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La comedia, Demóstenes, Locke

 

Camila Aitara me propone una improvisación que yo leo a las cuatro y cincuenta del lunes 29 de diciembre y que ahora mismo empiezo. La improvisación ha de versar sobre:

 

   La verdad es que a primera vista me pareció tan difícil que estuve a punto de desistir, con lo mi primera improvisación habría sido una primera derrota. Pero pensé entonces en el Demóstenes del que he de hablar y en lo que él, maestro de oradores y retóricos, de improvisadores en suma, me habría dicho en una situación semejante. Pensé en ello y no se me ocurrió qué me podría haber dicho Demóstenes.
   Lo único que recordé fue su anécdota de que para aprender a vocalizar lo mejor es hablar con unas cuantas piedrecillas o canicas en la boca. Y aquí estoy, con seis canicas de colores escribiendo esto. La verdad es que el método, por el momento está dando resultados, aunque no digo de qué clase.
   La manera de enlazar a Demóstenes con la comedia es tan clásica como la época en la que él vivió: “la comedia y la oratoria nacieron casi al mismo tiempo en el fértil suelo de Grecia, que tanto ha aportado a la humanidad…”
   Tanto Demóstenes como la comedia nacieron y vivieron en la última etapa del esplendor de Atenas, cuando ya el largo brazo de los macedonios había caído sobre las tierras griegas. Precisamente Demóstenes se distinguió por sus enardecidos discursos contra la dominación de Filipo y su hijo Alejandro y, tal vez convencidos por su oratoria, los atenienses se rebelaron en varias ocasiones y en todas ellas fracasaron.
   Vuelvo a la comedia, pues aquí parezco ponerme trágico. Pero vuelvo sin olvidar lo que decía Demócrito (gran amante de Atenas pero al que Atenas no amó): que la comedia y la tragedia están escritas con las mismas letras, lo que es para mí la mejor metáfora de sus teorías atomistas: todo está hecho de átomos, lo que importa es el orden en el que se hallan. Así que, tras recoger una canica que se me ha caído en el ardor del argumento, continúo. Aunque en las obras de los trágicos griegos abundan los grandes oradores y parece como que Prometeo, Edipo y Orestes no sólo eran grandes héroes sino también grandes charlatanes, en la comedia, ya sea la de Aristófanes o la de Menandro, los oradores al estilo de Demóstenes se convierten precisamente no en un ideal, sino en una parodia.
   Si los héroes de la tragedia emplean discursos grandielocuentes y el espectador se conmueve con ellos, en la comedia, cuando un personaje emplea ese tono, el espectador lo que hace es reírse y considerarlo ridículo. Eso mostraría quizá que el esplendor de la comedia ática coincide con un momento de crisis, donde los valores fundamentales de la sociedad se ponen en entredicho y donde ya no hay héroes, sino antihéroes: en Menandro, los protagonistas son esclavos o soldados que regresan arruinados, un tipo de imágenes muy alejadas del heroísmo de los discursos de Demóstenes. En definitiva, los hombres de esa época de crisis son representantes plenos de la metáfora que Locke utilizaba para describir el cerebro humano: una tabula rasa. Una tableta vacía, sin escribir, en la que no hay nada, nada que no se introduzca a través de los sentidos.
   Los griegos anteriores, los que creían en héroes y dioses, tenían su tableta escrita de arriba abajo casi desde que nacían, con todos los comportamientos posibles: cuáles eran justos y cuáles no lo eran, qué había que hacer cuando te invadían, por qué debías acudir sin rechistar a la guerra cruel, por qué debías respetar a los dioses de la ciudad y al orden establecido. Pero en la época de crisis ateniense que se inicia tras la peste que acabó con uno o dos tercios de su población, incluido Pericles, la derrota frente a Esparta, la condena a muerte de Sócrates y, finalmente, la imposición macedonia, las instrucciones de la tablilla habían sido borradas una tras otra y los ciudadanos andaban perdidos de un lado a otro, sin saber hacia dónde debían caminar. Eran ellos los que buenamente tenían que fiarse de nuevo de sus sentidos, recibir los datos del exterior y escribirlos en la tablilla.
Y los datos, daban mucho para llorar, tanto que lo mejor era sin duda reír. Reír por no llorar. De ahí, podría decirse y lo digo puesto que esta es una improvisación de media hora, sin consultar ningún tipo de fuente de información externa (no uso a la manera de Locke los sentidos, sino que leo la tablilla que ya he escrito) y no se me exige un rigor excesivo, podría decirse, que por que era mejor reír que llorar languideció la tragedia y floreció la comedia, con héroes o antihéroes con los que uno podía identificarse, porque estaban tan perdidos como nosotros, con su tableta vacía, y personajes como Demóstenes ya sólo pasaban por profetas enloquecidos, a los que, como a la adivina Casandra, ya nadie hacía caso.
   Y debo decir para concluir (son las cinco y veintitrés), que afortunadamente sucedió así, pues yo no es que estuviese a favor del bando promacedonio, pero sí a favor del fin de las guerras y de las muertes inútiles que todavía propugnaba Demóstenes.
   Y lo que quizá también es digno de una comedia es que Demóstenes, maestro y paradigma de orador y retórico, se haya convertido con el tiempo quizá en el autor griego menos interesante y más difícil de leer, o al menos así recuerdo que me parecieron sus discursos.
   Pero, su idea de aprender a hablar con piedrecillas la prefiero sin duda a la de un Locke orador que me hubiese impuesto meterme varias tablillas en la boca para escribir esto.

 

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"El fin no justifica los medios"

Ana Aranda me propone una improvisación sobre el dicho: "El fin no justifica los medios. Comienzo a las seis y media de la tarde del día 2 de enero de 2004.

 

La frase "El fin no justifica los medios" es una de las más tópicas y repetidas. En realidad, es una variante construida a partir de otra frase que dice: "El fin justifica los medios", que en su momento fue tan tópica y repetida como esta que la sensibilidad actual prefiere.

Que el fin no justifica los medios quiere decir que aunque tengamos un buen objetivo, no podemos emplear malos métodos para alcanzarlo. Dicho con más exactitud: los malos medios no pueden emplearse con la excusa de que el fin es bueno. La frase original, sin embargo, lo que sostenía era que en ocasiones debemos emplear medios no del todo adecuados siempre y cuando sea lícito el fin que perseguimos: el buen fin compensa los malos medios.

Si uno, en vez de dejarse llevar por el prejuicio de lo que está de moda, examina ambas ideas o lemas, verá que las dos son en gran parte acertadas. Si la meta que nos proponemos es buena, ¿no podremos quizá para alcanzarla emplear medios que no emplearíamos si la meta fuese detestable?

Pasar hambre y sufrir terrible cansancio no es en sí algo bueno, pero si lo hacemos porque tenemos que llegar a una remota región para ayudar a las víctimas de un terremoto, estaremos tal vez dispuestos a soportar el hambre y el cansancio: el fin justifica los medios.

Pero si lo que pretendemos es crear una sociedad justa donde todos sean iguales y para conseguirlo eliminamos a unos cuantos millones de personas, concluiremos que un fin justo (una sociedad equitativa) no justifica los medios (asesinar a millones): no es bueno actuar como Constantino, quien, según  dijo Fontanelle, para aumentar el número de los cristianos redujo el de seres humanos: El fin no justifica los medios.

Así pues, como se ve por los ejemplos anteriores, las dos ideas, aunque parecían contrarias, pueden ser correctas, dependiendo del contexto y uso. Es cierto que el fin justifica los medios y es cierto que el fin no justifica los medios. ¿Cómo es esto posible?

La razón de que ambas frases sean ciertas hay que buscarla tal vez en que las dos son correctas porque no significan nada. Ni la una ni la otra.

Entiéndaseme. Significan algo cuando se aplican a un asunto concreto, pero no significan nada cuando se dicen aisladas, como una letanía moralista.

Si Felipe González viene de China y nos dice que "Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones" (el fin justifica los medios), nos parece una mala idea porque lo qiue González ha querido decir es: "Se puede perseguir el terrorismo con los instrumentos legales o creanmdo un grupo antiterrorista que asesine y secuestre". Y eso no nos parece una buena idea.

Pero si lo que nos preguntan es si es la Luna Roja musulmana o la Cruz Roja cristiano-laica la que tiene que atender a las víctimas de un terremoto en Irán, nuestra respuesta será: "gato negro o gato blanco..." Que vaya el que esté más cerca: lo importante es socorrer a las víctimas.

Así que, como se ve de nuevo, el fin justifica los medios y también no los justifica. Por ello, tal vez sería mejor decir, en vez de "El fin no justifica los medios", algo como: "Hay medios que no pueden justificarse por ningún fin".

Esa sería una idea más precisa, pero me parece que las frases hechas como "El fin no justifica los medios" no están hechas para la precisión, sino tan sólo para que los demás se callen al oírlas.

Por cierto, las reglas de este juego de improvisación son que he de leer el tema y escribir inmediatamente la improvisación. Pero en este caso, he de confesar que lei el tema ayer por la noche y me fui a dormir. Lo hice con la conciencia tranquila porque en estas improvisaciones intento adaptarme al tema en la forma y en el fondo. Por ello, en al anterior improvisación hablé acerca de al comedia, Demóstenes y Locke en un tono de comedia, y ayer me fui a la cama, tras leer el tema, porque pensé que era una buena manera de mostrar que el fin (escribir descansado y sereno este texto) justificaba los medios (saltarme por una vez una de las reglas del juego).

No volveré a hacerlo, a no ser...

 


 


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