VIDAS VICARIAS

 

Me acerqué a ella, acaricié sus piernas bajo las sábanas y le di un último beso en el cuello. No se despertó y pude salir de la casa sin despedirme.

Esperé tres cuartos de hora en la habitación del hospital y, al mismo tiempo, tomé un taxi para ir a mi encuentro. Al verme frente a mí mismo, me miré con lástima y pedí que me desconectaran.

De este modo terminó mi primera experiencia vicaria.

Mi hermana sonrió cuando abrí los ojos y ayudó a los médicos a colocarme de nuevo en la silla de ruedas. Todos me preguntaron si me había gustado; cerré un ojo para indicarles que sí. Al salir de la habitación, vi por última vez al hombre que yo había sido. Me miró y dijo: “Espero no haberle defraudado”. Cerré los dos ojos para indicarle que no, pero no sé si me entendió. Después me sacaron de la clínica y volví a casa.

Le pedí a mi hermana que me conectara al ordenador e intenté recordar todo lo que había hecho en las últimas veinticuatro horas: el largo paseo por el Parque Central, el automóvil que alquilé, las cuatro horas que bailé sin parar y el momento en el que conocí a aquella muchacha. Y su cuerpo y el mío haciendo el amor. Quise escribir todo eso, pero apenas pude dictar dos o tres líneas, pues cada vez me resulta más fatigoso escribir con el pensamiento.

Ahora que conozco la diferencia entre escribir con un cuerpo y hacerlo a distancia, ya no puedo acostumbrarme a dictar con la mente. De hecho, estoy escribiendo este texto con el cuerpo de uno de mis enlaces: una muchacha que se llama Lucía.

He leído muchos informes y confesiones de personas que como yo han experimentado los enlaces vicarios, pero hasta ahora no me había decidido a contar mi propia experiencia y hacerla pública. Del mismo modo que para mí fue una gran ayuda conocer lo que otras personas en mi situación habían sentido, espero que esto os sirva a vosotros.

Creo que a todos los que disfrutamos de vidas vicarias acaba pasándonos más o menos lo mismo: al principio estamos fascinados por todo lo que signifique acción y movimiento, pero al final acabamos disfrutando más de los momentos de inactividad, sin duda porque hay una gran diferencia entre no hacer nada pero saber que podrías hacer cualquier cosa y no hacer nada porque no tienes otro remedio.

En cuanto a los problemas psicológicos, creo que tampoco soy muy original: padezco la esquizofrenia o corporalidad múltiple habitual. Pero de eso hablaré más adelante. Antes me gustaría contar lo que fue mi vida antes de los enlaces, y añadir algunas informaciones curiosas y poco conocidas que he encontrado en la Red acerca del origen de la existencia vicaria.

 

 

 

II

Soy tetrapléjico desde los seis años. Apenas conservo recuerdos del tiempo anterior a mi enfermedad. Fui sometido a tratamiento constante, pero mi situación no mejoró, sino que empeoró de año en año, hasta alcanzar el estado actual, en que ya sólo puedo mover los ojos. Naturalmente, los médicos intentaron implantar en mi cerebro microchips que me permitieran recuperar el control de mi cuerpo, pero padezco una degeneración celular que impide la llegada de las señales desde los neurotransmisores hasta los nervios, al menos sin que ello produzca coágulos, ulceraciones y gangrenas. Como la mayoría de vosotros, soy alérgico a mí mismo: mi cuerpo es mi enemigo.

Cuando oí hablar de los primeros experimentos de vida vicaria, tenía veintidós años y mi enfermedad avanzaba rápidamente: era capaz de mover mi mano derecha, los ojos y la boca, pero ya no podía tragar, así que era alimentado mediante sondas. A menudo también precisaba de respiración asistida.

A ninguno de vosotros os sorprenderá saber que la idea de quitarme la vida me resultara cada vez más tentadora. Ya había elegido médico para que me aplicara la eutanasia, y fue precisamente él quien, sin pretenderlo, me devolvió las ganas de vivir. Mi médico, además de un gran profesional, en cuya neutralidad insisto, era muy aficionado a la biotecnología. Gracias a él descubrí que, aunque perdiese el movimiento de la mano, todavía podría escribir en el ordenador, navegar y, por tanto, comunicarme con los demás.

En efecto, mi eugenista me explicó que desde finales de siglo existía la posibilidad de transmitir al ordenador instrucciones mentales. El método, como sabéis, es muy sencillo: basta con conectar al cerebro unos electrodos que registran la actividad neuronal en forma de impulsos eléctricos. De este modo, los diversos patrones eléctricos del cerebro son enviados al ordenador y éste puede reconocer pensamientos simples como “arriba/abajo”, “derecha/izquierda”, “abrir/cerrar”, que nos permiten desplazar el cursor por la pantalla y escribir en el teclado virtual.

Se requiere, sin embargo, demasiada memoria por parte del sistema cibernético, y demasiado esfuerzo y relajación por parte de la persona que lo utiliza, pues si los pensamientos son complejos o confusos resulta difícil localizar y aislar los impulsos neuro-eléctricos para traducirlos en órdenes y palabras. A pesar del entusiasmo inicial, la conexión cibermental fue cayendo en desuso. Nadie que pueda escribir en un tablero electrónico o dictar mediante la voz se toma hoy en día la molestia de utilizar el dictado mental, que resulta terriblemente lento, pues obliga a detener tu pensamiento para no colapsar el sistema o hacer ininteligible la trasmisión. Sin embargo, para nosotros, para quienes sufrimos algún tipo de parálisis avanzada, es algo más que una herramienta: es lo que nos permite comunicarnos con el exterior y seguir vivos. O al menos lo era hasta que llegó la existencia vicaria.

Fue también mi médico eugenésico quien me habló por primera vez de los experimentos vicarios. De eso hace ya quince años. No sé cuantos de vosotros recordáis las primeras noticias sobre el asunto, y es posible que algunos os enteraseis sólo en los últimos meses de que existía algo así.

A todos nos han contado esa historia de que los enlaces vicarios se empezaron a desarrollar en los últimos diez años, pero no es cierto. Hubo varios intentos previos, incluso antes de la época en la que mi eugenista me habló por vez primera de las conexiones interpersonales. Supongo que cuando los resultados de la investigación de la que formamos parte se hagan públicos, los rastreadores escarbarán los archivos en busca de información acerca de cómo se inició todo esto, así que lo que os voy a contar es en cierto modo una primicia. Por otra parte, muchas de las reglamentaciones que nos afectan en el uso de los enlaces se explican por las primeras experiencias de vida vicaria.

Aunque actualmente, sólo pueden disfrutar de los enlaces interpersonales las personas que padecen una grave insuficiencia física, al principio no era así, pues los enlaces estaban destinados al ocio. En un mundo en el que la existencia virtual resultaba ya repetitiva y fatigosa, los enlaces interpersonales ofrecían la posibilidad de vivir una segunda vida, pero no virtual, sino absolutamente real. Ya a principios del siglo 21 algunos pioneros trabajaron con enlaces interpersonales rudimentarios. Al sujeto donante, el que alquilaba su cuerpo, se le implantaban micro-receptores de televisión en los ojos. De este modo, el sujeto receptor podía ver y oír todo lo que percibía el donante. Incluso se utilizaron transmisores olfativos y gustativospara enviar al receptor toda la información del ambiente en el que se movía su enlace.

Sin embargo, no existía entonces la posibilidad de establecer una verdadera conexión entre los dos cerebros, por lo que el receptor transmitía sus instrucciones al enlace donante a través de un microaltavoz que éste tenía implantado en el oído interno. El donante, simplemente intentaba llevar a cabo las instrucciones que le trasmitía su enlace cerebral: “Entra en ese bar”, “Pide una cerveza”, “Acércate a esa chica rubia”, “Pregúntale su nombre”, “Invítale a bailar”, etcétera.

El único placer que se podía obtener con esa rudimentaria conexión consistía en “ver” qué hacía el cuerpo que obedecía las instrucciones. Pero los dos cerebros conservaban su autonomía, a pesar de que el donante (el cuerpo controlado) intentase, con mayor o menor torpeza, seguir las directrices del receptor (el cerebro controlador).

Estaréis de acuerdo en que aquello tenía más que ver con el voyeurismo que con un verdadero enlace vicario: incluso se hizo un programa de televisión (Vidas prestadas) en el que el público podía ver a un donante dirigido a distancia, e incluso participar en el control del mismo.

El sistema fue perfeccionándose poco a poco y se pudieron implantar los primeros microchips inhibidores de la voluntad, que gradualmente fueron concediendo más y más control al cerebro del receptor y restándoselo al del donante. Según parece, esta fase intermedia fue la más rica en implicaciones sociológicas, éticas e incluso políticas, pero también la más peligrosa, tanto desde el punto de vista físico como psíquico.

El conflicto entre dos voluntades que intentaban manejar un mismo cuerpo era demasiado peligroso. Aunque se inhibía el control del donante sobre su cuerpo, no se podía anular su conciencia y su percepción de lo que sucedía. Una vez desconectado, era frecuente que el donante experimentase sentimientos negativos hacia su propio cuerpo, por el que podía llegar a sentir repulsión, al considerarlo en cierto modo responsable de los actos que había realizado mientras había sido controlado por el receptor.

Como suele suceder, un avance técnico acabó con los problemas éticos: el perfeccionamiento de los microchips bioquímicos y moleculares, capaces de alcanzar una velocidad sináptica cercana a la de las neuronas naturales, permitió inhibir la conciencia y el control del donante con respecto a su cuerpo y transferir dicho control de manera absoluta al cerebro del receptor. Se produjo así, de hecho, algo muy similar a un transplante cerebral, con la salvedad de que el cerebro original sólo permanecía en pausa, es decir, inhibido en sus funciones conscientes. Como sabéis, hasta el día de hoy no se ha conseguido que un cerebro se haga con el control de un cuerpo muerto, pues las funciones motoras y el control del sistema nervioso de un cadáver no pueden ser perfectamente controlados por un cerebro ajeno.

Pues bien, los primeros que pudieron experimentar un enlace interpersonal completo, una vida vicaria, no fueron enfermos como nosotros, sino personas de clase alta que deseaban vivir experiencias únicas y que tenían dinero suficiente para alquilar un cuerpo ajeno: jóvenes blancos que querían saber que se sentía en la piel de un negro, hombres que querían ser mujer por un día (o a la inversa), ancianos que deseaban recuperar la juventud.

Desde el principio se planteó el dilema de si era lícito que un cerebro ajeno controlase el cuerpo de otra persona, y si ello podía provocar secuelas psicológicas a cualquiera de los dos participantes.

Las sospechas se confirmaron y la realidad superó incluso los temores iniciales: el donante quedaba muy afectado por el vacío temporal que se había producido en su existencia durante el enlace, por las horas no vividas mientras su cuerpo era manejado por otra mente. La enajenación era todavía más fuerte y negativa que la que siente alguien que toma una droga que le hace actuar de una manera diferente a la habitual, pero que después, pasados los efectos, es incapaz de recordar nada de lo que ha hecho, ninguno de los momentos de placer que ha experimentado. Con el tiempo eso acaba produciendo una sensación de otredad, de vacío existencial: es como si alguien hubiese disfrutado mucho con nuestro cuerpo, pero sin dejar ni un rastro de esos momentos felices en nuestra memoria. Es como si durante el tiempo en el que nos hallamos bajo los efectos de la droga hubiésemos prestado nuestro cuerpo a otra mente. Esta sensación se acentuaba en el caso de los donantes de cuerpos: había horas enteras de su vida completamente vacías. Días sin huella.

Pero las consecuencias no se limitaban al plano psicológico, sino que también afectaban al puramente físico. Resulta que durante la conexión el cuerpo del donante adquiría otros hábitos y se veía sometido a exigencias distintas de las habituales. Las piernas ya no se movían de la misma manera al caminar, las manos ya no sostenían un vaso con la misma fuerza, incluso podía cambiar la manera de sonreir. Tras la experiencia, el donante se encontraba con que su propio cuerpo no le obedecía como antes, por lo que, una vez terminada la experiencia vicaria, había que reeducar el cuerpo utilizado y conseguir que se restableciera el acuerdo con su propio cerebro.

En el receptor las consecuencias psíquicas también eran múltiples, las más graves eran la adicción al cuerpo ajeno y el síndrome del cuerpo fantasma, por el que el receptor “sentía” el cuerpo que había poseído incluso cuando la conexión ya había sido suspendida.

Todos estos problemas hicieron que los expertos tomaran medidas: primero se limitó la duración de los enlaces a veinticuatro horas; después se decidió que ninguna persona podíadonar su cuerpo más de una vez. Sin embargo, aunque de este modo se alivió el problema de los donantes de cuerpo, a cambio surgieron más dificultades para los receptores, entre los que se aumentó la esquizofrenia corporal múltiple y se produjeron graves crisis de identidad.

Por otra parte, los experimentos vicarios no sólo tuvieron consecuencias en el terreno psicológico, sino que también causaron problemas sociales e incluso hubo que modificar y crear nuevas leyes, que modificaron en cierto modo el concepto social de persona.

En una ocasión, un receptor utilizó el cuerpo de su donante para cometer un asesinato: le ordenó que matara a su esposa. Cuando el cadáver de la mujer fue descubierto, el asesino, su marido, alegó que en el momento del crimen se hallaba muy lejos del lugar de los hechos, pues estaba en el hospital, como podían testificar los médicos que le atendían en la conexión vicaria. Por su parte, el hombre que había donado su cuerpo no recordaba, como es lógico, haber asesinado a la esposa del receptor, pues en ese momento carecía del control de su propio cuerpo y de la conciencia de sus actos. El asesinato, en efecto, había sido llevado a cabo cuando su cuerpo se hallaba bajo el control mental de su receptor.

El juicio sentó jurisprudencia, distinguiéndose por primera vez al ejecutor físico del instigador mental. El receptor fue declarado culpable, mientras que el donante, cuyas manos habían estrangulado a la víctima, quedó en libertad.

En otro caso célebre, el receptor huyó con el cuerpo de su enlace a otra ciudad y amenazó con quitarle la vida si los médicos intentaban desconectarle. A pesar de sus amenazas, se procedió a la desconexión. El receptor cumplió su promesa, muriendo el cuerpo del donante al caer desde un sexto piso.

Aunque el receptor tuvo más suerte y pudo ser salvado del shock de una muerte vicaria, fue llevado a los tribunales. La sentencia estableció que el donante, a pesar de haberse lanzado al vacío, no se había suicidado, sino que había sido asesinado por el receptor, quien fue condenado a cadena perpétua.

Un caso aún más extraño fue el de un hombre que utilizó el cuerpo del donante para matarse durante la conexión: se dirigió con el cuerpo alquilado al hospital y disparó sobre sí mismo, sobre el receptor. Esta vez, los jueces consideraron que el receptor se había suicidado y dejaron en libertad al donante, a pesar de que fue él quien disparo la bala que mató al receptor.

Este caso demostró que el suicidio por persona interpuesta resulta más fácil de llevar a cabo que el tradicional: en cierto modo, parece que no eres tú quien te matas a ti mismo sino que es otra persona la que te mata. Además, en esa época la eutanasia no era legal excepto en algunos supuestos, por lo que este suceso mostró el peligro de que alguien que deseara morir pudiese utilizar el cuerpo de un donante para quitarse la vida. Precisamente por ello, las personas que padecían enfermedades incurables o parálisis corporal avanzada no podían entonces acceder a los enlaces vicarios.

Así que, como veis, en esto de los enlaces vicarios no fuimos los enfermos los conejillos de indias, sino que lo fueron los seres humanos considerados “normales” o “sanos”. Curiosamente, ahora es a ellos a quienes les ha sido prohibido disfrutar de la vida vicaria. Por supuesto, es difícil creer que no hay ancianos millonarios que disponen de donantes esclavizados, y sólo es cuestión de tiempo que alguien proponga usar a los pobres o a los deficientes mentales como donantes permanentes. Pero, mientras llega ese momento, sólo nosotros, los que de verdad lo necesitamos, podemos hacer uso de los enlaces interpersonales.

Si hoy en día las experiencias vicarias están sometidas a una reglamentación durísima, y a veces incomprensible, es porque la sociedad médico-científica ha aprendido mucho de aquellas primeras experiencias y de sus fracasos. Todos esos sucesos, más o menos inesperados, hicieron que se tomaran medidas estrictas, que sin duda nos han perjudicado, limitando nuestra intimidad, pues como sabéis, nuestros donantes llevan receptores de audio y vídeo que registran todo lo que hacemos con ellos, mientras que nosotros tenemos implantada en el cerebro una microplaca de seguridad que permite detener la actividad neuronal para impedir que cometamos actos que atenten contra nuestra seguridad, la del cuerpo del donante o la de otras personas.

Pero, vuelvo ahora a contaros mi experiencia personal. Quince años atrás, mi eugenista y yo seguimos con interés el penúltimo intento de poner en marcha los enlaces vicarios, pero tras los primeros éxitos iniciales, todo fueron malas noticias: rechazo por parte del cerebro donante, dificultad para el receptor de controlar un cuerpo ajeno y secuelas físicas y psíquicas para ambos, así como problemas sociales de difícil solución. Tras varios años de fracasos, poco a poco dejó de hablarse del asunto.

Mi doctor y yo habíamos puesto muchas esperanzas en las conexiones interpersonales (que es como se llamaban entonces los enlaces vicarios), pero la falta de noticias acabó desalentándonos y yo me tuve que conformar durante años con un enlace mental con el ordenador.

Hace nueve meses, mis médicos me preguntaron si estaba interesado en presentarme como voluntario a una experiencia vicaria. Enseguida adiviné que se referían a las antiguas conexiones interpersonales y no lo dudé. Tengo cincuenta años y el cuerpo paralizado. Sólo puedo mover los ojos: si cierro un ojo digo “Sí”; si cierro los dos, digo “No”. Trabajo con el ordenador mediante el enlace cibermental, es cierto, pero todos sabemos lo cansado que eso resulta, así que me paso las horas navegando, que es más sencillo, pero que también acaba resultando frustrante. No tengo amigos, excepto otros enfermos como yo, como vosotros, con los que la comunicación es diez veces más difícil que con cualquier otra persona, y sólo me queda un familiar en el mundo: mi hermana, que debe ocuparse de mí a todas horas. Sé que si yo muriera eso supondría un alivio para ella, que por fin podría disfrutar de su propia vida. Supongo que todos vosotros os habréis sentido tan mal como yo alguna vez. Quizás veinte o treinta veces a lo largo del día.

Las experiencias vicarias han cambiado mi forma de pensar, quiero vivir, aunque mi vida sea una espera constante del momento en el que me conectan a otro cuerpo. Sufro depresiones constantes cuando estoy desconectado, pues necesito moverme, sentir el contacto de otras personas en mi cuerpo, hablar de todo lo que se me ocurre sin esperar a que el maldito teclado virtual me responda. Necesito esos cuerpos como un adicto la droga.

Hasta ahora he usado seis enlaces, dos hombres y cuatro mujeres y he podido percibir claramente un conflicto de género. La identificación que sentía hacia el sexo de mi cuerpo de nacimiento ya no me resulta tan evidente. A veces pienso que ya no soy ni hombre ni mujer: mi cerebro es neutro y no logro identificarme con ninguno de mis cuerpos, ni con el mío (que es como si no existiera) ni con los de mis donantes. Me empieza a parecer tan ridículo como si alguien se identificara con sus trajes o sus zapatos. Cada nuevo cuerpo es para mí un estímulo y un desafío y estoy consiguiendo aprender a moverme con ellos en sólo tres horas, aunque algunos me resultan más difíciles de manejar.

Sin embargo, a menudo me siento confuso en mis relaciones emocionales. Amo a una muchacha pero cada vez que la veo soy una persona diferente. Al principio, ella no podía entender qué le estaba pasando. Me costó mucho esfuerzo que me amase con otro cuerpo, que a pesar de las apariencias se diese cuenta, aunque de una manera confusa, de que yo he sido y soy todas esas personas que la han amado. En realidad, ella cree que es víctima de una experiencia paranormal inexplicable y, por supuesto, no sabe que soy tetrapléjico. Aunque sé que algún día tendré que decírselo, siento pánico al imaginar su reacción.

Sé que todo esto quizá no sonará muy apetecible para quienes todavía no habéis probado un enlace vicario. Sin embargo, creo que la experiencia de poseer un cuerpo autónomo, de no depender de nadie (aunque sólo sea durante unas horas) es tan gratificante que compensa todo el dolor que pueda, a su vez, provocar. Es como volver de nuevo a la vida después de haber habitado en un mundo de sombras. Vale la pena.

 

 

 


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