solución al dichoso problema que le atormenta. Algunos se pasan la vida así, de intuición en intuición, sin alcanzar nunca la solución deseada.

Porque la intuición es sólo eso, una apuesta, una mano que señala un camino, "un modo de buscar la verdad", como tú lo llamas. Pero, después, hay que recorrer ese camino para ver si lleva o no a algún lugar, o al menos a algún lugar interesante.

 

Inducción, deducción, intuición, abducción

Cuando una intuición se convierte en algo más que un destello, ya casi podríamos dejar de llamarla intuición y pasar a llamarla abducción, retroducción o transducción (en el sentido que le daba Peirce) retroducción o transducción: ya no consiste tan sólo en recibir un destello, sino en ponerlo en relación con otra cosa con la que aparentemente no tiene relación.

No sé si era Peirce o Eco, quien ponía el ejemplo de un saco de judías para distinguir entre deducción, inducción y abducción (o transducción). Lo cito de memoria:

Si sabemos que en una habitación sólo existe un saco de de judías rojas, entonces, en caso de que encontremos una judía roja, deduciremos que esa judía ha salido de ese saco.

Si, sin conocer el contenido de un saco, empezamos a sacar judías y todas son rojas, induciremos que, por ejemplo tras sacar 3547 judías rojas, que la siguiente que saquemos también será roja.

Si sabemos que en la habitación hay un saco de judías (aunque no sabemos cuántas ni de qué color), y encontramos en el suelo una judía roja abduciremos que esa judía pertenece al saco y que es muy posible que, además, el resto de las judías del saco serán también rojas.

La deducción es un método poderosísimo, que nunca falla pero que no aporta nuevo conocimiento, o que al menos no añade nada nuevo a lo que ya estaba en cierto modo contenido en las premisas. Sólo funciona en sistemas cerrados. Las fórmulas de la lógica y casi todas las de la matemática (la excepción es la matemática misma a causa del teorema de incompletitud de Godel) son de este estilo: nos enseñan a razonar correctamente a partir de unos datos.

La inducción nos proporciona a menudo nuevos conocimientos, pero no son del todo seguros. Si vemos que amanece durante 20.000 días, es muy probable que salga el sol mañana, pero tal vez, al hacer esta predicción, nos estamos equivocando, porque el sol acaba de colapsar (y todavía tardaremos ocho minutos en saberlo). Un ejemplo gracioso de razonamiento inductivo erróneo se lo puse a mi hermana en una felicitación cuando cumplió 20 años:

"Todos los años de mi vida he cumplido menos de 20 años, así que en esta ocasión cumpliré también menos de 20 años"

En cuanto  a la abducción, es el método de Sherlock Holmes y el que más ha hecho avanzar la ciencia. Es el método que siguió Kepler para descubrir que los planetas se movían en elipsis o el de Darwin al preguntarse si no se podría aplicar la selección artificial de perros y palomas a los procesos naturales. De todos modos, aunque es fascinante, es un método de investigación, pero no de comprobación o demostración.

Volviendo a la intuición, ¿Cómo se podría ejemplificar en el ejemplo del saco de judías? A primera vista, parece que la intuición es semejante a la abducción, pero creo que la intuición ni siquiera establece esa hipótesis que es carácterística de la abducción. La intuición sería algo así como encontrar una judía roja en una habitación desconocida y decir: "Debe haber un saco de judías rojas en la habitación."

Tú, Ogro, dices:

"La intuición, sin embargo, busca las contradicciones, busca la falsación de la hipótesis inicial."

No creo que eso se le pueda atribuir a la intuición, sino más bien a lo que hacemos con la intuición. Intuimos algo y a continuación, si es que no nos dejamos llevar por el pensamiento mágico, intentamos averiguar su consistencia.

Ahora bien, si asentamos nuestras ideas en intuiciones, entonces seguramente seremos inexpugnables a la crítica, precisamente por ese carácter inasible de la intuición, porque nos da esa seguridad cuyo origen desconocemos. De ahí que sea frecuente que muchas personas consideren la intuición una especie de adivinación: hay una página web, por ejemplo,en la que se pone a prueba tu intuición dándote a elegir entre tres vínculos cuál es el que funciona.

De todos modos, supongo que tú, Ogro, te estás refiriendo a otro tipo de intuición, a una intuición considerada desde el punto de vista filosófico, ya se trate de la intuición sensible, ya de la distinción entre el conocimiento intuitivo y el demostrativo, por ejemplo, a la manera de Descartes, que coincide con tu definición de intuición como búsqueda de la verdad:

"Por intuición entiendo una representación que es asunto de la inteligencia pura y atenta, que nace de la sola luz de la razón y que por ser más simple que la deducción es todavía más cierta que ella".

De este tipo serían las ideas claras y distintas de Descartes, muchas de las cuales, sin embargo, ahora no nos parecen ni claras ni distintas. Y sin embargo, sus deducciones, como el sistema de coordenadas, nos siguen pareciendo, si no absolutamente ciertas (porque absolutamente cierto no lo es nada), sí inmensamentre útiles.

Ahora bien, yo creo que ese destello que es la intición y que se nos presenta tan frecuentemente en nuestra vida cotidiana, en nuestras reflexiones filosóficas o en nuestras investigaciones científicas, sí viene asociado a menudo con un juicio instantáneo, con un trasfondo moral, opinativo o emocional, que tú niegas.

Lo cierto es que cuando dije que la intuición en sí misma era un juicio o un prejuicio me refería más que nada al juicio intuitivo, que es el asunto del libro de Gladwell Inteligencia intuitiva.

Puede haber opiniones o juicios intuitivos, es decir basados en una intuición, como puede haber juicios deductivos, basados en una deducción, o juicios inductivos. Incluso se puede hablar de juicios y opiniones racionales, razonables, mágicos, empáticos, etcétera. Sea cual sea el origen de tales cosas: razón, empatía, magia, etc.

 

Intuición y prejuicios

Cuando preguntamos a alguien: ¿por qué te cae mal Fulano? y él no nos sabe decir por qué, hay bastantes probabilidades de que sea porque Fulano es moro, judío o cristiano, o porque se dedica a una profesión que no le gusta a quien siente esa intuición inexplicable. Su opinión sobre Fulano probablemente se basa en un conocimiento puramente intuitivo, no en una reflexión.

¿Y en qué se sostiene ese conocimiento puramente intuitivo y empático: casi siempre en los prejuicios, es decir en ideas previas, como que los moros, los judíos o los cristianos son algo malo en sí. No hace falta una reflexión a fondo para darse cuenta de lo estúpido de tales juicios intuitivos: Lovecraft siempre detesto a los judíos hasta que poco antes de morir conoció a un judío que le cayó muy bien: entonces se dio cuenta de que había actuado, como un niño ignorante, fiándose de la primera impresión, de sus intuiciones (que, a su vez, nacían de prejuicios).

Uno de los argumentos a favor de la intuición es precisamente aquello de que la primera impresión es lo que cuenta y mucha gente presume de "calar" enseguida a los desconocidos. Sin embargo, cualquiera que se observe a sí mismo con un poco de rigor  (algo que no creo que ocurra casi nunca) se dará cuenta de que se equivoca una y otra vez en sus juicios intuitivos. Yo me equivoco casi siempre. Sólo empiezo a acertar cuando dispongo de datos suficientes y no sólo de las primeras intuiciones o impresiones. Porque nuestras primeras intuiciones e impresiones surgen porque utilizamos nuestro depósito de prejuicios o ideas almacenadas, seamos o no conscientes.

El problema es que esas intuiciones primeras a menudo determinan el resto de percepciones, creando un prejuicio del que es muy difícil librarse.

Uno de los capítulos más interesantes de Inteligencia intuitiva es aquél en el que Gladwell cuenta el caso de un vendedor de coches, el mejor vendedor de coches de la localidad, un verdadero monstruo, capaz de venderle un coche a cualquiera. Pues bien, en uno de los pasajes más deliciosamente autorefutadores del propio libro, el vendedor explica que su método consiste en no fiarse nunca de las primeras impresiones, en no juzgar nunca  a un cliente por su aspecto, o por la empatía que le produzca o por las sensaciones intuitivas de que va a ser un buen cliente o no: "el prejuicio es el beso de la muerte", dice.

El verdadero pensador inteligente, como este vendedor de coches llamado Golomb, no es el que se da cuenta de lo bien que funciona su intución, sino el que se da cuenta precisamente de lo contrario: de lo mal que funciona. De cuantas veces le ha fallado y de lo fácil que le ha sido a menudo equivocarse en su primera intuición. El que espera pacientemente a que lleguen los datos e incluso los busca. El que actúa como Sherlock Holmes y dice: "¡Datos, datos! Necesito datos. No puedo construir una casa sin ladrillos."

Sherlock Holmes

Holmes a Watson: "Me impongo la regla de no tener jamás prejuicios y seguir con docilidad dondequiera me lleven los hechos"

 

Origen de la intuición

En mi opinión, como ya he dicho antes, la intuición es la punta de un iceberg cuya masa son las ideas y experiencias previas que tenemos en nuestro cerebro. ¿De qué otro modo podría venir a nosotros una intuición (una vez descartada la magia, la revelación o algún tipo de iluminación, que, supongo tú, Ogro, no tienes en cuenta como explicación)?

Esas ideas previas son posjuicios en tanto que causados por impresiones e ideas que hemos adquirido en el pasado, pero se convierten en prejuicios en cuanto los aplicamos al presente o  a nuevas percepciones.

Esto no tiene nada de malo. Ya dije que los prejuicios pueden ser útiles en ocasiones. Es probable que sean, como la intuición y la empatía, un producto de la evolución biológica y una ayuda para la supervivencia.

Como insinué al principio, los seres humanos no buscan primordialmente la verdad, sino la supervivencia, el interés, la satisfacción de sus impulsos o cosas semejantes. La búsqueda de la verdad (si no está asociada a todo lo enumerado anteriormente), requiere de una cierta sofisticación cultural y mental que nos libre de seguir sin más las tendencias puramente instintivas e intuitivas.

No es lo mismo una opinión o un juicio basado solamente en prejuicios, intuiciones o empatías, que otro basado en la observación, la reflexión y la intención de ser justo, honesto o como se prefiera llamar a eso que consiste, precisamente, en no dejarse llevar por los prejuicios, entendidos en este sentido como una sentencia aplicada antes siquiera de reunir las pruebas.

Tu dices: "No es necesario juzgar a alguien para intuir que está enfadado."

No, pero esa intuición puede corresponderse con la realidad o no: quizá es un gran actor que finje y, en realidad, no está enfadado. La verdad es que si parece enfadado, ho nos hace falta la intuición, sino simplemente la observación. Si no parece del todo enfadado pero intuimos que lo está, entonces, creo, como ya he dicho varias veces que esa impresión se debe a aun análisis previo del que no somos conscientes (pequeños detalles casi impercetibles) y esa impresión es en sí misma un juicio o al menos una conclusión obtenida de esos indicios.

También dices:

"El prejuicio, siguiendo por esta línea, sería un obstáculo para la intuición, porque se adelanta a la búsqueda de la verdad: primero opera la valoración moral y luego busca la confirmación de esa valoración, sin atender a contradicciones (incluso evidentes). La intuición, sin embargo, busca las contradicciones, busca la falsación de la hipótesis inicial. La intuición es dinámica y sin embargo el prejuicio es estático."

No entiendo en qué sentido es dinámica la intuición. Un prejuicio puede ser intuitivo y una intuición puede ser prejuiciosa. Ahora bien, si por intuición entiendes por ejemplo, la sospecha de que podría existir una relación inesperada entre dos cosas aparentemente no relacionadas, entonces estoy completamente de acuerdo (aunque prefiero llamar a eso abducción). Esa intuición parece contener o al menos conducir a un cierto dinamismo. Porque que falsemos o no falsemos las hipótesis, eso ya no depende de la intuición, sino de nosotros, aplicando métodos inductivos, abductivos, deductivos o predictivos. Hay que tener cuidado con la antropomorfización de las capacidades y métodos de percepción y demostración e investigación, porque no son ellas quienes hacen las cosas, sino nosotros utilizándolas.

Por otro lado, tal vez tú te refieres a un uso de intuición más filosófico, quizá relacionado con la intuición creadora de Bergson o con la fenomenología de Husserl, pero yo me refería a un uso más común, el que le da Gladwell en su libro, el que se usa comúnmente y el que más se suele emplear en estos tiempos tan fascinados por la intuición,  los conocimientos instantáneos y los gurús de eso que se ha dado en llamar autoayuda.

 

Instinto e intuición

Creo, por otra parte, que sería una investigación interesante comparar el instinto animal con la intuición. En gran medida (o al menos en sentido metafórico), el instinto es un prejuicio, un hábito mecánico codificado en el ADN. En lenguaje biológico se podría decir que un instinto es la manera en la que el genotipo (la especie) actúa sobre el fenotipo (el individuo). Lo que dije antes de la memoria de la especie.

Intuyo que la intuición podría considerarse la manera en la que el fenotipo (el individuo) actúa sobre un momento o una acción concreta de la vida de ese individuo, que llamaré, con un neologismo que me invento ahora, kairostipo.

También intuyo que, del mismo modo que los individuos pensantes debemos librarnos en la medida de lo posible del condicionamiento de la especie o instintivo (gracias  a la educación y la cultura), también debemos librarnos o controlar nuestros condicionamientos intuitivos adquiridos a través de la educación y la cultura (o incultura), recurriendo a la reflexión, la observación inteligente y el sentido común bien aplicado a cada momento.

Pero todo esto son sólo intuiciones, o tal vez ya abducciones, sobre las que intentaré reflexionar con más atención en otro momento.

 

Más sobre la intuición en Cuadernos de filosofía Cuaderno de filosofía

 

Enciclopedia de Bolsillo "Mosca y caja"

Zenón de Elea

 

Más capítulos de la Enciclopedia de Bolsillo en:

                                 Mosca y caja
Mosca y Caja

 

Brevísima defensa de lo extenso

Nada más unánime que el elogio de la brevedad. Lo bueno si breve, dos veces bueno, dijo Gracían, no sé si antes o después de escribir una de las novelas más largas que existen, El criticón.

Como todos, yo también defiendo la brevedad, pero a veces dudo. Hace un tiempo escribí, en un comentario acerca de Viaje al oeste, que también me gustan las novelas o ensayos extensos. Ahora voy a citar algo que dijo Leonardo da Vinci:

"Quienes compendian obras atentan contra el conocimiento pero también contra el amor, ya que la fuente de todo conocimiento es el amor que alguien tiene por algo; entre más certero sea el conocimiento, más ferviente será ese amor, y la certeza, a su vez, procede del minucioso entendimiento de todas y cada una de las partes que, al unirse, conforman el todo... sólo la impaciencia, madre de la insensatez, podría elogiar la brevedad."

Kemp explica que en ese párrafo Leonardo se refería a los compendios de anatomía:

"Su ataque está dirigido principalmente contra aquellos que hacen resúmenes o epítomes de largos textos, especialmente contra los que describen las múltiples maravillas del cuerpo humano mediante exposiciones sumarias; el argumento es que el verdadero estudioso de la gloria de la naturaleza debe siempre respetar los asombrosos medios por los que diversas formas fueron diseñadas para cumplir funciones específicas, ya sea que hablemos de la inmensa maquinaria de los cielos o de una diminuta válvula en el corazón humano; pero el mismo Leonardo se daba cuenta de que ni siquiera él podía investigar cada aspecto de la naturaleza (o, para tal caso, del cuerpo humano) con la profundidad que ello exigía."

A mí siempre me han fastidiado los libros resumidos. Cuando quiero leer el Talmud me gustaría acceder a los 35 volúmenes y no a las selecciones. Si se trata de la Vida de Johnson, deseo leer la vida de Johnson entera y no el resumen que publicó hace poco Austral (ahora ya disponemos de dos traducciones íntegras en español). Lo mismo con la Historia de la decadencia de Roma, de Gibbon, o con Los nueve libros de la historia, de Herodoto. Siempre tengo la sospecha de que a los compiladores se les habrá escapado lo mejor en sus resúmenes.

Muchos libros los leo en diagonal o los hojeo y me detengo sólo en algunos párrafos, pero también siento un gran placer de la lectura de libros extensos.

Y aquí acabo esta defensa, pues prometí ser breve.

 

¿Existe el movimiento?

En el último capítulo de la Enciclopedia de bolsillo Mosca y Caja dedicado a Zenón de Elea, mi intención era mostrar que la afirmación de Zenón de que el movimiento no existe no resulta tan extravagante o inimaginable como puede parecer a primera vista. Quise mostrarlo mediante una analogía, una comparación entre el mundo real en tres dimensiones que creemos habitar y el mundo ficticio de las dos dimensiones de un comic.

El razonamiento por analogía no es demostrativo, por supuesto. Su poder de convicción es en gran parte emocional: si podemos concebir en ciertas condiciones algo que nos resulta difícil imaginar, ello nos lleva a aceptar la posibilidad de que otra cosa difícil de concebir, pero semejante a aquella, también pueda darse en otras condiciones, cuya naturaleza exacta ignoramos.

No sé si se entiende.

Lo diré con un ejemplo: si podemos ver que en un mundo en dos dimensiones un objeto atraviesa a otro objeto sin afectarlo, entonces, podemos, por analogía, pensar que también en el mundo en tres dimensiones hay objetos que atraviesan a otros sin afectarlos, por ejemplo, un fantasma que pasa a través de nuestro cuerpo.

Pues bien, es sencillo observar cuerpos que atraviesan a otros en el mundo de dos dimensiones: basta con mirar en un espejo cómo alguien pasa por detrás de nosotros. En el mundo bidimensional del espejo lo único que se ve es que un cuerpo atraviesa a otro sin afectarlo.

Naturalmente, nosotros sabemos que esa persona no nos ha atravesado, sino que ha pasado detrás de nosotros en el mundo tridimensional, pero la analogía lo que nos propone es que veamos lo que ha sucedido desde el punto de vista del mundo del espejo. Desde el punto de vista de un mundo que sólo tiene dos dimensiones.

En ese mundo no es concebible que un objeto pase por detrás de otro objeto, porque no hay detrás. En el mundo de dos dimensiones, detrás y delante no se refieren a la profundidad, sino tan sólo a la posición (a la derecha o a la izquierda, o bien arriba o abajo).

Cristal y reflejo

No hace falta un espejo para imaginar cómo serían los fenómenos paranormales en un mundo bidimensional. Basta con imaginar que el cristal a través del que miras la calle es ya un mundo bidimensional. Es decir, que no hay profundidad, que todo lo que ves sucede en la superficie plana del cristal. Entonces asistirás a cosas tan extravagantes como que una paloma ocupe la misma posición que un  árbol, o que las personas se atraviesen unas a otras. Si a ello le añades tu propio reflejo en ese cristal, la cosa se hace todavía más fantasmal.

 

El tremendo poder del pensamiento analógico es que nos enfrenta a una aparente imposibilidad o a una extraña situación que, sin embargo, se explica de una curiosa pero razonable manera.

El mito de la caverna de Platón es uno de los más conocidos ejemplos de pensamiento analógico. Imaginemos que hay unos prisioneros atados en una caverna y que sólo pueden ver las sombras de objetos que pasan detrás de ellos. Esos cautivos creen que el mundo real son sólo sombras en dos dimensiones.

Una vez que el oyente ha aceptado esa imagen de los cautivos como plausible, se le dice: "Ahora imagina que todo este mundo en tres dimensiones que consideramos el mundo real es sólo una sombra de otro mundo más perfecto (y tal vez con más dimensiones)". Ese mundo real más perfecto que el aparente para Platón el mundo de las Ideas.

La caverna de Platón fue actualizada hacia los años 80 del siglo pasado por Rudy Rucker, quien sugirió que, en vez de estar encadenados en una cueva, los cautivos estaban conectados a un ordenador o un visor de realidad virtual, de tal modo que creían que ese mundo virtual era el mundo real. Partiendo de esa idea escribí hace años varios cuentos que después incluí en Recuerdos de la era analógica, como La caverna o Manifiesto contra los mundos posibles.

En Matrix, los hermanos Wachowsky también llevaron esa idea al futuro, a un futuro quizá no tan lejano, mezclándola con Alicia en el país de las maravillas y la estética del anime japonés.

Pero la variación quizá más interesante de la caverna platónica es la que hizo Edwin A. Abbot en su libro Flatland, aquí traducido como Planilandia.

El protagonista de esta novela filosófica, llamado Cuadrado A, vive en un mundo en dos dimensiones.

Un día un extraño ser entra en su mundo. Se trata de una esfera. Como sucedía con el espejo, o con los coches que circulan por la calle y se reflejan en el cristal de una ventana, la tridimensionalidad de la esfera no puede ser percibida en Flatland: es percibida sólo en dos dimensiones.

Los habitantes de Flatland, incapaces de percibir la tercera dimensión, tan sólo ven que en su mundo aparece, de manera milagrosa, primero un punto; después que ese punto se convierte en un circulo pequeño que va aumentando hasta su máximo diámetro, para después comenzar a disminuir, convertirse en otro punto y desaparecer. De este modo, ven lo que nosotros definiríamos como una esfera atravesando una superficie plana.

LA esfera en Flatland

Un ser de la tercera dimensión, la Esfera, atraviesa el mundo de la segunda dimensión.

Del mismo modo que sucedía en la caverna de Platón, y en  la variación que hizo Agustín Hipona del mito, en Flatland la analogía no sólo sirve para mostrar la posibilidad de que vivamos sin saberlo en un mundo reflejado, o en la sombra de un mundo más perfecto que no podemos percibir, sino que también tenía un interesante trasfondo teológico (Abbot era sacerdote), y también social, psicológico e ideológico incluso.

 

Flatland

 Portada original de Flatland. El nombre del protagonista, Cuadrado A, es el del autor al revés, pues A. Abbot se puede leer "A al cuadrado".
  En la ilustración de la portada también se puede observar que, además del mundo en dos dimensiones (Flatland) y en 3 dimensiones (Spaceland), existen otros dos: sin ninguna dimensión (Pointland) y con una (Lineland). Cuadrado A viajará a Linelandia, donde su presencia resulta tan asombrosa como la de la esfera en Planilandia.

Pero no me ocuparé por el momento de Flatland, pues quería hablar de aquello de Mosca y Caja y Zenón.

En la historieta, Caja opina que el movimiento no existe (¿y que otra cosa podría pensar una caja, por cierto?), mientras que Mosca asegura que el movimiento sí existe.

Caja coincide con Zenón, quien tenía varios argumentos para negar el movimiento: el más conocido es el de Aquiles y la tortuga, pero hay otros como el del estadio o el de la flecha, que es el que analizan Mosca y caja.

Zenón de Elea y la flecha

 

En la historieta, Mosca lanza dos veces la flecha. En la primera, da la impresión de que la flecha está siempre inmóvil en cuatro lugares distintos:

Mosca y Caja y Zenón de EleaMosca y Caja y Zenón de EleaMosca y Caja y Zenón de EleaMosca y Caja y Zenón de Elea

 

Pero la segunda vez que Mosca lanza la flecha parece que la flecha se mueve. Se lo parece a Caja en su mundo bidimensional y nos lo parece a nosotros, que miramos desde un mundo tridimensional.

 


 

Sin embargo, en este segundo lanzamiento, la flecha ocupa exactamente las mismas posiciones que en el primer caso.

Aunque se trata de una animación en Flash, lo único que hice en el segundo caso fue que las cuatro viñetas cambiasen rápidamente, pero sin crear nuevas viñetas intermedias.

Esto muestra que algo que está inmóvil, primero en la posición 1 y luego en la posición 2, parece que se mueve realmente de la posición 1 a la posición 2.

Somos nosotros quienes ponemos un movimiento que no existe, con lo que la tesis de Zenón de que el movimiento no existe no resulta tan extravagante, al menos en el mundo de las dos dimensiones, o en un mundo de dos dimensiones percibido en nuestro mundo de tres dimensiones.

Esta ilusión de movimiento es la que hace posible el cine cuando se proyectan 24 imágenes por segundo, 24 fotografías estáticas que trasmiten la sensación de movimiento continuo. Podemos comprobarlo en uno de los primeros ejemplos del cine mudo:

 

La sensación es semejante a la de la flecha de mosca y Caja. De hecho es idéntica, porque la película del caballo galopando en realidad no es una película, sino una sucesión de fotografías que hizo Muybridge antes de la invención del cinematógrafo, y que ahora pueden ser vistas como cine, simplemente pasándolas a cierta velocidad.

Caballo al galope de Muybridge

 

Placa del caballo galopando de Muybridge. No es una película, sino una sucesión de fotografías que Muybridge pudo tomar gracias a un ingenioso sistema con muchas cámaras que se activaban al paso del caballo. Las extraordinarias fotografías del movimiento de hombres y animales que hizo Muybridge tuvieron su origen en una apuesta. Había que resolver si un caballo al galope llegaba a tener en algún momento las cuatro patas en el aire. Las fotografías 3 y 4 prueban que sí.

 

La ilusión del cine se suele atribuir al efecto phi combinado con el fenómeno de la persistencia retiniana. Sin embargo, ahora se considera que en el cine no está implicado el efecto phi, sino el beta, también descubierto por el gran teórico de la Gestalt Wertheimer. Al parecer, tampoco  la persistencia retiniana explicaría lo que nos sucede en el cine.

Duchamp Desnudo bajando una escalera

 

El hermoso cuadro de Duchamp Desnudo descendiendo una escalera, muestra que la simple sucesión espacial de imágenes semejantes pueden trasmitirnos la idea, pero no la ilusión de movimiento. Hace falta que esta sucesión tenga lugar en el tiempo.

El saltador de Muybridge

Otra magnífica obra de Muybridge, quien fue la influencia fundamental de los desnudos en movimiento de Marcel Duchamp

 

Acróbata de Muybridge

 

Un ejemplo supremo de cómo nuestra percepción es condicionada por nuestras teorías acerca del movimiento: en esta sucesión de Muybridge nos parece ver cómo el acróbata gira en el aire. Algo semejante al caballo fotografiado en instantes sucesivos. Sin embargo, en este caso, el acróbata ha sido fotografiado por seis cámaras, pero en el mismo instante. Lo único que varía es la posición de cada cámara.

 

Un aspecto muy curioso del caballo que galopa de Muybridge es que no sólo al unir las fotografías percibimos a un caballo en movimiento, sin advertir que en realidad salta de una posicióna otra (como los electrones de una órbita a otra, por cierto), sino que esa cabalgada del caballo, que podríamos considerar que estamos viendo de nuevo más de cien años después, no sólo se sostiene en el engaño que hace nuetsro cerebro al crear los pasos intermedios, sino que, además, es falsa en sí misma. Recientes investigaciones en las placas de Muybridge muestran que reordenaba las imágenes originales. Es decir, que tal vez la toma 3 no tuvo lugar detrás de la toma 2, sino antes, o quiza tras la toma 13. Eso le convierte en científico farsante, pero también, como dicen en la extraordinaria página Freeze Frame, en un artista, que como tal debería figurar en las historias del arte (que yo sepa, sólo es considerado así en el Museo de los Mundos Paralelos).

 

Si te interesa la distinción entre los efectos phi y beta, puedes visitar una página en la que se explican (y se perciben) con todo detalle:

Phi is no beta

 

En cuanto al asunto de la persistencia de la visión, un examen muy interesante y minucioso de la cuestión en:

The myth of persistence of vision revisited


 

Freeze Frame, página dedicada a Muybridge.

 

La historieta de Mosca y Caja y Zenón de Elea, así como otras historietas de Mosca y Caja en:

Mosca y Caja Mosca y Caja

 

Dos hombres y un destino: Gilgames y Enkidu

Dos hombres y un destino, la película de , con guión de William Goldman y con Robert Redford y Paul Newman en los papeles protagonistas, es uno de los ejemplos más conocidos de las tramas de amistad: dos amigos (a veces más) que emprenden un viaje juntos.

Estas historias a menudo acaban mal, como en Dos hombres y un destino o Thelma y Louise, de Ridley Scott, que es en cierto modo una variación del guión de Goldman, pero ahora protagonizado por dos amigas.

Es un tipo de aventura, como dice John Truby en Anatomy of story, que se remonta a Gilgames y su gran amigo Enkidu.

Truby no llega  a comparar la epopeya de Gilgames con el guión de Goldman, pero creo que existe al menos una coincidencia interesante.

La epopeya de Gilgames está protagonizada por el rey Gilgames de Uruk. Esto queda claro desde el título. Sin embargo, su rival, y luego amigo, Enkidu no es un personaje secundario, sino casi de la misma importancia.

Dice Truby que en las historias de compañeros (buddy stories), uno de los dos debe jugar un rol más importante que el otro, del mismo modo que sucede en las historias de amor. Esto, como todas las reglas generales, es discutible, y se podrían encontrar ejemplos en contra, desde Stan Laurel y Oliver hardy (el Gordo y el Flaco) a las ya mencionadas Thelma y Louise.

En el caso de Dos hombres y un destino, la intención de Goldman era desde el principio que Butch y Sundance estuvieran a la misma altura, que fueran ambos protagonistas. No un héroe y su colega, sino dos héroes o dos colegas.

El problema en aquel momento era que Paul Newman era una gran estrella de Hollywood, mientras que Robert Redford era casi un desconocido. Eso hacía temer a Goldman y al director George Roy Hill que todo el mundo pensara que Redford era tan sólo "el amigo del protagonista".

Para resolver este prejuicio inevitable del público, el director y el guionista decidieron aprovecharse de otro prejuicio, otro código que los espectadores obedecemos sin saberlo: el protagonista suele salir en la primera gran escena.

Así que Goldman presentó a Paul Newman al principio de la película, pero sin permitirle lucirse, y a continuación escribió una gran escena para Redford: una larga secuencia de una partida de cartas en el típico salón del oeste, llena de tensión y primeros planos de Redford. Cuando el espectador había quedado ya deslumbrado por Redford, Goldman y Roy Hill permitían que entrara Paul Newman en el salón.

 

A partir de ese momento, al espectador no le quedaba duda alguna de que no estaba viendo una película de Paul Newman en la que salía Robert Redford, sino una película de Paul Newman y Robert Redford.

Con el paso de los años, la fama de Newman y Redford se ha convertido casi en equivalente, e incluso ha habido temporadas en las que Redford fue más famoso. Eso tal vez crea ahora un cierto desequilibrio en Dos hombres y un destino, pues Redford, al fin y al cabo se ha quedado con la escena de lucimiento inicial, lo que hace que el espectador pueda pensar que Redford es el verdadero protagonista.

La última vez que la vi, sí me pareció que el papel principal era levemente de Redford, pero muy levemente. Porque, en realidad, Dos hombres y un destino es uno de esos ejemplos que niegan la regla de Truby que afirma que en las películas de amistad uno de los dos debe ser más protagonista. Creo que Butch Cassidy y Sundance Kyd son como el Gordo y el Flaco o como Thelma y Louise: los dos protagonistas de la historia.

En cuanto a La epopeya de Gilgames es un relato del que se conservan diversas versiones en distintos idiomas. La más importante es la versión ninivita, que podría haber sido escrita por un tal Sinleke unnenni.

Fuese Sinleke o cualquier otro, es curioso observar que al principio de la narración, al autor parece preocuparle algo parecido a lo que hizo que Goldman le diese a Redford la primera escena de lucimiento: Gilgames, no sólo daba nombre al relato, sino que había sido un rey legendario y, además, se había acabado convirtiendo en Dios inmortal. Sin duda todos los oyentes, al menos en las primeras etapas del relato, ya conocían a Gilgames como un gran héroe, pero apenas sabrían nada de ese tal Enkidu.

En consecuencia, cualquier oyente o lector de la epopeya pensaría inevitablemente que Enkidu jugaba un papel secundario. Para evitarlo, en la primera tablilla, tras un prólogo de acción introductorio, que también recuerda al de muchas películas, en el que Gilgames aparece como un rey tiránico y malvado al que hay que poner freno, Enkidu se apodera del protagonismo y disfruta varias escenas de lucimiento, en las que no falta el sexo con una cortesana, e incluso su transformación de bestia en ser humano, provocada precisamente por su aventura con la prostituta. A partir de ese momento, Enkidu será casi un igual de Gilgames, no un simple secundario.

A diferencia de Dos hombres y un destino o Thelma y Louise, en la Epopeya de Gilgames no mueren los dos héroes al mismo tiempo, y eso hace que Gilgames se haga finalmente con el protagonismo.

 

William Goldman cuenta sus problemas con la excesiva fama de Newman al escribir Dos hombres y un destino en Aventuras de un guionista en Hollywood

 

La paradoja del hombre, Gilgamesh, que buscó en vano la inmortalidad y, sin embargo, acabó convirtiéndose en dios inmortal es un aspecto interesante de la epopeya, del que hablé en el blog Las afinidades electivas (23-6-2005):

De nuevo Gilgamesh y La paradoja de Gilgamesh

 

También he hablado de Gilgamesh y los mitos mesopotámicos en Monadolog (20-2-2005):

Cuando los dioses hacían de hombres

 

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Pinki Nankani y lo extraordinario

Pinki Nankani es una refugiada de la última edición digital del New York Times del 2014, tras el último y fracasado intento del prestigioso periódico de combatir a Googlezon.

Pinki Nankani

Si quieres saber de qué va todo esto, puedes ver este vídeo:

epic2015

 

En la sección Frases que podrían ser célebres, Pinki Nankani reproduce, traducido al catalán, un párrafo de Las paradojas del guionista:

Pinki Nankani y Las paradojas del guionista

Lo traduzco directamente, sin consultar el original (de este modo traduciendo y retraduciendo, tal vez surja algún hallazgo interesante):

"El laberinto en el que se interna el héroe Teseo es quizá el mundo extraordinario más famoso, pero no es tan extraordinario para quel que siempre ha vivido en él, como Asterión, el monstruo mitad hombre mitad toro. El Minotauro sin duda soñaba con otro mundo extraordinario: el que se encontraba fuera de su prisión laberíntica, el mundo ordinario de los ordinarios seres humanos"

Me gusta esto de ser citado desde el futuro. Ya me había sucedido con una entrada publicada en la página nuestroS antepasadoS, y también, por supuesto, en la Antología del futuro, que pronto se publicará, además de en una entrada de mi blog del año 2037. Pero en esta ocasión yo no he tenido nada que ver, así que le ha agradezco a Pinki Nankani y a Xavi Ribas haberme incluído en un libro de citas del futuro.

 

Puedes ver la entrada publicada el 3 de noviembre de 2065 aquí: 

Mis primeros 300 weblogs

Algo sucederá o ha sucedido, porque ahora en nuestroS antepasadoS sólo puede verse el homenaje a teD nelsoN:

nuestroS antepasadoS

Vínculo a Pinki Nankani

La página dedicada al libro se ha traslado aquí:

Las paradojas del guionista

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El resto es literatura

Kathia me envía un mensaje diciendo que no funciona un enlace de mi página de literatura:

Pues eso, un poco de literatura: estoy en la letra "p" y digamos que me interesan las bienaventuranzas de un tal Pitigrilli. Le piso una y otra vez con mi ratón y nada. No ocurre nada. Me quedo un rato(n) "cogitando" sobre la relación Pitigrilli/página/literatura, pero como son las mil, me rindo a Morpheo y espero tus luces Daniel.

Es cierto que no funciona ese enlace. La verdad es que sólo funcionan dos o tres. Lo avisé en la página, pero con una letra tan pequeña que es difícil advertirlo: "Sólo funcionan los enlaces en azul". Poco a poco iré poniendo en esa página textos relacionados con la literatura que he ido publicando en diversos blogs o páginas. Por ahora de muchos de ellos sólo está el título.

En realidad, subí la página de literatura sin anunciarla, para ir añadiendo discretamente las entradas poco  a poco (porque el plan de subirla sólo cuando estuviese completa me llevaría mucho más tiempo).

Pero puesto que te interesa, Kathia, el de Pitigrilli, lo acabo de poner.

Si a ti, lectora o lector, te interesa cualquier otro, tu interés será una buena razón para subir antes un texto u otro.

Ahora bien, en el menú lateral de esta página se pueden ver las entradas de El resto es literatura, pero para leerlas, hay que ir a la página:

El resto es literatura

 

 

 

El problema de la identidad

Esta entrada ha sido eliminada debido a la próxima publicación de El problema de la identidad.

 

 

Creatividad e inteligencia práctica

Es cierto que gracias a la globalización disponemos de ropa y zapatos baratos, siempre que sepamos comprarlos fuera de temporada alta o en época de rebajas. Eso hace que la industria de la vestimenta se haya reciclado en los últimos decenios.

En los años 60 del siglo pasado el pret-a-porter (listo para llevar) fue una revolución democratizadora, al ofrecer a la mayoría de la población ropa barata de mediana calidad, no especialmente confeccionada para ellos, claro está, sino para un cuerpo femenino y masculino estadísticos. No era como la alta costura, pero daba el pego, siempre que no acudieras con ella a una recepción de la embajada.

El siguiente paso consistió en aplicar el gran consejo que le dio William Painter, inventor de la chapa para refrescos gaseosos, a King Camp Gillette: "Inventa algo de usar y tirar, algo desechable. Así te asegurarás que siempre te pedirán más".

Y Gillete, mientras se afeitaba una mañana frente al espejo, tuvo una revelación: la cuchilla de afeitar desechable:

“Mientras me encontraba con la navaja en la mano, posando mis ojos en ella tan ligeramente como el pájaro que se dispone a instalarse en su nido, nacieron la maquinilla de afeitar Gillette y su hoja intercambiable.”

Gracias a la ayuda de William Nickerson, inventor del botón del ascensor, Gillete pudo cumplir su sueño, pero eso es otra historia, que contaré en otro capítulo de Inteligencia práctica y creatividad.

Los comerciantes de la moda, tras el pret-a-porter, acabaron descubriendo el secreto de Painter y comenzaron a hacer ropa no sólo lista para llevar, sino también lista para tirar... tras un uso breve y con la ayuda de los potentes detergentes y las implacables lavadoras.

La ropa se abarató tanto, y se hizo de tan mala calidad, que es inevitable verse obligado a renovarla constantemente. Ropa desechable, uno de los mejores negocios de la actualidad.

A cambio de ello, es cierto, la vida de los piratas textiles se ha facilitado, pues cada vez resulta más difícil distinguir el original de la copia. ¿qué me importa que la copia sea incluso de peor calidad? Es cierto, pero me sale más barato comprar cinco copias sucesivas que el original (del que al fin y al cabo también me cansaré antes de la próxima temporada).

Muchos se lamentan de esta decadencia, degradación y terrible estado de cosas, del consumismo feroz y otros vicios supuestamente modernos, pero ya sabemos que quienes más gritan y se lamentan son casi siempre quienes menos hacen. Yo grito poco, pero me atrevo a proponer soluciones. He aquí una.

 

1. Cómo sujetar unas suelas recién pegadas

Si hemos actuado con prudencia y atención, quizá nos hayamos hecho con unas botas de cuero a buen precio. Pero tal vez hayamos descubierto que es difícil mantenerse sobre ellas sin resbalar. Necesitamos ponerles lo que los zapateros llaman "tapas y medias suelas".

Es posible que hayamos cometido el error de encargarle la tarea a un zapatero remendón sin preguntarle el precio, con lo que descubriremos que el precio de la bota crece de manera asombrosa (es en estos casos cuando muchos se deciden a comprar una nueva bota en vez de repararla).

Si además, la tarea está mal hecha y las suelas se despegan al poco tiempo. ¿Qué hacer? ¿Comprar otras botas? ¿Volver al zapatero? Lo mejor es el duityurself. Hazlo tú mismo.

Las medias suelas cuestan (en España) 1 euro o 1 euro 50, además de la cola de contacto, que tal vez conservamos desde la vez anterior. Incluso es posible que podamos ahorrar algo reciclando las suelas de unas botas anteriores.

Una vez en nuestro poder las suelas (quizá las hemos tenido que recortar un poco para adaptar a la bota), el secreto es bien sencillo: limpiar la planta del zapato y la suela, poner cola de contacto en ambas superficies y esperar un poco antes de unirlas.

Un error frecuente es unir las superficies inmediatamente, o poner cola de contacto sólo en una de ellas, olvidando que se trata precisamente de cola de contacto.

Pero el gran problema es cómo sujetar las dos superficies para que el trabajo no sea en balde y las suelas, de nuevo, se nos despeguen en cuanto caiga la primera tormenta o pasemos demasiadas horas sacando viruta a la pista de baile.

Lógicamente, la idea de pasarse tres horas con las botas en la mano apretando la suela resulta poco apetecible.

Hay diferentes métodos, pero yo me inclino por el que se ilustra a continuación.

Botas en reparación

 

Las pinzas de la ropa son una excelente herramienta para mantener unidas las dos superficies sin cansarse

 

Botas en reparación

 

Aunque en la foto se pueden apreciar dos pinzas de madera, es preferible que sean de plástico, no sólo por sus alegres colores, sino porque no se quedan pegadas al cuero con las rebabas de la cola de contacto

 

Botas en reparación

 

Detalle de la reparación. Si en vez de dos o tres horas se piensa tener la bota con las pinzas durante más tiempo, es recomendable interponer entre estas y el cuero un trozito de tela para que no queden marcas posteriormente

 

Botas en reparación

 

En la imagen se puede apreciar el trabajo desde otro ángulo. Nótese que la zona central de la media suela no queda sujeta, por lo que conviene presionarla de vez en cuando (o fijarla transitoriamente con cinta americana). En cuanto a la tapa o suela del tacón, no es posible el uso de pinzas, por lo que es recomendable fijarla en un momento anterior o posterior, recurriendo a otros métodos, como el de poner la bota en su posición de calzado e introducir un bote de mermelada o una lata muy pesada dentro, de tal manera que ejerza un cierto peso sobre el tacón (no dispongo en este momento de una fotografía, pero se añadirá en próximos días)

 

Comentarios
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Principios y normas del guión

Aprovecho un comentario que hace Íñigo Sota Heras a Las paradojas del guionista para aclarar una cuestión que quizá no dejé del todo clara en el libro.

En primer lugar, reproduzco aquí la entrada de Íñigo y también aprovecho para agradecerle sus comentarios.

 

                NARRATIVA AUDIOVISUAL
                       Principios y normas

                          Íñigo Sota Heras


las paradojas Las paradojas del guionista.

  Quedaros con este título. Es el libro de Daniel Tubau, un profesional del guión que cuenta ya con más de veinte años de experiencia. Estos últimos días estoy estudiando detenidamente el manual y creo que su estilo directo y la continua apelación a la práctica del lector van a conseguir que lo termine antes de lo que quisiera.

  Me ha llamado la atención una nota que escribe sobre la diferencia entre principios y normas en la práctica de la escritura cinematográfica: "Las normas dicen: Se debe hacer de esta manera. Sin embargo, los principios se limitan a decir: Esto funciona... y ha funcionado desde que se recuerda"
   
  Amigo guionista, te animo a pensar sobre estos conceptos que acabo de citar. Y, a la vez, quiero remitirte a un artículo que se acaba de publicar en la página web abcguionistas.com.

  Espero que lo disfrutes.

 

En realidad, la frase que cita Íñigo acerca de las normas no es mía, sino del teórico Robert McKee. En el libro me muestro un poco escéptico en lo que se refiere a esa distinción de McKee entre principios y normas, aunque en otras ocasiones lo he expresado de manera más explícita:

"La argumentación de McKee es un poco enrevesada al distinguir entre normas (lo que debe ser) y principios (lo que siempre ha funcionado), porque en una ciencia empírica, como es la del guión, las normas son, precisamente, las cosas que siempre han funcionado."

La escritura de guiones no es una ciencia exacta, como las matemáticas, pero tampoco una ciencia normativa, como el derecho o la ética. Es más bien una ciencia práctica y empírica, un arte o una técnica en el sentido que le daban los griegos. Sus normas o principios lo son en el mismo sentido en que pueden serlo las de la medicina (por lo menos la medicina actual, que todavía es en gran parte empírica). Cuando McKee alude a las "normas", se está refiriendo fundamentalmente a su rival Syd Field. Pero quien lea los libros de Field descubrirá que él asegura basar sus teorías en el examen de películas famosas y/o excelentes, es decir, que sus normas señalan aquello "que siempre ha funcionado", igual que los principios de McKee.

En consecuencia, en este asunto, en gran parte terminológico, quizá conviene mostrar cierta prudencia:

"Tal vez la primera de las paradojas con que nos vamos a encontrar en este libro es que resulta casi imposible escribir un libro antinormativo acerca de la escritura del guión en el que no se acabe dando normas. Se puede, si se quiere, llamar a esas normas «principios», «reglas», «teoremas», «consejos», «requisitos», «trucos» y «trampas», pero resulta difícil que el lector no saque la conclusión de que si algo es recomendable eso significa que también debe hacerse.
   Las paradojas del guionista tiene la contradictoria pretensión de ser al mismo tiempo un manual y un antimanual del guión. Como Grove, Stempel o McKee, el autor se suma al rechazo de las reglas y las normas dogmáticas. Como ellos, posiblemente fracase en su intento y acabe resultando normativo."

                                                                      (Las paradojas del guionista)

Por otra parte, “Decir que no se deben dar normas ya es una norma” es una variación de aquella otra paradoja de Aristóteles: “Para demostrar que no hay que filosofar también hay que filosofar".

 

Periodista audiovisual (Iñigo Sota Heras)

 

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