El resto es literatura

Diwan cuervo

 

Martin Amis y la muerte de la novela

16 de octubre de 2004

Martin Amis es hijo de un célebre escritor inglés, Kingsley Amis. No he leído nada de Kingsley y de Martin tan sólo he leído algún breve ensayo que me dejó mi amiga Bibi este verano en Viena.

Me gustó mucho un artículo en el que hablaba de Tom Wolfe como novelista.

Tom Wolfe decía hace muchos años que la novela estaba muerta. Esto es algo que suelen decir a menudo los periodistas. Llevan diciéndolo más o menos desde que se inventó la novela, o al menos desde que se inventó el periodismo.

Para muchos, la primera novela es el libro sumerio La epopeya de Gilgamesh, mientras que el primer periodista es el historiador griego Tucídides. Es posible que haya algún periodista anterior y seguramente también en la época sumeria. Sin embargo, por el momento el periodismo se considera posterior a la novela, pero los periodistas, desde que existen, proclaman la muerte de la novela de tanto en tanto.

Resulta que con el tiempo, el periodista Tom Wolfe se convirtió en novelista y hay que suponer que ahora ya no piensa que la novela esté muerta, porque ha escrito al menos tres. Tal vez la novela ha resucitado gracias al propio Wolfe, no lo sé, pero es también una hermosa paradoja muchas veces repetida que quienes proclaman la muerte de la novela luego se dediquen a la necrofilia con tanto ardor.

He leído casi todos los libros de ensayo (o periodismo) de Wolfe, que me parecen encantadores, interesantísimos e instructivos, además de mordaces, ingeniosos, inmisericordes, etcétera, pero no he leído ninguna de sus novelas. No por nada, me apetece hacerlo, pero es que son muy extensas.

Martin Amis decía algo muy interesante acerca de lo que fallaba en las novelas de Wolfe y parecía muy razonable. Tenía relación, precisamente, con que una novela no es un artículo de periódico. Pero como no lo recuerdo bien, y tampoco he leído las novelas de Wolfe, no voy a dictaminar de oídas o sumarme a una opinión con la que quizá después (si leo las novelas de Wolfe) no estaré de acuerdo.

Entonces, ¿a qué viene esta entrada en la que no digo nada concreto? Es simplemente la introducción a la próxima entrada, acerca del último libro de Martin Amis.

 

Koba el temible, de Martin Amis

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El último libro de Martin Amis es un ensayo, no una novela, así que tal vez el gran ensayista Tom Wolfe podría opinar acerca de las habilidades de Amis como ensayista.

Hay quien dice que no es exactamente un ensayo, porque mezcla información acerca de la Unión Soviética de Stalin con referencias autobiográficas. Pero eso es precisamente lo que es un ensayo, al menos desde que Montaigne escribió sus célebres Ensayos, en los que habla de sí mismo tanto o más que de cualquier otra cosa.

El libro de Stephen Jay Gould La estructura de la evolución, que se considera más un tratado que un ensayo, es también un ensayo en el sentido descrito más arriba, pues a menudo Jay Gould cuenta anécdotas de su vida y explica las razones, a menudo personales y subjetivas, que le llevaron a adoptar una u otra teoría.

"Como comentario final, si esta sección ha viciado las normas del discurso científico (al menos en nuestro mundo contemporáneo, aunque no en la época de Darwin) por la libertad que me he tomado de explicar motivos, errores y correcciones personales, al menos he mostrado cómo todos avanzamos a tientas hacia arriba desde la estupidez inicial, y cómo nunca seremos capaces de escalar sin la ayuda y la colaboración de innumerables colegas, todos comprometidos en la empresa socialmente intensa llamada ciencia moderna."

Los científicos que son conscientes de la subjetividad que nos mueve en cualquier investigación son, no sólo más honestos, sino también más fiables que quienes fingen haber llegado a sus teorías sólo por razones objetivas.

Ahora bien, una cosa es llegar a una teoría por razones personales y otra muy distinta adoptar una teoría sólo por razones personales. Una vez adoptada la teoría, conviene contrastarla y examinar si deseamos mantenerla no sólo por las razones subjetivas que nos han conducido a ella.

Al gran científico y astrónomo Kepler se le reprocha a menudo que buscara la explicación del movimiento de los planetas recurriendo a figuras mágicas o caprichosas, por ejemplo, los cinco sólidos platónicos. Es cierto que Kepler iniciaba la investigación a partir de hipótesis más o menos extravagantes, pero una vez desarrollada la teoría, la comparaba con lo observado. De este modo fue rechazando figuras geométricas hasta que dio con la elipse, verdadera herejía en un mundo celeste que debía regirse por figuras perfectas.

Es tentador encontrar en esta herejía, que junto al heliocentrismo acabaría haciendo caer el cielo de la Iglesia, la venganza de Kepler por el asesinato de su madre en las hogueras de la Inquisición.

En cuanto al libro de Amis, está muy bien. Se le pueden encontrar todos los errores de forma o contenido que se quiera, pero en general me parece excelente.

El tema es Koba el temible, es decir Stalin y la Unión Soviética construída por Lenin y el comunismo.

El subtítulo del libro es "La risa de los veinte millones".

Veinte millones es el número de personas que se supone mataron Lenin y Stalin. Al parecer es una cifra optimista. Resulta difícil comprobar el número exacto de muertos, puesto que la información no resultaba accesible hasta hace bien poco. Los archivos de la antigua Unión Soviética se van abriendo a los investigadores con cuentagotas, pero no se debe olvidar que en Rusia siguen hoy mandando casi los mismos, puesto que el presidente Putin pertenecía ni más ni menos que a la KGB, el servicio secreto.

Seguramente parte de los archivos fueron destruidos por los sucesores de Jruschev, que fue quien denunció por primera vez desde el poder de la Unión Soviética los crímenes de Stalin, a pesar de haber sido él mismo colaborador en parte de esos crímenes.

Resulta difícil creer que cada nuevo gobernante comunista: Jruschev, Breznev, Chernenko, Andropov, Gorbachov, Yeltsin, Putin, no se haya ocupado de destruir lo que pudiera comprometerle. Por otro lado, de muchas de las peores cosas es seguro que no hay constancia ni testimonio. Aunque resulte asombroso, en algunos casos se sabe que en algún momento se ejecutó a muchas personas en un lugar concreto y en un momento preciso, pero no se sabe a quiénes ni por qué. Pero con lo que queda y se sabe a ciencia cierta es más que suficiente.

Amis cuenta que su padre fue estalinista durante quince años (de 1941 a 1956), pero que después cambió de bando y se hizo anticomunista. De este modo introduce Martin Amis un asunto realmente complejo y terrible: ¿cómo pudieron durante décadas los intelectuales de izquierda apoyar a la Unión Soviética?

Hay pocas respuestas a esto, o al menos pocas respuestas buenas y convincentes. Se puede explicar, pero me temo que resulta muy difícil de justificar.

Afortunadamente, las cosas están cambiando: hace veinte años cualquiera que dijera que el régimen de la Unión Soviética se había construído sobre millones de muertos era tachado poco menos que de fascista. Precisamente, así calificaban a Kingsley Amis cuando se hizo anticomunista.

El libro de Martin Amis fue muy polémico en Gran Bretaña porque cita a compañeros suyos y colegas novelistas y periodistas, que se han sentido ofendidos. Pero en lo que se refiere a la esencia de lo que en Koba el temible se cuenta, los veinte millones de muertos, que yo sepa, nadie ha dicho en ningún momento que sea mentira, lo que es una muy buena señal de que, efectivamente, los tiempos están cambiando.

De todos modos, es cierto que sigue habiendo mucha ignorancia y que es raro encontrar, al menos entre la izquierda, una repulsión sincera y espontánea, sino que casi siempre parece algo así como una rendición resignada ante algo que ya no se puede negar.

Ahora ya son pocos, casi ninguno, quienes se atreven a poner en duda el horror, y aunque es frecuente encontrar errores de apreciación al juzgar el régimen soviético, sus autores suelen rectificar si alguien se queja. Este es un asunto casi inabarcable y que a mí personalmente me ha causado muchas frustraciones y mucha tristeza desde la adolescencia.

 

L.Frank Baum... escaparatista

Resulta que esta profesión, que parece tan moderna, era la de Lyman Frank Baum, el autor de El mago de Oz, que vivió a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Y no sólo se dedicaba a decorar escaparates, sino que era el director de la revista oficial de escaparatistas de Chicago, el Chicago Show Window.

 


 

El mundo de Oz

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El día 30 de junio escribí una entrada acerca de El mago de Oz, pero el texto se borró y sólo se conservó el retrato de Jack Pumpkinhead. Intento ahora repetir esa entrada o lo que recuerdo.

Decía allí que cuando era niño me gustó muchísimo la película El mago de Oz, protagonizada por Judy Garland. Me sigue gustando y creo que es una de las mejores películas de la historia del cine.

Lo que nó sabía cuando la vi es que la historia era una más de la saga del mundo de Oz. Su autor Lyman Frank Baum, escribió trece historias más en el mundo de oz y otros autores escribieron 26 más. Creo que lo supe al leer algunas cosas del matemático y filósofo Martin Gardner en las que contaba verdaderas curiosides de ese mundo de Oz y de los personajes que lo habitan.

Durante años estuve esperando que se pubicarán en español el resto de los libros de Oz, pero no ha sido hasta hace poco que dos editoriales, casi al mismo tiempo, por fin se han decidido a hacerlo. Mientras tanto, intenté incluso leerlo en esperanto: La mirinda sorcxisto de Oz.

Por alguna razón que quizá tenga que ver con las ideas políticas de Baum, toda su obra está en esperanto, el lenguaje artificial cuya pretensión era unir a la humanidad.

Otro aficionado al mundo de Oz es mi admirado Walter Murch, montador de Coppola, que incuso hizo una segunda parte de El mago de Oz, mezclando varias historias de Baum.

Hace poco he leído La maravillosa tierra de Oz (el libro que intenté leer en esperanto).

Los relatos de Baum son alegóricos y simbólicos en ocasiones, tienen segundas lecturas, que es una cosa que puede dar malos resultados si se abusa de ello o se descuida la historia que se está contando, como sucede a un libro tan interesante como El sueño de Polifilo, de Colonna, que resulta demasiado árido, porque los personajes son tan símbolicos que ni te preocupas por ellos.

Goethe también era aficionado a cierto simbolismo, como en La serpiente verde o en Wilhem Meister (también en Fausto), pero casi siempre se asentaba en el terreno firme de las cosas concretas: lo simbólico aparece en él, como en Shakespeare, como en una sublimación alcohólica.

Lo concreto también puede ser en el fondo simbólico, como pueden ser simbólicos los versos de Jayyam en los que habla del vino (los sufís dicen que se refiere a Dios o la religión), pero a casi todos los lectores nos traspasa ese vino real y apenas nos interesa la alegoría que pueda esconder (que también es dudosa, por cierto).

Pero los simbolos desnudos suelen cansar e incluso resultar triviales, pues, como acabo de decir, todo el simbolismo de la rosa puede convertirse en un vulgar lugar común frente a una rosa viva que tienes en las manos.

En fin, el caso es que La maravillosa tierra de Oz tiene mucho que ver con la distinción entre la vida y la no vida, lo natural y lo artificial, pues varios seres cobran vida gracias a unos polvos mágicos (como todos nosotros, se podría decir en un chiste malo): una calabaza, un tronco caballo de madera y un alce-sillón volador.

El más importante, protagonista de la aventura junto al niño Tip, es Jack Pumpkinhead (Jack Cabezadecalabaza), el que aparece en la ilustración de esta entrada. Poco después de cobrar vida, dice:

"Aunque me doy cuenta de que sé muchísimas cosas, al no conocer todo lo que hay, no he podido hacerme aún cargo de cuanto me queda por saber. Me llevará algún tiempo averiguar si soy muy sabio o muy tonto".

Algo parecido le pasa al caballo hecho de un tronco, que corre locamente sin atender a las llamadas de su creador (que es también Tip. Finalmente, cae en un agujero y se ve obligado a parar. Dice entonces:

__"So" significa parar?
   __Sí.
  __¿Y un agujero en el suelo también significa parar?

El alce-sillón volador también se hace preguntas semejantes:

"Es mi primer día de vida, así que no puedo saber si estoy sano o estoy enfermo".

Jack y Tip viajan a la Ciudad Esmeralda y allí conocen a su rey, el Espantapájaros (que conocemos muy bien por la película de Judy Garland).

Mantienen entonces Jack y el Espantapájaros un diálogo con traductora simultánea incluída, la niña Jaleíta. A pesar de que se entinden perfectamente, porque hablan el mismo idioma, se desarrolla una absurda y divertida situación en la que casi llegan a las manos porque Jaleíta "traduce" lo que le da la gana.

Hay una situación muy semejante en la película de los Hermanos Marx "Sopa de ganso" entre Groucho y el embajador del país rival.

Al final, Jack al Espantapájaros dice:

"Ha sido culpa mía. He dado por supuesto que hablaríamos idiomas diferentes porque somos de diferentes países".

A menudo en el libro se trata el asunto de la diferencia, de las personas que son diferentes a lo que la sociedad considera normal. Así, el Espantapájaros le dice a Jack:

"Como somos distintos de la gente corriente, seamos amigos".

También dice: "Todo en la vida es raro hasta que uno se acostumbra".

Y en otro momento alguien dice:

"Estoy convencido de que las únicas personas que merecen cierta distinción en este mundo son las que se salen de lo corriente".

También las niñas tienen aquí un papel fundamental, no sólo porque se produce una revolución contra el Espantapájaros dirigida por una niña llamada General Jinjur, sino por el asombroso desenlace que puede hacer considerar a esta novela uno de los libros de cabecera de travestis y transexuales. No lo cuento, por si alguien quiere leerlo sin conocer el final.

Un dato curioso, que quizá tenga relación con todo esto es que el autor, Baum, escribió varios libros con nombre de mujer, que es justo lo contrario de lo que se hacía en su época, en la que las mujeres se escondían bajo seudónimos de hombre, como George Elliot o, en España, Fernán Caballero.

Publicado el sábado 31 de julio de 2004 en Seingalt, cuaderno secreto

Samuel Johnson el perezoso

Samuel Johnson

En Gran Bretaña, se considera una hazaña que un sólo hombre compusiera el Diccionario de la Lengua Inglesa. Para hacerse una idea de la magnitud de la empresa, hay que recordar que en Italia la redacción del primer diccionario nacional, publicado en 1612, llevó 20 años a muchos colaboradores. La Academia francesa mantuvo ocupados en el suyo a cuarenta inmortales durante 55 años (1639-1694), y otros 18 años para revisarlo.

Samuel Johnson, con ayuda de seis copistas tardó ocho años, escribiendo él mismo las definiciones de más de 40.000 palabras. Son definiciones que todavía se usan en muchos diccionarios porque parecen inmejorables.

Una de las delicias de su obra, sin embargo es que Johnson se tomó ciertas libertades en la definición de algunas palabras mostrando sus antipatías o gustos personales. Un ejemplo es la definición de la palabra mecenas: "Persona que apoya con indolencia y es retribuida con halagos."

Sin duda, Johnson estaba pensando al escribirla en Lord Chesterfield, quien supuestamente iba a ser su mecenas en el ambicioso proyecto del diccionario, pero que después se desentendió y no le ayudó en nada. Cuando ya el diccionario estaba a punto de publicarse, y ante el éxito que se auguraba, Lord Chesterfield reaccionó y escribió una carta a Johnson para recuperar su papel de mecenas, pero Johnson le respondió de manera cortés pero durísima, rechazando explícitamente la posibilidad de que Lord Chesterfield se atreviera a presumir de haber contribuido en algo al diccionario:

"¿Es un mecenas, milord, quien mira despreocupado a un hombre que lucha por su vida en el agua, y que, cuando ha alcanzado la orilla, le importuna con su ayuda?

Samuel Johnson sale de la mansión de Lord Chesterfield

    Samuel Johnson sale de la casa de Lord Chesterfield

Johnson escribió a Lord Chesterfield en su carta de ruptura: "Siete años han pasado, milord, desde que estuve esperando en su recibidor o fui echado de su puerta, tiempo durante el cual he bregado con mi trabajo en medio de dificultades de las que es inútil quejarse."

Cuenta Boswell que Johnson, tras su experiencia con Lord Chesterfield, incluso cambió una de sus sátiras acerca de la dura vida del hombre de letras:

"Aunque piensa qué males la vida del estudioso atacan,
Orgullo, envidia, miseria, una buhardilla y la cárcel."

Que transformó en:

"Aunque piensa qué males la vida del estudioso atacan,
Orgullo, envidia, miseria, el mecenas y la cárcel."

Son muchos los autores que tras un esfuerzo semejante al del Diccionario de Johnson quedan agotados y sin ganas para hacer nada más de verdadera profundidad.

Así le sucedió a Gibbon tras escribir la Historia de la decadencia y ruina de Roma, y así le sucedió también a Bertrand Russell tras publicar, junto a Whitehead, los Principia Mathematica. Ddespués de diez años casi enteramente entregados a la lógica y la matemática, Russell se dedico a escribir libros sencillos y ligeros, que le han valido el reproche de divulgador, aunque tal vez ese sea uno de esos reproches que es lo más parecido a un elogio.

A Johnson posiblemente le pasó lo mismo tras su Diccionario. Aunque todavía acometió alguna empresa de envergadura, como la edición de las obras de Shakespeare, sus contemporáneos le reprocharon que se gastó el dinero de los suscriptores postergando mes tras mes el proyecto y que, cuando finalmente lo publicó, a muchos les pareció que Johnson no había analizado y anotado las obras de Shakesperare como de él se esperaba (y de la inversión de los suscriptores).

Johnson escribió mucho: artículos, ensayos, poemas, novelas. Incluso editaba una revista llamada The Rambler enteramente escrita por él. Uno de los artículos de esta revista ha pasado a la posteridad, Cavilación del perezoso.

Su génesis es curiosa, porque en ese artículo Johnson cuenta que no puede escribir el artículo y que la prisa le apremia por no haberse puesto a ello cuando aún tenía tiempo de sobra. De este modo, va desarrollando un texto realmente preciso y precioso, en el que analiza con gran agudeza el asunto de la pereza ante el trabajo, de eso que se suele llamar procrastinación, dejar para más adelante lo que tienes que hacer utilizando cualquier excusa.

El artículo de Johnson es un equivalente en prosa de aquel soneto de Lope de Vega en el que se lamenta de que le han encargado escribir un soneto y no sabe cómo se hace tal cosa:

Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.

Sin embargo, lo cierto es que Johnson no publicó el artículo en sus años de pereza tras la redacción del Diccionario, sino que lo hizo en 1670, es decir, en plena génesis del mismo. ¿La conclusión es que el prodigioso Diccionario de Johnson es la obra de un perezoso?

 

El artículo de Johnson se puede descargar en formato Word con este enlace: Cavilación del perezoso

 

Referencias:
Vida de Johnson, por James Boswell
The Wits and Beaux of Society, de Grace y Philip Wharton

Ver también Shakespeare según Johnson

 

 

 

 

Gilgamesh y Canetti

En un reciente viaje con tres amigos al sur me llevé de nuevo el libro del primer viaje literario: la Epopeya de Gilgamesh.

En un viaje anterior a Portugal encontré al cuervo de Gilgamesh, que es también el primer cuervo literario conocido (y antepasado directo del cuervo de Noé), en Lisboa.

Siempre encuentro algo en Gilgamesh, porque casi todo empieza con él: el primer viaje, el primer cuervo, la primera amistad, la primera aventura de amor homosexual, la primera dicotomía entre naturaleza y civilización, la primera interpretación de sueños, la primera tentativa de escapar a la muerte, y tantas otras cosas que se pueden encontrar por primera vez en la Epopeya de Gilgamesh, por la sencilla razón de que es también la primera narración conocida y, en cierto sentido, aunque esté escrita en verso, la primera novela.

En este viaje al sur sólo leí algunas páginas de la nueva versión de la Epopeya de Gilgamesh, editada en Trotta, pero en cuanto regresé regresar a Madrid encontré una asombrosa coincidencia relacionada con Gilgamesh en la segunda parte de la biografía de Elías Canetti, La antorcha al oído:

                  canetti

"Descubrí el poema de Gilgamesh, obra que como ninguna otra ha influido en mi vida, en su sentido más íntimo, su fe, su energía y sus expectativas. El lamento de Gilgamesh por la muerte de su amigo Enkidu me conmovió profundamente:

"Por él he llorado día y noche,
No consentí que lo sepultaran,
por si mi amor despertaba a mi amigo.

Lo he llorado siete días con sus noches
Hasta que el gusano invadió su cara,
Desde que murió, no he vuelto a encontrar vida,
Y errante voy por la estepa, como un salteador."

  Luego viene su expedición contra la muerte, su peregrinación por las tinieblas de la Montaña Celestial y por las Aguas de la Muerte hasta que encuentra a su antepasado Utnapishtim, salvado del diluvio, a quien los dioses concedieron la inmortalidad. Por él quiere saber cómo se llega a la vida eterna. Es cierto que Gilgamesh fracasa y muere. Pero esto no hace más que corroborar en nosotros la necesidad de su expedición.
  De este modo he podido sentir la incidencia de un mito en mi propia persona; como algo que durante el medio siglo transcurrido desde entonces he pensado y repensado de muchas maneras, dándole vueltas de un lado a otro en mi interior, pero que ni una vez he puesto en duda. Capté como unidad algo que en mí ha continuado siéndolo. Me es imposible criticarlo. La cuestión de si creo o no en semejante historia, no me afecta; ¿cómo podría decidir frente a la sustancia más específica de la que estoy compuesto, si creo en ella? Pues no se trata de repetir como un loro que, hasta la fecha todos los hombres han muerto, sino sólo de decidir si uno se resigna a aceptar la muerte o se rebela contra ella. Rebelándome contra la muerte he adquirido un derecho al brillo, riqueza, miseria y desesperación de cualquier experiencia. He vivido inmerso en esta rebelión infinita. Y si bien el dolor de los seres queridos que con el tiempo he ido perdiendo no es inferior al de Gilgamesh por su amigo Enkidu, tengo una ventaja única sobre el hombre-león: que me importa la vida de cada ser humano y no sólo la de mis seres más próximos."

De esto que comparto con Canetti da fe mi página Utanapishti y también una frase de Joseph Glanwill que encontré en Ligeia de Poe y que he llevado conmigo desde hace años:

"El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad".

Sobre Gilgamesh publicó varias entradas Ana Aranda en su breve blog Los demás somos nosotros. Allí está el hermoso dibujo que ella hizo de Gilgamesh y que he puesto varias veces en mis páginas.

Gilgamesh

También he hablado de Gilgamesh en mis blogs, cuadernos y ezines.

En Monadolog: Cuando los dioses hacían de hombres

En Esklepsis 3: Los libros perdidos

En Las afinidades electivas: De nuevo Gilgamesh y La paradoja de Gilgamesh que, refuta en parte la idea de que Gilgamesh fracasó.

Y en Il Saggiatore: Gilgamesh se va de viaje.

 

La paradoja del comediante revisitada

Diderot habla en La paradoja del comediante de la diferencia entre los actores que son dominados por el personaje que representan y aquellos que lo dominan.

Los dominados se diluyen, se enajenan, salen de sí mismos y se convierten, durante el tiempo que dura la representación, en el personaje que encarnan. Son actores que suelen necesitar una preparación intensa, conocer todos los detalles posibles acerca de su personaje, su pasado, sus gustos y las razones que le mueven a comportarse como lo hace.

Estos actores interiorizan el personbaje y algunos casi se trasforman en él. Daniel Day Lewis, cuando interpretó a un asesino en la película de Martin Scorsese Gangs de Nueva York tenía aterrorizados a sus compañeros de rodaje, pues se pasaba el día jugando con cuchillos y sus compañeros temían que pudiera utilizarlos en cualquier momento fuera del plató. A estos actores podemos llamarlos poseídos.

Los actores del segundo tipo no precisan de tanto trabajo, pues simplemente se limitan a interpretar su papel, como si fueran el personaje, pero sin llegar a serlo nunca. Podría llamárselos fingidores, si no fuera porque en último término todos los actores lo son, así que los llamaré actores del como si.

El guionista Azcona también habla de dos clases de actores: los que construyen y los que se manifiestan. Los que construyen parecen ser aquellos que son dominados por el personaje, pero los que se manifiestan no coinciden exactamente con los del como si. Para Azcona, los que se manifiestan son aquellos, como Pepe Isbert o Cary Grant, que “siempre hacen de ellos mismos”. Un género de actores que, por cierto, tampoco gustaba a Diderot.

Probablemente, todos los actores que se manifiestan pertenecen al género de los que actúan como si fueran el personaje, pues el personaje nunca diluye su verdadera personalidad.

No todos los que actúan como si son actores que se manifiestan, porque uno puede actuar como si y, sin embargo, no hacer de sí mismo.

En algunos casos, la actuación de un actor como si y la de un o poseído pueden ser muy semejantes, casi idénticas para el espectador (a pesar de que su método sea diametralmente opuesto). Sin embargo, no sucede lo mismo con los actores que se manifiestan que, creo, pocas veces pueden ser confundidos con los poseídos.

Aclarado este punto, nos quedamos con la clasificación diderotiana para no caer en confusiones: poseídos y los del como si (en realidad, Diderot habla de los que actúan con el corazón o sensibles y los grandes comediantes o reflexivos).

Pues bien, desde que leí el delicioso ensayo de Diderot, mi preferencia siempre ha estado de parte de los actores del como si, de esos grandes fingidores que mienten a los demás sin llegar a mentirse nunca a sí mismos, es decir, sin creerse nunca que son ese al que están que están representando. He de confesar que no se trataba tan sólo de una preferencia entre dos posibilidades, sino que mi elección estaba teñida de cierto menosprecio hacia los actores que “se dejaban dominar por el personaje” (los del como si).

Ahora bien, creo que a menudo las personas adoptan y mantienen ideas que no sólo no nacen de su experiencia, sino que chocan frontalmente con ella. Un autor, un actor o un filósofo es muchas veces la persona menos adecuada para entender y explicar su propia obra o sus intenciones. Me parece que algo así me ha sucedido con el asunto de los actores: no he sabido mirar más allá de mis ideas (que tal vez sólo sean las que Diderot instiló en mí) y he confundido mis conceptos favoritos con la observación de la realidad.

Aunque he tenido pocas experiencias como actor, cuando las examino sin dejarme llevar por los prejuicios (por mis propios prejuicios) descubro que cuando mejor he actuado ha sido cuando me dejaba dominar por el personaje, no cuando yo lo dominaba a él. En aquellos momentos en los que llegaba a sentir que no estaba en un escenario, sino en una casa, y que no me dirigía al público o a los actores, sino a esas otras personas que discutían conmigo en esa casa.

En una ocasión, al final de una breve representación de ¿Quién teme a Virginia Wolf?, mi compañera de reparto me aseguró que en un momento dado llegué a darle miedo, porque le pareció que yo realmente pensaba de ella lo que estaba diciéndole, y no que estuviera actuando. Y lo cierto es que en ese momento, el de la representación, sí que lo pensaba.

Sin embargo, cuando he intentado comportarme como uno de esos grandes fingidores, distantes y reflexivos, sin perder el control de la situación, he actuado mal, y yo mismo me he dado cuenta mientras sucedía.

Cualquiera puede observar este fenómeno en una improvisación. Pero no me refiero tan sólo a la improvisación actoral, sino también a aquella en la que con algún amigo empezamos a decir cosas más o menos ingeniosas, reforzándonos el uno al otro en una charla exuberante, rápida y generalmente divertida. Los mejores momentos son aquellos en los que la improvisación fluye de una manera que no se podría llamar controlada. Esa falta de control puede hacer que en un momento dado llegues a decir algo desagradable u ofensivo llevado por el ingenio desbordante del momento.Ser consciente de este peligro, me hizo hace mucho tiempo retraerme y sacrificar algo de ingenio para no resultar agresivo u ofensivo: seguí la recomendación de Kierkegard y sacrifiqué la estética por la ética.

Pero es muy difícil ser ingenioso de una manera controlada, porque eso influye en la manera y en el tono mismo, y puede convertir un rasgo de humor en una pedantería fatigosa para los demás, a veces incluso bochornosa, porque todo el mundo advierte la inteligencia de lo que dices, pero es una inteligencia falta de gracia y de encanto.

Lo mismo sucede en el baile: cuando se intenta controlarlo, casi siempre es a costa de recurrir a amaneramientos, a maneras o pasos aprendidos, que es lo que hacen también muchos actores del como si: utilizan recursos que saben que funcionan, pero que suelen resultar cargantes para los espectadores que los perciben. En el baile, como en las danzas de ingenio intelectual, también hay un momento en el que realmente fluyes con la música y el cuerpo no necesita instrucciones. Lo paradójico del asunto, sin embargo, es que en ese estado, en el que se podría decir que estamos enajenados, en realidad podemos alcanzar un mayor control sobre nuestros movimientos, precisamente porque mover nuestro cuerpo siguiendo el ritmo ha dejado de ser un problema, y ello nos permite tener la mente libre para añadir nuevas cosas. También es cierto que en tales momentos, y más si se trata de un baile sensual con otra persona, puedes llegar a excederte, como sucedía en las justas de ingenio, y hacer cosas más o menos escandalosas sin percibir el efecto que eso puede producir a tu alrededor. Afortunadamente, la permisividad en las discotecas es ahora muy alta.

Descubrir este prejuicio mío acerca de la actuación me alegra, pero tampoco conviene sustituirlo por el prejuicio inverso. La conclusión no es que los únicos actores buenos son los que interiorizan o son poseídos por el personaje. Sospecho que se trata tan sólo de otra falsa dicotomía, y que las dos cosas son posibles: actuar como si y convertirse en el personaje. Y seguramente en ambos casos acechan peligros, es decir, se puede hacer bien o mal.

Victoria, mi madre, me contaba que en ensayos con un famoso director él explicaba a los alumnos que no había que llevar la interiorización hasta el punto de olvidarse que estás sobre un escenario. Puedes caerte por unas escaleras que sólo son de atrezzo o, lo que es peor, decía, meterte tanto dentro del papel que, en un ataque de llanto e histeria del personaje, acabes siendo incapaz de regresar a tu papel y decir la siguiente línea. Como dice con mucho acierto Diderot:

“Si sois un tartufo, un avaro, un misántropo, los interpretaréis bien; pero no haréis nada de lo que el poeta ha hecho; pues él ha hecho el Tartufo, el Avaro,el Misántropo.”

El actor no debe llevar al escenario una emoción, un sentimiento ni una personalidad, sino un personaje: el personaje que aparece en la obra. Todo el trabajo previo, incluyendo los psicodramas a los que son aficionadas algunas escuelas de interpretación, puede ser útil, pero sólo es una herramienta para conseguir interpretar al personaje:

“El hombre sensible obedece a los impulsos de la naturaleza y no logra trasmitir precisamente más que el grito de su corazón; en el momento en que atempera o fuerza ese grito, ya no es él mismo, sino un comediante que interpreta”.

Un actor puede buscar en su propia vida los modelos del llanto, el dolor, la histeria o la tristeza, recuperando en los ensayos un episodio doloroso de su biografía; tal vez en ese momento, eso le resultará incontrolable, pero, cuando tenga que salir al escenario, imitará algunas de las cosas que aprendió en el ensayo, modificadas para adaptarlas al personaje, pero no se permitirá de nuevo perder el control, a riesgo, como se ha dicho, de comprometer toda la representación.

En el campo contrario, el mayor peligro del como si es ese amaneramiento, la repetición de fórmulas aprendidas, y también el temible metalenguaje: “Yo actúo y te digo que estoy actuando: los dos lo sabemos en todo momento”, lo que suele convertirse en un fatigoso intelectualismo, en el que se pierden los elementos empáticos y simpáticos, que son indispensables en casi toda representación. Y más en nuestros días, en los que se prefiere una actuación mucho más naturalista que en tiempos de Diderot.

Sospecho, como ya he dicho, que estos dos extremos son compatibles: es muy difícil que un actor sensible, que actúa con el corazón, como dice Diderot, pueda llegar muy lejos si a ello no añade técnica y preparación; pero, por otra parte, muchas de las técnicas de interiorización son también técnicas del como si.

diderot

Diderot escribió La paradoja del comediante en 1773, pero fue publicada póstumamente en 1830

Por otra parte, Diderot atacaba en La paradoja del comediante a los grandes improvisadores de su época, los actores de la Comedia del Arte italiana, un tipo de actor que a mí me gusta mucho. Sin duda no es casualidad que actualmente se reserve el término comediante para estos actores.

"El actor que represente por reflexión, por estudio de la naturaleza humana, por constante imitación de algún modelo ideal, por imaginación, por memoria, será siempre uno y el mismo en todas las representaciones, siempre igualmente perfecto.”

Tal vez sea cierto, pero, en mi opinión, resulta difícil encontrarle atractivo a una profesión en la que repites una y otra vez con exactitud milimétrica lo mismo, noche tras noche o toma tras toma, como exigía Diderot.

Como espectador, creo que también prefiero ver escenas en las que los actores hablan con un poco de libertad, ayudados por tomas largas, como sucede en las películas de Woody Allen; en vez de aquellas en las que los actores repiten con exactitud el texto, dándose réplicas a lo largo de sucesivos planos y contraplanos. Hay quien se aburre, porque le parece “poco cinematográfico”, cuando ve en una película una cámara plantada en la esquina de una calle y a dos actores que, sin dejar de hablar ni un solo momento, se van acercando hacia ella desde la otra esquina (como en Annie Hall de Woody Allen). Pero a otros les resulta mucho más tedioso el vaivén frenético de plano y contraplano entre dos caras.

Y por supuesto, también prefiero emocionarme de un modo no meramente reflexivo al ver una representación: el propio Diderot, presumía de ser un actor reflexivo pero un espectador muy emocional.

Como director, también prefiero a los comediantes sin ninguna duda, aunque respeto a los buenos actores que necesitan y se ajustan a un texto férreo. Si de lo que se trata es del placer que se obtiene haciendo cine, teatro o televisión, me parece que la toma larga y una cierta improvisación superan a una planificación técnica y actoral rigurosa. Lo que no quiere decir, por cierto, que los comediantes no planifiquen y trabajen: lo hacen y mucho, precisamente porque así, como sucede en el baile, pueden sentirse seguros y aceptar las cosas nuevas que puedan surgir durante la actuación. Y, por supuesto, hay que recordar siempre que un actor, sea del tipo que sea, nunca o casi nunca actúa solo.

En la comparación entre los actores frente a los comediantes, como en la dicotomía “interiorización/como si", tampoco creo que sea necesario elegir o dictaminar cuál es “la única verdad”, y en muchas ocasiones uno podría (y sin duda debería) dejarse deslumbrar por aquello que le resulta a priori menos interesante.

Ahora bien, desde un punto de vista personal, me cuesta mucho contar cuatro veces la misma anécdota, repetir tres veces la misma escena o pronunciar dos veces el mismo discurso. Prefiero la variación y un cierto grado de improvisación, que exige, paradójicamente, mucha más preparación previa, como reconocía Orson Welles:

“Hago los planes más elaborados y detallados que nunca has visto y después los tiro a la papelera. Los proyectos no se hacen para ser ejecutados sino que los hago para prepararme para la improvisación (…) Yo me meto en la cabeza cuatro o cinco películas y cuando llego al plató ni siquiera intento filmar una de ellas”.

Mi temperamento o mis gustos me llevan a creer que los peores castigos infernales son los que imaginaban los griegos: Tántalo subiendo la roca que cae de nuevo, Ixión girando sin cesar en la rueda, Prometeo viendo cómo un águila le devora una y otra vez el hígado que le vuelve a crecer. La repetición.

 

Instantes, de Jorge Luis Borges

En 1998 publiqué en mi revista Esklepsis un texto de Borges llamado Instantes:

"Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares a donde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era de esos que nunca iban a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas; si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante…"

Aunque aquí aparece en prosa, es frecuente encontrar Instantes como un poema:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

 

Instantes es considerado el poema más conocido de Borges y el más difundido en Internet. En el Borges Center de Iowa reciben miles de consultas acerca de este poema de Borges, a las que se ven obligados a responder: "Ese poema no es de Borges".

No estoy seguro de cuál era mi intención al incluir el poema Instantes en el número 4 de la revista Esklepsis. ¿Sabía que era un poema falso o también yo creía que lo había escrito Borges? Sospecho que mi intención era tenderle una trampa al lector, porque soy aficionado a hacer este tipo de atribuciones falsas de vez en cuando (en ese mismo número de Esklepsis, dentro de la sección Misterios, resolvía el misterio del famoso Desiderata de Baltimore, un texto en muchos aspectos semejante al de Borges).

Si se lee el poema con un poco de atención, enseguida se percibe que hay demasiadas cosas que no parecen propias de Borges, al menos en el poema, pues el texto en prosa puede resultar más engañoso.

Resulta bastante evidente... una vez que uno ya sabe que es falso.

Pero lo cierto es que muchos críticos y expertos lo han considerado de Borges. El traductor más prestigioso de Borges al inglés tradujo el poema atribuyéndolo a Borges sin dudar.

Más extraño todavía es que el poema fue publicado en la revista mexicana Plural (fundada por Octavio Paz), en vida de Borges y atribuyéndoselo a Borges.

Es muy razonable suponer que la publicación del poema en esta prestigiosa revista llegara a oídos del propio Borges (entonces ya era ciego), o de alguno de sus conocidos, y que se produjera, en consecuencia, un desmentido.

¿Qué habría dicho Borges si alguien le hubiese atribuido ese poema? Posiblemente se habría escandalizado como lo ha hecho en varias ocasiones María Kodama, lamentando que le puedan atribuir versos que ni siquiera son correctos en castellano.

Afortunadamente, tenemos la respuesta: Borges conoció el poema. En una entrevista con Elena Poniatowska, ella le recitó dos de sus poemas, Instantes y Remordimiento:

"Borges escucha con incredulidad, con atención, acostumbra escuchar con seriedad, no se distrae, sin el bastón, sus dos manos sobre la colcha, se ve más desamparado.
Sonríe.
—¿Qué puede importarme ser desdichado o ser feliz? Eso pasó hace ya tanto tiempo... Estos poemas son demasiado inmediatos, autobiográficos, son remordimientos."

Se juntan aquí varios asombros, como señala Iván Almeida en su delicioso y documentadísimo artículo dedicado al misterio de Instantes. Lo más llamativo es que Borges no niega la autoría del poema, pero tampoco dice nada acerca de ese verso en el que afirma que tiene 85 años, a pesar de que en el momento de la entrevista sólo tenía 77 años. Pero, claro, a veces los poetas no hablan en primera persona, puede ser una figura literaria.

Es cierto que, según Poniatowska, Borges escucha con "incredulidad", pero también es cierto que no dice que no sean suyoslos poemas. Remordimiento es sin ninguna duda de Borges: lo publicó en La Nación cuando murió su madre en 1976. Es indudable que existe una semejanza de intención en ambos poemas, como se puede comprobar al releer Remordimiento:


He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado

Poco después de escribir Remordimiento, Borges se dedicó a recorrer el mundo acompañado de María Kodama. Recuerdo su visita a España, he visto algunas de las entrevistas que le hicieron, he leído muchas más, y Borges da, en esos momentos la sensación de ser un hombre que acumula casi con avaricia más y más momentos de felicidad. Algunos dicen que escondía un dolor secreto (¿pero quién no esconde un dolor secreto?) y que estaba secuestrado. Yo no puedo opinar acerca de ese asunto, pero no era eso lo que aparentaba, entre otras cosas porque los secuestrados suelen estar encerrados y no recorren decenas de países.

Pero el poema Instantes esconde más misterios, que puedes descubrir si lees el divertidísimo artículo de Iván Almeida. Allí descubrirás también al que, muy probablemente, es el verdadero autor de Instantes.

Yo tengo mi propia teoría al respecto de todo este asunto (por ahora incomprobable), que contaré dentro de unos días.

Iván Almeida: Jorge Luis Borges, autor del poema Instantes

¿Sabés cuál es el verso mal escrito del poema Instantes? Puedes decírmelo en un comentario.

 

 

¿Quién escribió Instantes?

Al final de la entrada acerca de Borges e Instantes decía:

Pero el poema Instantes esconde más misterios, que puedes descubrir si lees el divertidísimo artículo de Iván Almeida. Allí descubrirás también al que, muy probablemente, es el verdadero autor de Instantes.

Yo tengo mi propia teoría al respecto de todo este asunto (por ahora incomprobable), que contaré dentro de unos días.

Si no sólo has leído mi entrada, sino también el artículo de Iván Almeida, ya habrás descubierto que Maria Kodama dijo que el poema Instantes en ningún caso podía haber sido escrito por Borges. En palabras de Francisco Peregil:

"Craso error, porque la verdadera autora del apócrifo es una desconocida poetisa norteamericana llamada Nadine Stair, que lo publicó en 1978, ocho años antes de que Borges muriera en Ginebra, a los 86 años."

Lamentablemente, dice Almeida, la no autoría de Borges no supone la autoría de Stair, quien, tras una fascinante investigación, resulta que parece no haber existido nunca, al menos con ese nombre. Además, resulta que el poema, que ya no es, a esas alturas de la investigación, poema sino prosa, fue escrito muchos años antes por un caricaturista y humorista llamado Don Herold. Exactamente en 1953.

Aunque no está claro que sea esta la última palabra acerca del asunto, sigue en pie la pregunta de por qué se publicó en 1976 el texto en la revista mexicana Plural con la firma de Borges.

Pues bien, sin ánimo de resolver el misterio, sino tan sólo por el simple placer de lanzar una teoría, y sin ningún tipo de indicio que me avale, sino en un vuelo intuitivo sin red, yo creo que Borges tradujo en algún momento el texto de Don Herold, tal vez en mitad de sus estudios acerca de la literatura americana. Y después alguien encontró ese poema junto a otras cosas de Borges, se lo atribuyó y lo publicó en Plural.

Pero me temo que esto es sólo una teoría más.

 

La mirada crítica y el poema Instantes

Más arriba he hablado del poema Instantes, que se atribuye a Borges, al parecer erróneamente. Lo transcribo aquí de nuevo:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y profilácticamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

Pegado de <http://www.rompecadenas.com.ar/instantes.htm>

Uno de los aspectos que me parecen más interesantes de todo este asunto es ver el cambio de opinión del lector según sea Borges o no el autor.

En primer lugar hay que decir que el poema gustó a muchos lectores que no eran aficionados a Borges, personas que raramente habían apreciado la poesía de Borges, por parecerles difícil de comprender. Instantes era un poema de Borges distinto, era un poema que se entendía fácilmente.

Su autor, de manera sencilla, incluso simple, se lamenta de lo mal que ha vivido la vida y explica cómo la viviría si tuviera una segunda oportunidad. Algunos de sus versos incluso parecían escritos para quienes gustan de la poesía que suele llamarse cursi, y no es raro encontrar Instantes en páginas web con dibujos de aspecto infantil, con pierrots soñadores y muchachas de mejillas sonrosadas.

Instantes

Un ejemplo de página en la que aparece Instantes

 

Pero, ¿cómo reaccionaron los seguidores de la obra de Borges ante un poema tan poco borgiano?

Lo cierto es que la mayoría no se dio cuenta de que era un poema poco borgiano.

¿Por qué?

Bueno, era un poema sencillo y simple, es cierto, pero ¿y si Borges lo escribió así adrede?. Su sencillez parecía esconder una vitalidad semejante a la de las Hojas de Hierba de Walt Whitman, y ya se sabía que Borges había traducido a Whitman y lo admiraba. Por otra parte, el poema era una especie de refutación de la vida artificiosa, higiénica, distante, literaria. De esa vida que supuestamente había vivido Borges.

Instantes era una llamada a la naturalidad y la sencillez, así que era del todo razonable que estuviese escrito de forma sencilla y directa.

Se podría añadir que a Borges siempre le habían gustado los navajeros, los compadritos, toda esa gente que vivía en los arrabales, aunque él viviera una vida "higiénica". Y también que Borges, en sus últimos años, ya ciego, pareció aplicar los consejos de Instantes: se le veía feliz recorriendo el mundo, conociendo a gentes nuevas, charlando aquí y allá. Se le veía sonreír e incluso reír a carcajadas junto a Maria Kodama. ¿Se estaba aplicando su propia receta de Instantes?

Así que podíamos admirar Instantes sin sentir remordimientos, parecía  simple... pero era de Borges.

Sin embargo, el chasco llegó cuando alguien, tal vez María Kodama, dijo que el poema no era de Borges, y que él nunca escribiría una cursilería semejante:

"Lo más notable es comprobar que esa misma gente que no aprueba la publicación de las tres obras mencionadas [El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos, Inquisiciones], frente al poema “Instantes” o “Momentos” de la escritora norteamericana Nadine Stair, atribuido falsamente —quiero creer que por ignorancia— a Borges, esa gente, repito, nada dijo ni del estilo ni del contenido de esos versos. Aunque resulte infantil el lenguaje empleado y totalmente contradictorio el mensaje transmitido por el poema, con respecto a los principios que Borges sustentó hasta el fin de su vida.
Se llegó al horror de leer y enseñar en instituciones oficiales, y atribuyéndolo siempre a Borges, ese poema sin valor literario."

Pegado de <http://www.rompecadenas.com.ar/almeida.htm>


La conclusión ahora era que Borges podría haber escrito:

Si pudiese volver a vivir otra vez mi vida
no escribiría "Instantes"

 

Esta revelación trajo dos consecuencias principales:

a) Los admiradores no borgianos de Instantes presentaron el poema de la siguiente manera:

Instantes ( ¿de Borges?)

Tal vez alguno pensó: "Ya decía yo que era demasiado bonito para ser de Borges"

b) Los borgianos declararon que ya les parecía a ellos que el poema no podía ser de Borges: "Era demasiado bonito para ser de Borges".

La conclusión es que el poema continúa en el panteón de lo bonito, pero ha caído del estante reservado a las grandes obras, en el que había entrado de la mano de su supuesto autor, Borges.

 

¿Quién se equivocó?

Creo que los que admiraban el poema "aunque fuese de Borges", se han mostrado más coherentes y menos hipócritas. Les gustaba entonces, les sigue gustando ahora.

Por el contrario, quienes apreciaban el poema porque era de Borges, ahora podrán asegurar que, en realidad, siempre lo supieron, pero es difícil creerles, porque ya se sabe lo engañosa que es la memoria a la hora de reconocer que nos hemos equivocado.

La facilidad para explicar las cosas una vez que han pasado o se conocen se llama en filosofía "Post hoc  ergo propter hoc" (Una vez sucedido algo, demuestro que tenía que haber sucedido"). Este tipo de presunciones, en las que todo resulta evidente una vez que se sabe la respuesta, quedan desarmadas con datos tan chocantes como que el propio Borges admitió (o al menos no negó) que el poema lo había escrito él.

En efecto, ya he contado en otro lugar que en una ocasión Elena Poniatowska le leyó a Borges el poema Instantes y otro poema en el que se lamentaba también de la vida poco sencilla y vigorosa que había llevado y él dijo que sus sentimientos ya no eran los que había expresado en esas líneas. El otro poema es El remordimiento

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan.

Mis padres me engendraron para el juego
humano de las noches y los días,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.

Este poema suena más a Borges, aunque algunas líneas nos hace dudar, como la insólita: "Que los glaciares del olvido/me arrastren y me pierdan", que no desentonaría en lo que se suele llamar estilo cursi o romántico. Sin embargo, no hay dudas de su autoría: lo publicó en el diario La Nación al día siguiente de la muerte de su madre.

Hay que admitir que la idea esencial del poema es muy semejante a la de Instantes: el arrepentimiento por no haber sabido vivir la vida. En contra de lo que decía Kodama, el mensaje de este poema que sí es de Borges tampoco parece coincidir con "los principios que Borges sustentó hasta el fin de su vida."

El primer error tal vez sea considerar que Borges sólo fue capaz de sostener un único conjunto de principios (sea eso lo que sea) a lo largo de su larga vida.

Ahora que habíamos descubierto que Instantes no está tan lejos de Borges como parecía, resulta que Iván Almeida nos dice que probablemente Elena Poniatowska  se inventó el pasaje de la entrevista en el que recita a Borges los dos poemas. Así que Borges nunca escuchó recitar Instantes, ni lo consideró como suyo.

Recientemente se ha publicado una exhaustiva biografía de Borges, en la que, al parecer, se rechaza la imagen habitual de Borges, que lo presenta como un hombre frío y artificioso (imagen en la que yo nunca he creído). Tal vez en ese libro se aclare el misterio de Instantes. ¿Y si resultase ahora que Borges sí es el autor o versionador del poema? ¿Tendríamos que volver a cambiar de opinión?

Ahora bien, sea quien sea el autor del poema, lo interesante es cómo nuestra percepción del arte varía en función de nuestras expectativas, de nuestras ideas previas y de nuestros prejuicios. Nadie es inmune a eso, aunque a todos nos gusta presumir de neutralidad y objetividad.

En el siglo XIX toda Europa quedó conmovida por los poemas del bardo escocés Ossian, recopilados por el folklorista McPherson. Se tradujeron a las principales lenguas, incluido el español, y se sucedieron los elogios a esta antigua poesía rescatada del olvido, que muchos compararon con las grandes obras clásicas. Goethe dijo que prefería Ossian a Homero.

Al cabo de los años, McPherson fue incapaz de mostrar el origen de esos cantos y se acabó concluyendo que los había escrito él. De la noche a la mañana, McPherson perdió todo su crédito y los poemas de Ossian pasaron a ser considerados una vulgar imitación de los clásicos. Los expertos, por supuesto, dijeron que ya les parecía ellos que...

La conclusión de todo esto no es que los expertos sean fácilmente engañables.

Eso no me parece grave, a todos se nos puede engañar fácilmente: cuando Bioy Casares leyó la referencia que hace Borges a El acercamiento de Almotásin, encargó el libro a una librería inglesa.

Un lector de mi Museo Paralelo ha buscado en vano la copia exacta que hizo Picasso de su cuadro Las señoritas de Avignon..

Esto no son muestras de simpleza por parte de Bioy Casares o de mi lector, sino de ingenio fabulador por parte de Borges o de mí mismo. El libro imaginado por Borges y la copia del cuadro de Picasso no existieron, pero tal vez deberían haber existido y, en cierto modo existen, porque su interés no se limita a la broma o engaño.

También existe, en estos dos ejemplos, una disposición al juego por parte de quienes buscaron el libro y el cuadro que resulta más interesante que la actitud de aquellos que, no queriendo ser engañados, piensan que alguien tan extravagante como Ireneo no puede haber existido nunca, sino que es una invención de Borges.

Lo absurdo es que una obra que sin duda tiene virtudes, como los poemas de Ossian, se caiga del estante de la gran literatura y ya no interese a nadie, tan sólo porque en la portada del libro no aparece "Ossian" como autor, sino "McPherson".

Si nos ponen delante un verso escrito por algún oscuro poeta de la época isabelina y nos dicen que es de Shakespeare, es casi seguro que encontraremos más cosas interesantes que si nos dicen quién es su verdadero autor.

Y también se da el caso inverso: en una ocasión yo dirigía un programa en el que había un guionista que construía historias demasiado enrevesadas, así que llegamos al acuerdo de que yo le mandaría siempre una sinopsis o argumento detallado para que la historia se desarrollara de manera coherente. Un día, sin embargo, yo le envié una sinopsis detallada, pero él me envío el guión antes de recibirla. Alguien me trajo el guión y me dijo: "¿Se lo reenviamos y le decimos que lo escriba siguiendo la sinopsis, ¿verdad? ".

Respondí que no, que antes de hacer tal cosa primero tenía que leer el guión, intentando olvidar las expectativas y la opinión que tenía de los anteriores guiones. Lo leí, me gustó y no fue necesario reescribirlo.

Al enfrentarse a una obra de arte, o casi a cualquier cosa, es bueno mezclar dos consejos: el de los escépticos que decían que hay que poner en suspenso el juicio, y el de Oscar Wilde que recomendaba entregarse absolutamente a la obra de arte. Sólo así se puede lograr que ciertas hermosas cosas atraviesen los filtros y compuertas de nuestra sensibilidad. A menudo encontraremos algo que no ha puesto allí el autor y no será difícil encontrar rastros de Shakespeare en Fletcher, incluso en las obras en que no colaboraron.

Más que buscar con mil ojos el posible fraude para evitar ser engañado, quizá sea preferible aplicar aquello de que arte es aquello que se mira con interés, y pecar antes de ingenuidad que de agudeza crítica.

Conviene recordar el refrán que menciona Casanova en sus Memorias: "En una posada española tienes lo que llevas".

Por un lado, hermosa paradoja, olvidar lo que sabemos para vencer nuestros prejuicios y expectativas, por el otro no olvidar nada y ponerlo al servicio de nuestra atención y del placer, esperar encontrar, en definitiva, más de lo que realmente podemos obtener.

Me parece mucho más interesante equivocarse y disfrutar un poco más que no equivocarse nunca y limitar nuestros estímulos a lo ya admitido como sublime o interesante. Cito de nuevo un fragmento de Musil en el que muestra lo interesante que es encontrar algo bueno en lo supuestamente malo:

 

Robert Musil
UN PRINCIPIO DE LA MÁS EXCELSA CRÍTICA

"Hace patente más genio encomiar una obra de arte de mediana calidad que una excelente. Al ser humano la belleza y la verdad le saltan a la vista en primerísima instancia; y así como las frases más sublimes son las más fáciles de entender (sólo lo minucioso es de comprensión ardua), igualmente lo bello gusta fácilmente; únicamente el disfrute de lo defectuoso y amanerado requiere esfuerzo. Una obra de arte lograda contiene lo bello con tanta pureza, que resulta la evidencia misma para cualquiera que esté en su sano juicio; en la medianía, por el contrario, está lo bello mezclado con tantos elementos casuales o incluso contradictorios, que para purificarlo de ellos hace falta un discernimiento mucho más penetrante, una sensibilidad más fina y una imaginación más vivaz y experimentada; en una palabra, más genio. (…) Cuán conmovedora es la invención en más de un poema: sólo que tan desfigurada por el lenguaje, las imágenes y los giros lingüísticos, que suele ser menester un sensorio infalible para descubrirla. (…) Por tanto, quien alaba a Schiller y Goethe no me prueba con ello, como cree, su extraordinaria y refinada sensibilidad para la belleza; pero a quien aquí y allá le complacen Gellert y Cronegk, ése —aunque solamente acierte en una de sus afirmaciones— me hace intuir que posee inteligencia y sensibilidad —y por cierto que ambas en rara medida.

(Escritos póstumos publicados en vida, 75s)

Pegado de Tsuresureguza

 

Es lo mismo que decía Borges citando a Plinio: "Incluso el libro más malo puede ser salvado por una línea."

Si tu opinión acerca del poema Instantes, ha oscilado levemente al leer los argumentos  a favor y en contra de la autoría de Borges, te sucede lo que a mí, y lo que a cualquier persona razonable: nuestra atención hacia una obra y nuestra percepción de la belleza o de lo interesante es influida por conceptos ajenos a la obra misma. La honestidad no consiste en negar tales influencias y en jurar y perjurar que somos neutrales y objetivos, sino en ser consciente de esas influencias e intentar conseguir que condicionen pero no determinen nuestro juicio.

Y, ya desde mi propio punto de vista personal, me gusta más ser influido para apreciar algo que para detestarlo.

 

Si quieres ver la copia de Las señoritas de Avignon

Instantes Museo de los Mundos Paralelos

Como dije en una entrada acerca de la película coreana The Host, el hecho de esperar una película de monstruos hace que se ponga en marcha nuestro patrón de verosimilitud monstruil y que no aceptemos fácilmente que nos den otra cosa. Instantes The Host y la verosimilitud

 

 

Borges, Cortazar, el kitsch y los relojes

Ogro envió un comentario a mi página Ubicuo que no quisiera que se perdiera, porque era muy interesante.

Salud.
Aunque mi comentario pueda considerarse anacrónico -pues hace referencia a ese texto sobre lo borgiano, antiguo ya-, no quería desperdiciar la oportunidad de citar un ensayo que viene al pelo y me parece altamente ilustrativo, en estos tiempos en los que uno no sabe si abrazar el bushido o continuar aferrado al judeocristianismo que nos guía, Vírgenes y Joselito incluidos. Se trata del conocido "Apocalípticos e integrados" de Umberto Eco. En el contexto de un análisis de la "Cultura de Masas", dice el semiota:
  "No solamente surge la vanguardia como reacción a la difusión del Kitsch, sino que el Kitsch se renueva y prospera aprovechando continuamente los descubrimientos de la vanguardia."
  Se me ocurre que el adjetivo "kitsch" podría cuadrar con el poema "Instantes". Se acusa a su autor precisamente de eso, según cuentas, pues "Instantes" es demasiado "bonito" (demasiado manido quizás) para ser de Borges, para ser "vanguardista".
   "En este sentido, la situación antropológica de la cultura de masas se configura como una continua dialéctica entre propuestas innovadoras y adaptaciones homologadoras, las primeras continuamente traicionadas por las segundas: con la mayoría del público que disfruta de las segundas, creyendo estar disfrutando de las primeras" -concluye Eco- (pág 107)."
En estos días se puede ver en televisión un anuncio publicitario que, para vender una marca de coches, habla sobre un reloj que posee a quien lo lleva. Quizás no desvele nada nuevo si digo que la voz del anuncio pertenece a Julio Cortázar y que el texto está extraido del "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj", de su libro "Historias de cronopios y de famas".
  Sin embargo, creo que es éste el contexto propicio para resaltar esa relación bidireccional (esa dialéctica) entre vanguardia y kitsch, mediante la cual las propuestas innovadoras se reinsertan en contextos diversos (como el publicitario) y nadie osa adjudicar a un escritor de vanguardia (como Borges) un poema tan poco poético, tan poco vanguardista.
  Desde mi obtuso entender, se produce un batiburrillo de ideas y propiedades intelectuales en el que intervienen los librepensadores, que tratan de mantenerse siempre por delante, siempre vanguardistas (aunque resulte imposible y haya que renunciar a la autoría de los malos textos) y los publicistas que -como Spielberg o los buitres- tratan de beneficiarse económicamente publicando aquello que parece funcionar.
  No sé qué pensaréis, pero ahí queda. Va por ustedes."

El anuncio (la voz es la del propio Cortazar)

 

La mirada crítica e Instantes de Borges La mirada crítica y el poema Instantes (Anacrónico)

 

El  Viaje al Oeste y las novelas largas

Viaje al Oeste es una novela china muy célebre (en China) y larguísima. Más de 2000 páginas en la edición de letra un poco pequeña de Siruela.

Aunque a veces me he oído decir que no me gustan las novelas largas, cuando me observo con atención me doy cuenta de que esa es una de mis mentiras más llamativas acerca de mí mismo.

Mis libros de cabecera han sido durante años...

Memorias de Casanova, que ocupan entre 3000 y 5000 páginas (ahora lo estoy leyendo en su idioma original, francés)

...las Mil y Una Noches, que seguramente sobrepasan las 2000 páginas

...los Ensayos de Montaigne, que son una especie de novela mitad ensayística mitad autobiográfica que debe tener al menos 1500 páginas

...los Diálogos de Platón, que sin duda pasan de las 1000, y más si les añadimos las interminables e interesantísimas notas

...el Genji Monogatari, de Murasaki Sikibu, unas 2000 páginas

...En busca del tiempo perdido, de Proust, digamos que 3000 páginas como poco

...La Rama Dorada de Frazer (unas 850)

...La Diosa Blanca, de Robert Graves (¿700?)

...las Historias de Herodoto, entre 1000 y 1500

...la Biblia (1500)

...el Heike Monogatari (850)

...la Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, de Edward Gibbon (¿3000?)

...El hombre sin atributos (¿2000?), de Robert Musil

...Las variedades de la experiencia religiosa, de William James (700)

...La estructura de la teoría de la evolución, de Stephen Jay Gould (1400)

...la Historia General de la Piratería, de Ángeles Masiá de Ros (700)

...Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown (600)

...La educación sentimental, de Flaubert (¿600?)

...y otras que ahora no recuerdo, entre ellas largas historias o enciclopedias filosóficas, históricas y mitológicas.

El Viaje al Oeste es una más de estas lecturas que parecen interminables, y que a veces se prolongan durante años (como las Memorias de Casanova, con las que llevo más de diez años en sus dos versiones), proporcionando un placer continuo, tal vez semejante al de ver cómo crecen tus hijos o cómo tus amigos se hacen viejos. El libro probablemente no cambia a lo largo de esos añós, excepto porque el papel empieza a amarillear, pero el lector, es decir tú o yo, sí va cambiando. De esto se puede hablar mucho, pero lo dejo para otra ocasión.

Viaje al Oeste, conocido popularmente como "Las aventuras del rey mono", es un libro de aventuras y no hace falta que te diga quién es su protagonista.

Wu Kung el rey mono

Es un mono, en efecto, pero también aparecen un cerdo y un caballo, y un monje budista, y muchos demonios, y el taoísta Lao Dan, autor de Dao De Qing [Tao Te King o Lao Zi], y Buda y un montón de dioses.

No sé si te has dado cuenta de que en mi página hay una pequeña mascota que se llama Wu kung. La pongo aquí para que la veas, pero suele estar más abajo, junto a los comentarios.

 

adopt your own virtual pet!

   Wu Kung es uno de los nombres del rey mono

 

 Brevísima defensa de lo extenso

Nada más unánime que el elogio de la brevedad. Lo bueno si breve, dos veces bueno, dijo Gracían, no sé si antes o después de escribir una de las novelas más largas que existen, El criticón.

Como todos, yo también defiendo la brevedad, pero a veces dudo. Como dije en el comentario acerca de Viaje al oeste, también me gustan las novelas o ensayos extensos. Ahora voy a citar algo que dijo Leonardo da Vinci:

"Quienes compendian obras atentan contra el conocimiento pero también contra el amor, ya que la fuente de todo conocimiento es el amor que alguien tiene por algo; entre más certero sea el conocimiento, más ferviente será ese amor, y la certeza, a su vez, procede del minucioso entendimiento de todas y cada una de las partes que, al unirse, conforman el todo... sólo la impaciencia, madre de la insensatez, podría elogiar la brevedad."

Kemp explica que en ese párrafo Leonardo se refería a los compendios de anatomía:

"Su ataque está dirigido principalmente contra aquellos que hacen resúmenes o epítomes de largos textos, especialmente contra los que describen las múltiples maravillas del cuerpo humano mediante exposiciones sumarias; el argumento es que el verdadero estudioso de la gloria de la naturaleza debe siempre respetar los asombrosos medios por los que diversas formas fueron diseñadas para cumplir funciones específicas, ya sea que hablemos de la inmensa maquinaria de los cielos o de una diminuta válvula en el corazón humano; pero el mismo Leonardo se daba cuenta de que ni siquiera él podía investigar cada aspecto de la naturaleza (o, para tal caso, del cuerpo humano) con la profundidad que ello exigía."

A mí siempre me han fastidiado los libros resumidos. Cuando quiero leer el Talmud me gustaría acceder a los 35 volúmenes y no a las selecciones. Si se trata de la Vida de Johnson, deseo leer la vida de Johnson entera y no el resumen que publicó hace poco Austral (ahora ya disponemos de dos traducciones íntegras en español). Lo mismo con la Historia de la decadencia de Roma, de Gibbon, o con Los nueve libros de la historia, de Herodoto. Siempre tengo la sospecha de que a los compiladores se les habrá escapado lo mejor en sus resúmenes.

Muchos libros los leo en diagonal o los hojeo y me detengo sólo en algunos párrafos, pero también siento un gran placer de la lectura de libros extensos.

Y aquí acabo esta defensa, pues prometí ser breve.

 

Yosho Yamamoto, el monstruo de la fidelidad

En Elogio de la infidelidad presenté al samurái Yosho Yamamoto como ejemplo de fidelidad.

Como últimamente he escrito bastante acerca del código de honor japonés o bushido, he seleccionado algunos fragmentos del capítulo en el que hablaba de Yamamoto ("El monstruo de la fidelidad") y he añadido algunos detalles nuevos.

yamamoto


Yosho Yamamoto era un samurái que escribió hacia 1710 un libro llamado Hagakure (Oculto entre las hojas). El libro es una contínua celebración de la muerte y la violencia, a pesar de los paños calientes que intenta poner el prologuista de la edición en español, quien dice:

“Toda la grandeza de los samuráis se halla en el hecho de que alcanzaron tal vacuidad de sí mismos que eran capaces de matar sin odio y de morir sin miedo”.

Veamos algunos ejemplos de la grandeza de Yamamoto:

“Los hombres se vuelven cobardes y débiles, la prueba de ello está en que, hoy en día, raros son los que tienen la experiencia de haber cortado la cabeza de un criminal con las manos atadas a la espalda. Cuando se les pide ser el asistente del que va a suicidarse ritualmente, la mayoría considera que es más hábil evadirse e invoca excusas más o menos válidas.”

Más adelante, insiste, lamentándose de lo lechuginos y blandos que se han vuelto los jóvenes:

“A la edad de cinco años, a petición de Jin’emon, su padre, Yamanoto Kichizaemon, mató a un perro con un sable; a la edad de quince años tuvo que ejecutar del mismo modo a un criminal. Era la costumbre de la época. Es así cómo el Señor Katsushige, todavía muy joven, mandado por el Señor Naoshige, ejecutó a más de diez condenados sucesivamente. Esta práctica era muy corriente en las clases altas desde hacía mucho tiempo pero ahora ni siquiera los hijos de las clases inferiores proceden a este tipo de ejecución y ello es una negligencia grave. Decir que se puede vivir sin haber tenido el mérito de matar a un condenado, pues se trata de un crimen, de una vileza y de una mancilla, no es más que una excusa.”

Y si alguien piensa que Yamamoto es uno de esos teóricos que no aplican sus propios preceptos, que siga leyendo:

“El año pasado, fui a un lugar de ejecuciones llamado Kase para comprobar la firmeza de mi mano y he encontrado que era una buena cosa. Me encontré muy bien. Pensar que es impresionante es señal de cobardía.”

Yamamoto era un gran partidario de la fidelidad en todos los sentidos:

“Se debe entender que una mujer es fiel a un solo hombre. Sus sentimientos van a una sola persona de por vida. Si ello no es así, es lo mismo que sodomía o prostitución.”

Algo no muy distinto de lo que se pensaba en España hace unas décadas (y que algunos todavía piensan). Yamamoto, por cierto, también coincide con Ulises u Otelo, quienes exigían fidelidad a sus esposas, pero no se sentían obligados a actuar de la misma manera.

Yago

       El celoso Yago poniendo celoso a Otelo

Shakespeare da a entender en varios pasajes que la animadversión de Yago hacia Otelo se debe precisamente a que el moro Otelo se ha acostado con la esposa de Yago.

 

Sin embargo, para Yamamoto la fidelidad sexual o amorosa no es la fidelidad más importante; por encima de ella está la fidelidad al señor, al daimyo:

“Un samurái sólo lo es verdaderamente en la medida que no tiene otro deseo que morir rápidamente —y volverse puro espíritu— ofreciendo su vida a su amo, en la medida en que su preocupación constante es el bienestar de su daimyo, al que rinde cuentas continuamente, sin cesar.”

En otro pasaje sintetiza la idea:

“Si se debiera resumir en pocas palabras la condición del samurái, yo diría que en primer lugar es la devoción en cuerpo y alma a su amo.”

Aunque resulte sorprendente, todavía existe otra fidelidad o lealtad más importante que la que se tiene con el daimyo:

“La absoluta lealtad respecto de la muerte debe ser puesta en práctica todos los días. Debemos comenzar cada amanecer meditando tranquilamente, pensando en el último momento e imaginando las diferentes maneras de morir: muerto por una flecha, por un cañonazo, atravesado por un sable, sumergido por las olas, saltando en un incendio, golpeado por el rayo, aplastado por un terremoto, cayéndonos desde un risco, víctima de una enfermedad o súbitamente.”

Pero Yamamoto lo dice todavía más claro:

“La vía del samurái es la pasión de la muerte. Incluso diez hombres son incapaces de desviar a un hombre animado de tal convicción. No se pueden llevar a cabo grandes hazañas cuando se está en una disposición anímica normal. Hay que volverse fanático y desarrollar la pasión de la muerte (....) La lealtad y la piedad filial son algo suplementario en la Vía del samurái; lo que uno necesita es la pasión por la muerte. Todo el resto vendrá por añadidura de esta pasión.”

Puedo asegurar que no he elegido los pasajes más truculentos de Hagakure. El libro de Yamamoto es tan insensatamente cruel que, como dice Yoel Hoffman, "hasta los señores feudales del Japón consideraron el Hagakure demasiado radical y lo prohibieron varias veces".

Es algo que sucede a menudo, los poderosos fomentan el servilismo, el fanatismo, la crueldad, el culto a la fuerza y la obediencia ciega y a veces algunos discípulos se les van de las manos, como cuando deciden ser más fieles a la muerte que a sus señores.

Sin embargo, también he de confesar algo: junto a toda esa sangre, esa crueldad y ese fanatismo, en Hagakure hay unas cuantas cosas sensatas. Yamamoto era un hombre inteligente y, aunque resulte difícil de creer, sensible. Yamamoto, en definitiva, aplicó su talento de una manera enfermiza a una idea perversa, pero que era considerada razonable por la sociedad en que se educó. Una sociedad fanatizada produce fanáticos.

Yamamoto es un ejemplo claro y contundente de una de las peores cosas que se esconden tras el concepto de fidelidad o lealtad: la obediencia ciega.

Precisamente, si volvemos a leer las palabras del prologuista acerca de la grandeza de los samuráis descubriremos que esas palabras son las que se suelen aplicar, y que nos llenan de horror, al pensar en muchos nazis, tan fríos como máquinas en su tarea de matar (y de suicidarse):

“Toda la grandeza de los samuráis se halla en el hecho de que alcanzaron tal vacuidad de sí mismos que eran capaces de matar sin odio y de morir sin miedo”.

 

 

Hana y la verdad verosímil Hana y la verdad verosimil

JapónCuaderno de Japón

Más sobre la película 300 en La cuarta pared

 

 

 

 

 

Pitigrilli, Luciani y Pinocho

Albino Luciani, en su Carta a Pinocho, reproduce este divertido fragmento de Pitigrili:


"Las objeciones más frecuentes que oirás irán dirigidas contra la Iglesia. Podrá quizá ayudarte una anécdota contada por Pitigrilli. En Londres, en Hyde Park, un predicador está hablando al aire libre. De cuando en cuando le interrumpe un individuo despeinado y sucio. «La Iglesia existe desde hace ya dos mil años—salta de repente el individuo—y el mundo está todavía lleno de ladrones, de adúlteros, de asesinos». «Tiene usted razón—responde el predicador—. Pero hace también dos millones de siglos que existe el agua en el mundo y mire cómo tiene usted el cuello».

La moraleja que extrae Luciani es:

"En otras palabras: ha habido malos papas, malos sacerdotes, malos católicos. Pero ¿qué significa eso? ¿Que se ha aplicado el Evangelio? No, todo lo contrario, en esos casos no se ha aplicado el Evangelio".

El chiste de Pitigrilli es ingenioso, aunque falaz, porque el agua no se inventó para limpiar el cuello de la camisa, pero Jesucristo sí vino al mundo para mejorar a la humanidad, y el triunfo de sus seguidores no sólo no mejoró el mundo, sino que seguramente lo hizo retroceder y sostuvo y alentó un mundo lleno de persecuciones y crímenes que duró más de diez siglos. No es que el cristianismo luchará con todas sus fuerzas pero sin éxito contra la injusticia: es que provocó gran parte de esa injusticia. Desde el punto de vista de la fe me temo que es un resultado difícilmente justificable.

Pero creo que el consejo final de Luciani sí es bueno:

"Pinocho mío, sobre los jóvenes hay dos frases famosas. Te recomiendo la primera, de Lacordaire: «Ten una opinión y hazla valer». La segunda es de Clemenceau, y no te la recomiendo en absoluto: «No tiene ideas, pero las defiende con ardor».

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Karol Woytila felicita a Albino Luciani
(Juan Pablo I)

 

 

MacLuhan y Shakespeare

Al releer Entendiendo los medios de MacLuhan he encontrado algunas razones que explican el éxito mediático que tuvo este hombre. Es un autor que sigue siendo brillante e ingenioso, capaz de fabricar montones de frases llamativas. Es un placer leerlo, porque, aunque muchas cosas pueden ser más o menos discutibles, resulta siempre estimulante e inteligente. Por ejemplo, esta graciosa comparación que hace entre la televisión y un pasaje de Romeo y Julieta:

"Algunos dudarán si Shakespeare se refiere o no a la televisión en estas conocidas líneas de Romeo y Julieta:
But soft! what light through yonder window breaks?
It speaks, and yet says nothing.

[Pero espera, ¿qué es esa luz que asoma por aquella ventana? Habla y no dice nada.]

¡Qué lectura tan alerta la de alguien que encuentra en estos versos (que en realidad no son ni siquiera sucesivos) una comparación como esta!

McLuhan decía que en las obras de Shakespeare se podía encontrar todo un compendio de las extensiones del ser humano (para McLuhan, también los medios de comunicación son extensiones del ser humano, como un bastón lo es de la mano de un ciego). Y seguramente tenía razón, porque en Shakespeare se puede encontrar todo.

Pero no todo como se puede encontrar todo en cualquier cosa, por ejemplo el número pi en una pirámide o en una taza de café, sino todo pero dicho de una manera que nos hace aprender. Por un lado, nosotros lo ponemos en Shakespeare, pero por el otro él nos lo devuelve multiplicado.

Por ejemplo, a mí lo de la luz de la ventana que habla sin decir nada me recuerda lo que escribí hace mucho tiempo en esta página acerca de la distinción entre analógico y digital, que se inició con el pequeño ensayo ¿Por qué el mundo digital no es digital?.

Tal vez recuerdes aquel chistecillo que puse de unos indios que hacían señales de humo digitales y analógicas.

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Indios Pieles Rojas enviando un mensaje digital
("Pronto habrá novedades") y varios mensajes analógicos

Pues esto de la luz que asoma por la ventana es lo mismo: la ventana trasmite un mensaje (¿analógico o digital?) sin transmitirlo. Del mismo modo, los indios transmiten un mensaje digital: el que leen sus amigos en su código de volutas de humo, pero no sólo eso, porque también transmiten, sin quererlo, varios mensajes analógicos, como el que leen sus enemigos por la mera presencia del humo: "Hay indios cerca".

Tanto McLuhan como yo hemos tal vez deformado el sentido de los versos de Shakespeare, pero algo en ellos nos ha llevado a un lugar interesante: una ventana encendida o apagada, o simplemente la luz del sol o la luna que penetra por ella, es un mensaje que nadie envía pero que alguien sí puede recibir: "Habla y no dice nada".

Y no quisiera confundir demasiado si digo que todo esto tiene mucho que ver con lo que escribí en otro lugar acerca de cómo transmitir mensajes a mayor velocidad que la luz.

Si te interesa la distinción entre analógico y digital, puedes leer mi ensayo: Por qué el mundo digital no es digital

En cuanto a lo de trasmitir mensajes a mayor velocidad que la de la luz, puedes ver esa extravagancia en Cómo transmitir información a mayor velocidad que la de la luz

 

 

La teoría de la relatividad de Urashima

En el cuento clásico japonés El pescador Urashima, su protagonista salva a una tortuga, que le invita a visitar el mundo de la reina de los mares. Ambos se sumergen y llegan a un palacio submarino de madreperla.

urashima

Urashima a lomos de la tortuga (versión en japonés)

La tortuga resulta ser una hermosa muchacha, con la que Urashima se queda a vivir. Pero, después de tres años, echa tanto de menos a su anciana madre que pide a la reina de los mares que le deje regresar a su hogar. La reina de los mares accede y le da una cajita, "que le puede dar la felicidad", pero que no debe abrir.

Urashima regresa a la superficie a lomos de la tortuga. Al llegar a su pueblo, le parece estar en un lugar desconocido. No conoce a nadie y las casas son diferentes, excepto el Templo del dragón rojo. Llega a su casa, que encuentra abandonada. Busca a su madre por todas las habitaciones, pero no la encuentra. Finalmente, pregunta a un vecino, quien le dice que no conoce a esa anciana, pero que sí sabe que hace muchísimos años vivió allí un pescador llamado Urashima, que murió ahogado.

En ese momento, Urashima se da cuenta de que han pasado más de cien años desde que se fue. Abre la cajita, de la que sale un humo espeso, y al instante el pescador envejece y el pelo se le pone blanco. Ha descubierto que el tiempo en el mundo de la reina de los mares trascurre más lento que en el de los seres humanos.

urashima

Urashima descubre que todo ha cambiado

 

No sólo se trata de que junto a los dioses o seres mágicos se pueda recuperar la juventud, como sucede en ese hermosísimo relato de Lampedusa llamado Ligea (que tanto amamos Marcos y yo); tampoco de ser inmortal, como el desgraciado Titonos que vivió siglos junto a Eos, la aurora, pero que olvidó pedir también la eterna juventud y se fue arrugando en su inmortalidad.

No se trata sólo de eso, sino de la constatación de que el tiempo transcurre más lentamente en el mundo de los dioses.

Así sucede también en las aventuras del rey mono. Cuando Wu Kung, el rey mono, regresa junto a sus súbditos después de pasar un año en el mundo celeste, sus súbditos le dicen que ha tardado muchísimo. Él responde que sólo ha estado fuera un año, pero los revoltosos monos le corrigen: "Un año en el reino de los dioses es como cien años en el mundo de los mortales".

Parece, en definitiva, que habitar entre los dioses es semejante a viajar en una nave espacial a una velocidad cercana a la de la luz: el tiempo transcurre más lentamente. Es la célebre paradoja de los gemelos: uno se queda en la tierra y el otro viaja en una nave espacial que casi alcanza la velocidad de la luz. Al regresar a la Tierra, después de treinta años en la nave, descubre que en la Tierra han trascurrido trescientos años.

Sé que he leído muchos cuentos en los que sucede algo semejante, pero ahora no los recuerdo. Me parecé que hay un relato galés del Mabinogion en el que sucede algo parecido.

Creo que este tema del transcurso relativista del tiempo en los cuentos, y en general la manera de considerar el transcurso del tiempo en los cuentos, es muy interesante, y se le podría dedicar un estudio, que espero hacer en algún momento.

Marcos publicó un texto sobre Ligea.

 

Sobre los libros

No soy un adorador de los libros. Me gustan, pero no comparto el pavor de muchos ante su posible desaparición. Creo que el libro es un soporte más, como lo fueron el papiro y los rollos romanos. Si desaparecen y son sustituidos por otro tipo de soporte, no me lamentaré por las esquinas.

Esto es algo que resulta chocante a quienes ven que mi casa es algo así como una modesta sucursal de la Biblioteca Nacional, con paredes llenas de estanterías a rebosar, pero si tengo tantos libros es, sobre todo, porque me gusta lo que contienen.

Al contrario de muchas personas que tienen miles de libros como yo, pero que no los han leído, yo he leído casi todos los que tengo, y muchos más en la Biblioteca Nacional, donde he pasado tardes enteras. No compro libros que no pienso leer, porque no me sobra dinero y tampoco espacio. Y los libros ocupan mucho espacio: el saber sí ocupa lugar.

Espero con ansiedad que aparezca el ordenador tipo lámina de papel en el que puedas trasportar toda tu biblioteca, que sea tan agradable a la vista como un libro y tan cómodo o más. Por el momento uso un ordenador de bolsillo en el que llevo decenas de libros y todos mis documentos, además de música, juegos y películas comprimidas.

Cuando aparezca el ordenador de papel o textura similar, seguramente dejaré de comprar libros de papel y sólo compraré libros electrónicos. Todavía no se sabe muy bien cómo se ganarán la vida los autores en el mundo del libro electrónico.

Tengo ya unos diez mil libros electrónicos, que leo en mi pocket pc cuando voy en autobús a Toledo, por ejemplo. Todo esto lo digo porque a continuación me voy a contradecir un poco a mí mismo.

martes 21 de junio de 2004

 

El diccionario del diablo: un libro delicioso

A pesar de lo que dije en la entrada anterior, hay varios libros a los que tengo mucho cariño. Por ejemplo, una edición baratísima de Aurelia de Gerrad de Nerval, que durante años siempre llevaba conmigo, incluso cuando iba a bailar.

Acabó quedando destrozado, así que me compré otro igual que es el que ahora adoro con la misma fidelidad, pero que suelo dejar en casa, porque ya en otra ocasión saqué a bailar una buena edición de Aurelia, en francés, y no pude evitar regalársela a una chica un día en que estaba bailando con mi amigo Marcos en un sitio llamado Why not?

Pero hace unos días fui a la Feria del Libro con mi hijo Bruno y pasamos una tarde estupenda. Conocimos gente interesante y encontramos varios libros que nos gustaron. El me regaló una verdadera maravilla: El diccionario del diablo de Ambrose Bierce.

Ya he hablado en esta página de este libro, que es uno de mis preferidos, pero la edición que ha hecho el Círculo de lectores es impresionante tanto por la edición como por el contenido.

En primer lugar, incluye cientos de nuevas definiciones (¡¡851!!). En segundo lugar, es el libro más hermoso de todos los que tengo. Encuadernado en tela recia y tintada de un delicioso azul antiguo y gastado con motas verdes, con un dibujo de un diablo en la portada y en el lomo. Una verdadera delicia.

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Aprovecho para poner alguna de las definiciones de Bierce:

fisiognomía, s. Arte de determinar la personalidad de otro mediante los parecidos y las diferencias con la nuestra, que se toma como modelo de excelencia.

  índice, s. Dedo que se suele utilizar para señalar a dos malhechores.
 
  nihilista, s. Ruso que niega la existencia de todo, salvo la de Tolstói. El lider de esta escuela de pensamiento es Tolstói.

La conclusión, al menos desde mi punto de vista, es que hay libros muy hermosos pero que el amor sin más a un soporte (como el libro, el vinilo o lo que sea) acaba pareciéndose al coleccionismo: empiezas guardando cosas que te gustan y al final sólo las guardas por añádir una nueva pieza.

Algo que se puede aplicar a todos los placeres, por cierto, y en lo que hay que evitar caer. Por ejemplo, coleccionar una nueva entrada en esta página web; oel estúpido donjuanismo.

En general (siempre hay excepciones) no me gusta la fascinación por los soportes ni por las herramientas, sino lo que se puede hacer con esos soportes y esas herramientas. Si el libro de Bierce editado por el Círculo de lectores contuviera las Páginas Amarillas, creo que me gustaría muchísimo menos: cada vez que lo abriese sufriría una decepción: su belleza se debe precisamente al perfecto equilibrio entre lo que es y cómo es.

 

Izumi Kyoka y el mundo intermedio

Izumi Kyoka es un escritor japonés que vivió entre 1873 y 1939.

izumi kyoka

Kyoka influyó directamente en Kawabata y fue admirado por Yukio Mishima.

Tenía una interesante teoría acerca del momento que hay entre el día y la noche (y entre la noche y el día), que cuenta en su Tasogare no aji (El gusto o sabor de la media luz).

Me parece que en español no hay una palabra que sirva al mismo tiempo para el amanecer y el atardecer. En inglés se emplea twilight para el atardecer o crepúsculo y dawn para amanecer o aurora, pero creo que twiligth tiene también un sentido un poco más amplio, al poder ser traducido por "media luz" o algo parecido. Si me refiero a cómo se dice en inglés es tan sólo porque estoy leyendo el texto de Izumi en una traducción inglesa. Yo usaré "media luz" o "mundo intermedio" para referirme a lo que menciona Kyoka.

Decía Izumi que mucha gente considera que es lo mismo el atardecer y el anochecer (twilight y dusk en la traducción inglesa), pero que eso es un error:

"Cuando hablamos de anochecer, la sensación del color de la noche, del color de la oscuridad es dominante. Sin embargo, atardecer no es ni el color de la noche ni el de la oscuridad. Y tampoco es una sensación de día ni de luz."

El atardecer, pues, no es día ni noche, pero tampoco una mezcla de ambos. Y lo mismo sucede con el amanecer. Ambos momentos, el que está entre la noche y el día, y el que está entre el día y la noche, tienen en común una sutileza en las sombras:

"Considero un gran error que la gente piense que no hay otros mundos que el de la noche y el día. Yo creo que hay sin duda un mundo singular, sutil e intermedio. He estado pensando que este gusto o percepción de la media luz, esta percepción del amanecer y el atardecer es algo que me gustaría mostrar al mundo."

Es decir, hay día, noche y el mundo intermedio o de la media luz.

Kyoka pensaba que esta percepción de un tercer mundo intermedio no se limitaba a añadir una tercera posibilidad a la dicotomía día/noche, sino que se aplicaba a más cosas:

"Creo que sucede algo parecido en relación con todas las cosas del universo, entre las que se hallan mundos más sutiles. Por ejemplo, la gente considera el bien y el mal de una manera semejante al día y la noche, pero entre ese bien y mal, existe un espacio más sutil que no deberíamos dejar destruir, que no debemos dejar que desaparezca. En el momentáneo espacio de moverse entre el bien y el mal, los seres humanos desarrollan singulares sentimientos y formas. He estado pensando que me gustaría mostrar con mis trabajos un mundo de singularidad intermedio, un gusto por la singularidad intermedia, que no está ni en los extremos del bien o el mal, lo correcto o lo incorrecto o el placer o el dolor".

Creo que es interesante lo que dice Kyoka, y lo es más todavía para los aficionados al mundo y a la historia japonesa, pues Kyoka vivió en la era Meiji (1868-1912), que es precisamente una época intermedia, de media luz, entre el japón feudal del Shogun y el Imperial que entonces se inició.

El Japón de la Restauración Meiji es un mundo lleno de sombras complejas y sutiles, de matices, de dudas, de cambios y de miedos y, quizá por ello, fascinante. Mientras que China en esa misma época no pudo transformarse y entró en una grave crisis acosada por sus conflictos interiores y las amenazas exteriores de los países occidentales, Japón logró, en muy poco tiempo, convertirse en una potencia mundial, participando incluso en el saqueo y rapiña del inmenso territorio chino.

Para ello tuvo que abolir el feudalismo y la clase de los samuráis, proclamar una constitución en 1889, crear un sistema parlamentario bicameral y, al mismo tiempo, divinizar al emperador, que hasta entonces era un títere en manos de los shogunes. También creó una religión de estado basada en el antiguo shintô. Todo esto, y mucho más, fue hecho en apenas treinta años.

Cuando las sombras sutiles de ese mundo intermedio desaparecieron, tal vez hacia 1902, lo que se pudo ver fue a Japón situado en pie de igualdad con las temidas y voraces potencias occidentales:

"Se había acostumbrado a pensar en Japón como un país bárbaro, aunque sólo florecieran en él artes pacíficas. Y Occidente le concede la categoría de civilizado cuando extermina sin piedad a la población de Manchuria".

(Kakuzo Okakura, El libro del té)

Los textos de Kyoka los he tomado del libro de Gerald Figal Civilization and Monsters: Spirits of Modernity in Meiji Japan Aunque Kyoka es considerado uno de los escritores más importantes de la literatura japonesa, creo que en español no se ha traducido ningún libro suyo, pero seguro que están a punto de aparecer varios.

 

Kyoka y el casamiento

En otro lugar de esta red, comparé a Steven Pinker y William James en relación al tema del adulterio y la fidelidad. Kyoka, en un texto escrito probablemente a finales del siglo XIX o principios del XX, resulta, como James, más progresista que el rancio pensamiento actual:

"Suicidio de amantes, fuga de amantes, expulsión del hogar paterno, son todas expresiones del amor; habría que considerarlas venturosas y dignas de felicitación y regocijo para sus protagonistas. Pero, para la sociedad, son tan sólo hechos lamentables. El casamiento tiene lugar sólo por la ceremonia, por la expresión escrita, no porque haya amor. Se encuentran el varón y la mujer, y elevan sus copitas, sólo eso. Si la persona todavía no se ha casado, tiene libertad en el allí, como aquí,


   Reza el refrán "En el amor no hay jerarquías". No obstante, si alguien ama a alguien, otro sentenciará que eso está mal. Una vez que se casa, la mujer no es ya una dama sino un tipo dentro del género femenino, llamado "esposa". Otros ya no podrán amarla, no porque no puedan, sino porque la sociedad no lo permite. Se le imposibilita a ella amar. Vale decir que el casamiento reconocido por la sociedad es una penalidad cruel, perversa, que somete al amor y la mujer. Lo aplasta y quita libertad.

"Siempre se ha dicho que una mujer hermosa tiene vida desdichada: lo que sucede es que la sociedad la condiciona de ese modo. Si no existiera eso que designan como casamiento, ¿qué mujer bella tendría una vida desdichada? ¿Acaso luchas, pérdidas, desilusiones, suicidios, padecimientos, todas estas palabras terribles no son consecuencias del casamiento?

"Repito: lo que nosotros, los seres humanos, llamamos Amor que sustenta la vida no es algo que pueda lograrse con el matrimonio. Los seres humanos hacen de la muerte un dolor absoluto. Y así como no se debe morir contento por la patria, lo mismo sucede con el casamiento. Tantos inocentes no deberían, cumpliendo esta ceremonia de celebración, sacrificar su vida por la sociedad"

izumi kyoka Comparación entre Pinker y William James

El texto de Izumi Kyoka lo he encontrado en Hotel Celine

martes 18 de abril

 

 

 

Samuel Johnson y la verosimilitud

Decía el célebre crítico Samuel Johnson:

“Hay muchos, y el afán de conservar mis amistades no me permite citar nombres, que acuden al teatro con la crítica ya escrita. Entre ellos se cuentan los que abusan de algo tan razonable como es sin duda la verosimilitud. Pero, ¿acaso no exige el disfrute de la ficción una cierta cesación de la exigencia de verosimilitud? No sería más conveniente que imitáramos a los niños y suspendiéramos el juicio como escépticos antiguos cuando vamos al teatro?
  El temperamento crítico es sin duda elogiable, y gracias a la necesidad que de él tiene nuestra sociedad yo me puedo permitir contar con el apoyo de suscriptores que sostienen mis empeños literarios, pero el placer casi siempre está reñido con el juicio severo. Presumo yo más bien de poseer en un solo cráneo dos cerebros: un cerebro isabelino que se entrega a Shakespeare sin hacerse preguntas que no sean las qué el mismo me quiere sugerir y otro cerebro, que vive en el presente, en este siglo de plomo y academias, y que observa escondido, pero que no interviene hasta que ha llegado su momento.”

Y decía Iván Tubau en un comentario:

"Samuel Johnson, de quien tantas cosas me gustan, empezando por aquello del patriotismo como último refugio de los canallas (scoundrels), epíteto que a veces yo sustituyo por "pobres de espíritu", que me parece más acorde con lo que es un patriota.
   Pero no estoy de acuerdo, en cambio, con eso que le atribuyes tú, algo así como que ante la ficción conviene que suspendas un poco tu exigencia de verosimilitud. Al contrario. Es la ficción (novela, teatro, cine) la que necesita ser verosímil. La realidad (que es lo que refleja el periodismo, sobre todo el menos embustero, que es el televisual) lo que necesita es veracidad. Lo contrario de la verosimilitud, que como su nombre indica quiere decir mentira que aparenta ser verdad, vero símil, es decir falsificación.

  Esto ahora lo dice mucho Arcadi [Espada], que supongo que pasa para muchos por ser el padre de tan brillante contraposición. Pero basta buscar en Periodismo oral, que publiqué en 1993 (aunque la que circula es la cuarta o quinta reimpresión) para comprobar que yo lo dije primero.

   No obstante, desde Cercas (que a Arcadi le parece el ejemplo supremo de lo que no se debe hacer) lo que se lleva en literatura es mezclar autobiografía (con el pasado visto desde el presente de modo explícito) y recursos de ficción relativa. Ejemplos recientes, lo de Todó en catalán (El mal francès) y lo de Gim en castellano (Interludio azul). O lo que yo empecé a escribir en febrero en el Mar Menor, antes de que se publicara lo de Todó y lo de Gim. Siempre me adelanto pero llego tarde.

  En fin: ya lo había descubierto Stendhal, no solo en la Vie d'Henry Brulard."

No sé muy bien cuál es el motivo de desacuerdo.

Lo verosímil, vero simil, como tú, Iván, indicas por si hubiera duda, es lo que imita la verdad.

En el periodismo se exige lo veraz, como tú también indicas.

A la ficción lo que se le aplica es la verosimilitud.

Por supuesto, esa es la idea que casi todos compartimos, antes de Arcadi Espada, antes de tu extraordinario libro Periodismo cultural (quizá yo la adquirí allí por primera vez), y antes de Stendhal y su Henry Brulard, pues ya lo pensaba Aristóteles.

También, por supuesto, lo sabía Samuel Johnson. Pero si él ataca las nociones comunes de verosimilitud no es por ignorancia, sino más bien por todo lo contrario.

En realidad, Samuel Johnson decidió defender a Shakespeare contra sus enemigos más insistentes: los verosímiles (Hitchcock también habla a menudo en su entrevista con Trufaut de "nuestros amigos los verosímiles").

Tuvo tanto éxito Johnson, que dio inicio a un nuevo culto: la bardolatría, el culto a Shakespeare.

Los verosímiles, entre ellos Voltaire, reprochaban a Shakespeare no serlo: en su teatro había cosas que no parecían verdad.

Al periodismo le corresponderá, como tú dices intentar ser veraz, pero en la ficción se aplica la verosimilitud: se intenta que lo que se ve o se lee parezca verdad. Ahora bien, resulta que el teatro de Shakespeare no es verosímil: hay cosas que no parecen verdad.

Decían los críticos, en palabras de Johnson:

"Si el espectador advierte que el primer acto se desarrolla en Alejandría, no podrá creer que el segundo suceda en Roma... sabe con certeza que él no ha cambiado de lugar y que ese lugar no puede haber cambiado por sí solo; que lo que era una casa no puede convertirse en una pradera, y que lo que fue Tebas jamás podrá ser Persépolis."

Johnson dio una respuesta a los partidarios de la verosimilitud que se ha hecho célebre:

"Lo cierto es que los espectadores no pierden nunca el buen juicio y saben, desde el primer acto hasta el último, que el escenario es sólo un escenario y que los actores son sólo actores... ¿Por qué es absurdo admitir que un espacio pueda ser primero Atenas y luego Sicilia si siempre se ha sido consciente de que no es ni Sicilia ni Atenas sino un teatro moderno?"

Es decir, el espectador no exige en el teatro la misma veracidad o verosimilitud (luego aclaro esto) que se le puede exigir a un periodista o a un amigo que cuenta algo que sabe "de muy buena tinta", sino que rebaja esa exigencia.

Es decir, el espectador no exige en el teatro la misma veracidad o verosimilitud (luego aclaro esto) que le puede exigir a un periodista o a un amigo que le cuenta algo que sabe "de muy buena tinta", sino que rebaja esa exigencia.

Pero los verosímiles siempre aparecen y reaparecen con su exigencia de que parezca que las cosas son verdad.

El movimiento Dogma 95, liderado por Lars Von Triers, también busca que el cine recupere la verosimilitud perdida, por ejemplo con su exigencia de usar cámara en mano. Con algunas de sus normas caen, sin embargo en inverosimilitudes mayores, porque lo inverosímil es que los personajes vean las cosas como las ve una cámara en mano: nuestro cerebro posee unos estabilizadores de imagen asombrosos y no vemos las cosas saltando todo el rato.

Se me dirá que claro, pero que lo que Dogma quiere mostrar es que aquello no es la realidad sino, la realidad filmada por una cámara. A eso la réplica es todavía más contundente: ninguna realidad se desarrolla de esa manera cuando hay una cámara delante.

En efecto, los actores, incluidos los de Dogma, fingen que no está la cámara, así que, si de lo que se trata es de ser verosímil, con eso estamos exigiendo la mayor de las inverosimilitudes.

En fin, todo, esto se podría enredar más: "Es que nosotros sabemos que el actor finge y el actor sabe que nosotros sabemos que el actor finge", pero aquí nos adentramos, no en el campo de la defensa de la inverosimilitud, sino en el del ingenio dialéctico.

El texto que cité es un comentario de Johnson a Boswell en la célebre Vida de Johnson, considerada la mejor biografía de la historia, en el que comentan precisamente el párrafo discutido.

Ahora bien, y sólo como apunte, porque esto nos mete en un terreno muy interesante pero complejo: la verosimilitud no es algo que exista en alguna especie de cielo platónico y que podamos coger así como así y decir: mira aquí tienes un trozo de verosimilitud y aquí un trozo de veracidad. Lo verosímil es lo que parece verdad. A veces parece verdad y, además, lo es.

La noción de verdad de Tarski dice:

"La hierba es verde" es verdad si y sólo si la hierba es verde.

[Me perdonarás, Iván, que en este caso haya puesto comillas, porque son imprescindibles].


Tomás de Aquino

Tomás de Aquino opinaba casi lo mismo que Tarski: "Veritas est rectitudo rei intelecto" ("La verdad es la adecuación entre la cosa y el pensamiento"), fundamentando así el sano realismo cristiano (que sólo exime a su Dios de ese examen o adecuación).

Si yo le digo a una amiga que he ido a un prado vecino y he visto que la hierba era verde, mi afirmación le parecerá verosímil. Si se acerca al prado, comprobará que, efectivamente, la hierba era verde y que yo no sólo he dicho algo verosímil sino que además he sido veraz.

Ahora bien, si le digo que en ese prado la hierba es roja, como en la novela de Boris Vian, mi amiga pensará que lo que le digo no es verosímil. Y, si se acerca al prado comprobará que, como ella sospechaba, no era verdad, era inverosímil, y además falso. Pero podría suceder que alguien haya pintado la hierba de rojo y que mi amiga descubra que mi inverosímil frase era sin embargo veraz.

Hay que tener en cuenta que lo verosímil, y eso nos lleva a lo que quiere decir Johnson en su frase, no se refiere casi nunca a la correspondencia entre lo que mostramos en una obra de ficción y la realidad, sino a la correspondencia entre ciertas convenciones y eso que se muestra.

Si en una película aparece un soldado diciendo que es un ejército no nos lo creemos: vemos que allí no hay un ejército, sino un soldado. Sin embargo, si en el teatro aparece un soldado y dice lo mismo, lo aceptamos, porque eso forma parte de las convenciones de verosimilitud del teatro.

Por eso dice Shakespeare en su prólogo a Enrique V:

"Pero todos vosotros, nobles espectadores, perdonad al genio sin llama que ha osado llevar a estos indignos tablados un tema tan grande. Este circo de gallos, puede contener los vastos campos de Francia? ¿O podríamos en esta O de madera hacer entrar solamente los cascos que asustaron al cielo en Agrincourt?".

Afortunadamente, esa inverosimilitud (eso es lo que dice Johnson y lo que digo yo), puede ser olvidada si el público pone algo de su parte y acepta jugar al juego que se le propone. También lo dice Shakespeare:

"Suplid mi insuficiencia con vuestros pensamientos. Multiplicad un hombre por mil y cread un ejército imaginario. Cuando os hablemos de caballos, pensad que los veis hollando con sus soberbios cascos la blandura del suelo, porque es vuestra imaginación la que debe hoy vestir a los reyes, transportarlos de aquí para allá, cabalgar sobre las épocas, amontonar en una hora los acontecimientos de numerosos años."

No debemos confundir, por otra parte, la exigencia de la verosimilitud con la certeza de que algo es verdad. Un periodista es veraz, y en tanto que veraz será verosímil (aunque todos sabemos que no es tan sencillo, porque cosas muy veraces no parecen en absoluto verosímiles).

Por otra parte, se da en todo el argumento un error conceptual que no he querido aclarar antes para no resultar confuso. Es esa idea de que el periodismo debe ser veraz y la ficción sólo verosímil.

Es cierto, pero sólo si se expresa con precisión.

El periodista ha de ser veraz. Esa es una norma de su oficio, de eso que se llama "normas deontológicas".

Un testigo en un juicio también ha de ser veraz, porque, si no lo es, puede ser procesado por falso testimonio (el periodista raramente se ve expuesto a este peligro).

El escritor de ficción no tiene por qué ser veraz. Le basta casi siempre con ser verosímil.

Hasta aquí de acuerdo.

Ahora bien, una cosa es todo esto que se exige a los periodistas, a los testigos y a los novelistas, y otra cosa muy distinta, lo que las cosas le parezcan al juez, al espectador o al lector.

Cuando yo leo un artículo de un periodista contándome algo que ha pasado en Afganistán, no sé si es veraz o no, sólo sé que me parece verosímil o inverosímil.

Lo mismo opino del testimonio de un acusado: no puedo certificar que es veraz (si así fuera para qué diablos se necesitaría su testimonio); tan sólo puedo opinar que resulta verosímil.En ciertos casos, el abogado contrario puede mostrar que, además de verosímil, es verdad, o que no lo es: por ejemplo aportando una prueba incontrovertible que también sea incompatible con ese testimonio.

Cuando juzgo una obra de pura ficción, a menudo aplico el criterio de la verosimilitud, a pesar de que sepa que es todo mentira desde el principio, y puedo llegar a decir: "me resulta absolutamente inverosímil que este personaje diga esto después de lo que dijo en la escena anterior."

En resumen, una cosa es lo que se le exige a un periodista o a un novelista y otra lo que nos parezcan sus productos o propuestas. En este sentido, tan verosímil o inverosímil nos puede parecer una crónica de Arcadi Espada que pretenda ser veraz, como una novela de ciencia ficción que nunca lo pretenda.

Ya he dicho, sin embargo, que el asunto de la verosimilitud es muy escurridizo y depende de demasiados aspectos, que no voy a enumerar ahora.

Pero es que incluso la exigencia de verosimilitud es discutible: Alicia en el País de las maravillas no es verosímil en ningún momento, ni siquiera en los términos más generosos de la verosimilitud literaria, y ello no impide que sea una de las obras maestras de la literatura universal, al menos en mi opinión, pero también en la de gentes amantes de la verosimilitud como el científico y cazador de inverosimilitudes paranormales Martin Gardner, quien se dedica a demostrar que cosas de apariencia inverosímil, como que dos niños doblan cucharas con la fuerza de su mente, son, además de inverosímiles, falsas.

Las cosas que nos muestran los periodistas, los testigos y los autores de ficción nos pueden parecer más o menos verosímiles. Otra cosa es que, además, sean veraces.

Yo no apostaría mi cabeza (perdón por la frase hecha) exclamando al leer una crónica periodística llegada desde Afganistán: "¡Esto es verdad!"; como mucho diría "Esto es muy verosímil", y así nadie podría exigirme el pago en caso de que se comprobara que era mentira.

Y dejo casi sin tratar uno de los aspectos más problemáticos del asunto: a veces la realidad no es verosímil y a veces un testimonio veraz de esa realidad parece inverosímil.

Termino sin la certeza de haber atinado en mi respuesta, porque mi duda acerca de a dónde disparas me hace temer que quizá ni tú, por un lado, ni Johnson y yo por el otro, estemos apuntando a la misma diana.

Otra cosa es que tu exigencia de verosimilitud para la ficción sea cercana a la que tienes para el periodismo. Tal vez te refieras a eso, y en ese caso se puede discutir, y de hecho se hace muy a menudo, acerca de la exigencia particular y tremendamente subjetiva de verosimilitud que cada cual le pone a su placer como espectador, que es a lo que se refiere Johnson (y yo a través de él).

 

Algunos retratos de Goethe

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Sereno, con una leve melancolía que ya no es la del joven que inició el movimiento romántico, sino la del hombre que ha regresado a la época clásica y se siente como en casa entre los restos del gran arte de la Antigüedad. Apoyado sobre las venerables ruinas, casi como una madame Recamier en una chaisse longue, con una mano casi sensual que descansa junto a la rodilla, mientras que la otra se deja caer, pero sin abandonarse del todo, mostrando en el índice la voluntad vigilante del hombre que es consciente de todo lo que hace y que dirige su vida con paso firme, proporcionando incluso a la posteridad la imagen que desea se conserve de él.

La mirada y el gesto de los labios muestran al mismo tiempo seguridad en sí mismo y disposición a escuchar a los demás, una tolerancia movida por la misma cortesía y sentido de la oportunidad que le hace usar una capa para proteger su vestimenta de las incomodidades del viaje y el polvo inevitable de las ruinas.

En el cielo, algunas nubes oscuras que se alejan y comienzan a ser vencidas por el azul limpio y claro que, precisamente, rodea su cabeza y casi parece nacer de ella, como una metáfora de su cortesía de escritor y filósofo: la claridad y la sensatez.

Como único detalle fuera de tono puede señalarse el sombrero de ala ancha, mal calzado en su cráneo poderoso, lo que quizá se deba más a un error del pintor que al descuido de su propietario.

Goethe quiso dejar esta imagen a la posteridad en un momento muy importante de su vida: durante su viaje a Italia, que fue la confirmación de que su espíritu era clásico y no romántico.

Es una imagen muy distinta de la que de él tenían muchos de sus contemporáneos, no sólo en sus inicios, cuando era el más destacado romántico del movimiento Sturm und Drag, sino incluso después de que se alejara y renegara del romanticismo.

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El joven Goethe romántico

En su Viaje a Italia todavía se adivinan pasiones subterráneas, que su discreción le obliga a censurar, pero también le vemos entusiasmarse una y otra vez, ansioso por aprender de todo y de todos, más discípulo que maestro, pero, al mismo tiempo, celoso de su intimidad, de su independencia, reacio a regresar a Alemania, porque ello le obligará a retomar cargos y deberes. Intrépido e incluso temerario en su visita al Vesubio.

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Busto de un Goethe de 32 años (1881), que tal vez imita, a un Voltaire joven, pero también a un joven atleta grecorromano melancólico

 

Retrato de un retrato

Antes he hecho una larga descripción del retrato que Tischbein hizo de Goethe. Describí el cuadro por dos motivos: primero, para mostrar que se puede hacer una descripción bastante convincente y que, al mismo tiempo, esa descripción puede ser fundamentalmente falsa.

Es un procedimiento que se emplea a menudo: se elige una fotografía, un retrato o un paisaje, el que más se ajusta a nuestros intereses, y se convierte en símbolo y arquetipo de la persona o cosa representada. Todo lo que vamos describiendo parece probar nuestra opinión, pero en realidad sólo seleccionamos lo que coincide con ella.

En vez de decir que el cielo en el cuadro de Tischbein parece abrirse paso entre las nubes tormentosas a partir de la cabeza de Goethe, bien podría haber dicho que es la tormenta la que se precipita sobre Goethe, amenazando con sumergirlo en las tinieblas, lo que se acentúa por la presencia de las ruinas, y sobre todo las ruinas del castillo, que remiten a la época romántica, amenazas de las que no podrá protegerle esa capa de viajero que ya ni siquiera le cubre entero, pues una pierna impaciente asoma y la mano sobre la rodilla parece dispuesta, en un gesto decidido, a apartar a un lado el manto y liberarse; del mismo modo que la cabeza parece querer liberarse del artificio del sombrero, ya apenas sujeto en un equilibrio imposible.

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Una imagen más sencilla del Goethe italiano en un dibujo hecho también por Tischbein y que le muestra, sin duda, de manera más fiel, alejado de la pose.

 

Es facil retorcer cualquier imagen, dirigiendo toda la luz de nuestro análisis al punto que más nos conviene. Es lo mismo que hacen los astrólogos cuando trazan la carta astral de Napoleón: "Saturno en el ascendente marca la guerra y el éxito, pero Urano en la casa Doce señala el riesgo de una ambición sin límites; Venus junto a Marte en Piscis indican infidelidades de alguien muy próximo..."

Una vez que conocemos algo, es sencillo interpretar todo lo que vemos en función de nuestros ya adquiridos prejuicios.

 

   El Goethe póstumo

Pero la imagen actual de Goethe no se corresponde exactamente con la que él quiso dejar a la posteridad en su viaje a Italia, sino con la de un hombre ya en la vejez. La del árbitro de la cultura de Weimar, el amigo de nobles y poderosos, el maestro al que acuden todos los filósofos, poetas y literatos de Alemania.

Goethe

 

Es una imagen más fácil de ridiculizar, con el pecho cargado de medallas y condecoraciones, la piel blanda y rosada como la de un lechón. Esta es la imagen de Goethe que la posteridad de sus enemigos ha elegido. Un hombre del sistema, que prefería la injusticia al desorden. El hombre que se pasaba las tardes hablando con Eckerman y con los príncipes.

Lejos está ya el Goethe que provocó el suicidio de decenas de jóvenes que leyeron su Werther, el libro que Napoleón siempre llevaba encima.

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Goethe con la mano en el pecho, tal vez contando los latidos de su corazón tras leer la carta que sostiene en la otra mano.

 

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Cualquiera pensaría, viendo está imagen de Goethe
a los 44 años, y también la anterior, que Goethe imitaba a Napoleón, pero en todo caso sucedería lo contrario.

 

Lejos de ese Goethe gran señor de Weimar queda ya el infatigable viajero y el científico inquieto, el actor y el seductor. Lejos el joven de treinta y cinco años que contempla la silueta del rostro de una mujer y que, de nuevo, apoya un brazo y deja caer una mano casi lánguida.

Goethe

 

Y, sin embargo, hay algo que coincide en todas las imágenes de Goethe, tal vez los ojos tan abiertos, que nunca se cansan de mirar un poco más lejos, que revelan que él también es Fausto, pero que él no llegará a entregar su alma al diablo de la conformidad diciendo: "¡Detente, instante!".

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Goethe y sus personajes, entre ellos Fausto

 

Las imágenes de Goethe

Tal vez sea una frase apócrifa, pero se dice que lo último que Goethe dijo en su lecho de muerte fue: "¡Luz, más luz!".

Sí, probablemente la frase no esconde el sentido oculto que algunos han querido buscarle, quizá fue simplemente una petición de luz en un cuarto en el que sus poderosos ojos ya no veían más que sombras, o un último intento por no ser sumergido definitivamente por la sombra.

Las imágenes, los retratos, y en su caso son muchos, congelan un momento en la vida de Goethe, pero pueden ser también engañosos.

Hay que recordar que un Goethe maduro parece renunciar a casi todo, y más que nada a la pasión, y para certificarlo escribe Las afinidades electivas. Pero años después, ya casi anciano, olvida todos sus propósitos sensatos, se enamora como quizá nunca antes lo estuvo, y escribe La elegía de Marienbad. De pronto le vemos de nuevo, sin condecoraciones, como un anciano vestido a la manera del joven Shelley.

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Goethe no fue nunca previsible en vida y casi siempre escondió su juego. Tan sólo la muerte permitió que lo clasificaran aquí o allá. Parecía compartir la doctrina de los ilustrados romanos de la época final de la República, como César y Cicerón. Eran todos ateos en privado, pero consideraban, como después lo hicieron Robespierre y Napoleón, que esas creencias o falta de creencias había que mantenerlas en privado, casi en secreto.

Goethe, que fue casi sin ninguna duda un panteísta toda su vida, se mantuvo casi siempre discreto en las cuestiones religiosas. Pero tampoco se le puede acusar de hipócrita, pues al menos no hizo proselitismo de aquello en lo que no creía. Nunca escribió loas a los príncipes a la manera de la Henriada de Voltaire. Pudo haber sido una fuerza formidable al servicio de la Revolución, por la que sintió simpatías en su momento ( "los levantamientos revolucionarios de las clases bajas son consecuencia de la injusticia de los grandes"), si no hubiese sido porque la sucesión de acontecimientos que llevaron desde la Revolución hasta el Terror, enfrió el entusiasmo de cualquier persona sensata que no estuviera sedienta de sangre, incluído el marqués de Sade, al que Robespierre condenó por moderantismo.

Pero, incluso estando al servicio de los poderosos en su vejez, siempre mostró tolerancia y curiosidad por lo que era distinto. Admiró El sobrino de Rameau, de Diderot, como arma contra el nacionalismo y el catolicismo de los románticos. Él fue el responsable, con su Diwan de oriente y occidente, del interés por los poetas persas y árabes, y especialmente por Hafiz, que el gusto moderno occidental ha olvidado en favor de Jayyam. Se interesó por todas las culturas sin excepción y se entusiasmó en su vejez clásica por el mayor de los héroes románticos, Byron, al que no pudo conocer, como habían previsto, a su regreso de Grecia, porque Byron no regresó. Convirtió a Byron en un personaje de su último Fausto, Euforión, y volvió, en cierto modo, a ser romántico en su vejez, tal vez por su amor a la acción, que para él lo era todo.

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La imprevisibilidad de Goethe, su antipatía ante cualquier idea simple, y especialmente hacia el nacionalismo, ha hecho imposible que pudiera ser utilizado por nadie. Los nazis pudieron apropiarse con facilidad del salvaje Nietzsche, pero no pudieron sumar al sensato Goethe a sus aliados intelectuales. En el diccionario del nazismo, Goethe apenas ocupa un párrafo incómodo, porque no pudieron dejar fuera a la personalidad más poderosa que ha dado Alemania, pero tampoco pudieron encontrar casi nada que coincidiese con sus ideas. En su universalismo, fue varias veces traidor a su patria.

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Goethe a los 83 años, el último año de su vida

 

Goethe fue siempre un ciudadano del mundo y un europeo en una época en la que Europa todavía estaba inmersa en continuas guerras civiles. En su nombre es muy difícil instaurar ningún tipo de régimen intolerante, nacionalista o dogmático, ni siquiera uno que se basara en la europeidad, porque Goethe miró, y muchó, más allá. Por eso, entre las muchas imágenes de Goethe, una de las que más me gusta es aquella en la que se le ve mirando la calle desde una ventana italiana.

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Goethe en Roma, por Tischbein

 

Goethe no es, como se repite a menudo, ni el mejor escritor, ni el mejor filósofo ni el mejor científico de Alemania, pero es la figura más deslumbrante por su curiosidad insaciable, faústica. Y tal vez una de las más incomprendidas, porque es difícil entender o llegar a querer a alguien que nos mira casi siempre desde un pedestal.

Para entender a Goethe, hay que pasar por encima de muchas de las imágenes que él dejó, a propósito o sin querer, a la posteridad. Y también hay que olvidarse de las preferidas de quienes lo situaron en un pedestal o lo derribaron de él.

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Bajo el pedestal de Goethe, en Viena

 

Casanova, segundo acto

 

Casanova

 

Goethe decía: “No hay que ser como los griegos. Hay que ser griego”. Algo parecido se podría aconsejar a quienes en su vejez pretenden recordar los hechos de su juventud.

Casanova comienza a escribir sus Memorias a los setenta y dos años, “cuando puedo decir Vixi a pesar de que todavía vivo”. Vixi era la fórmula que empleaban los romanos para anunciar que alguien había muerto: en vez de decir “Ha muerto”, decían: “Ha vivido”.

Cuando alguien escribe una autobiografía a los setenta y dos años, el lector puede preguntarse, con toda razón, si ese viejo que escribe puede entender al joven cuyas aventuras cuenta, a ese joven con el que comparte el mismo nombre, pero no los mismos sueños, ni los mismos deseos; ni siquiera, si somos estrictos, el mismo cuerpo, puesto que cada veinte años todas nuestras células se renuevan.

Una manera de evitar esta dificultad es no esperar a ser viejo para contar la juventud. En Japón existe un género literario, que cobró especial importancia tras la Segunda Guerra Mundial, que se llama memorias de juventud. No había por qué esperar a la vejez para escribir las memorias, la edad ideal podía ser en torno a los veinte años. La más famosa de estas tempranas memorias, al menos para los lectores occidentales, es Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima, quien llevó el libro a los diecinueve años al editor anunciando que esa era su “primera autobiografía”.

 

La memoria de los ancianos

Aunque se espere hasta los setenta y dos años para escribir las memorias, es posible que uno haya pasado toda su vida pensando que cuando sea viejo las escribirá. Tampoco parece ser este el caso de Casanova, pues él mismo cuenta que la idea de escribir sus memorias nunca se le ocurrió antes de ser anciano:

“Digna o indigna, mi vida es mi materia. Como la he vivido sin pensar jamás que un día pudiese sentir el deseo de escribirla, tal vez tenga un carácter interesante, que no hubiera tenido, indudablemente, si hubiera vivido con la intención de escribirla en los años de mi vejez, y, más aún, de publicarla”

Esta falta de propósito memorialístico de Casanova durante su vida parece justificar la fama de poco fiable que le atribuye la posteridad. En lo que se refiere a los datos concretos de su vida, ha sido habitual considerar al aventurero veneciano un farsante, una persona demasiado imaginativa o, cuando menos, un escritor exagerado y pretencioso. Durante mucho tiempo las Memorias fueron consideradas como una obra de pura ficción, y se atribuyeron a diversos autores, entre otros a Stendhal, que siempre mostró su admiración hacia la obra y el autor.

Sin embargo, el propio Casanova cuenta que conservó a lo largo de su vida muchas cartas, billetes y anotaciones, que a menudo transcribe textualmente. Tal vez esta meticulosidad se debía a su profesión, a una de las profesiones de Casanova, pues parece fuera de toda duda que fue espía, y también miembro itinerante de la orden de los francmasones.

La mayoría de los investigadores actuales no comparten el escepticismo de sus predecesores acerca de la fiabilidad de la memoria de Casanova: en lo que todavía se puede averiguar, Casanova no miente casi nunca y además ofrece detalles de una asombrosa precisión. Así, dice que una mujer llamada “la Charpillon” vivía en Londres en la Dannemarck street Soho. Un tal Bleackley buscó en el siglo XX los registros de impuestos de esa calle durante los años 1763 y 1764 y encontró el nombre Decharpillon.  

 

Denmark street

La calle Denmark en el actual Londres (imagen de Google Maps)

 

Es cierto que los anteriores son recuerdos propios de una agenda o de un dietario: cualquiera puede tenerlos si se ha tomado la molestia de llevar un diario, de tomar notas, de guardar muchos recuerdos. Tal vez, pero lo difícil no es recordar lo que hizo aquél joven, sino cómo sintió aquel joven.

Al leer la Historia de mi vida de Casanova sorprenden muchas cosas, pero la que más llama la atención es constatar que ese viejo de setenta y dos años parece capaz de sentir y de ver el mundo como lo hacía aquel niño, aquél joven o aquél hombre maduro cuyas aventuras recuerda. Leyendo los cientos de páginas de las memorias de Casanova, podemos advertir cómo su carácter, el del personaje, no el del biógrafo, va cambiando capítulo a capítulo.

 

Las memorias de un melancólico

Casanova dice en el prefacio de sus memorias que a lo largo de su vida ha tenido todos los temperamentos:

“El colérico en mi infancia, el sanguíneo en la juventud; más tarde, el bilioso, y, por fin, el melancólico, que probablemente no me abandonará ya”.

Esto significa que la Historia de mi vida fue escrita por un melancólico y en consecuencia, podríamos esperar unas memorias melancólicas, pero no es así. Al menos no es así cuando no tiene por qué ser así.

Es cierto que el anciano Casanova que recuerda su vida a menudo comenta lo que está narrando y que se suceden las observaciones filosóficas o teológicas, las opiniones acerca de las ciudades o países que visita, las disquisiciones sobre el carácter de los hombres y las mujeres que conoce. Y también, de tanto en tanto, reflexiones sobre la fugacidad de la vida y el paso del tiempo que, por supuesto, son melancólicas, y que contagian también al lector ese sentimiento; pero esa melancolía desaparece enseguida, al iniciarse una nueva aventura del veneciano.

Del mismo modo, las desgracias que Casanova padece a lo largo de su vida nos inquietan sólo por un instante, porque sabemos que, unas páginas más adelante, nuestro héroe (¿pues qué es Casanova sino un héroe?), se recuperará y nos demostrará que: “si existe el placer y sólo se puede gozar de él estando vivo, la vida es dicha”.

 

 

La línea descendente

Después de una vida de placer y de aventuras, entre ellas su fuga de la prisión veneciana de los plomos, que admira a toda Europa, Casanova decide viajar a Inglaterra. Como en tantas ocasiones a lo largo de sus memorias, tampoco ahora nos explica el porqué de su viaje: Casanova es una de esas personas que tienen la buena costumbre de no hablar de su trabajo, probablemente porque su oficio de espía exige la mayor de las discreciones.

Quizá se trataba de una misión secreta al servicio de algún país europeo, o tal vez de una embajada de la orden de los francmasones.

Desde que desembarca en Calais, la narración adquiere un tinte peculiar. Al principio, lo atribuimos a la descripción de un lugar que es distinto a todo lo demás:

“Nada en Inglaterra es como en el resto de Europa: la tierra, incluso, tiene un matiz distinto, y el agua del Támesis, un sabor que no posee la de ningún otro río. Todo en Albión tiene un carácter especial: los pescados, los caballos, los hombres y las mujeres..., todo tiene un aspecto que sólo allí se encuentra”

Sin embargo, todavía pasa Casanova dos años en Londres antes de que nos anuncie de manera inesperada:

“Era a finales de septiembre de 1763 cuando conocí a la Charpillon, y fue desde aquel día cuando comencé a morir.”

 

Una vez hallada la fecha del inicio de su muerte, añade:

 “Si la línea perpendicular de ascensión equivale a la línea de descenso, tal y como ha de ser, hoy, primer día de noviembre de 1797, me parece que puedo contar con unos cuatro años de vida, que pasarán bien rápidos, según el axioma Motus in fine velocitor (El movimiento es más rápido al final).

Es decir, puesto que Casanova tenía 38 años en el momento en que conoció a la Charpillon y su vida llegó entonces a su cénit para empezar a descender durante otros 38 años, moriría a los 76 años. Pero su predicción no se cumplió: solo le quedaba un año de vida.

 

 

El fin del primer acto

“Confieso, ahora, con toda humildad, la metamorfosis que se operó en mí, en Londres, a la edad de treinta y ocho años. Fue la clausura del primer acto de mi vida. La del segundo se efectuó a mi marcha de Venecia, en 1783, y la del tercero tendrá lugar, al parecer, aquí, donde me distraigo escribiendo estas Memorias. Entonces acabará mi comedia en tres actos, y si silban, como muy bien puede suceder, espero no oírlo.”

En esta concepción de la vida como un teatro, que ha sido repetida entre otros por Shakespeare, Casanova ve que el telón que cierra el primer acto cae cuando conoce a la Charpillon en Londres. En el capítulo 11 del noveno libro de sus memorias, anuncia que va a contar cómo se cerro este primer acto y, en consecuencia, la metamorfosis de la que antes ha hablado.

Casanova y la Charpillon

Casanova intenta en vano seducir a La Charpillon(Ilustración de Leroux)

 

 

Quienes hayan leído Historia de mi vida enseguida se acordarán de la estremecedora historia de la Charpillon, que nos muestra a un Casanova desconocido y vencido, no porque no haya sido vencido una y otra vez, sino porque es una derrota que él se infringe a sí mismo.

Daré al lector algunos datos indispensables, pero hay muchos detalles que me niego a contar aquí, ya que existen personas infelices que todavía no han leído la Historia de mi vida y no es recomendable contar mal lo que su autor cuenta tan bien. Un error que cometió Kundera con Ningún mañana de Vivant Denon.

Casanova, cae en Londres en las redes de una mujer llamada la Charpillon. Esta es la primera transformación, pues el aventurero llega a la infamia, a la violencia y a todo aquello que siempre ha detestado, siendo conducido hasta el borde mismo de la locura.

Casanova y la charpillon

Casanova golpea a un amante de La Charpillon: "Entré y vi, en palabras de Shakespeare, al monstruo de dos espaldas sobre el sofá. La Charpillon y su peluquero."

 

Hay que decir, para explicar, pero no para justificar, el comportamiento de Casanova, que su enemiga es comparable a las temibles Erinias de Grecia, que torturaban a Orestes persiguiéndole, arañando su rostro y defecando en sus alimentos.  Si se quiere obtener una idea aproximada de la relación entre Casanova y la Charpillon, basta con recordar que Pierre Louÿs se inspiró en ella para escribir La mujer y el pelele, que fue adaptada al cine por Buñuel como Ese oscuro objeto del deseo.

Casanova y la charpillon

Casanova es detenido en Londres tras su intento de agresión a La Charpillon. Fue llevado ante el juez en la célebre corte de Bow Street. El juez era el ciego Jack Fielding, medio hermano y sustituto en la corte de Henry Fielding, autor de la célebre novela Las aventuras de Tom Jones, en muchos aspectos semejante a las memorias de Casanova. El ciego Jack dejó en ibertad sin cargos a Casanova tras escuchar a los testigos.

 

Como les sucedía a las víctimas de las Erinias, el aventurero veneciano acaba golpeándose a sí mismo: decide quitarse la vida. Casanova, el hombre que ama la vida por encima de todas las cosas, está dispuesto a perderla por su propia mano.

Cuando está a punto de matarse, algo se lo impide, pero, poco después, un nuevo accidente emocional conmueve la calma que empezaba a recuperar:

“La revolución que tuvo lugar en mí me hizo temer funestas consecuencias porque temblaba con todos mis miembros y tenía una fuerte palpitación de corazón que no me habría permitido mantenerme en pie, si hubiera querido.”

Y es entonces cuando se produce la metamorfosis:

“Por fin, como la crisis no pudo darme muerte, me prestó nueva vida. ¡Qué cambio tan prodigioso! Sentí que poco a poco volvía la calma a todos mis sentidos… poco a poco pasé, por decirlo así, por todos los matices que van de la desesperación al éxtasis.”

Éste es, pues, el cambio que cierra el primer acto de la vida de Casanova y que da inicio al segundo. El lector que quiera conocer más detalles, puede hacerlo en la obra de Casanova.

En cualquier caso, tras la crisis, se produce una metamorfosis que salva a Casanova de la locura y le devuelve a su verdadero ser.

¿O tal vez no?

 

 

El descubrimiento de Casanova

Casanova nos ha contado el momento y la manera en que se produjo su metamorfosis en Londres, pero seguimos ignorando en qué ha consistido ese tremendo cambio que cierra el primer acto de su vida. Nos hallamos así en una curiosa situación, pues sabemos que Casanova ya no es el mismo, pero no sabemos en qué consiste la diferencia con el hombre que era antes. La metamorfosis le salvó de la locura, pero ¿en qué le convirtió?

Dos años después de su estancia en Londres, y tras otro de los más dolorosos acontecimientos de su vida, Casanova se dispone a salir hacia España desde París: “gozaba de perfecta salud, y me parecía estar armado de un nuevo sistema”. Es entonces cuando, de nuevo de manera inesperada y brusca, vuelve a hacernos una confesión dolorosa:

 “Había perdido todos mis recursos; la muerte me había dejado aislado y comenzaba a verme en lo que se ha dado en llamar cierta edad, edad a la que la fortuna vuelve la espalda, por lo común, y a la que las mujeres no prestan excesiva atención”.

Casanova tiene entonces 42 años y ha descubierto, como dirían los romanos, que ha sido joven.

Casanova por Mengs

Casanova, probablemente con 42 años, por Mengs

 

Nosotros, que ya habíamos notado algo raro, que habíamos tenido avisos premonitorios del propio autor, pero sin llegar a sospechar la verdadera trascendencia del mal, no podemos hacer otra cosa que admitir que es cierto lo que él nos certifica con frialdad de experto. Pero lo cierto es que estamos tan sorprendidos como él.

En su viaje a España, y en sus posteriores aventuras, a veces todo parece ir contra él, aunque es cierto que tampoco faltan buenos momentos. Pero ya no se trata de lo que vive Casanova, sino de cómo lo vive. Ahora, cada vez que Casanova pasa unas horas agradables, o recibe las atenciones de una bella dama (¡y todavía entrarán muchas bellas damas en su vida!), lo primero que sentimos es tal vez gratitud por tratar bien, una vez más, a ese hombre que amamos tanto. Nos damos cuenta de que estos momentos se van a ir haciendo cada vez más escasos, y ya no podemos paladearlos de la misma forma que antes, porque el propio Casanova nos recuerda una y otra vez el cambio que se ha producido en él: “Comenzaba a desanimarme al ver que las mujeres no me acogían ya como antaño”.

 

 

El segundo acto de la vida de Casanova

Quiero presentar al lector una opinión que contradice la del autor de Historia de mi vida.

Casanova considera que la línea descendente de su vida se inicia cuando conoce a la Charpillon en Londres, pero yo creo que su trazo puede descubrirse desde que viaja a Inglaterra, mucho antes de conocer a su terrible enemiga.

Es un pequeño matiz, apenas uno o dos años, que no pretendo imponer o demostrar de manera irrebatible, porque no creo en la crítica literaria que despedaza los libros para hacer triunfar sus teorías.

La diferencia que establece este pequeño matiz o corrección es, sin embargo, importante. Casanova parece considerar toda la historia de la Charpillon como la causa de su transformación; a mí me parece que es, más bien, el primer síntoma grave de una enfermedad que se le manifestó por primera vez al cruzar el Canal de la Mancha. No se trata, por cierto, de ninguna enfermedad misteriosa, y es cuestión de tiempo que todos la padezcamos. Ya he hablado de ella antes: es, si no la vejez, sí la pérdida de la juventud.

Casanova nos dice que en Inglaterra se produjo una metamorfosis que dio inicio al segundo acto de su vida, pero no nos explica en qué consiste esa transformación.

Cuatro años después nos confiesa que ya no es joven.

En los cuatro años que van de uno a otro suceso, Casanova nos cuenta sus nuevas aventuras, una de ellas de final trágico, pero en ningún momento vuelve a hablar de su trasformación.

 

 

El argumento del silencio

Los arqueólogos y los historiadores a menudo elaboran curiosas teorías basándose en lo que se llama el argumento del silencio: si un elemento u objeto no se encuentra es porque no ha existido nunca; si un acontecimiento no se menciona es porque no ha ocurrido.

Los críticos literarios a veces caen en errores semejantes y consideran que si un autor no menciona una cosa es muy probable que le haya sucedido la contraria.

Pero, como resulta que el autor tampoco menciona la contraria (porque de ser así, no habría motivo para discutir), la razón fundamental para utilizar el argumento del silencio en favor de la opinión que sostiene el experto es simple y llanamente que él la sostiene.

Si un autor cuenta durante años sus aventuras amorosas y deja de contarlas de repente, se concluye que ha dejado de tener aventuras amorosas, sin considerar siquiera que existen un buen número de explicaciones plausibles. Por ejemplo, que ya no ha tenido amoríos interesantes, o que son tan interesantes que no le apetece hacerlos descender al papel. O simplemente que pospuso la escritura de esos recuerdos para un momento posterior y después no tuvo tiempo o ganas de escribirlos e insertarlos en su lugar. ¡Cómo si un autor pudiese contarlo todo!

Pero los expertos siempre creen saber más que las víctimas de sus estudios, sin advertir que es más lo que ignoran que lo que conocen. A lo largo de nuestra vida, y perdone el lector esta intromisión otras vidas en este escrito dedicado a la de Casanova, más de uno hemos tenido experiencias conmovedoras que, sin embargo, no conoce nadie. Sólo nosotros sabemos cuáles son, y si no nos decidimos a contárselas a alguien, o a escribirlas, nunca se sabrán. Lo que es más importante: algunas de las cosas que más nos han conmovido y que posiblemente han determinado en gran parte nuestro carácter, nuestra manera de sentir y nuestras opiniones, ni siquiera las recordamos.

Con Casanova nos hallamos ante una situación semejante. Durante cuatro años guarda silencio, sin explicar la diferencia entre el primer y el segundo acto de su vida. Transcurridos esos cuatro años, comienza a definir su vida como la de un hombre que ha perdido la juventud. Todo parece indicar que la transformación, el segundo acto de su vida y la pérdida de la juventud son tres maneras de referirse a una misma cosa.

Podría seguir discutiendo este asunto durante páginas y páginas, quizá para descubrir finalmente que Casanova y yo estamos de acuerdo. Pero es un trabajo no sólo inútil, sino indigno: hay que saber detenerse a tiempo.

Lo que es seguro es que es una lástima que no se cumpliera la predicción de Casanova y que su vida acabara antes de lo previsto porque sus memorias acaban sin siquiera llegar a ese tercer acto de su vida que, según él mismo anticipa, comenzó cuando pudo regresar a Venecia. Acerca de este tristísimo tercer acto, Arthur Schnitzler escribió una excelente novela Casanova, último acto.

 

 

La afrenta del tiempo

“Estaba entrando en la edad en que huye la fortuna, coqueta inconstante, de la que no obstante no debería quejarme, puesto que con tanta frecuencia me ha concedido sus favores, de los que, lo reconozco, siempre he abusado”.

Casanova, en su vejez en el castillo del Dux de Bohemia, ya “retirado del siglo”, como las monjas a las que antes seducía, dice que morirá de aburrimiento:

“enfermedad que puede ser resultado inevitable de mi carácter y de mi edad, dos cosas que están en oposición constante, puesto que la una es vieja y el otro se ha conservado joven como mis deseos”.

Se dicen muchas insensateces consoladoras acerca de que la edad está en el corazón, pero lo cierto es que el cuerpo tiene razones que la emoción, sobre todo la emoción ajena, entiende demasiado bien. Porque son los otros quienes primero nos llaman la atención sobre este hecho que, de no ser por ellos, quizá tardaríamos más tiempo en descubrir en los espejos:

“Un comentario que hizo durante nuestra conversación, relativo a que ya no veía en mí aquel aire juvenil que tenía durante mi estancia en Soleure, me hizo adoptar una norma de conducta que tal vez no habría observado de no haber sido por esto. En lugar de dejarme seducir por su belleza, me mantuve en guardia y, lejos de intentar renovar nuestra intriga amorosa, me dije:  ‘Mejor; como ya no he de aspirar al título de amante, seré su amigo y me haré digno de serlo también de su esposo’”.

Hay que empezar a renunciar. Se pretende menos porque se sabe que se podrá obtener menos. Además, ya no sólo dependemos de los otros, sino que tampoco podemos fiarnos de nosotros mismos:

“Cenamos bien y luego hicimos todas las locuras que ella quiso y yo pude, porque no estaba ya en la edad de hacer prodigios.”

Se suceden las renuncias: su caballo cae desde una altura de diez pies y él se golpea la cabeza con una gruesa piedra. Sangra mucho y piensa que va a morir, pero todo queda en un susto y en una nueva renuncia: “Esta fue la última vez que monté a caballo”.

Y otra renuncia más, ésta sin duda beneficiosa: “no estaba ya en esa edad en que el valor ciego no encuentra satisfacción más que en la punta de una espada.”

¿Se acabaron, pues, los galanteos constantes y las noches de amor, las peleas y los duelos, el placer de galopar, los excesos?

No. Todo eso seguirá existiendo, excepto lo de montar a caballo y, al parecer, los duelos, pero atenuado porque Casanova ya no encuentra en la vida el mismo placer que antes. Tras una jornada en el campo con un antiguo amor, escribe: “Aquella excursión a Sorrento fue mi último día de verdadera dicha” .

Todavía le quedan treinta años de vida.

 

 

La renuncia

- Vos habéis cambiado mucho también.
   - Sí, he envejecido.

 

El caballero de Seingalt, nombre que el autor de Historia de mi vida inventó para sí mismo, descubre que se está haciendo viejo. Ya no hace falta que se lo digan sus antiguas amantes:

“Yo tenía unos doscientos cequíes y cuarenta y cinco años: aún amaba al bello sexo, aunque con harto menos ardor; poseía más experiencia y menos valor para las empresas osadas, porque como mi aspecto era más de papá que de adolescente, consideraba que mis derechos no valían gran cosa y tenía pocas pretensiones”.

Algún lector puede pensar que Casanova atribuye demasiada importancia a la edad, al aspecto y al vigor físico. Para un sabio contemplativo, o para un budista que ha conseguido escapar de la prisión del deseo, tales cosas no tienen importancia, pero no es así para quienes todavía son capaces de desear. Cuando se ha disfrutado lo suficiente de la vida se sabe que existen ciertos placeres a los que es insensato renunciar si no es por obligación.

Nuestro cuerpo y nuestro rostro, cuando somos jóvenes, hablan a nuestro favor, a menudo sin razón, y luego, inesperadamente, se vuelven contra nosotros, probablemente también sin razón. Eso es un hecho, y negarlo una ingenuidad. El problema real es cómo llegamos a aceptar este hecho. Cómo empezamos a acumular renuncias una tras otra y cómo nos engañamos a nosotros mismos haciéndonos creer que lo hacemos porque es lo que queremos. Cómo intentamos no darnos cuenta de que, en la lucha contra el tiempo no se puede aplicar el dicho “Querer es poder”.

Casanova tampoco parece acatar los decretos de su cuerpo sin más, sino que intenta convertirlos en prerrogativas de su carácter:

“Aunque Agata era muy hermosa y estaba en la flor de la edad, no volvió a encender en mí el fuego que había ardido por ella. Esto cuadraba a mi carácter, y, además, yo tenía diez años más. Mi frialdad me agradó, porque prefería no sentir deseos de turbar la paz de un matrimonio feliz.”

Ahora el aventurero veneciano se preocupa por la felicidad de los matrimonios y se interesa cada vez más por un rasgo de las mujeres que, para ser justos con él, siempre le ha interesado:

 “Cuanto más avanzada era mi edad, más atraído me sentía hacia las mujeres por su ingenio, independientemente de cualquier otra prenda: se había convertido en el vehículo de mis sentidos debilitados. En los hombres de temperamento opuesto al mío, lo contrario es lo que sucede. El hombre sensual, al envejecer, solo busca la materia, mujeres doctas en el servicio de Venus, y ningún discurso filosófico.”

Dejo sin comentar lo del "temperamento sensual", porque esa noción no coincide enteramente con nuestras ideas actuales acerca del tema. Se remonta a la antiquísima clasificación de los caracteres y los temperamentos, que fue utilizada a lo largo de muchos siglos, a partir del esquema trazado por Teofastro, discípulo de Aristóteles, y, siglos más tarde, por La Bruyere. Pero no deja de ser curioso que los Inquisidores de Venecia, cuando encerraron a Casanova en Los Plomos, le acusaron, entre otras cosas, de “sensual”.

 Volviendo al caballero de Seingalt, parece que él es el primero en aceptar lo que le ha caído encima: “Estaba en esa edad en la que el hombre se resigna fácilmente a contemporizar”.

Ya se sabe, por otra parte, que hay que adaptarse a los usos sociales y vivir cada edad según las normas de esa edad: primero hay que ser y actuar como niños, después como adolescentes, más tarde como jóvenes; en su momento, como adultos y, por fin, como viejos. En cada edad lo suyo. ¿No dicen los sabios de Grecia que nada hay más ridículo que un anciano que se comporta como un joven? ¿No se castiga con el desprecio a quienes no actúan como se debe actuar a su edad, a quien persigue a las jovencitas o a los jovencitos?

Pero lo cierto es que Casanova sólo finge ceder a las buenas costumbres. Durante esos años de los que tanto se queja, ni la edad, ni los lazos familiares, ni las diferencias sociales consiguen frenar sus instintos. Al menos no siempre.

Sea como sea, no seamos tan simples y espirituales como para no dar al cuerpo la importancia que tiene, tanto para el placer como para el dolor.

 

 

El recuerdo del recuerdo

“Era en esta ciudad donde yo había comenzado a gozar grandemente de la vida, y cuando pensaba que de esto hacía treinta años, me sentía confundido; porque en la vida de un hombre, treinta años son un período inmenso, y, sin embargo, me sentía joven aún, a pesar de que tenía los cincuenta a la puerta.”

Si es una simpleza no dar importancia al cuerpo, también puede serlo pensar que el único problema del paso de los años es la apariencia y el vigor físico. Sucede algo más. De eso nos habla Casanova tras terminar una aventura amorosa en Londres (que es anterior a la de la Charpillon). Al comparar un antiguo amor, Henriette, con el que tiene en Londres con la portuguesa Paulina, dice:

“Las he olvidado porque todo se olvida; pero, cuando las recuerdo, me parece más profunda la impresión que me dejó Henriette; y es sin duda, porque a la sazón yo contaba sólo veintidós años, mientras que en Londres tenía treinta y siete. Cuanto más envejezco, más aprecio que la edad embota las facultades sensoriales, y más lamento no haber podido encontrar el secreto de conservar la juventud, esa época dichosa de dulces ilusiones. ¡Vanas lamentaciones!”

Cualquier persona que llega a una cierta edad y es capaz de observarse a sí misma y recordar cómo fue, se da cuenta de que se ha operado un triste cambio en su sensibilidad, la cual, efectivamente, se ha embotado. El primer síntoma de esta enfermedad, que seguramente no tiene cura, pero sí alivio a través de la intelectualización o de la idiotez, es descubrir que los sucesos de los últimos años no han tenido las mismas consecuencias emocionales que, en un mismo plazo, tuvieron otros sucesos muy anteriores. Darse cuenta de que, como decía Gil de Biedma: “De todo hace ya veinte años”.

No se trata simplemente de una cuestión de edad o de experiencia, porque, ya lo ha dicho Casanova, el problema es fundamentalmente de sensibilidad:

“A veces los goces del amor me parecían menos vivos, menos seductores de lo que me los figuraba antes de obtenerlos”.

El momento del goce pierde intensidad con los años, así que no es extraño que también pierda intensidad el recuerdo de los goces más recientes. Quizá eso explique el tópico que afirma que cuando nos hacemos viejos vuelven a nuestra memoria recuerdos perdidos de nuestra infancia y juventud. De aquellos momentos en los que el goce era intenso, tal vez simplemente porque era nuevo.

Robert Louis Stevenson, en un ensayo de juventud, Al Sur, compara a un enfermo con un hombre que envejece:

“Realmente no es tanto la muerte que se acerca como la vida que se va y se marchita a su alrededor. Ha sobrevivido a su propia utilidad y casi hasta a su propia facultad de goce; y si no ha de haber mejoría, si nunca más ha de volver a ser joven y fuerte y apasionado; si el presente ha de ser ya siempre para él como una cosa leída en un libro o recordada de un pasado remoto… suplicará a Medea: cuando llegue, que le rejuvenezca o le mate.”

 

El anciano Casanova

“!Qué diferencia al comparar mi existencia física y moral de esta primera edad con la de aquel momento. Apenas podía creer que fuera el mismo hombre. Tan feliz me sentía entonces como desgraciado ahora. La hermosa perspectiva de un futuro afortunado no brillaba ya ante mis ojos, y mi imaginación no me pintaba ya el porvenir con los más resplandecientes colores. Reconocía, a mi pesar, que había perdido el tiempo y dilapidado en vano mi vida. Los veinte años que podía tener aún  por delante y con los que creía poder contar no me ofrecían sino un horizonte brumosos, en el que mi esperanza no descubría ningún lugar de refrigerio. Todo me parecía triste.”

Ha llegado el momento de regresar al punto de partida. De nuevo nos encontramos con ese anciano al que conocimos al inicio de este ensayo. Ese anciano está escribiendo sus memorias. Ha recordado su niñez, su adolescencia y su juventud. Los trazos de tinta sobre el papel le han traído a sus antiguos amigos y a todas sus amantes, haciendo resurgir de la nada las ciudades y los lugares que ese otro Casanova ha recorrido, en los que ha sufrido, amado y gozado, y que ya no podrá visitar de nuevo. Ha sido joven, ha disfrutado de la vida. Ahora es viejo y vive rodeado del desprecio o de la indiferencia.

No quiero ocultar todo lo que de angustioso tiene esta situación, pero Casanova, no se lamenta al menos por lo que pudo haber hecho y no hizo, como tantos hombres y mujeres a los que les sorprende al mismo tiempo la vejez y el remordimiento.

Al principio de sus memorias, Casanova recuerda este antiguo precepto: “Si no has realizado cosas dignas de escribir, escribe, por lo menos, cosas dignas de leerse”. El caballero de Seingalt, para su fortuna y la del lector, escribe cosas dignas de leerse que tratan de cosas dignas de ser escritas.

En ese inhóspito castillo en el que transcurren sus últimos años, Casanova tiene un único consuelo, pero es un gran consuelo:

“Al acordarme de los placeres que he experimentado, los revivo y gozo con ellos por segunda vez, y me río de las penas que he sufrido y que ya no siento. Miembro del Universo, hablo al aire y me figuro que rindo cuentas de mi gestión, igual que un mayordomo a su amo antes de marcharse.”

Para Casanova, escribir sus Memorias es lo único que le salva de ese tedio cruel que no figura entre las penas del infierno “solo por olvido”. Porque ese anciano aventurero veneciano puede decir, como Kavafis:

 Recuerda cuerpo, no sólo cuánto fuiste amado,
   no solamente en qué lechos estuviste,
   sino también aquellos deseos de ti
   que en los ojos brillaron
   y temblaron en las voces -y que hicieron
   vanos los obstáculos del destino.
   Ahora que todos ellos son cosa del pasado
   casi parece como si hubieras satisfecho
   aquellos deseos -cómo ardían,
   en los ojos que te contemplaban;
  cómo temblaron por ti, en las voces, recuerda, cuerpo.

 

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