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1.Atroz autocontrol

2.El hermano más listo de Henry James

3.Dios mío, ¡otro americano no!

4.Bondad y egolatría

5.Un desnudo muy moral

6. Un hippie secreto

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Oh, desocupado lector que en las horas del estío buscas en vano ese entretenimiento ameno que te permita solazarte sin avergonzarte, he aquí que lo has encontrado: un folletín como los de antes, ligero, emocionante y emotivo pero, al mismo tiempo, con esas gotas de sana erudición y vivaz ingenio capaces de darte temas de conversación para intercambiar con conocidos y desconocidos. Juicio y sentimiento, no te pierdas el próximo capítulo.


.Miércoles 28 de Julio de 2004, Barcelona

Mi padre opina que yo ejerzo sobre mí mismo un férreo control.

No sé cuál fue el origen de esta idea peregrina, pero he observado que no es el único que lo piensa. Sospecho que el mayor responsable de la propagación de esta idea entre mis familiares y mis amistades he sido yo mismo al contar lo que opina de mí mi padre. Estas cosas suceden: cuentas una idea disparatada que alguien tiene de ti y al cabo del tiempo la gente sólo recuerda la idea que les contaste, pero olvida que era una idea disparatada. Por eso se dice: "Difama, que algo queda".

Así que, a menudo, me he tenido que defender de una curiosa acusación que consiste en reprocharme que ejerzo sobre mí mismo un desmesurado autocontrol.

Autocontrol es una palabra que suena bien en determinados contextos, pero que en la mayoría de las ocasiones se emplea como sinónimo de: hipocresía, falta de espontaneidad, represión, conservadurismo y falsedad. Así que mi padre y otras personas parece que me imaginan como una especie de olla a presión que lucha constantemente por no revelar sus verdaderos sentimientos y emociones, un esforzado optimista que mantiene la sonrisa en su cara, pero que en realidad está deseando gruñir o gritar; un reprimido que se muestra amable, pero que en su fuero interno desearía insultar o golpear.

Yo estoy, sin ninguna vacilación, a favor del autocontrol. Creo que es cierto lo que decía Aristóteles: una vida sin reflexión no merece ser vivida, y creo que es bueno lo que defendían muchos libertinos: el reinado de la razón y el cálculo de las pasiones. Creo también que si uno no aprende nada de la experiencia entonces es que pasa por el mundo como un tronco seco o como una roca, y que de nada le sirve el trabajo que la selección natural se ha tomado durante milenios para crear su cerebro. Creo también que quienes caen contínuamente en el exceso al beber, al drogarse o al vivir no son por ello más sinceros y espontáneos, sino tan sólo más estúpidos, porque convierten el placer en displacer: no aprovechan más el placer, sino que lo cortan de raíz.

Una vez he dejado claro que creo en el autocontrol, puedo decir que no lo ejerzo sobre mí mismo.

Muchos dudarán de tal afirmación (a esos les responderé en su momento), mientras que otros quizá se pregunten: "Si estás a favor del autocontrol, ¿por qué no lo practicas?"

La respuesta es: porque no lo necesito. No necesito ejercer el autocontrol porque no tengo nada que reprimir en mí. No soy esa olla a presión en la que las emociones intensas bullen y los instintos permanecen encadenados en oscuras mazmorras. No me censuro, no me reprimo, no me controlo. A muchos, ya lo sé, esto no les parece posible. Voy a decirlo sin disimulo: no es problema mío sino suyo. Muchas personas no pueden creeer que un temperamento no sea dominado por toda clase de bajas pasiones porque se miran a sí mismos y lo que ven les hace pensar que todos han de ser como ellos. Y la verdad es que muchos son como ellos.

La anterior es una manera muy directa de describir a los demás, resulta casi insultante y presuntuosa al mismo tiempo. Podría hacerlo con más disimulo, pero se trata precisamente de no ejercer el autocontrol, ¿no es cierto?

Mi tarea ahora consistirá en explicar por qué afirmo con tanta desfachatez y descaro que no ejerzo sobre mi mísmo represión, censura y autocontrol. Lo haré con ayuda de William James.

Continuará...

 

 

Estoy leyendo un libro extraordinario: Las variedades de la experiencia religiosa, de William James.

William James es ahora más conocido por ser el hermano de Henry James que por sí mismo. Cuando los dos James vivieron (finales del XIX y principios del XX), sucedía más bien al contrario: William era considerado uno de los pensadores más importantes de su época, mientras que Henry no acababa de triunfar en la narrativa, y menos en el teatro. Son dos hermanos muy distintos, y según creo recordar, no apreciaban mucho cada uno las obras del otro.

Desde hace muchos años, especialmente desde 1983, tengo a Henry James entre mis escritores favoritos. Ese año leí Los papeles de Aspern. De William había leído Lecciones de pragmatismo. Me caía muy bien y poco más.

William James aparece en los libros de filosofía como perteneciente a la corriente pragmática. Creo que a James le ha perjudicado mucho el que su nombre esté asociado al pragmatismo. En primer lugar, porque el pragmatismo es una escuela filosófica que suena a algo antiguo y, más todavía, porque es una escuela filosófica americana (estadounidense) y hoy en día mentar a Estados Unidos es como pronunciar el nombre del diablo. El antiamericanismo es una corriente de pensamiento tan habitual en España que es ya casi una tradición, como los toros. Supongo que se inició en 1898 con la Guerra de Cuba, pero es posible que ya antes se puedan encontrar ejemplos. Hacia 1991 más o menos, con motivo de la Primera Guerra del Golfo escribí un artículo contra la guerra en El Independiente (El País y el PSOE estaban a favor de la guerra) que se llamaba Proamericanismo visceral.

Comenzaba diciendo en aquel artículo que me parecía absurdo el antiamericanismo visceral y que yo nunca había padecido esa curiosa enfermedad. Pero el grueso del artículo venía a intentar demostrar que el problema en ese momento no era el antiamericanisnmo visceral, sino el proamericanismo visceral.

Todo lo anti o pro visceral suele ser malo, a no ser que consideremos, como hizo mi padre Iván al ser acusado de antiamericano visceral recientemente, que la víscera en cuestión es el cerebro. Y es cierto que muchos médicos opinan que el cerebro es una víscera, pero no es la que suelen utilizar, me temo los viscerales. En definitiva, ese artículo llamado Proamericanismo visceral, que se podría haber publicado, no en el 1991 sino en el 2003 referido a Aznar, Blair y compañía, me libra, espero, de cualquier sospecha acerca de mis opiniones respecto a la política actual de Estados Unidos.

Pertenecer a una escuela que suena a decimonónica y además se llama pragmática y además es americana es una losa demasiado pesada, y el pobre Wiliam James es ahora pasto de profesores de filosofía muy especializados, pero apenas es conocido por otro tipo de público. El segundo filósofo del pragmatismo americano, Charles Sanders Pierce, ha sido recuperado gracias a Umberto Eco, pero William James, por el momento, descansa a la sombra de su hermano Henry.

En el próximo capítulo:

¡¡Dios mío, otro americano no!!

Continuará...

 



En el capítulo 1 de esta serie, que es como un culebrón o un ensayo por entregas, hablaba del autocontrol y en concreto de mi supuesto autocontrol. Negaba que yo me autocontrolase y decía por qué: no necesitaba hacerlo.

En el segundo capítulo hablé de William James y de su libro Las variedades de la experiencia religiosa. ¿Cuál es la relación entre el capítulo 1 y el 2?

Es algo que William James cuenta acerca de Walt Whitman.

Walt Whitman es un poeta americano (estadounidense), también decimonónico. Está considerado como el más grande poeta de Estados Unidos y su personalidad resulta asombrosa en una época que asociamos a la austera y severa Reina Victoria, lo que David Stove llama el horror victorianorum. Sin embargo, si miramos con más atención, descubriremos a unos cuantos personajes que no se ajustan a ese tópico victoriano (a lo mejor nos sorprendería la propia reina Victoria). Muchos de ellos son americanos, como Thoreau, autor de Walden e inspirador de la desobediencia civil (junto a La Boetie), hoy en día adorado por anarquistas y uno de los santos patrones del ciberspacio; Ambrose Bierce, autor del Diccionario del Diablo, mejor en mi opinión que el Diccionario de filosofía de Voltaire y el Diccionario de lugares comunes de Flaubert.
Quien quiera leer el Diccionario del Diablo de Bierce, puede hacerlo en este vínculo:

Diccionario del diablo

Pongo algún ejemplo del diccionario de Bierce:


Abdicación, s. Acto mediante el cual un soberano demuestra percibir la alta temperatura del trono.

Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.


Y éste que le gustará a mi querido amigo Java Jenner:

Paraíso, s. Lugar donde los malvados cesan de perturbarnos hablando de sus asuntos personales, y los buenos escuchan con atención mientras exponemos los nuestros.


Otros americanos de la época: Edgar Allan Poe, Herman Melville (autor de Moby Dick y Bartleby), Mark Twain... Podría seguir y no parar, porque los Estados Unidos en el siglo XIX y en el XX han dado a la cultura mundial un verdadero diluvio de delicias, no sólo MacDonalds y Bushes.

Volviendo a Whitman, lo cierto es que su personalidad resulta asombrosa incluso para el día actual. Creo que si hay alguien con el que se le puede comparar es con Aristipo el cirenaico, o con Francisco de Asís.

Whitman amaba con tanta pasión todo que no tuvo más remedio que escribir el Canto a mí mismo, que es quizá la más elocuente demostración de que el amor al universo y el amor a uno mismo no se oponen, sino todo lo contrario.

William James recuerda lo que decía Bucke de Whitman:

"Su distracción preferida parece que era pasear y dar vueltas solo, contemplando la hierba, los árboles, las flores, las perspectivas de luz, los aspectos cambiantes del cielo, escuchar los pájaros, los grillos y los cientos de sonidos naturales; era evidente que estas cosas le proporcionaban un placer mayor que a la gente corriente. Hasta que le conocí no se me había ocurrido que se pudiera obtener tanta felicidad de esas cosas, tal y como él la poseía. le gustaban mucho las flores -silvestres o cultivadas-, le gustaban todas; creo que admiraba las lilas y los girasoles tanto como las rosas. Tal vez no haya habido hombre alguno al que le agradaran tantas cosas y le desagradasen tan pocas como a Walt Whitman. Todos los objetos naturales poseían para él algún encanto; todo cuanto veía y sentía le complacía; (parecía y pienso que era verdad) que le gustasen todos los hombres, mujeres y niños que veía (aunque nunca le oí decir que le gustase alguno), pero cuantos le conocían se sentían amados y amaban a su vez a los demás. Jamás discutía ni se peleaba, y nunca hablaba de dinero. Siempre justificaba, unas veces en serio y otras en broma, a quienes hablaban de él duramente en sus escritos, y pensé a menudo que incluso gozaba con la oposición de su enemigos."

Un temperamento como este es el de un santo, un santo pagano y ateo, que ama al mundo con la misma intensidad que Francisco de Asís, pero sin ver a Dios detrás.

Se puede sospechar, y a menudo se hace y con razón, si detrás de este santo no se esconde un hipócrita, un falso, alguien que controla sus emociones y sonríe falsamente al mundo.

Una duda que tal vez sea contestada en el próximo capítulo.

Mientras tanto, puedes leer algo de Whitman:

"Canto a mi mismo"

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que me atribuyo, también quiero que os lo atribuyáis,
pues cada átomo que me pertenece
también os pertenece a vosotros.

Vago e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a placer sobre la tierra,
para contemplar una brizna de hierba estival.
Mi lengua, cada molécula de mi sangre emanan
de este suelo, de este aire.
He nacido aquí, de padres cuyos padres
nacieron aquí y cuyos padres también nacieron aquí.
A los treinta y siete años de edad, en perfecta salud,
comienzo a cantar, deseando hacerlo hasta la muerte.

Que se callen los credos y las escuelas,
que retrocedan un momento,
conscientes de lo que son y sin olvidarlo nunca.
Me brindo al bien y al mal, dejo hablar a todos,
a la desenfrenada Naturaleza con su energía original.

Página con la obra completa de Whitman (en inglés)

Continuará...

 

En el capítulo anterior nos preguntábamos (tú y yo) si la descripción que un tal Bucke hacía del poeta Walt Whitman podía creerse. Resultaba difícil pensar que alguien pudiera tener tantas virtudes y no ser un santo insoportable. Más teniendo en cuenta que Walt Whitman era el principal protagonista de sus obras y que se escribía poemas a sí mismo, que es una cosa que casi nadie soporta, como demuestra las críticas que ha despertado Michel Moore con su última pelicula (de eso hablaré pronto, cuando la vea). En fin, ¿era Whitman así o no?

Bucke, que le conoció personalmente y al que William James considera incluso su discípulo, dice:

"Cuando le conocí, pensaba que se conducía con cuidado y se controlaba, que nunca hablaba con antipatía, quejaba o protestaba, no se me ocurrió la posibilidad de que careciese de esos estados de ánimo; sin embargo, tras mucho observarle descubrí con satisfacción que esta ausencia o inconsciencia era totalmente real. Nunca hablaba con desaprobación de ninguna nacionalidad; ni de ningún tipo de hombre, de ninguna época de la historia del mundo ni de ningún oficio ni ocupación, ni siquiera contra animal alguno, insecto o cosa inanimada, ni de ley alguna de la naturaleza ni de las consecuencias de estas leyes, como pueden ser las deformidades, las enfermedades o la muerte. No se quejaba jamás del tiempo, ni del dolor ni de la enfermedad, ni de ninguna otra cosa; no juraba jamás, tampoco lo podía hacer porque no hablaba nunca enfadado y, aparentemente, nunca lo estaba. Nunca mostró miedo y no creo que lo tuviera jamás."

Así que, como se ve, no parecía haber en Whitman tal autocontrol, y más si tenemos en cuenta, como dice William James, que precisamente:

"Walt Whitman debe su importancia literaria a la negación sistemática en sus escritos de todo elemento restrictivo. Los sentimientos que se permitía expresar eran de orden expansivo y los expresaba en primera persona, no como los describirían los individuos vulgares monstruosamente presumidos, sino excitado por las emociones de todos los hombres de forma que una emoción ontológica, apasionada y mística cubre sus palabras y acaba persuadiendo al lector que los hombres y las mujeres, la vida y la muerte, y todas las cosas, son buenas de una forma sublime".

 

Tras estos testimonios, podemos objetar que William James, que también conoció personalmente a Whitman, estaba mal informado, que el compañero de Whitman, Bucke, mentía y que Whitman era un hipócrita, pero seguramente resulta más fácil pensar que a Whitman le pasaba eso que decía Bucke y que ahora voy a destacar en negrita:

"Cuando le conocí, pensaba que se conducía con cuidado y se controlaba, que nunca hablaba con antipatía, quejas o protestas, no se me ocurrió la posibilidad de que careciese de esos estados de ánimo".

A esto me refería en los capitulos anteriores: no tienes que ejercer el autocontrol si no tienes nada que controlar.

Como este ensayo folletín es una especie de Canto a mí mismo, he traído aquí a Whitman para mostrar que uno no tiene por qué ejercer el autocontrol en sus relaciones con los demás, ni reprimir su enfado, su ira o su odio si no piensa que a su alrededor sólo hay estupidos, tontos o incapaces. Si uno no siente siquiera placer cuando habla mal de lo demás, ni la necesidad de vengarse de alguien; si no está dominado por prejuicios estúpidos o deseos mezquinos, si no desea el mal de los otros, sean conocidos o desconocidos, amigos o enemigos, ¿qué es lo que tiene que controlar? ¿Qué es lo que tiene que reprimir?

Puesto que si dejara esto aquí me ganaría (tal vez merecidamente por una vez) el calificativo de Mayor Ególatra del Universo o, lo que es peor, Aspirante Primero a la Santidad Cósmica, por el momento diré que no considero la actitud de Whitman, ni la mía en lo que coincide con la suya, como algo extraordinario, sino como lo más natural, sencillo y espontáneo. Lo raro y lo artificial me parece lo otro: odiar con odio visceral, buscar los defectos de los demás y disfrutar con su enumeración, detestar a alguien sólo por el nombre, la nacionalidad e incluso la ideología, tener deseos de venganza, acumular frustraciones, seguir la terapia del pecado y el arrepentimiento (que explicaré en próximas entregas). Eso es lo raro, lo rebuscado, lo artificial, en definitiva, lo falso.

He de aclarar, sin embargo, que mi amor hacia el universo no se puede comparar al de Whitman y creo saber por qué.

Al parecer, Whitman no distinguía en su amor absoluto entre el bien y el mal:

"Lo que llamamos bueno es perfecto y lo que llamamos malo es igualmente perfecto".

Yo sí distingo entre el bien y el mal. Para demostrarlo, en el proximo capítulo haré un desnudo integral de mi conciencia moral (un asunto que suelo mantener siempre oculto).

Continuara

 

 

 

 

Viernes 30 de julio de 2004

En el capítulo anterior prometí un desnudo integral de mi conciencia moral. Es una promesa sin duda debida al calor del verano y al consumo inmoderado de vino, porque suelo ser bastante discreto y no me gusta el exhibicionismo (más bien peco de discreto), y menos en asuntos de eso que se llama ética y moral. Nadie que lea esta página creerá que no soy exhibicionista, pero creo que aquí lo soy para romper conmigo mismo y sentirme más libre para escribir lo que quiera.

Jacques Brel se retiró de los escenarios cuando se dio cuenta de que la cosa ya no era muy real, que empezaba a actuar, a poner en marcha un mecanismo cuando salía a escena. Uno va creando una imagen que más o menos le gusta y luego se siente obligado a ajustarse a esa imagen. Para evitarlo, lo mejor es tener una imagen con la que no estés del todo satisfecho, que te deje un poco en mal lugar. Creo que eso te libera de ti mismo y te da más libertad. Brel también decía que no lograba entender por qué a la gente le resultaba tan difícil hacer lo que realmemte deseaba hacer. Yo pienso lo mismo y por eso ahora me apetece desnudar mi conciencia moral por una vez. ¿Por qué no hacerlo entonces?

Aquí comienzo a desnudarme...

Siento una atracción muy fuerte hacia la justicia y la bondad. Creo que del lema de la Revolución Francesa habría que hacer más caso del que se ha hecho a la tercera consigna: Libertad, igualdad, Fraternidad. También siento un pudor extremo que me impide presumir de bondadoso, y detesto la idea de la santidad o el heroísmo. Mis mejores amigos saben que siempre digo que soy un mal amigo y que no se puede contar conmigo.

¿Y por qué digo eso? Porque también detesto la idea del deber, del deber moral y del deber de la amistad. Pero como esto es un folletín impúdico, puedo por una vez mostrar mi juego. Cache ton dieu ("esconde tu Dios") decía Valery pero ahora no le voy a hacer caso.

Me considero, a la manera de Antonio Machado "en el buen sentido de la palabra, bueno". Me costaría mucho soportar la idea de no ser bueno, de no actuar con justicia. No me preocupa que alguien piense que no soy bueno, eso casi me da igual, pero lo pasaría muy mal si yo mismo pensará que he sido malo o injusto. Sé que en ocasiones he hecho daño a otras personas, pero creo que nunca ha sido por maldad, por venganza, por crueldad. A veces es imposible que alguien no sufra a causa de otro (pero no por culpa de otro). Yo también he sufrido a menudo, pero, excepto en dos o tres ocasiones que creo justificadas, no he pensado que fuese por culpa de alguien. Como diré cuando hable de Demócrito en Cosas que he aprendido de..., mi lema secreto casi desde que empecé a pensar en estas cosas es lo que decía Demócrito: "Es mejor sufrir injusticia que cometerla".

¿Por qué digo todo esto? Más que nada para que resulte verosimil y creible que por mi cabeza no pasan esas malas emociones o pensamientos que harían necesario que me aplicase a mí mismo el autocontrol. No sé si te acuerdas, lectora, que estoy tratando de demostrar que no me controlo porque no hay nada que deba reprimir. Es decir, quiero ahora afirmar de nuevo que no soy un hipócrita.

Generalmente no tengo por qué fingir que soy bueno, sino más bien todo lo contrario, entre otras razones porque me he dado cuenta de que si uno se gana fama de bueno sus argumentos pasan al instante a ser escuchados con menos atención.

Así que uno ha de ser agudo e incisivo de vez en cuando, mordaz en ocasiones e irónico cada cierto tiempo, ingeniosamente combativo casi siempre para que le tomen a uno en serio.

Si yo digo, como he dicho en una entrada reciente de este diario, que no me gusta el antiamericanismo visceral, no puedo decir simplemente que no me gusta debido a que es algo que va contra la fraternidad humana. Si dijera eso, que sería lo más sencillo y razonable, todo el mundo me tomaría por un cura y miraría hacia otro lado. Así que tengo que mostrar lo absurdo de esa postura, del antiamericanismo visceral y demostrar que es una actitud que convierte a quienes la mantienen precisamente en aquello que aseguran rechazar, y que se han convertido en víctimas de sus enemigos (la política actual de Estados Unidos), imitando su simpleza y la corta manera de pensar de George Bush II.

Otro método para que estos argumentos bienintencionados sean escuchados es hacer cosas como La página noALT, o dar una lista de normas muy razonables que cualquiera debería seguir en una discusión, normas que suelen brillar por su ausencia en el ciberespacio, como se puede comprobar visitando cualquier foro o página de debate.

No es que todos esos métodos más o menos ingeniosos de disumular la bondad sean sólo una invención mía para resultar más convincente. Creo que son razones buenas y verdaderas, pero creo que resultarían innecesarias si las personas fuesen más equilibradas en sus fobias y odios y tuvieran una manera de relacionarse con los demás más razonable, tolerante, justa y fraterna. Fraternidad.

Después de este desnudo casi integral de mi conciencia moral, me llevará bastante trabajo quitarme la imagen de cura, así que en el próximo capítulo de este folletín adoptaré un tono combativo y defenderé que no sé por qué diablos los bondadosos tenemos que someternos y soportar que dominen la situación los malvados.

Continuará...

 

 

24 de septiembre de 2004

...en el capítulo anterior...

...dije que este ensayo-folletín iba a llenarse de pasión y vigor para desdecir a quienes me hayan colocado ya la etiqueta de cura.

Pero antes de contratacar, y puestos a contar secretos, diré algo que sólo algunos conocen: no soy un cura, pero sí soy un hippie secreto.

Hay que tener valor para decirlo en un momento en el que los hippies reciben bofetadas de sus hijos y sus nietos (ver, por ejemplo, las novelas de Houllebecq).

Es cierto que no tengo aspecto de hippie, pero lo soy por algunas cosa que dije en capítulos anteriores: creo que es importante amar a los demás, no sólo apreciarlos, no sólo tolerarlos, sino sentir un cierto cariño espontáneo incluso por los desconocidos; creo que la verdadera salvación empieza por uno mismo, que los hijos han de ser ante todo amigos, que hombres y mujeres son fundamentalmente iguales y que no existe ningún argumento mínimamente pasable en contra del amor libre. Estas cosas las decían los hippies y ahora son ridiculizadas.

También las decían Aristipo y Epicuro y Montaigne, Diderot, Russell y cualquier persona que razona, que es un librepensador. No tienen estas ideas nada de extraordinario, pero, como decía Chesterton: ¡Qué tiempos estos en los que las cosas del más sencillo sentido común tienen que ser defendidas como si fueran extravagancias!

Pero, lo aquí me interesa destacar de los hippies es que eran muy agresivos en su amor al mundo, como lo era también Francisco de Asís. No eran amantes pasivos, sino muy activos.

Por un tiempo lucharon, con éxito notable, contra las guerras, la violencia, las represiones sexuales, la discriminación racial y muchas otras cosas. Creo que la sociedad actual ha sido influida por ellos más que por todos los movimientos revolucionarios del pasado siglo. Las libertades sexuales actuales no proceden de las ideologías organizadas, y sobre todo no proceden de los comunistas, que han sido siempre los más reaccionarios dentro de la izquierda, sino de movimientos como los hippies, los beatniks y el feminismo.

Pero, curiosamente, se habla de los hippies como de unos fracasados. Ojalá todos los fracasos fueran de este calibre, porque fueron ellos quienes defendieron más que nadie cosas que hoy nos parecen de sentido común pero que eran toleradas a duras penas hace pocos años en la mayoría de los países occidentales (igualdad de la mujer, homosexualidad, anticonceptivos, etc) y duramente reprimidas en el resto del mundo, especialmente en dictaduras como la de Franco y en los países islámicos y comunistas.

Esta es mi defensa de los hippies. Por supuesto, también hay caricaturas hippies con las que no me identifico, pero hay caricaturas de cualquier cosa. Esta exposición es apresurada y simplista, propia de un folletín de verano, pero esconde, creo, bastante verdad.

Prometí en capítulos anteriores adoptar un tono beligerante y no sólo defender a los buenos, sino atacar también a los malvados. Eso podrás verlo, lector, en el próximo capítulo.

Continuara....