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Publicado por primera vez en Variaciones (2008)

 

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Una trágica escena shakesperiana

martes 25 de enero de 2005

No es una tragedia shakesperiana porque la haya escrito Shakespeare, sino porque le ocurrió al propio Shakespeare. Lo he leído en Coherencia de la paradoja, de Bernardo Ezequiel Koremblit.

"El poeta se había uncido al yugo matrimonial con una mujer mucho mayor que él (Ana Shakespeare), y las lenguas serpentígeras y la murmuración viperina del condado de Stratford aseguraban que lo había hecho por su fortuna... Shakespeare tenía el consuelo de pensar que su mujer, según se maledecía con públicos susurros, había tenido doce pretendientes antes que él, y él resultaba así el trece de la mala suerte, pero, aún así, esta compensación no lavaba su pecado de haberse casado sin amor.

Shakespeare conoció después a Nan Davenant, cálida, sensual, enamorada, rugiente como el océano cuando hacía el amor y lúcida como la centella cuando conversaba, bella e inteligente (propietaria de una hostería en Oxford y madre del poeta Davenant) que también acariciaba el clavicordio y el laúd con la misma minuciosidad y laboriosidad con que acariciaba a Shakespeare. Cuando el poeta y esta mujer ardiente y ardida se hallaban refugiados en una casa de Grendon, a cuya puerta hacía centinela Richard Cowley, actor de la compañía de Shakespeare que interpretaba los bufones, apareció la esposa del poeta.

Ana Shakespeare enfrentó a los amantes y se acercó a Dan Davenant: "No crea usted, señora, que he venido para quitarle a Will; el mismo día de mi matrimonio comprendí que nunca sería realmente mío, que necesitaba esferas más elevadas..." Después de otras declaraciones, dijo Ana Shakespeare: "Devuélvanos a Will por dos días solamente. ¡Todo va tan mal allí, en casa!... Sin él estamos perdidos".

Shakespeare, alarmado, preguntó por su padre enfermo y por otros detalles que le inquietaron. La escena, silenciosa y trágica, se prolongó con el silencio de la esposa, el mutismo del poeta y la mudez de la amante, hasta que Ana, amarga y filosamente, cortó la atmósfera intensa como San Jorge la cabeza del dragón: "Puesto que no queda otro remedio, te daré yo la estocada. ¡Ayúdame, no sé cómo decirlo!... ¡Oh, Will! La mano de Dios te devuelve a casa, no por mí ni por tu padre, y ni siquiera por tu madre, tan vieja y quebrantada... Will: hace cinco días, enterramos a nuestro muchachito".

El poeta se desplomó sobre la mesa y Nan Davenant se inclinó agachándose hasta el piso: humildemente y en silencio anudó un lazo del zapato de Ana, y al levantarse murmuró mecánicamente las palabras que precedieron a su salida de la habitación: "Todo ha concluido, Will. Quiera Dios guiar tus pasos hacia tu hogar y conducirme al mío. He comprendido la lección. Vuelvo a mi casa no para reunirme con mi marido ni con los amantes que la maledicencia me atribuye, sino para velar y cuidar a mi hijo. Hombres y mujeres tenemos dos papeles que desempeñar en la comedia humana: Dios nos ofrece uno de ellos, el diablo nos tienta con el otro, y la gracia o el azar determinan la elección. Ana, hermana mía: al venir aquí decidiste mi destino. Separémonos... Me voy a ver a mi hijo; tú, a la tumba del tuyo... y Will llevará la carga que el genio ha posado sobre sus hombros".

Cuando Nan Davenat salió, Shakespeare, apoyándose como un ciego en los brazos del bufón Rick Cowley deletreó estas palabras: "Tú, a quien el azar ha hecho testigo de esta escena, olvídala para siempre; no debes recordar la debilidad de tu pobre amo... Recuerda solamente aquello que nosotros, los actores, olvidamos con facilidad: ¡cuan distinta es la vida real de los artificios de la escena!".

(Esta escena ha sido relatada por Longworth Chambrun, quien recibió la versión del diálogo por Cowley, el actor que cuidaba la puerta del refugio de los amantes, y el hijo de Ana y William Shakespeare, llamado Hemnet, murió el 11 de agosto de 1596).

NOTA 2010:

Según tengo entendido, se trata de una abnécdota falsa, no sé si inventada por Clara Longworth de Chambrum. Aunque hace tiempo y me pareció entender que la había inventado Bernardo Ezequiel de Koremblit.

 

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