"Por tanto, siempre que se ha dicho algo que no es verdad, no se debe mostrar desprecio y despreocupación porque es una mentira, sino considerar cuál de las cosas dichas por ti, de tus ocupaciones o relaciones, ha ofrecido el parecido para la calumnia, y guardarse cuidadosamente de esto y evitarlo."
Plutarco, Cómo sacar provecho de los enemigos
Dove si grida non e vera sciencia
Zhuang zi 3
Después de mucho tiempo, continuó con el comentario al Zhuang zi. Todavía estamos en el primero de los libros interiores, aunque ya cerca del final.
Este tercer comentario es un texto muy largo, del que ahora publico sólo la primera parte. Aunque trata de un libro chino y salen muchos nombres chinos difíciles de recordar, no creo que eso deba desalentar a los no familiarizados con el mundo chino. En realidad hablo de casi todo, de la modestia y la soberbia, de la política, de las paradojas, de los cretenses, de la Biblia, de la felicidad o de Casanova. Y también, de vez en cuando, del Zhuang zi.
Si quieres leer los capítulos anteriores, puedes hacerlo con este enlace:
"Jianwu comentó a Lian Shu:
"He oído a Jie Yu,
y sus palabras me causan pavor.
Son palabras grandiosas pero no reales,
tan lejanas que jamás retornan,
como la Vía Láctea sin contornos,
tan inconmensurables que ignoran
todas las cosas del mundo".
Y Lian Shu le preguntó qué decían esas palabras.
"Decían que en la misteriosa montaña Gushe
viven unos seres divinos
cuya blanquísima piel brilla como el hielo.
Tan tímidos y dulces como jóvenes doncellas.
No comen los cinco cereales,
beben rocío y respiran viento.
Cabalgan sus dragones
por encima de las nubes
y se dirigen más allá de los Cuatro Mares.
Concentrando su espíritu,
pueden curar enfermedades
y hacer que maduren las cosechas.
Yo, de todas estas locuras,
no creo ni una sola palabra".
Entonces Lien Shu le respondió:
"¡Claro! ¡Cómo un ciego iba a apreciar ornamentos y colores!
¡Cómo un sordo iba a escuchar campanas y tambores!
No sólo el cuerpo puede no ver y no oír.
No sólo los ojos enceguecen.
No sólo ensordecen los oídos.
Así también la inteligencia
ciega y sorda puede estar,
como lo muestran tus palabras.
Un hombre de tal Virtud
funde los Diez Mil Seres
en su Unidad primera.
Y aunque el mundo se lo exija,
¿cómo va él a dignarse
gobernar sobre la tierra?
A un hombre así nada puede herirle.
Aunque las olas lleguen al Cielo,
él no se ahogaría.
Aunque por una gran sequía
se disuelvan piedras y metales,
se calcinen tierras y montañas,
las llamas no le alcanzarían.
Tan sólo de su cuerpo convertido en polvo
los grandes Yao y Shun renacerían.
¡Para qué iba él a ocuparse
de las cosas del mundo!".
Como aquel hombre de ong
que quiso vender sombreros en la ciudad de Yue.
Pero sus habitantes, de cabeza rapada
y cuerpo tatuado, no los necesitaban.
O como Yao, que instauró el orden
y la paz por todas partes,
y cuando visitó a los Cuatro Sabios
del Monte Gushe, al norte del río Fen,
olvidó su imperio para siempre. “
Las dos caras del taoísmo
Jianwu y Chen Wu dialogan acerca de las fabulosas historias que suele contar un tal Jieyu:
"En la misteriosa montaña Gushe
viven unos seres divinos
cuya blanquísima piel brilla como el hielo.
Tan tímidos y dulces como jóvenes doncellas.
No comen los cinco cereales,
beben rocío y respiran viento.
Cabalgan sus dragones
por encima de las nubes
y se dirigen más allá de los Cuatro Mares.
Concentrando su espíritu,
pueden curar enfermedades
y hacer que maduren las cosechas."
Eso son sólo locuras, exclama Jianwu, pero su compañero, Chien Wu, le responde con desprecio:
"¡Claro! ¡Cómo un ciego iba a apreciar ornamentos y colores!
¡Cómo un sordo iba a escuchar campanas y tambores!
No sólo el cuerpo puede no ver y no oír.
No sólo los ojos enceguecen.
No sólo ensordecen los oídos.
Así también la inteligencia
ciega y sorda puede estar,
como lo muestran tus palabras."
Chien Wu no se limita aquí a comparar a su amigo con un ciego o un sordo, que no pueden ver los colores o escuchar los sonidos (esa sería la comparación habitual), sino que va más allá. Lo que dice es que la vista y el oído sirven para ver y oír, pero también para volvernos ciegos y sordos:
“No sólo los ojos enceguecen.
No sólo ensordecen los oídos. “
Y lo mismo puede suceder con la inteligencia: no sólo es tonto el que carece de inteligencia, sino el que queda atontado por su uso.
Son opiniones que volveremos a ver en el Zhuang zi, y que podrían conducirnos fácilmente a la idea de que para entender algo nuevo antes debemos desaprender lo que ya sabemos. Algo que recuerda a una célebre anécdota de de la escuela subitista del zen:
“En la escuela subitista (…) llegas al conocimiento a través del desconocimiento, dejando atrás las cosas que sabes. En este sentido creo que se debe interpretar el encuentro de Nan-In con el profesor universitario. El maestro zen le sirve té en un bol y derrama su contenido. El profesor dice: _
El bol ya está lleno. Se derrama...¡Ya no cabe más té! Nan-In le contesta: _Su mente es como un bol. Esta llena de opiniones y de especulaciones ¿Cómo quiere entender el zen, si antes no vacía el bol de su mente?”
El buddhismo, Ramón N. Prats
Chien Wu dice algo parecido a su amigo Jenwu: le está diciendo, en definitiva, que todas esas cosas que cuenta Jieyu acerca de hombres extraordinarios que cabalgan en el viento sobre dragones no son creíbles para alguien que se deja llevar por sus prejuicios intelectuales acerca de lo posible y lo imposible. La razón ha cerrado la mente de Jenwu para entender la verdad.
Esto parece una defensa de lo que actualmente se llama poderes paranormales, y lo cierto es que en el Zhuang zi y en el Lao zi se menciona a menudo a personajes capaces de hacer las cosas más extravagantes y milagrosas.
No es extraño que surgiera una interpretación del taoísmo que derivó en verdadera alquimia y magia. En ella se buscaba la inmortalidad a través de la mezcla de extraños componentes, la práctica del sexo o complejos rituales.
Por otra parte, entre los expertos hay diversas opiniones acerca de los orígenes del taoísmo y algunos consideran que podría ser una derivación de antiguas prácticas chamánicas, entre las que estarían el desdoblamiento corporal, la levitación, etcétera.
Junto a ello hay un taoísmo que no cree en la existencia de esos seres extraordinarios, o al menos no les da mucha importancia. Y muy a menudo el Zhuang zi y el taoísmo defienden más la sencillez y la vida retirada que la obtención de poderes mágicos. Esta contradicción será una constante a lo largo de la historia del taoísmo.
Una tercera interpretación podría basarse en el análisis textual, para intentar averiguar cuánto hay de magia en los textos originales y cuanto son adiciones posteriores para dotar de más prestigio al texto. Pero yo no me siento capacitado para emprender tal tarea. Quizá en el futuro algún descubrimiento arqueológico nos ofrezca nuevos datos.
Una cuarta posibilidad, que quizá no hay que descartar completamente, es que las menciones a milagros y hazañas extraordinarias deban tomarse casi como metáforas, como una manera de esconder algo sencillo de manera grandielocuente. Porque lo cierto es que resulta un poco contradictorio que junto a la burla constante a todos aquellos que quieren ordenar el mundo, como el emperador Yao, o acumular riqueza y poder, o impartir lecciones de sabiduría, se utilicen ejemplos de sabios que también se caracterizan por tener poderes especiales y milagrosos.
Eso, al menos para un temperamento moderno, parece desactivar los discursos burlones del Zhuang zi: ¿se trata de darnos cuenta de lo vano de toda esa ansia de poder, riqueza y sabiduría porque es algo en sí mismo vano, o sólo porque es muy poca cosa comparado con lo que puede conseguir el sabio taoísta? Si se trata de esta segunda interpretación, es casi imposible no caer en la paradoja de concluir que también estos sabios taoístas buscan algo vano y efectista: volar por el aire sobre dragones.
Y lo cierto es que el Zhuang zi nos da continuamente razones para aceptar una u otra interpretación, con lo que el tema reaparecerá muchas veces en este comentario.
.
De nuevo sabios y emperadores
Chen Wu continúa diciendo a su amigo que esos hombres de los que habla Jieyu son tan perfectos que no se ocupan del gobierno del mundo, tarea, que, como ya se ha visto en los apartados anteriores del Zhuang zi, es trivial y vana.
Chen Wu compara a su amigo con
"...aquel hombre de Ong
que quiso vender sombreros en la ciudad de Yue.
Pero sus habitantes, de cabeza rapada
y cuerpo tatuado, no los necesitaban."
Hay que entender, me parece, que el fabricante de gorros se sentía muy orgulloso de su obra y de pronto descubrió lo inútil de tantos esfuerzos.
Pero también podría entenderse en el sentido contrario: aquellos que no tienen necesidad de gorros, no pueden apreciarlos, del mismo modo que Jenwu no aprecia las historias que cuenta Jieyu, ni un ciego apreciar los colores o un sordo las campanas y tambores.
Las dos interpretaciones son interesantes y las diferentes traducciones que utilizo a veces parecen indicar una y a veces la otra.
Chen Wu también trae a colación el caso del emperador Yao, quien, después de poner paz y orden en el mundo, fue a visitar "a los Cuatro Sabios del Monte Gushe" y "olvidó su imperio para siempre".
¿Por qué lo olvidó? ¿Porque descubrió algo que lo superaba o porque entendió que todo ese imperio era, como diría el Eclesiastés “sólo vanidad”?
“Engrandecí mis obras, me edifiqué casas, planté viñas, me hice huertos y jardines, y planté en ellos toda clase de árboles frutales. Me hice estanques de aguas para regar con ellas un bosque donde crecieran los árboles. Adquirí siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa. También tuve mucho ganado, vacas y ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén. Acumulé también plata y oro para mí, y tesoros preciados de reyes y de provincias. Me proveí de cantantes, tanto hombres como mujeres; de los placeres de los hijos del hombre, y de mujer tras mujer. 9 Me engrandecí y acumulé más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén, y en todo esto mi sabiduría permaneció conmigo. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni rehusé a mi corazón placer alguno; porque mi corazón se alegraba de todo mi duro trabajo. Esta fue mi parte de todo mi duro trabajo.
Luego yo consideré todas las cosas que mis manos habían hecho y el duro trabajo con que me había afanado en hacerlas, y he aquí que todo era vanidad y aflicción de espíritu. No había provecho alguno debajo del sol.”
Eclesiastés, 2, 5
Supongo que en otro momento habrá ocasión de comparar el que posiblemente es el más hermoso de los libros bíblicos con las ideas del Zhuang zi y el taoísmo, en muchos aspectos coincidentes.
La modestia y la soberbia
Aquí también se menciona a los cuatro maestros que conoció el emperador Yao. Según Preciado, estos maestros podrían ser:
Wang Ni,
Nie Que,
Bo Yi y
Xu You
Ya conocemos a Xu You, aquel sabio que renunció, con una modestia soberbia, el trono que le ofrecía Yao. Como allí hablé de él y de otros modestos sabios soberbios de manera un poco crítica, ahora me gustaría matizar un poco lo que dije, porque yo mismo presumo, a veces soberbiamente, de mi modestia. Y lo curioso es que creo que lo hago con razón.
¿Se puede presumir de modestia sin dejar de ser modesto?
En mi opinión sí.
Imaginemos que observamos el comportamiento habitual de una persona y llegamos a la conclusión de que puede ser calificado como “modesto”. Si ahora alguien nos pregunta:
_¿Es modesta esa persona?
Responderemos:
_Sí lo es.
Y luego podría tener lugar el siguiente diálogo:
_¿Estaría justificado que esa persona se calificara a sí misma como modesta?
_Por supuesto. Puesto que además de ser una persona modesta, posee la inteligencia suficiente y la capacidad de observación necesaria para darse cuenta de que su comportamiento es modesto.
_Entonces esa persona podría parecer presuntuosa en su modestia, al considerarse como tal. ¿No es eso una paradoja?
_No lo es. La paradoja sería que dijese. “No soy modesto”. En tal caso sería, en primer lugar, hipócrita, puesto que diría lo contrario de lo que cualquiera puede observar, de lo que observa él mismo y de lo que en realidad piensa. Pero, además, sería posiblemente más inmodesto al pretender añadir a su modestia habitual la modestia de no reconocerse modesto.
_Eso significa que no hay manera de escapar de cierta contradicción o paradoja tanto si se reconoce modesto como inmodesto.
_
La mejor respuesta que puede dar es: “Mi única soberbia es la modestia.”
Dicho de otro modo, una persona es prudente, como decía Aristóteles si suele hacer cosas prudentes. Pero si un día se muestra imprudente, eso no impide que lo sigamos considerando prudente.
Ahora bien, si esa persona continúa haciendo cosas imprudentes, al final cambiaremos nuestra opinión sobre ella, porque como decía Aristóteles: “Somos lo que hacemos”.
Del mismo modo podemos considerar que alguien es un buen político en general, pero que ha realizado una mala acción política en un caso particular. La incapacidad de separar estas posibilidades es probablemente una de las causas del dogmatismo político: defendemos a nuestro político preferido haga lo que haga, porque tememos que si le criticamos en cualquier pequeño detalle, entonces estaríamos dejando de considerarle un buen político.
Un sabio que vive modestamente, puede describirse a sí mismo como modesto de una manera modesta: “Soy modesto”; pero también puede caer en cierta soberbia momentánea si, ante la insistencia de alguien que le quiere ofrecer algo, se irrita y exclama: “para que quiero eso que me ofreces si ya tengo todo” (lo que no le convierte automáticamente en una persona soberbia).
También puede ir pregonando a los cuatro vientos en toda ocasión su modestia, y limpiarse las orejas al río, como dicen que hizo Xu Yu tras escuchar la propuesta del emperador Yao.
Y sólo entonces habrá buenas razones para considerar que ese sabio es tan soberbio como el emperador, y que Diógenes el cínico es más soberbio que Platón al pisar ruidosamente las soberbias alfombras de Platón.
Esta distinción puede verse de manera más clara todavía si pensamos en la célebre paradoja de Epiménides el cretense.
Epiménides el cretense dice:
“Todos los cretenses son mentirosos”.
La paradoja es evidente: si todos los cretenses son mentirosos entonces también lo es Epiménides puesto que es cretense.
Pero eso significa que nos está mintiendo al decirnos que “los cretenses son mentirosos, con lo que no es verdad que los cretenses sean mentirosos, etcétera, etcétera.
Esta es quizá la paradoja más célebre de la historia y ha aparecido durante siglos en los libros de historia. Sin embargo, no es una verdadera paradoja. ¿Por qué? Porque podemos imaginar una situación en la que la frase de Epiménides resulta coherente y no contradictoria.
Imaginemos que “no todos” los cretenses sean mentirosos. Unos son mentirosos y otros no lo son.
Desde este punto de vista, si Epiménides fuese uno de los cretenses mentirosos su frase sería perfectamente razonable, puesto que dice “TODOS los cretenses son mentirosos” y la realidad es: “ALGUNOS cretenses son mentirosos” (entre ellos Epiménides).
Resulta curioso que esta disolución de la paradoja de Epiménides, el mostrar que en realidad no se trata de una verdadera paradoja a pesar de su apariencia, coincida con lo que seguramente tenía en mente Epiménides. Epiménides es uno de los Siete Sabios legendarios de Grecia y ayudó a Solón en Atenas en una ocasión difícil. Según parece estaba muy decepcionado con sus compatriotas cretenses y se lamentaba de que eran muy mentirosos, pero no se incluía a sí mismo entre esos cretenses mentirosos. Se dice que estaba tan furioso con la manera de ser cretense que el verso más famoso suyo es el que cita San Pablo en la Epístola a Tito: "¡Cretenses, siempre embusteros, vientres torpes!"
Para escapar a la disolución de la más célebre de las paradojas, se ha intentado modificarla para que no aparezca la palabra “todos”.
Por ejemplo, alguien dice: “Miento”.
No es momento para entrar a fondo en el análisis de esta paradoja corregida, pero, recordando lo de la modestia y la inmodestia, lo de la prudencia y la imprudencia de Aristóteles, nos tenemos que preguntar: ¿Qué significa “Miento”?”.
¿Significa “Miento siempre”?
¿ “Miento a veces”?
¿ “Miento en en el momento exacto en que digo “Miento”"?
Queda para el lector el desarrollo del asunto y su comparación con aquel que puede decir “Soy modesto siempre”, “Soy modesto casi siempre” o “Soy modesto en el momento en el que digo “Soy modesto”.
En definitiva, se puede ser modesto (o se puede ser feliz), aunque se tenga de tanto en tanto un rasgo de inmodestia o de tristeza.
Un desvío hacia la felicidad
La descripción de alguien como feliz o modesto puede referirse a su comportamiento habitual o a un momento concreto.
Cuando alguien dice "Soy feliz", generalmente está diciendo “Estoy siendo feliz”. Sólo, en contadas ocasiones, lo que quiere decir es: “Soy feliz en general en mi vida”, y en ciertos momentos lo que quiere decir es "Mi vida ha sido feliz".
Ahora bien, antes de calificar la vida de alguien como feliz o infeliz debemos recordar lo que Solón le dijo a Creso:
"De nadie puede decirse que su vida sea feliz hasta que se haya visto su final... Antes de que uno muera no puede llamársele feliz, sino, todo lo más, afortunado"
Carlos García Gual Los siete sabios y tres más
Creso, feliz entre su inmensas riquezas no hizo mucho caso, pero tiempo después "su hijo Atis murió en un trágico accidente". Luego se enfrentó al persa Ciro y perdió su reino. Ciro lo condenó a morir quemado:
"Cuando estaba arriba, a punto de arder, Creso dio un suspiro y gritó el nombre de Solón por tres veces, entre sollozos."
Esto nos haría concluir que la vida de Creso no fue feliz, sino fuera porque cuando Ciro oyó los gritos de Creso quiso saber a qué se debían. Creso se lo explicó y el persa se conmovió, le perdonó y le convirtió en su consejero. Así que, finalmente, podemos pensar que Creso tuvo una vida feliz.
Los biógrafos, que siguen en esto a Solón, suelen interpretar la vida de alguien en función de su desenlace, y así consideran, por ejemplo, de manera casi unánime que la vida de Casanova fue infeliz porque murió olvidado y despreciado como bibliotecario del Dux de Bohemia.
Una hermosa refutación de esta tendencia biográfica sería la de la vida de Wittgenstein, que cualquier biógrafo calificaría de infeliz, si no fuera porque al parecer sus últimas palabras fueron: “Diles que fui feliz”.
(Según otra versión, dijo: "Díganles que tuve una vida maravillosa")
Otra refutación nos la proporciona el propio Casanova cuando, abandonado y despreciado en el castillo del dux de Bohemia, escribe:
"Hay gente que dice que la vida no es más que un tejido de desgracias; lo cual viene a decir que la existencia es una desgracia; mas si la vida es una desgracia, la muerte será todo lo contrario: la felicidad, puesto que es lo opuesto a la vida.
Esta consecuencia puede parecer indiscutible. Pero los que así hablan son sin duda pobres o enfermos, porque si gozaran de buena salud, si tuvieran el bolsillo bien repleto, alegría en el corazón, Cecilias, Marianas y la esperanza de algo mejor todavía, ¡oh!, seguro que cambiaban de parecer. Yo los considero una raza de pesimistas que no puede haber existido más que entre filósofos indigentes y teólogos mauleros o atrabiliarios.
Si existe el placer y sólo se puede gozar de él estando vivo, la vida es dicha. Existen desgracias, yo sé algo de eso; pero la existencia misma de esas desgracias prueba que la suma de la felicidad es mayor. Entonces, porque en medio de un montón de rosas se encuentren algunas espinas, ¿hay que ignorar la existencia de tan hermosas flores?
No; es una calumnia contra la vida el negar que son un bien. Cuando estoy en una habitación oscura, me agrada infinitamente ver, a través de una ventana, un horizonte inmenso frente a mí."
Giacomo Casanova, Memorias
El loco Jieyu
Hasta ahora hemos hablado de los disparates de Jieyu, pero no sabemos casi nada de él. Resulta que conocer a algunos aspectos de su biografía nos permite interpretar de otra manera sus disparates.
Según Iñaki Preciado Jieyu es el sobrenombre de un tal Lu Tong, un eremita del estado de Chu durante la época de Confucio:
"Era labrador y se fingía loco para que no le nombrarán para un cargo. El rey de Chu se enteró de que era un sabio, y le ofreció cien monedas de oro y cuatro carruajes de cuatro caballos para que le sirviera, pero él rehusó. Cogio sus pertenencias y, acompañado de su mujer, se fue a tierras lejanas, y ya no se supo de él".
Así que resulta que Jieyu, al que se califica de loco, es otro de esos sabios que rechazan los cargos y los honores, incluso si vienen de manos del rey. ¿Por qué lo hace?
¿Por una modesta vanidad? ¿Porque tiene más cosas, o más importantes que las que le ofrecen?
No, la razón es más sencilla, pero también más interesante.
En el capítulo VII del Zhuang zi encontramos juntos a Jieyu y a su defensorde antes, Jenwu:
“Jenwu fue a ver a Jieyu. Jieyu dijo:
— ¿Qué te decía Chung Shih el otro día?
Jenwu dijo:
— Me dijo que el soberano de los hombres debería desarrollar sus propios principios, patrones, ceremonias y reglamentos, y entonces no habrá nadie que deje de obedecerle y sea transformado por ellos.
El loco Jieyu dijo:
— ¡Esto es una virtud falsa! ¡Tratar de gobernar al mundo así es como tratar de caminar sobre el océano, perforar un río para atravesarlo, o hacer que un mosquito cargue una montaña! Cuando el sabio gobierna, ¿gobierna lo que está afuera? Primero se asegura a sí mismo, luego actúa. Se cerciora absolutamente de que las cosas pueden hacer lo que se supone que hagan, eso es todo. El pájaro vuela alto hacia el cielo donde puede escaparse de las flechas atadas. El ratón de campo cava profundamente en la colina sagrada donde no tendrá que preocuparse acerca de los hombres que cavan y los espantan con humo. ¿Tienes acaso menos sentido común que esas dos pequeñas criaturas?”
Aquí ya empieza a vislumbrarse la otra interpretación del taoísmo, o al menos del Zhuang zi, la realista y práctica, que se confirma en otro pasaje del Libro IV, en el que aparece Confucio:
“Cuando Confucio visitó el estado de Chu, Jieyu, el loco de Chu, pasó por delante de su puerta gritando:
— ¡Fénix, fénix, cómo falló su virtud!
No puedes esperar el futuro; no puedes perseguir el pasado.
Cuando el mundo está en orden, el sabio sobrevive.
En épocas como la presente, a gatas si escapamos de la penalidad.
La buena suerte es liviana como una pluma, pero nadie sabe cómo sostenerla. La desgracia es pesada como la tierra, pero nadie sabe cómo salirse de su camino.
¡Déjalo ya! ¡Deja de enseñar virtud a los hombres!
¡Peligroso, peligroso, trazara los demás el camino a seguir!
¡Tonto, tonto, no arruines mi caminata!
Yo sigo veredas tortuosas. No estorbes mis pasos.”
Según Álex Ferrara, este pasaje está basado en un texto de las Analectas de Confucio. Y, efectivamente, si leemos el capítulo llamado Wei zi, encontramos casi lo mismo:
“Un loco de Chu llamado Jieyu pasó al lado de Confucio cantando y dijo: “¡Fénix! ¡Ay, Fénix!, ¿por qué flaquea tu virtud? Ya no se puede reprochar nada al pasado, pero aún puede prevenirse el futuro. ¡Abandona! ¡Abandona! Los que aceptan cargos públicos están ahora amenazados!”. Confucio bajó del carruaje con la intención de hablar con él, pero el loco apresuró su paso y Confucio no consiguió hablarle” (Analectas Wei Zi (XVIII, 5).
De repente los disparates de Jieyu dejan de serlo: son tiempos peligrosos para quien acepta un cargo. Acercarse al poder, ya sea para criticarlo o adularlo, es el camino más rápido a una muerte temprana.
La actitud de Jieyu, fingirse loco para escapar de cualquier cargo, cobra un tremendo sentido cuando se conoce un poco cuál era la situación en lo que hoy llamamos China en la Época de los Reinos Combatientes. A ello se dedicará el próximo apartado, tras el cual podremos seguir examinando el asunto de las relaciones entre los sabios y los poderosos.
Melvin contra E.T.
Hace poco conocí en Terrasa a una chica llamada Irene que me contó la historia de un proyecto que se llama Melvin contra E.T.
Se trata de un documental que cuenta el fascinante caso del dibujante Joaquín Blazquez, quien creó en una historieta a un personaje llamado Melvin.
Al ver su parecido con E.T., cualquiera pensaría que se trata del alter ego malo del extraterrestre de Spielberg, o que el creador de Melvin se vio sometido a una demanda de plagio por parte del poderoso Spielberg. Sin embargo, sucedió todo lo contrario, porque Melvin fue creado antes que E.T. y fue Joaquín Blazquez quien intentó que Spielberg reconociera que lo había copiado. Al parecer, Spielberg ni siquiera contestó a Blazquez.
La versión oficial de la creación de E.T. dice que fue imaginado por el dibujante Carlo Rambaldi, a partir de su dibujo Mujer del Delta, que luego fue modificando siguiendo el deseo de Spielberg de que se pareciera a Einstein y al poeta Carl Sandburg.
Carl Sandburg
Pero también es posible que Rambaldi hubiese leído la historieta de Blázquez.
Seguro que estas dudas y muchas otras se plantean en el documental que prepara el equipo de La caja Negra, que promete ser muy interesante, porque se sigue no sólo el asunto del supuesto plagio, sino la triste vida de un Blazquez obsesionado por que le reconocieran la idea original de E.T..
En la Caja Negra tienen una página web dedicada al proyecto, tan completa que incluso incluye el comic de Blazquez en pdf.
En el apartado Las leyes del relato de Las paradojas del guionista se dice:
"El mismo espectador que acepta como verosímiles los viajes a la velocidad de la luz, un instituto para magos que existe en un plano paralelo al mundo ordinario o una extraña civilización llena de orcos, hobbits y elfos, no aceptará algo tan sencillo como que un hombre normal y corriente pueda arrojar a su enemigo al otro lado de la Quinta Avenida con sólo la fuerza de su brazo (75)."
Ahora bien, la cosa cambia si ese hombre normal y corriente ha recibido una descarga de rayos gamma y, en realidad, es la Masa.
Escenas de ese tipo se pueden ver en la adaptación cinematográfica de La Masa hecha por Ang Lee, y las aceptamos porque estamos viendo "una película de superhéroes".
Las películas de superhéroes tienen sus propias leyes de verosimilitud, que no coinciden con las de las películas realistas, como se explica en Las leyes del relato y en todo el capítulo Realidad y ficción.
Las películas de monstruos, o "con bicho" también tienen sus leyes, que no son las mismas del realismo, ni tampoco exactamente las de los superhéroes.
En las películas con bicho el único personaje que puede hacer lo que hacen los superhéroes y los supervillanos es el bicho. Los demás personajes se ajustan a las normas de un mundo realista en que las personas no pueden volar, ni trepar por las paredes ni lanzar bolas de fuego. A pesar de ello, los protagonistas son capaces de hacer cosas que ningún ser humano corriente podría llevar a cabo. Es difícil creer que nadie, por muy entrenado que esté, pueda sobrevivir a un monstruo como el de Alien, pero Sigourney Weaver lo consigue, porque los monstruos también se ajustan a las reglas y esperan más de la cuenta para liquidar a sus enemigos, dando así una oportunidad al héroe de escapar.
En la película coreana The host aparece un monstruo. Como se dice en la campaña promocional: "Primero fue Tiburón, después Alien, ahora llega The host". El espectador está, pues, advertido de que va a ver una película en la que las leyes de la verosimilitud aplicables al realismo no van a respetarse. Aquí sucederán cosas semejantes a las de Tiburón o Alien: la verosimilitud esperada es la del cine de bichos.
Sin embargo, The host resulta inverosímil a muchos espectadores, cuyas expectativas quedan defraudadas. Y esto sucede porque la película es demasiado verosímil.
El error de la campaña de promoción ha sido crear la sensación de que se trataba de otra típica película de monstruos al estilo de Tiburón o Alien, en la que los héroes se ajustan con bastante exactitud a las leyes de la verosimilitud heroica: son ágiles, capaces de lanzar un arpón y clavárselo al monstruo a mucha distancia, tienen siempre balas en los rifles, o al menos, si se quedan sin balas, el monstruo se despista un instante; también tienen pequeñas debilidades, por ejemplo cierta afición al alcohol o al miedo, pero su compartamiento en acción es especialmente diestro.
Si pensamos en Sigourney Weber en Alien, la recordamos con la mandibula apretada y la mirada fija, sudorosa pero decidida, con una clara apostura de heroína. No sucede lo mismo en The host. La familia protagonista es un desastre, se mueven como personas normales, torpemente; se equivocan una y otra vez, son estúpidos; las cosas raramente les salen de la manera prevista, no siempre les quedan balas y no siempre el monstruo se despista.
El monstruo también es un poco torpón. Es cierto que tiene una agilidad prodigiosa y se mueve en el agua con soltura, pero en tierra firme a veces se tropieza y corre como si fuera un gigantesco bebé, desacompasada y pesadamente. Bong Joon-ho se preocupó especialmente de que su aspecto fuera el de una posible mutación, rechazando los primeros bocetos en los que la criatura tenía un aspecto más monstruilmente agraciado.
Lo que Bong Joon-ho parece haberse propuesto en The host es responder a la siguiente pregunta: "¿Qué sucedería si un monstruo nacido de una mutación provocada por la torpeza humana apareciera en el mundo real?".
Sucedería, por ejemplo, que el monstruo no aparecería de manera sorpresiva, justo cuando el espectador estuviese ansioso y preparado para llevarse una sorpresa, sino que se presentaría a plena luz del día y delante de mucha gente; también podría suceder que la incompetencia de las autoridades fuese más peligrosa que el monstruo. Sucedería, en definitiva, que si una familia más bien tirando a torpe decidiese perseguir al monstruo, tendría que apañárselas de cualquier manera para conseguir un mapa del alcantarillado y las armas necesarias; y sucedería que a veces los responsables de sus desgracias serían ellos mismos.
Pero la novedad de The host no consiste tan sólo en contar los problemas que encontraría una persona, y no un personaje de película de bichos, que se enfrentase a un monstruo semejante. Eso es algo a lo que la segunda mitad del siglo XX nos ha acostumbrado con decenas de antihéroes, tanto en la literatura, como en el cine o el comic. Stan Lee y Jack Kirby transformaron en los años 60 y 70 el comic de superhéroes al crear personajes como Spiderman o Los Cuatro Fantásticos.
En las primeras aventuras de Spiderman, con guión de Stan Lee y dibujos de Steve Ditko, el superhéroe tenía terribles enemigos como el Lagarto, Octopus o el Duendecillo Verde, pero lo que verdaderamente interesaba al lector eran los problemas personales de Peter Parker, el muchacho que se escondía tras la personalidad de Spiderman: su vida con tía May, sus dilemas amorosos con Mary Jane y Gwen, sus problemas con su editor Jonah Jameson.
Lee y Kirby acentuaron aquella interesante esquizofrenia que ya se intuía en Superman y Clark Kent, pero que no había sido bien aprovechada. Posteriormente, esta manera de presentar a los héroes se ha convertido en un nuevo género, con obras tan extraordinarias como Watchmen o Miracle Man.
Así que The host no es tan original en este sentido, el de mostrar desde un punto de vista más realista los problemas de los héroes, pero sí lo es en la manera de contarlo. La diferencia fundamental reside en el estilo. Cuando el inseguro, tímido y torpe Peter Parker se pone el traje de Spiderman, todo cambia: desde ese momento se comporta como un verdadero superhéroe, agil, fuerte y capaz, aunque de vez en cuando sus pensamientos nos revelen que no todo era tan brillante como parecía.
En esta página de Spiderman, Peter Parker se preocupa por los celos de Gwen, como cualquier muchacho, pero cuando "llega el momento de la acción" se pone el traje ajustado se convierte en un héroe. El traje, ya se sabe, transforma a un caballero y a un superhéroe.
Lo mismo sucede con las películas de monstruos: aunque nos muestren las debilidades de los héroes, cuando llega el momento de la acción, las cosas empiezan a suceder de manera diferente. La cámara magnifica sus movimientos, los estiliza, y todo sucede de una manera extrañamente sincronizada entre los héroes y los bichos.
Bong Joon-ho no hace eso. Mantiene la coherencia de estilo en todo momento, lo que no quiere decir que la película no sea tan deslumbrante desde el punto de vista técnico y estético como su obra maestra Memorias de un asesinato. Pero prescinde de los artificios del género y sólo los utiliza para burlarse de ellos, para seguirlos durante un instante y luego dar la vuelta hacia otro lado. Nunca olvida que su intención es mostrar qué sucedería en el mundo real, con personas reales, si un monstruo mutante llevara el caos y el miedo a Seul. Y tampoco deja de lado el humor o la crítica política, ni siquiera en los más terribles momentos.
Esa es su gran apuesta y lo que hace a The host una película distinta, pero también es su gran debilidad para muchos espectadores, pues estamos demasiado acostumbrados a la falsa verosimilitud de las películas de monstruos de Hollywood, en las que las cosas suceden siempre de manera épica y donde el humor apenas tiene cabida, excepto como bromas tópicas entre los personajes.
A esta decepción contribuye una campaña promocional que crea falsas expectativas, de las que es difícil librarse incluso a pesar de que Bong Joon-ho decide enseñarnos al mostruo enseguida, de manera casi casual y a plena luz del día, quebrando la primera regla de las películas de monstruos: la aparición inicial debe ser sorprendente y aterradora, y debe tener lugar tras una tensa e intrigante espera.
Así que una película puede resultar poco verosímil precisamente porque intenta contar las cosas de manera verosímil, pero sin ajustarse a la verosimilitud convencional propia del género de las películas de monstruos.
También se le reprocha a Bong Joon-ho usar el humor y el ridículo en los momentos menos adecuados, como en el primer funeral por las víctimas del monstruo. Sin embargo, es esta mezcla de tragedia y comicidad, de lo sublime y lo banal, de lo emocionante y lo chistoso lo que caracteriza a muchas grandes obras narrativas, las que van más allá del tópico y de las reglas convencionales. A Shakespeare también se le reprochaba:
"Los admiradores de este gran poeta nunca encuentran menos motivos para satisfacer sus expectativas de excelsitud que cuando aquél parece totalmente decidido asumirlos en la zozobra y ablandarlos con emociones tiernas recurriendo al declive de la grandeza, a los peligros de la inocencia o a los sufrimientos del amor. Nunca pasa mucho tiempo sin que un chiste fácil o un equívoco vulgar interrumpa sus momentos delicados y conmovedores. Tan pronto se pone en movimiento, se contiene, reprimiendo o destruyendo con repentina frialdad el terror o la piedad que estaban naciendo en el espíritu."
Samuel Johnson, Prefacio a Shakespeare
La campaña de promoción debería incidir más en la novedad que supone The host, no porque sea un nuevo escalón en las películas con bicho, la siguiente etapa tras Tiburón y Alien, sino porque es una manera nueva de contarlo.
Al ver The host uno se hace consciente de las convenciones que dominan su experiencia estética, de los códigos que nos condicionan inevitablemente. Por otra parte, como se explica en la paradoja del libro Antes del principio siempre hay algo, la errónea campaña de promoción muestra que a veces es mejor no tener expectativas que tener expectativas erróneas
The host no respeta las convenciones del género, del mismo modo que Memorias de un asesinato no respetaba las del género policíaco y, tal vez por ello, se podría decir que no es una película "con bicho" aunque haya un bicho en ella.
La página de Las paradojas del guionista
El Píxel de Oro 4ª edición
Marcóticos, La Cuarta Pared, la Pixelteca y varios weblogs como La metamorfosis, han convocado la cuarta edición del concurso El píxel de oro. He pensado probar suerte e intentar llevarme el cuarto píxel consecutivo. No sé si lo conseguiré, porque la competencia es cada vez más dura. Pero aquí está el relato que envié y la fotografía que marcóticos propone como punto de partida...
Los maniquís
_Hola... hola... ¿hay alguien ahí?
_Parece que el novicio ya se ha despertado.
_Sí, ya iba siendo hora.
_¿Quién está hablando? ¿Quiénes sois vosotros?
_Vaya pregunta. Somos los que somos.
_Pero es que no os veo, aquí sólo hay cuatro maniquís, no hay ninguna persona.
_Bueno, eso depende de cómo definas la palabra “persona”. Su etimología es “suena a través”, y no estoy seguro de que nosotros sonemos a través de nada
_No fatigues al novicio con tus etimologías. ¿No ves que acaba de llegar?
_Tienes razón... Nosotros somos estos seis maniquís.
_Sí, claro, y yo me lo creo. Si vosotros sois los maniquís, ¿quién soy yo?
_Tú eres el séptimo maniquí, por supuesto.
_¿Qué? No puede ser... Es cierto que hay un séptimo maniquí. Ahora lo veo, ahora me veo... Esto debe ser un sueño.
_Sí, algunos lo llaman el sueño eterno.
_¿Queréis decir que estoy muerto?
_Bueno, así es como suelen definir tu estado actual los que pretenden estar vivos.
_Pero, entonces, entonces... ¿he muerto? Sí, claro, ahora recuerdo el accidente... ¿Cómo quedó mi coche después del golpe?
_Mucho mejor que tú: podrán repararlo.
_De acuerdo, estoy muerto. Es posible, porque la verdad es que después de un accidente como aquel...
_Me parece que el novicio comienza a aceptarlo....
_Pero no entiendo qué hago aquí. No puede ser que la otra vida consista en convertirse en un maniquí.
_¿Y qué tiene de malo? Se acabaron los dolores de estómago...
_...las jaquecas...
_...cualquier dolor, porque ya no tenemos carne que pueda sangrar, ni huesos que se puedan romper, ni nervios que se exciten, ni cerebro para experimentar el dolor...
_También se acabó ir corriendo de un lado a otro, porque aquí te llevan siempre a todas partes...
_...y además consigues ropa gratis, aunque no siempre del mejor gusto.
_Por cierto, llevamos ya mucho tiempo desnuditos en este escaparate.
_Pues sí, es que no se ponen de acuerdo en las tendencias de esta temporada.
_Esperad, esperad un poco. ¡Os he pillado! Decís que somos maniquís, ¿verdad?
_Pues sí, es una forma de describirnos bastante adecuada, dadas las circunstancias.
_Decís que somos maniquís sin dolor de cabeza, de dientes, de estómago, pues ¿cómo vamos a tener dolor de estómago si no tenemos estómago?
_Eso es...
_Y, claro, cómo vamos a tener dolor de dientes sin dientes...
_Ya lo ha entendido...
_¿Y cómo vamos a hablar sin tener boca?, ¿eh, listos?
_Ya empezamos...
_No te enfades con él, a todos nos pasó lo mismo al principio.
_Es verdad, en fin, habrá que explicárselo todo.
_¿Explicarme el qué?
_Vamos a ver. ¿Tú crees en Dios?
_Pues, yo, la verdad es que tenía ciertas dudas. Yo creo, o creía, no sé, en “algo”. No en ese Dios con barba blanca...
_¿En una especie de energía, ¿verdad?
_Pues sí...
_ En “algo que está ahí y que en cierto modo cuida de ti”.
_¡Eso es!
_Pues estás de enhorabuena, chaval, porque eso es lo que hay.
_¿De verdad?
_Si, una especie de energía que cuida de nosotros.
_¡Vaya, qué bien! Pero lo que no entiendo es por qué esa especie de energía nos ha convertido en maniquís.
_¡Y dale! ¡Qué manía con los maniquís! ¿Es que te gustaba más ser persona, lleno de enfermedades, cansancio y todo tipo de sufrimientos?
_No, no es que me guste más, pero, no sé, la naturaleza se ha tomado el trabajo de hacernos evolucionar desde las bacterias hasta los primates... Y me parece terrible descender ahora a un trozo de cartón piedra inanimado.
_Vamos a ver. ¿No habíamos quedado en que existía esa “energía que nos cuida”, es decir, Dios?
_Sí, pero...
_Pues entonces olvídate de la Naturaleza, que ni falta que nos hace.
_¡Eh, alto! eso no puede ser, incluso los creyentes creen que hemos evolucionado de alguna manera.
_Vamos a ver. Ahora que sabes que Dios existe (porque nosotros te lo hemos dicho), vas y decides que tenían razón los del diseño inteligente.
_Claro. Si Dios existe, no creo que se quede al margen y no controle la evolución.
_¿Y para qué querría Dios controlar la evolución?
_Pues para que algún día surgieran sobre la Tierra seres pensantes como nosotros... La verdad es que la evolución resulta más razonable si tiene un objetivo al que llegar. Del mismo modo que un reloj es fabricado por un diseñador, también el mundo es supervisado por Dios.
_¡Serás insensato! ¿Es que tú te crees que un Dios omnipotente tiene necesidad de tantos aparatejos?
_¿Qué quieres decir?
_Pues que un Dios omnipotente no necesita que haya una boca para que un alma hable. Por cierto, esa es la palabra que preferimos en vez de maniquíes: alma. O “espíritu”, si te resulta más cómodo.
_¿Es que no te das cuenta de que, si Dios quiere, puede poner un alma en una piedra, en una botella de vino... o en un maniquí?
_Puede ser, pero ¿por qué encerrarnos en estos cuerpos inanimados?
_En realidad las almas no estamos en estos maniquís ni en ningún lugar material, tan sólo los usamos porque nuestra vivencia en cuerpos nos ha hecho adquirir ciertas costumbres: como la creencia en la personalidad individual.
_Sí, eso facilita la comunicación entre nosotras. El vicio corporal es difícil de desterrar.
_Ahora que lo decís, creo que tenéis razón. ¿Para qué iba a necesitar Dios pasarse milenios controlando la evolución, si puede insuflar un alma en cualquier cosa? Sin duda, Dios también podría hacer funcionar un reloj pintado en la pared, sin necesidad de ningún mecanismo.
_Claro, por algo es todopoderoso, ¿no te parece?
_Pero, entonces, todos los creyentes que creen en el diseño inteligente...
_Están equivocados, por supuesto, como todos los que pretenden conocer a Dios. ¿Es que tú te crees que es fácil conocer los designios de “algo que es como una energía que nos cuida”?
_Entonces, ¿para qué sirve la evolución?
_Ni idea. Creemos que es la manera en la que la materia se entretiene.
_A las almas nos tiene sin cuidado lo que haga la materia.
_Sin embargo, las almas habitan en los seres humanos.
_¿Tú crees? Eso no es seguro. A nosotras nos da la impresión de que la mayoría de los seres humanos son sólo mecanismos sin alma.
_Sí, un conjunto de válvulas y relés hechos de carne.
_Es cierto que, por alguna razón que ignoramos, a algunas almas les gusta meterse dentro de los seres humanos, pero los cuerpos pueden vivir sin nosotras.
_Sólo son materia organizada, pero nosotras somos parte de esa “energía que controla el universo”.
_Bueno, eso es una sospecha, tampoco estamos seguras. Pero sí está claro que Platón tenía razón al decir que cuando las almas se meten en los cuerpos olvidan que son almas.
_Nacer es morir.
_Y morir es en cierto modo nacer, porque al quedarte sin cuerpo no te queda más remedio que acordarte de que eres un alma.
_Muy bien, supongamos que tenéis razón. Pero si somos parte de la energía que controla el universo, o sea, de Dios, ¿por qué no nos hemos unido a él y seguimos habitando un trozo de materia tan vulgar como estos maniquíes?
_Al parecer estamos en el limbo.
_¿El limbo es este escaparate?
_Sí, aquí, en estos maniquís vamos percibiendo poco a poco lo que somos realmente, sin todas esas distracciones de los cuerpos humanos. Podemos dedicarnos a ser almas todo el tiempo.
_Hay que suponer que en algún momento ya no tendremos necesidad de habitar en algún tipo de materia, como la de estos maniquís.
_De hecho, ahora mismo una de nosotras se ha ido, seguramente para siempre.
_¿Qué queréis decir?
_Que ya no somos siete almas en un escaparate: uno de los maniquís ahora es sólo materia vacía. El de la peluca.
_¿Y dónde se ha ido?
_Tal vez se ha unido a la energía que controla el universo.
_La verdad es que desde hace un tiempo estaba como ausente. Hoy ni siquiera se ha dignado a hablar contigo.
_Sí, últimamente estaba muy descarnada, o desacartonada.
_Y nosotras, ¿cuándo nos iremos?
_Probablemente cuando ya nada de lo material nos interese. Porque nosotras todavía estamos muy preocupadas por algunas cosas terrestres...
_¿Cómo cuáles?
_Como las tendencias que se van a llevar la próxima primavera...
_¿Creéis que volverán los tonos pastel?
Si quieres leer más relatos de El píxel de oro en sus cautro ediciones, o si quieres concursar:
Hace un tiempo hablé del poema Instantes, que se atribuye a Borges, al parecer erróneamente. Lo transcribo aquí de nuevo:
Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y profilácticamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.
Más abajo puedes encontrar enlaces a esos comentarios y a un texto muy divertido en el que se persigue al autor de Instantes como en una novela detectivesca.
Uno de los aspectos que me parecen más interesantes de todo esto es ver el cambio de opinión del lector según sea Borges o no el autor.
En primer lugar hay que decir que el poema gustó a muchos lectores que no eran aficionados a Borges, personas que raramente habían apreciado la poesía de Borges, por parecerles difícil de comprender. Instantes era un poema de Borges distinto, era un poema que se entendía perfectamente. Su autor, de manera sencilla, incluso simple, se lamenta de lo mal que ha vivido la vida y explica cómo la viviría si tuviera una segunda oportunidad. Algunos de sus versos incluso parecían escritos para quienes gustan de la poesía que suele llamarse cursi, y no es raro encontrar Instantes en páginas web con dibujos de aspecto infantil, con pierrots soñadores y muchachas de mejillas sonrosadas.
Un ejemplo de página en la que aparece Instantes
Pero, ¿cómo reaccionaron los seguidores de la obra de Borges ante un poema tan poco borgiano?
Lo cierto es que la mayoría no se dio cuenta de que era un poema poco borgiano. ¿Por qué?
Bueno, era un poema sencillo y simple, es cierto, pero ¿y si Borges lo escribió así adrede?. Su sencillez parecía esconder una vitalidad semejante a la de las Hojas de Hierba de Walt Whitman, y ya se sabía que Borges había traducido a Whitman y lo admiraba. Por otra parte, el poema era una especie de refutación de la vida artificiosa, higiénica, distante, literaria. De esa vida que supuestamente había vivido Borges. Instantes era una llamada a la naturalidad y la sencillez, así que era del todo razonable que estuviese escrito de forma sencilla y directa.
Entre otros argumentos, se podría añadir que a Borges siempre le habían gustado los navajeros, los compadritos, toda esa gente que vivía en los arrabales. Y también que Borges, en sus últimos años, ya ciego, pareció aplicar los consejos de Instantes: se le veía feliz recorriendo el mundo, conociendo a gentes nuevas, charlando aquí y allá. Se le veía sonreír e incluso reír a carcajadas junto a Maria Kodama. ¿Se estaba aplicando su propia receta de Instantes?
Así que podíamos admirar Instantes sin sentir remordimientos, parecía simple... pero era de Borges.
Sin embargo, el chasco llegó cuando alguien, creo que María Kodama fue la primera, dijo que el poema no era de Borges, y que él nunca escribiría una cursilería semejante:
"Lo más notable es comprobar que esa misma gente que no aprueba la publicación de las tres obras mencionadas [El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos, Inquisiciones], frente al poema “Instantes” o “Momentos” de la escritora norteamericana Nadine Stair, atribuido falsamente —quiero creer que por ignorancia— a Borges, esa gente, repito, nada dijo ni del estilo ni del contenido de esos versos. Aunque resulte infantil el lenguaje empleado y totalmente contradictorio el mensaje transmitido por el poema, con respecto a los principios que Borges sustentó hasta el fin de su vida.
Se llegó al horror de leer y enseñar en instituciones oficiales, y atribuyéndolo siempre a Borges, ese poema sin valor literario."
Si pudiese volver a vivir otra vez mi vida
no escribiría "Instantes"
Esta revelación trajo dos consecuencias principales:
a) Los admiradores no borgianos de Instantes presentaron el poema de la siguiente manera:
Instantes ( ¿de Borges?)
Tal vez alguno pensó: "Ya decía yo que era demasiado bonito para ser de Borges"
b) Los borgianos declararon que ya les parecía a ellos que el poema no podía ser de Borges: "Era demasiado bonito para ser de Borges".
La conclusión es que el poema continúa en el panteón de lo bonito, pero ha caído del estante reservado a las grandes obras, en el que había entrado de la mano de su supuesto autor, Borges.
Creo que los que admiraban el poema "aunque fuese de Borges", se han mostrado más coherentes y menos hipócritas. Les gustaba entonces, les sigue gustando ahora.
Por el contrario, quienes apreciaban el poema porque era de Borges, ahora podrán decir que siempre lo supieron, pero es difícil creerles, porque ya se sabe lo engañosa que es la memoria a la hora de reconocer que nos hemos equivocado.
Por otra parte, hablaré dentro de unos días de esta facilidad para explicar las cosas una vez que han pasado o se conocen. Lo que en filosofía se llama "Post hoc ergo propter hoc" (Una vez sucedido algo, demuestro que tenía que haber sucedido"), pero hay que recordar ahora que este tipo de presunciones, en las que todo resulta evidente una vez que se sabe la respuesta, quedan desarmadas con datos tan chocantes como que el propio Borges reconoció que el poema lo había escrito él.
En efecto, ya he contado en otro lugar que en una ocasión Elena Poniatowska le leyó a Borges el poema Instantes y otro poema en el que se lamentaba también de la vida poco sencilla y vigorosa que había llevado y él dijo que sus sentimientos ya no eran los que había expresado en esas líneas. El otro poema es El remordimiento
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan.
Mis padres me engendraron para el juego
humano de las noches y los días,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.
Este poema suena más a Borges, aunque algunas líneas nos hace dudar, como la insólita: "Que los glaciares del olvido/me arrastren y me pierdan". Sin embargo, no hay dudas de su autoría: lo publicó en el diario La Nación al día siguiente de la muerte de su madre.
Hay que admitir que la idea esencial del poema es muy semejante a la de Instantes: como expresa el título, el arrepentimiento por no haber sabido vivir la vida. En contra de lo que decía María Kodama, el mensaje del poema El remordimiento tampoco parece corresponderse con "los principios que Borges sustentó hasta el fin de su vida."
El primer error, tal vez, sea considerar que Borges sólo fue capaz de sostener un único conjunto de principios (sea eso lo que sea) a lo largo de su larga vida.
Ahora bien, ahora que habíamos descubierto que Instantes no está tan lejos de Borges como parecía, resulta que Iván Almeida nos dice que probablemente Elena Poniatowska se inventó el pasaje de la entrevista en el que recita a Borges los dos poemas. Así que Borges nunca escuchó recitar Instantes, ni lo consideró como suyo.
Recientemente se ha publicado una exhaustiva biografía de Borges, en la que, al parecer, se rechaza la imagen habitual de Borges, que lo presenta como un hombre frío y artificioso (imagen en la que yo nunca he creído). Tal vez en ese libro se aclare el misterio de Instantes. ¿Y si resultase que Borges sí es el autor o versionador del poema? ¿Tendríamos que volver a cambiar de opinión?
Ahora bien, sea quien sea el autor del poema, lo interesante es cómo nuestra percepción del arte varía en función de nuestras expectativas, de nuestras ideas previas y de nuestros prejuicios. Nadie es inmune a eso, aunque a todos nos gusta presumir de neutralidad. Como dije en una entrada acerca de la película coreana The Host, el mero hecho de esperar una película de monstruos hace que se ponga en marcha nuestro patrón de verosimilitud monstruil y que no aceptemos fácilmente que nos den otra cosa.
En el siglo XIX toda Europa quedó conmovida por los poemas del bardo escocés Ossian, recopilados por el folklorista McPherson. Se tradujeron a las principales lenguas, incluido el español, y se sucedieron los elogios a esta antigua poesía rescatada del olvido, que muchos compararon con las grandes obras clásicas. Goethe dijo que prefería Ossian a Homero.
Al cabo de los años, McPherson fue incapaz de mostrar el origen de esos cantos y se acabó concluyendo que los había escrito él. De la noche a la mañana, McPherson perdió todo su crédito y los poemas de Ossian pasaron a ser considerados una vulgar imitación de los clásicos. Los expertos, por supuesto, dijeron que ya les parecía ellos que...
El absurdo de todo esto no es que los expertos sean fácilmente engañables.
Eso no me parece grave, me parece razonable, a todos se nos puede engañar fácilmente: cuando Bioy Casares leyó El acercamiento de Almotásin, de Borges, encargó el libro a una librería inglesa.
Un lector de mi Museo Paralelo ha buscado en vano la copia exacta que Picasso hizo de Las señoritas de Avignon varios años después de pintar el original.
Esto no son muestras de simpleza por parte de Bioy Casares o de mi lector, sino de ingenio fabulador por parte de Borges o de mí mismo. El libro imaginado por Borges y la copia del cuadro de Picasso no existieron, pero deberían haber existido y, en cierto modo, existen, porque su interés no s elimita a la broma o engaño.
También existe en estos dos ejemplos una disposición al juego por parte de quienes buscaron el libro y el cuadro que resulta más interesante que la actitud de aquellos que, escarmentados por este tipo de fraudes, piensan que alguien tan extravagante como Ireneo no puede haber existido nunca, sino que es una invención de Borges.
Todo eso no es lo absurdo, lo absurdo es que una obra que sin duda tiene virtudes, como los poemas de Ossian, se caiga del estante de la gran literatura y ya no interese a nadie, tan sólo porque en la portada del libro no aparece "Ossian" como autor, sino "McPherson".
Más que buscar con mil ojos el posible fraude para evitar ser engañado, quizá sea preferible aplicar aquello de que arte es aquello que se mira con interés, y pecar antes de ingenuidad que de agudeza crítica. Si nos ponen delante un verso escrito por algún oscuro poeta de la época isabelina y nos dicen que es de Shakespeare, es casi seguro que encontraremos más cosas interesantes que si nos dicen quién es su verdadero autor.
Y también sucede el caso inverso: en una ocasión yo dirigía un programa en el que había un guionista que construía unas historias demasiado enrevesadas, así que llegamos al acuerdo de que yo le mandaría siempre una sinopsis o argumento detallado para que la historia se desarrollara de manera coherente. Un día, sin embargo, yo le envié una sinopsis detallada pero él me envío el guión antes de recibirla. Alguien me trajo el guión y me dijo: "Se lo reenviamos y le decimos que lo escriba siguiendo la sinopsis, ¿verdad? ". Respondí que no, que antes de hacer tal cosa primero tenía que leer el guión que había enviado, intentando olvidar las expectativas y la opinión que tenía de los anteriores guiones. Lo leí, me gustó y no fue necesario reescribirlo.
Al enfrentarse a una obra de arte, o casi a cualquier cosa, es bueno mezclar dos consejos: el de los escépticos que decían que hay que poner en suspenso el juicio, y el de Oscar Wilde que recomendaba entregarse absolutamente a la obra de arte. Sólo así se puede lograr que ciertas hermosas cosas atraviesen los filtros y compuertas de nuestra sensibilidad. A menudo encontraremos algo que no ha puesto allí el autor y no será difícil encontrar rastros de Shakespeare en Fletcher, incluso en las obras en que no colaboraron.
Un tercer consejo consiste en recordar lo que decía Casanova en sus Memorias: "En una posada española tienes lo que llevas"; y, en consecuencia, llevar con nosotros todo lo que podamos al contemplar lo que se nos ofrece.
Por un lado, hermosa paradoja, olvidar lo que sabemos para vencer nuestros prejuicios y expectativas, por el otro no olvidar nada y ponerlo al servicio de nuestra atención y del placer, esperar encontrar, en definitiva más de lo que realmente podemos obtener.
Me parece mucho más interesante meter la pata y con ello disfrutar un poco más que no equivocarse nunca y limitar nuestros estímulos a lo ya admitido como sublime o interesante. Cito de nuevo un fragmento de Musil en el que muestra que es mejor encontrar algo bueno en lo supuestamente malo que lo malo en cualquier cosa (¡que es algo tan fácil!).
Robert Musil
UN PRINCIPIO DE LA MÁS EXCELSA CRÍTICA
"Hace patente más genio encomiar una obra de arte de mediana calidad que una excelente. Al ser humano la belleza y la verdad le saltan a la vista en primerísima instancia; y así como las frases más sublimes son las más fáciles de entender (sólo lo minucioso es de comprensión ardua), igualmente lo bello gusta fácilmente; únicamente el disfrute de lo defectuoso y amanerado requiere esfuerzo. Una obra de arte lograda contiene lo bello con tanta pureza, que resulta la evidencia misma para cualquiera que esté en su sano juicio; en la medianía, por el contrario, está lo bello mezclado con tantos elementos casuales o incluso contradictorios, que para purificarlo de ellos hace falta un discernimiento mucho más penetrante, una sensibilidad más fina y una imaginación más vivaz y experimentada; en una palabra, más genio. (…) Cuán conmovedora es la invención en más de un poema: sólo que tan desfigurada por el lenguaje, las imágenes y los giros lingüísticos, que suele ser menester un sensorio infalible para descubrirla. (…) Por tanto, quien alaba a Schiller y Goethe no me prueba con ello, como cree, su extraordinaria y refinada sensibilidad para la belleza; pero a quien aquí y allá le complacen Gellert y Cronegk, ése —aunque solamente acierte en una de sus afirmaciones— me hace intuir que posee inteligencia y sensibilidad —y por cierto que ambas en rara medida.
Lo mismo que decía, precisamente, Borges: "Incluso el libro más malo puede ser salvado por una línea."
Si tu opinión acerca del poema Instantes, ha oscilado levemente al leer los argumentos a favor y en contra de la autoría de Borges, te sucede lo que a mí, y lo que a cualquier persona: nuestra atención hacia una obra y nuestra percepción de la belleza o de lo interesante es influida por conceptos ajenos a la obra misma. La honestidad no consiste en negar tales influencias y en jurar y perjurar que somos neutrales y objetivos, sino en ser consciente de esas influencias e intentar conseguir que condicionen pero no determinen nuestro juicio.
Y, ya desde mi propio punto de vista personal, me gusta más ser influido para apreciar algo que para detestarlo.
He escrito varias veces acerca del poema Instantes:
Como es sabido, Jesucristo se llamaba Jesús, Josué o Jeshua. El apodo de Cristo viene del hebreo Mesías, "aceite", que en griego se dice Krismas. Al que se unge con aceite, el ungido, se le llama Χριστός , (Christos), que en latín da Cristus.
Así que Jesús es el ungido, el Cristo, Jesucristo. Y de ahí viene el nombre de cristianismo, que adoptaron los seguidores del profeta para distinguirse de otras sectas judías de la época.
No hay testimonios históricos que confirmen que existió un profeta llamado Jesús, ni que tal profeta fuese crucificado por los romanos. Existe una mención en un escritor no cristiano, en Flavio Josefo, pero los expertos consideran que es apócrifa y que fue interpolada posteriormente a su redacción.
Los religiosos hebreos ortodoxos, que según los Evangelios incitaron a los romanos a crucificar a Jesús, tampoco lo mencionan, excepto en esta referencia del Talmud, que no es seguro que se refiera al Jesús de los cristianos:
" En Sanhedrín, 43a. se dice que Yeshu fue colgado "la víspera de Pascua", por haber practicado la hechicería y por incitar a Israel a la apostasía. Se menciona incluso el nombre de cinco de sus discípulos: Matthai, Nakai, Nezer, Buni y Todah."
Saulo de Tarso que vivió en la época de Jesús en Jerusalén, no llegó a conocerle, lo que también resulta curioso.
Saulo, por cierto, fue en sus inicios un perseguidor implacable de los cristianos, hasta que un día, camino de Damasco, se cayó del caballo y escuchó la voz de Dios que le dijo:
_Saulo, ¿por qué me persigues?.
_¿Quién eres?, preguntó Saulo.
_Soy el Dios de los cristianos. Saulo se unió entonces a sus antiguos enemigos y se hizo llamar Pablo.
Algunos estudiosos, como Doherty creen que El autor del Evangelio de Marcos se inventó la figura de Jesús.
Así que existen muchas dudas acerca de la existencia de Jesús.
Según parece, el Jesús histórico no llevaba barba. Caravaggio lo representó imberbe, del mismo modo que se le representó durante los primeros siglos del cristianismo.
El argumento más poderoso a favor de que existió es el efecto que causó en sus seguidores y el hecho de que algunos de ellos sí son personajes históricos a los que conoció el propio Pablo (los apóstoles).
Otro argumento es que aunque los primeros cristianos tenían muchos opositores, me parece (pero no estoy seguro) que ninguno de ellos les acusaba de inventarse a su Mesías. Los judíos ortodoxos negaban que fuera el Mesías esperado y consideraban su mensaje una herejía, pero no creo haber leído nunca que negasen su existencia. Habría que investigar en los textos judíos para saber si es así o no. Este es otro argumento a favor de la existencia de un profeta llamado Jesús, pero no de ninguno de los hechos que nos cuentan los apóstoles.
En contra de este argumento está el hecho de que la polémica con los cristianos tuvo lugar varias décadas después de la supuesta muerte de Jesús y que quizá ya nadie se acordaba de si existió éste o aquel profeta. Eso confirmaría que, en caso de existir, no llamó mucho la atención, que es lo mismo que indica el estruendoso silencio de las fuentes de la época acerca de Jesús.
En cualquier caso, si aceptamos que existió un profeta llamado Jesús, podemos pensar que era el Mesías y el Hijo de Dios, e incluso Dios mismo. Eso sin somos cristianos.
Si no somos cristianos, podemos considerar a Jesús del mismo modo que los cristianos consideran a Buda o a Mahoma, como personajes históricos. No cabe ninguna duda acerca de la existencia de Mahoma, y pocas acerca de la de Buda. Aunque un cristiano no crea en Buda o en Mahoma en tanto que profetas o líderes religiosos, le pueden interesar sus acciones como hombres.
En mi opinión, si Jesús fue, en definitiva, no un Dios sino un hombre como cualquier otro, éso implica que no fue un hombre como cualquier otro. De haber sido un hombre, sería un pensador interesante y un moralista digno de ser admirado.
Se daría así la paradoja de que la elevación de Jesús a Dios vivo ha eliminado de la historia de los grandes pensadores al pensador Jesús, porque ningún mérito puede tener un hombre que es un Dios encarnado. En cierto modo, si aceptamos que Jesús existió, deberíamos librarle de los cristianos, descristianizarlo, quitarle el aceite con el que le ungieron y ver a la persona que vivió y murió hace 2000 años.
Es cierto que parece imposible examinar a Jesús sin verlo como Jesucristo, puesto que él mismo se consideraba Mesías e hijo de Dios. Eso es lo que dicen los cristianos, claro, pero ¿lo pensaba él?
Es posible. hay argumentos a favor y en contra.
Pero eso no significa nada para quienes no lo creemos: a lo largo de la historia ha habido mucha gente que pensaba que eran especiales por alguna razón y nosotros no aceptamos tal pretensión. Mahoma puede ser estudiado como un jefe militar, un gobernante, un dirigente, al margen de sus pretensiones religiosas. Podemos considerar sus virtudes y sus defectos, o simplemente sus actos, del mismo modo que podemos examinar los de Augusto, Gengis Khan, Napoleón, Lenin, Stalin, Mao o Hitler, al margen de sus desvaríos personales acerca de su propia naturaleza y de su “misión” en la tierra.
En el caso de Jesucristo, este examen es más fácil y más difícil al mismo tiempo, precisamente por la duda que persiste acerca de si existió o no.
En primer lugar, habría que delimitar el terreno de estudio. Si suponemos que Jesús existió, entonces los textos en los que se conservan sus ideas son fundamentalmente los cuatro evangelios: Marcos, Juan, Mateo y Lucas. Quizá habría que tener en cuenta algunos de los evangelios apócrifos, incluido el que ahora está tan de moda: el evangelio de Judas, pero especialmente el de Tomás.
Sin embargo, no creo que la elección de los Evangelios en el Concilio de Nicea se ajustase a la broma de Voltaire: "Los pusieron todos sobre una mesa, agitaron la mesa y los cuatro que quedaron encima se convirtieron en la ortodoxia". A mí me gustaba pensar eso, pero me parece que los cuatro evangelios son los más antiguos (excepto quizá el de Tomás) y que otros, como el de Judas, son poco de fiar, por tratarse de elaboraciones posteriores.
Tampoco podemos confiar demasiado, por muy interesantes que sean, en las Epístolas de San Pablo. Pablo de Tarso, antes llamado Saulo, no conoció a Jesús y aunque sí conoció a varios de los apóstoles, él mismo dice que su revelación no le vino a través de ellos, sino directamente a través de Jesucristo. También resulta extraño que Pablo hable tan poco acerca de lo que los apóstoles le contaron de Jesús: si yo fuera un cristiano me pasaría las horas interrogando a quienes le conocieron y guardando como un tesoro cualquier nueva información acerca de lo que Jesús pudo decir o hacer. ¿Acaso no se basa la religión cristiana en la idea de que Dios se hizo hombre para revelar a la humanidad en persona su mensaje? La Revelación y la Encarnación para los cristianos no son un acontecimiento más, sino un momento único que marca un antes y un después en la historia del mundo.
Por cierto que Pablo de Tarso es también otro interesante pensador desde el punto de vista de un no creyente, al que parece imposible descristianizar, pues es casi casi el fundador real del cristianismo.
Tampoco podemos contar, para conocer al Jesús no cristiano, con los Hechos de los Apóstoles, donde se cuenta la vida de los apóstoles una vez que Jesús ha muerto, porque todo eso está escrito desde la premisa de que Jesús era hijo de Dios y porque son también textos muy posteriores.
En fin, si seguimos con nuestra hipótesis de que Jesús existió y de que no era Dios, que es probablemente la hipótesis más razonable acerca de esta figura, tenemos que eliminar unas cuantas nociones que pertenecen a Jesucristo, el Hijo de Dios, pero no a Jesús, el hijo del hombre:
La virginidad de María
La descendencia de la casa de David.
La visita de los Reyes Magos.
La persecución de los niños por Herodes.
La resurrección
A partir de aquí se puede hacer un recorrido por las ideas de Jesucristo, que nos lo mostrarán, me parece, como un pensador destacado, un precursor de ideas como los derechos humanos, al menos de la igualdad entre todos los seres humanos, fuesen judíos, romanos o paganos, ricos o pobres, y tal vez incluso de la igualdad entre hombres y mujeres. Sería una tarea interesante juntar sus ideas de manera semejante a cómo se hace con los filósofos griegos presocráticos, agrupando lo que los diversos autores dicen que Jesús dijo, y con una sección con los fragmentos probablemente auténticos. Probablemente alguien lo ha hecho ya, pero yo lo voy a hacer por mi cuenta. Pero antes me referiré a Jesús como profeta.
Continuará...
Pronto abriré una página dedicada a la religión, Ensayos de Teología. Mientras tanto, estos son algunos enlaces:
Un artículo que envié a un premio de la revista El Ciervo (y que no ganó) Lo uno y lo plural
Estos días he estado en el Festival de Cine de las Palmas de Gran Canaria y he podido ver la filmografía completa de el director japonés Hirozaku Kore Eda, además de su última película, Hana. He escrito algo sobre la película que tiene relación con lo que se dice en el capítulo La verdad verosímil de Las paradojas del guionista:
"Realidad y verosimilitud no siempre coinciden, a veces la realidad no es verosímil y a veces lo verosímil no es real"
Lo que The Host, del coreano Joon Bong-Ho es al cine de monstruos, Hana lo es al cine de samuráis. La semejanza entre estas dos películas tiene que ver con la verosimilitud, pero también con la verdad.
Pocas cosas son más difíciles de entender que lo verosímil. Como se puede ver en el capítulo Realidad y ficción, la realidad y lo verosímil no siempre coinciden, y cosas muy verosímiles en la ficción pueden no suceder nunca en la realidad, y a la inversa.
The Host y Hana tienen que ver con la verosimilitud porque todo lo que vemos nos parece posible, no hay nada ante lo que digamos, "esto no podría suceder". Es una verosimilitud no sólo relacionada con las leyes del relato, sino con las de la realidad.
En The Host, por supuesto, hay algo inverosímil: el monstruo mutante. Pero, una vez aceptado el monstruo, todo lo demás es razonable. En Hana ni siquiera tenemos que aceptar un monstruo. Tan sólo hay samuráis.
Todos sabemos que los samuráis existieron, por supuesto, pero estamos acostumbrados a pensar en ellos como en personajes semejantes a los caballeros de la tabla redonda, como los héroes de las leyendas artúricas. Sin embargo, los samuráis de Hana se comportan como los protagonistas de The host, es decir, como personas normales. Por ejemplo, como personas que actúan como estereotipados samuráis; es decir, haciendo el ridículo, porque la casta de los samuráis era una casta ridícula. Lo era no sólo en las épocas de decadencia, como esta época Edo de Hana, en la que ya no hay conflictos en los que los guerreros puedan hacer valer su dominio de las artes de matar, sino en cualquier época. Lo que pasa es que lo ridículo, sobre todo en el mundo militar, se confunde a menudo con lo sublime.
Se puede sentir afición por las historias de samuráis o por muchas ideas del zen, como quien siente interés por los piratas o por el satanismo, pero otra cosa muy distinta es creer que se puede ser pirata o satanista sin crueldad, o pensar que los samuráis no eran otra cosa que extorsionadores de campesinos y sostenedores del despotismo. O ignorar que el zen es una variante del budismo dhyana indio y del chan chino, adaptado y en parte construido a la medida de los intereses militaristas de Japón.
El cine de vaqueros en el que los soldados del Séptimo de Caballería eran héroes que se enfrentaban a los malvados pieles rojas, acabó desapareciendo y películas como Soldado azul empezaron a mostrar historias menos verosímiles para quienes se habían acostumbrado a los tópicos, pero más cercanas a la verdad histórica. Poco a poco los niños empezaron a preferir "hacer de indio" que de "vaquero". Esto todavía no ha sucedido con los samuráis. En la imagen se puede ver la batalla de Little Big Horn, en la que murió el general Custer, que pasó de ser un soldado épico a convertirse en un asesino cruel y bastante ridículo, algo, según parece, más cercano a la realidad.
Hana hace lo que no suelen hacer las películas de samuráis, porque muestra lo que eran: una casta guerrera, mitad mafiosa mitad fascista, amantes fanatizados de la muerte y de la fidelidad al señor o daimyo.
Por eso, la verosimilitud de Hana, que nos muestra lo rancio, lo grotesco y lo inhumano de la vida de los samuráis tiene también que ver con la verdad, o al menos con la huída de la mistificación. Eso puede hacer que muchos aficionados al mundo de los samuráis consideren Hana poco verosímil, precisamente porque las cosas no suceden como en esa falsa verosimilitud a la que nos hemos acostumbrado. También la verosimilitud de los caballeros andantes del ciclo artúrico quedó tocada cuando Cervantes escribió Don Quijote de La Mancha.
Verosimilitud y sentido común
En Hana la verosimilitud también nace al ver reflejado el sentido común en la pantalla. Cuando los sociólogos o los historiadores nos dicen que en la Edad Media todos creían en Dios y en la divinidad de los reyes, y que pensar en que alguien fuera ateo es un vulgar anacronismo, sospechamos que eso no puede ser del todo cierto. Que al menos alguna persona entre mil debió percibir lo que se escondía tras el decorado, la tramoya de ese teatro de fanatismo religioso. Al menos algún campesino pensaría que todo aquello era un invento para que los curas y los nobles vivieran bien a costa de su sumisión. Quizá no se atrevieran a decirlo en público, y sin duda nunca se atreverían a escribirlo, pero creer que todo el mundo pensaba lo que los historiadores al servicio de los poderosos nos han contado que pensaban, es algo tan contrario al sentido común que no resulta creíble.
Es cierto que podemos aceptar, como nos aseguran los relativistas culturales, que muchos aztecas y mayas corrían alegremente a que les arrancasen el corazón, o que hubo miles de japoneses que se suicidaron sin dudarlo a la mayor gloria del emperador, porque los suicidios de terroristas nos recuerdan cada día que alguien puede aceptar voluntariamente perder la vida por una ideología, una religión, por fanatismo o por simple desesperación. Pero también sospechamos que muchos de ellos lo hacen obligados, y que más de uno intenta escapar a tan absurdo destino.
Aunque nos resulte creíble que muchos acepten voluntariamente inmolarse o ser inmolados, también nos resulta creíble que algunos de los cautivos de los mayas intenten escapar, como sucede en Apocalypto, de Mel Gibson, o que varios soldados japoneses intenten evitar un suicidio impuesto por sus superiores, como se ve en Cartas desde Iwojima, de Clint Eastwood.
En Hana, los samuráis no están idealizados, lo que no se explica sólo por un propósito de verosimilitud, sino que es también una verdad moral y una decisión ética por parte de Kore Eda.
Se dirá que estos son valores extracinematográficos que no tiene sentido considerar al hablar de una película, pero una película es mucho más que sus valores cinematográficos. La exageración panfletaria y manipuladora de algunas películas ha hecho que muchos rechacen cualquier intención o contenido político y social en el cine, pero esa es una reacción exagerada, como espero demostrar en otras entradas.
Kore Eda se caracteriza precisamente por hacer girar su cine, ya se trate de documentales o de películas de ficción, alrededor de su pensamiento ético, social y político, sin caer en el panfleto o la manipulación:
August without him: la vida del primer enfermo de SIDA que lo declaró públicamente en Japón
Without memory, la vida de una persona que ha perdido la memoria episódica a causa de una medida sanitaria injusta
Nadie sabe, en la que los protagonistas son cuatro niños abandonados por su madre; algo todavía frecuente en Japón cuando una mujer encuentra un nuevo marido que le exige abandonar a sus hijos.
I just want to be Japanese, en la que Park es un coreano que fue alistado a la fuerza en el ejército japonés y que, terminada la guerra, pierde la nacionalidad adquirida y se convierte en un ciudadano invisible.
Sin embargo... en la que un funcionario tiene que elegir entre sus convicciones y los intereses del gobierno para el que trabaja.
Distancia, en la que varios familiares de adeptos de la secta El arca de la verdad, que asesinaron a más de cien personas, se reúnen en el lugar donde aquellos vivieron.
Casi todas las películas de Kore Eda tienen algo de documental y alguna relación con acontecimientos concretos, incluso, como admite Kore Eda, Maborosi, en la que la protagonista es una mujer que no consigue entender por qué su marido se suicidó, algo también hasta cierto punto frecuente en Japón.
Kore Eda con uno de los actores de Hana
En contra del tópico que dice que nunca hay que trabajar con niños ni con animales, a Kore Eda le encanta trabajar con niños
Contra la venganza
Hana es la primera película de Kore Eda enteramente de ficción. La única alusión a un hecho concreto es una historia que circula en paralelo a la trama principal que tiene que ver con la famosa leyenda de los 47 ronin, un clásico de la literatura y la cultura japonesa basado en un hecho real.
El famoso Mifune en una versión de Los 47 ronin
Los 47 ronin eran servidores de Lord Asano, al que Lord Kira engañó en una ceremonia, incitándole a desenvainar en presencia del shogun (lo que significaba la condena a muerte). Asano tuvo que hacerse el seppuku (切腹) o harakiri (腹切) y perdió todas sus posesiones. Sus servidores quedaron sin señor y los samuráis se convirtieron en ronin (esclavos sin señor). Decididos a vengarse de Kira, esperaron pacientemente hasta que un día lograron entrar en su palacio y decapitarle. Fueron capturados y obligados a hacerse el seppuku, pero su acto de venganza les restituyó el honor, tanto a ellos como a sus familiares .
La mirada de Kore Eda acerca de este asunto es también desmitificadora y burlona, precisamente porque la de los 47 ronin es una historia de lealtad, fidelidad y venganza, bastante parecida a las historias del honor del teatro clásico español, que hoy nos parecen, con toda razón, vestigio de una época bárbara. Sin embargo, en Japón, muchos admiran todavía la supuesta hazaña de los 47 ronin y acuden a su tumba a depositar ofrendas.
Las tumbas de los 47 ronin
Contra la venganza
Una de las motivaciones principales de Kore Eda para hacer Hana fue oponerse a la idea de matar o morir por venganza:
"Es algo que me preocupa mucho. Llegué a esa reflexión tras el 11-S y el comienzo de la guerra de Irak. Lo que sucede es que aposté porque la película tuviese un tono de comedia, porque me fascina conseguir una sonrisa del público. Pero el tono de comedia no impide que mi preocupación sobre la venganza llegue al espectador." Canarias 7 (18/03/2007)
De frente, uno de los más famosos actores japoneses, Tadanobu asano, que en Hana hace un papel pequeño pero importante, el del hombre del que ha de vengarse el protagonista. De perfil, oculto tras la máscara, el protagonista, Sozaemon, interpretado por Junichi Okada
Pero, junto a esta crítica de la idea de venganza, Kore Eda aprovecha para desmitificar no sólo a los 47 ronin y en general a los samuráis, sino también a los pobres. En Hana, los pobres también se comportan como personas, no como pobres de película. Como personas que, además, por supuesto, son pobres. Ni son bestias sometidas a sus instintos ni almas bondadosas e ingénuas. Porque una cosa es tan mentira como la otra.
Los pobres pueden ser, desde el punto de vista de un sociólogo, o según lo que reflejen las encuestas y las estadísticas, de esta o aquella manera, y los ricos de aquella otra, pero unos y otros son también personas; y las personas, o al menos algunas de ellas, se comportan de manera compleja. Muchos pobres y muchos ricos, quizá la mayoría, dicen lo que se espera de ellos, pero otros son capaces de darse cuenta de la farsa e intentar escapar de ella, como le sucede al protagonista de Hana y a algunos de sus compañeros.
Por otra parte, es casi una novedad ver una película de samuráis en la que no se derrama sangre y esa es una de las cosas que confirma que Kore Eda es diferente a la mayoría de los directores japoneses, quienes a pesar de sus virtudes, que no son pocas, no acaban de salir del estereotipo de lo cinematográficamente japonés: gusto por la violencia, obsesiones sexuales que bordean lo patológico, sadismo y masoquismo, comportamientos a menudo difíciles de entender, etcétera. Kore Eda, quizá sin pretenderlo de manera explícita, muestra que todo eso es un estereotipo y que lo seres humanos no somos tan distintos, a pesar de que las diferencias culturales a veces nos hagan creer que los detalles y las diferencias anecdóticas son nuestra esencia, y que un japonés es un tipo fundamentalmente raro (que es lo mismo que los japoneses deben opinar de los españoles).
Curiosamente, existen muchas semejanzas en la historia de Japón y España: una glorificación de lo militar (que no se da en China, por ejemplo) con figuras como los monjes guerreros, los samuráis y los hidalgos españoles y de códigos como el del honor, la fidelidad y la venganza, propios de épocas despóticas en las que no existen individuos sino siervos; ni ciudadanos, sino súbditos. Es cierto que
"la verosimilitud
no es una relación entre el discurso y la realidad, sino entre el
discurso y aquello que los lectores o espectadores creen que es verdad. Ese otro mundo de ficción es el de las ideas acerca de lo que es
real que tienen los espectadores. Si en una película de Hollywood
aparece un español rubio, alto y con ojos azules, poco importa que
esa persona exista en la realidad: los espectadores no creerán que
sea español. Del mismo modo, tampoco los españoles aceptarán a
un sueco bajito y moreno. A menudo, salirse del tópico significa
correr el riesgo de que el espectador se ponga a pensar sobre un
detalle en el que nosotros no queríamos que se detuviera, y empiece
a plantearse si nuestra inverosímil historia es verosímil."
( Las paradojas del guionista, 98)
Pero aunque eso sea cierto, tal vez estamos demasiado acostumbrados a pensar que todos los japoneses son mitad samurái mitad monje zen, que es una idea tan simplista y ridícula como considerar que en todo español hay un monje soldado, un hidalgo venido a menos o un torero. Así que no es mala idea que empecemos a olvidarnos de personajes acartonados también al pensar en Japón.
HANA
Dirección y guión: Hirokazu Kore-eda.
País: Japón.
Año: 2006.
Duración: 127 min.
Género: Drama.
Interpretación:
Junichi Okada (Aoki Sozaemon)
Rie Miyazawa (Osae)
Tadanobu Asano (Jubei Kanazawa)
Arata Furuta (Sadashiro)
Teruyuki Kagawa (Hirano)
Susumu Terajima (Terasaka)
Seiji Chihara (Tomekichi)
Ryuhei Ueshima (Otokichi)
Yuichi Kimura (Magosaburu)
Tomoko Tabata (Onobu).
Producción: Shiho Sato y Nozomu Enoki.
Fotografía: Yutaka Yamazaki.
Montaje: Hirokazu Kore-eda.
Diseño de producción: Toshihiro Isomi y Masao Baba.
Vestuario: Kazuko Kurosawa.
Estreno en Japón: 3 Junio 2006.
Sobre la verosimilitud, se puede ver también The host y la verosimilitud, que tiene que ver con el capítulo de Las paradojas del guionista "Las leyes del relato."
Acerca del Lejano Oeste y su verdadera historia se puede leer Enterrad mi corazón en Wounded Kne, un extraordinario libro de Dee Brown. Para la relación entre el zen y el budismo con el bushido o arte de la guerra y el militarismo japonés es muy recomendable El arte japonés de la guerra, de Thomas Cleary.
Puede verse una muestra de que la historia de los 47 ronin y sus valores morales, en mi opinión bastante destestables, son admirados todavía en 4+1 en japón
Vecchio frak, de Domenico Modugno
Domenico Modugno es, quizá junto a Mina, el mayor artista de la canción italiana, que ya es mucho decir porque la lista de competidores es inmensa. Pero Modugno tiene algo que le hace únic, algo que es difícil definir pero fácil de percibir con sólo oírle.
Dos símbolos de Italia: Modugno y la vespa
Conocido en todo el mundo por Nel blu di pinto di blu (Volare), Modugno consiguió mezclar la potencia y la grandielocuencia de la canción napolitana, con el estilo melódico de los años sesenta y setenta. Sus canciones suelen trasmitir una energía descomunal y contagiosa. En Vecchio frac, sin embargo, el tema impone ciertas restricciones al entusiasmo. Cuenta la historia de un hombre vestido de frac que se pasea tras una fiesta y se suicida.
La canción, compuesta en 1955 se basa, al parecer, en el caso real de un joven de la nobleza romana. También se dice que la inspiración vino de un cortometraje de Riccardo Pazzaglia en el que se veía la vida de los barrenderos romanos que al amanecer limpiaban las calles. En un momento dado, pasaba por el encuadre un hombre de expresión triste que parece regresar de una fiesta. El hombre desaparece por un ángulo y entonces la cámara muestra, junto a la pala del barrendero una pajarita (papillon en italiano), que debe ser la misma de la que habla Modugno:
"e sul candido gilet un papillon un papillon di seta blu"
(y sobre el blanco chaleco una pajarita de seda azul)
No me atrevo a traducir una canción como esta, pero al menos contaré qué es lo que cuenta para quienes no entiendan italiano:
"Es de noche, los cafés ya han cerrado y las calles están vacías y silenciosas, el río corre lento bajo el puente y la luna brilla en el cielo mientras duerme la ciudad. Un viejo frac camina solo. Lleva un sombrero de copa, dos gemelos de diamante, un bastón de cristal y una gardenia en el ojal. Sobre el chaleco blanco una pajarita de seda azul. Se acerca lentamente, con aspecto ausente, soñador y melancólico. No se sabe de dónde viene ni a dónde va, de quién será este viejo frac. Va diciendo Bonne nuit, buonanotte a todas las farolas y a un gato enamorado. Y ahora llega la aurora, se apagan los faroles y se despierta poco a poco la ciudad. La luna ya casi se oculta pero a su luz todavía se ve en el río un sombrero de copa, una flor, un frac, que descienden dulcemente hasta el mar. ¿De quién será este viejo frac? Adiós, adiós, al viejo mundo, al recuerdo del pasado, a un sueño nunca cumplido y a su primer y último amor."
Puedes escuchar la canción al mismo tiempo que lees la letra:
Domenico Modugno
(Polignano a Mare, Bari, 9 de enero de 1928/ Lampedusa, 6 de agosto de 1994)