La lengua de la serpiente 001.Dónde está la serpiente
La serpiente ha sido el símbolo del mal en la cultura judeo-cristiana. La tentación que en el paraíso propuso a los hombres comer del árbol del bien y del mal. Pero, precisamente esa facultad de distinguir el bien del mal es lo que más me interesa de la serpiente.
Todo es opinable, por supuesto, pero ello no significa, como parecen creer muchos, que no se pueda tener una opinión acerca de nada.No tengo demostraciones científicas de mis ideas, porque no las hay. Como decía Bertrand Ruseell, hoy tan injustamente olvidado, al final tenemos casi siempre que recurrir a la fe para justificar nuestras ideas.
Es cierto, a la fe y a buenas razones, como hacía él. Pero claro, los que dicen que todo es opinable (yo también lo digo) dirán que quién dice cuando una razón es buena o mala. Pues yo les voy a dar una pista para distinguir buenas razones:
“Buenas razones son aquellas que se niegan a escuchar aquellos que no siguen razones sino dogmas"
Otra pista:
“Una buena razón es aquel argumento que, al no poder ser refutado con argumentos relacionados con él, obliga a que el aludido desvíe la conversación hacia un tema en el que en general todos están de acuerdo, pero que no aclara nada la cuestión.”
Un ejemplo de esto es el argumento del mal mayor: siempre hay un mal mayor que aquél al que no se quiere prestar atención;
¿Bush mata iraquíes?
Más mataba Sadam…¿Hay pena de muerte en Cuba?
Más pena de muerte hay en Estados Unidos…¿Hay pena de muerte en Estados Unidos?
Más pena de muerte hay en China…¿Se paga poco por diez horas de trabajo de lunes a viernes?
Hay lugares dónde no se paga nada porque no hay trabajo…Etcétera.
Ya dije en Un hermoso símbolo que yo, como la serpiente, esquivo la muerte y la justificación del asesinato. Creo que a menudo hay que recordar qué es lo que sucede en el otro bando, pero nunca para justificar lo que hace el nuestro. Aunque soy una persona por lo general moderada, hay un asunto que, como dice mi hijo Bruno, me hincha literalmente la vena, la vena de la frente. Me gustaría que no sucediera así porque siempre me ha gustados era apasionado, pero nunca he querido pasar por exaltado. Pero no puedo evitarlo. Ese asunto es la justificación ideológica del asesinato y la injusticia. La vena se me hincha en proporción directa a lo que yo quiera a la persona justificadora. Si se trata de un desconocido, me suele dejar indiferente.
En la adolescencia aprendí que la izquierda luchaba por la justicia y que su fin era una humanidad libre. Llevé el razonamiento ingenuamente hasta sus últimas consecuencias u concluí que si uno era de izquierdas no podía justificar la pena de muerte, ni la tortura, ni el asesinato, ni e abuso y la explotación.
Mi ingenuidad pronto fue castigada al constatar que la mayoría de la gente de izquierdas no llevaba el razonamiento hasta sus conclusiones lógicas e inevitables y que justificaban la pena de muerte, la tortura, el asesinato el incluso la masacre si sus autores eran los de su bando.
Desde entonces, tozudamente, me he seguid considerando de izquierdas, a pesar de tener que avergonzarme decenas de veces al oír a mis supuestos aliados justificar todo tipo de crímenes, al escuchar a personas esencialmente buenas desarrollar sutiles razones para aceptar el asesinato . Tengo que ser sincero y he de confesar que he conocido a gente de derechas, a fascistas e incluso a nazis y que pocas veces les he visto justificar el crimen con la ligereza y el desparpajo con el que lo hacen tantísimos izquierdistas.
Cuando te opones a tales justificaciones, te miran como si fueras un lunático o un derechista, cuando yo siempre identifiqué a la derecha con la inhusticia, el uso de la fuerza, la coacción y, a menudo, el crimen.
Una conclusión temprana que saqué tras mis primeras decepciones fue que yo era verdaderamente de izquierdas y que eran ellos los que eran de derechas: los que adoran a los caudillos vestidos de militares, los que entienden a Stalin como una reacción contra la presión occidental, los que piensan que los millones de muertos de Camboya son culpa de los Estados Unidos, los que se alegran de que mueran cada día ciudadanos iraquíes y soldados americanos, los que justifican a un terrorista palestino que se convierte en bomba humana en un restaurante, los que consideran al IRA una especie de organización romántica que lucha (o luchaba) por la libertad de Irlanda, los que excusan a ETA y a quienes excusan a ETA. La lista es interminable.
Alguno ya estará pensando: pero te olvidas de los del otro lado. Ese es el argumento del mal mayor, que también puede ser llamado: no te metas con mi equipo, que eso favorece al contrario (es lo que le dijo Sartre a Camus para no criticar a Stalin).
Le respondo que no, también esquivo como la serpiente a los asesinos y justificadores del otro lado. Simplemente sucede, y esto es lo más triste de esta triste historia, que escucho una y otra vez a los que justifican aquello otro y sólo muy raramente a quienes defienden a Sharon, Bush, Aznar y compañía. Apenas escucho justificaciones del nazismo y del fascismo (que además están perseguidas por la ley) mientras que continuamente he oído y todavía oigo justificaciones del comunismo soviético, maoísta, etcétera (que no son perseguidas por ninguna ley).
Es muy duro escuchar cómo se justifica alegremente el asesinato.
Me gustaría pensar, como hace mi amigo Juanjo, que la humanidad, a pesar de sus tropiezos, avanzará hacia la justicia y el fin de la violencia: “¿Realmente alguien pensaba que la esclavitud era razonable?”
Ojalá sea así y en el futuro se asombren de que alguien tuviera alguna vez que discutir cosas tan evidentes: “¿Pero realmente alguien no opinaba eso?”
Si yo discuto cuando se tratan esos asuntos es por una especie de sentido de la responsabilidad para conmigo mismo que me hace imaginar que alguien me pregunte: “¿Y tú que decías cuando justificaban todo eso?”. No me gustaría responder: “Nada. Me quedaba callado.”
Tampoco quiero que nadie piense que porque yo sea de izquierdas acepto todas esas cosas que aceptan tantas personas de izquierdas. Quizá aquella primera conclusión que me hizo dictaminar que yo era de izquierdas y ellos no fue un error, porque ¿quién soy yo comparado con miles, cientos de miles de izquierdistas que no opinan como yo? Sé que no soy de derechas, pero es cierto que no está claro que tenga derecho a llamarme de izquierdas. Como la serpiente, de nuevo, me muevo de un lado a otro, esquivando los crímenes de unos y otros.