
El por qué del Cómo veo mi muerte
La idea fue de la revista El ciervo, que publicó en 2007 un número en el que preguntaba a varias personas cómo veían su muerte.

Entre esas personas estábamos mi padre y yo, que publicamos dos textos muy dispares. Dediqué una entrada al asunto en el weblog Anacrónico, que copio aquí:
"He tenido el placer de ver publicado un texto mío en el último número de la revista El Ciervo. Se trata de una revista cristiana a la que estoy suscrito, que admiro mucho y de la que he aprendido y aprendo muchas cosas. Está escrita por gente que escucha a los demás y que emplea argumentos, y no demagogía o insultos. Un placer.
Personas sensibles y razonables que intentan ser justos y equilibrados en sus opiniones, y supongo que también en sus actos. A pesar de lo mal vista que suele estar, la verdad es que yo creo en la bondad. Tal vez no en eso que llaman el buenismo, pero si en la bondad, que siempre me recuerda, como es inevitable, a Antonio Machado: "Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno".
Y tampoco por ser buenos, tolerantes o razonables dejan los colaboradores de El Ciervo de ser críticos, sobre todo con la jerarquía católica. También son capaces de rectificar si se equivocan. Por ejemplo, ellos (y yo también), sentíamos un gran temor a que Ratzinger se convirtiera en Papa. Yo escribí alguna entrada alarmada en un weblog, ellos publicaron artículos. Ahora, si queremos ser honestos, tanto ellos como yo, debemos reconocer (y así lo hemos hecho) que hasta el momento Ratzinger no ha sido tan malo como esperábamos. Nos ha sorprendido y lo admitimos. Tal vez cambiaremos de opinión en el futuro, ¿quién sabe? Cuando uno intenta razonar sin prejuicios, da más placer observar la realidad, y a veces quedar sorprendido, que forzarla para que se ajuste a nuestras ideas.
Pues bien, en El ciervo le pidieron a mi padre un texto acerca de cómo veía su muerte, y mi padre les propuso que yo también podía escribir uno. Los dos escribimos sobre el asunto, y nos han puesto juntos."
[A esto sólo tengo que añadir, en febrero de 2007, que me parece que, tanto los habituales de El ciervo como yo, estamos cambiando de opinión de nuevo y empezamos a pensar que Ratzinger da cada vez más signos de ser lo que temíamos al principio que fuese ]
Después llegó un comentario de Luis Chacón, en el que también contaba cómo veía él su muerte.
No hace falta más justificación para que alguien tan necrófilo como yo abriese esta página.
Iván Tubau
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Cómo veo mi muerte
En septiembre me jubilan como funcionario. Soy realista: tengo más cerca la muerte que la escuela primaria. Pero fue ahí, a los 11 años, cuando me asaltó con intensidad terrible la idea. O el miedo. Es usual. Piensas en eso cuando entras en la adolescencia, cuando descubres que morir no es solo cosa ajena: tú también morirás.
Al entrar en la vejez (es mi caso) toca volver a planteárselo. Aunque tus alifafes no sean los de un enfermo terminal, sabes, lo diré como Esther Tusquets, que el trozo de bocata que te queda ya ha menguado mucho. Como la piel de zapa balzaquiana, añado. Mis ardides de adolescente para huir de la angustia metafísica son la idea núcleo de las memorias que publiqué en 2002. Por eso se titularon Matar a Victor Hugo. No puedo sintetizar aquello en la extensión que indican vuestras suaves consignas de cristianos. Me atendré al estricto aquí y ahora y al yo que planteáis: cómo veo mi muerte.
Dejar de creer en Dios y por tanto en una eternidad del yo paradisíaca o infernal me fue útil. Había descubierto que la vida eterna (el simple intento de imaginar la eternidad) me angustiaba mucho más que la idea de morir. De ahí, supongo, que simpatizase pronto con las filosofías búdicas o taoístas, que desde el ateísmo consideran deseable la desaparición total del yo y no su eternidad con o sin reencarnación. Al revés que los tres monoteísmos del Libro. Que por cierto, ahora mismo, dejadme decirlo, siguen siendo causa o coartada de miles de muertes violentas, como a lo largo de toda su funesta historia.
Veo ahora sin miedo ni deseo mi muerte. Aunque me gustaría alcanzar los 96 años de mi abuela Bellmunta. O incluso los 101 de Francisco Ayala, tan pimpantes en apariencia. Dejo pues el qué y me concentro en el cómo, en el modo de morir. Epicuro le decía a Meneceo: “No te angustie la muerte: cuando tú estás, ella no está; cuando ella esté, tú ya no estarás.” Lástima que sea mentira. Sobre todo en su caso, si como apuntan las hipótesis murió de cáncer: el cáncer, que es la vida eterna de la célula, significa la muerte ensartada cada día en la vida que te queda. No quisiera pues morir de cáncer de estómago, como mi abuelo Martí; ni como un vegetal inmóvil sufriente, como mi madre, ocho meses después de una hemorragia cerebral; ni con demencia senil como mi abuela María o su prima hermana, María también; ni con alzheimer como mi hermana, Mariona.
No soy original. Quisiera morir como los más, si les preguntan, dicen que quieren morir. Muerte súbita lo llaman los cardiólogos. A una edad provecta. Sin sufrir. Sin aviso: ahora estás, ahora ya no. La víspera de un día sin periódicos, como Lorenzo Gomis (aunque en mi caso sin ir directo al cielo). O como mi amigo Velasco, que con 60 años se durmió plácidamente y cuando por la mañana su mujer fue a despertarle ya tocó un cadáver. O mejor aún como el insigne músico Ataúlfo Argenta, que en un acto sexual al parecer mercenario simultaneó lo que los franceses llaman la petite mort con la otra. Muertes egoístas, porque menuda faena para quienes quedan. Pero si esas personas son materialistas, como yo mismo, pueden consolarse: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.
Daniel Tubau

Cómo veo mi muerte
En la adolescencia decidí que iba a vivir 139 años. No se trataba de una cifra casual: quería conocer tres siglos, el XX, el XXI y el XXII. Si voy a vivir 139 años, todavía me queda mucho tiempo antes de que la muerte empiece a preocuparme.
Descartes también quería vivir mucho tiempo, aunque se conformaba con cien años. Pero la reina Cristina de Suecia le convenció para que le diera clases de filosofía, y Descartes murió de frío en aquel lejano reino a los cincuenta años. Sin embargo, antes del viaje a Suecia, Descartes le confesó a un amigo que ya había encontrado el remedio contra el temor a la muerte: “Ahora me da igual morirme”.
Lo mismo me sucede a mí: ya no me preocupa la muerte. Sigo deseando alcanzar los 139 años, e incluso la vida eterna, pero ya no me inquieta morir en cualquier momento. Lo que me preocupa no es la muerte, sino disfrutar de la vida: no discutir, no deprimirme por nimiedades, amar y respetar a los demás, descubrir cosas nuevas, recibir también un poco de amor y, en definitiva, ser feliz, cosa que consigo muy fácilmente. Algo me hace sospechar que vivir así me hará más fácil morir.
Por otra parte, deseo morir lentamente, porque soy una persona muy curiosa y me gustaría experimentar también esa situación, y no que me sobrevenga sin enterarme.
Max

Cómo veo mi muerte
Decidí hace tiempo que iba a vivir 80 años. Y últimamente, habiéndome zampado ya más de la mitad del bocata, he decidido ampliar la cosa hasta los 100. (Estas decisiones son gratis).
Para mí, la muerte es el fin del mundo. Ya sé que no es el mundo el que se acaba, sino uno mismo el que se acaba para el mundo. El mundo sigue dando vueltas con una escalofriante indiferencia. Sigue amaneciendo, siguen cayendo chaparrones, la gente sigue enamorándose. Como buen egoísta, soy el centro de mi biografía y no tengo las habilidades necesarias para verme desde fuera y disfrutar de una visión más general y generosa. Total, el fin del mundo. Y, claro, la cosa se presenta de un modo un pelín trágico para un egoísta miope: seguirá habiendo días hermosos sin mí. ¿No es terrible? Visto cómo es la mecánica universal, la única esperanza radica en perder el deseo de contemplar días hermosos, o admitir que uno ya no tiene cuerpo para bailar.
Sobre el modo concreto de morir, a mí me gustaría actuar como director de escena de ese pasaje hacia la extinción. Me gustaría decidir cuándo, cómo y dónde. Yo creo que la muerte, como la enfermedad, nos enseña a convivir con ella, a aceptarla. Y estoy convencido de que, aunque ahora me parezca inconcebible, llegará el momento en que resultará, si no apetecible, sí llegará a ser el desenlace natural y oportuno del chou. En ese momento, me gustaría tomar alguna sustancia, rica, rica y con fundamento, que me facture al no ser con una sonrisa en los labios.
Este es el guión más importante que se puede escribir, ¿no?
(Max es el autor de La oficina imaginaria)