Nada es lo que es


  Nada es lo que es porque no existe ninguna manera de definir una cosa con pocas palabras.

María es una mujer.

María es universitaria

María es atrevida

María es simpática

María es…

María es, por supuesto, todas estas cosas y muchas cosas más. Pero María no es sólo estas cosas. Y sobre todo no es sólo una cualquiera de estas cosas.

Mientras más concreta es una cosa, menos puede definirse con pocas características. Lo concreto exige más y más caracteres. María exige más y más cualidades para ser María.

Si María es sólo “mujer”, entonces nada la distingue de otros tres mil millones de mujeres. Si es sólo universitaria, entonces nada la distingue de los 300 millones de mujeres universitarias. Si es sólo mujer y universitaria y atrevida, entonces nada la distingue de los 50 millones de mujeres universitarias atrevidas.

Para llegar hasta María tenemos que añadir más y más detalles. Hasta que lleguemos a un ente que sólo pueda ser María, porque sólo ese ente reúne todos esas características.

Parece existir un atajo: María es María Walenska Fernández, que a lo mejor sólo hay una. Pero esa es una falsa definición. Es sólo una manera de señalar:

“¿Quién es María?”

“Es aquella que está apoyada en la columna”

“Es esa en cuyo carné figura María Walenska Fernández”.

Eso no nos dice nada que realmente nos permita entender quién es realmente María: sólo nos señala cómo reconocerla, como ubicarla. No hay tal atajo.

Cuando la Escuela de los Nombres china dice que un caballo blanco no es un caballo está diciendo precisamente eso: “Un caballo blanco no es un caballo”, porque caballo es un término tan general que engloba a los caballos blancos, a los negros, a los pardos y a cualquier color de caballo, mientras que caballo blanco no engloba a los caballos negros.

Ya en matemáticas se nos ha dicho a menudo que no podemos imaginar un triángulo. Podemos imaginar un triángulo isósceles, uno escaleno, pero no un triángulo.

El triángulo es eso que puede ser isósceles, escaleno, etcétera, pero claro, si imaginamos un triángulo, será una cosa u otra: escaleno, isósceles… El triángulo en sí no hay quien lo imagine.

Es decir que mientras más cualidades le ponemos al caballo o al triángulo, más concreto lo hacemos, más podemos imaginarlo.

Aquí está una buena paradoja: los predicados que se aplican a una cosa la hacer ser más y más concreta, pero una cosa no se puede reducir a la suma de esos predicados y menos todavía a uno de esos predicados tan sólo.

Por eso he dicho en alguna ocasión que Kafka no es kafkiano.

¿Por qué no lo es? En primer lugar porque en La carta al padre, el propio Kafka dice que su padre nunca lo consideró un verdadero Kafka, sino más bien heredero de la estirpe materna, cosa que él acepta, creo recordar.

Kafka, por tanto, no era kafkiano.

Esto es, por supuesto, una broma.

La verdadera razón por la que Kafka no es kafkiano es porque eso sería reducir a Kafka a un adjetivo reductor. Un adjetivo fabricado especialmente para él, pero adjetivo reductor al fin y al cabo.

El problema de considerar a Kafka kafkiano es que ya se leen todos sus escritos como escritos kafkianos, como algo muy raro y muy absurdo o algo parecido, con lo que, en primer lugar se tiñe toda la obra de Kafka con un prejuicio y no se escucha o lee realmente lo que Kafka nos cuenta.

Este tipo de adjetivos caen como una losa sobre escritores, cineastas y toda clase de artistas, matando precisamente lo concreto de cada una de sus obras.

Tales prejuicios nacen de la necesidad de entender las cosas, de encontrar una explicación para cualquier asunto que se presenta ante nuestros ojos. Esta tendencia nos lleva a simplificar, a fabricar categorías confortables donde poder meter las cosas: Kafka es kafkiano, María es así, los españoles son asá, las mujeres de esta manera y los hombres de esta otra.

Lo que no entienden quienes se complacen en mostrar las diferencias entre hombres y mujeres es que lo importante del asunto no es que existan o no esas diferencias. Muchas de ellas son pura invención; otras, filosofía de andar por casa, y la mayoría ciencia de rebajas, pero muchas de las diferencias probablemente existen sencillamente porque se enseña a las mujeres a ser de una manera determinada y a los hombres de otra y, además ellos y ellas, después, se complacen en acentuar esos supuestos rasgos distintivos, precisamente por el afán de vivir una vida simple, simplista y tranquilizadora, donde uno pertenece a una banda y los otros a la otra y así podemos explicar las cosas que de otra manera nos exigirían una reflexión un poco más sensata y detenida.

Pero ya digo que lo importante no es que se den esas supuestas diferencias entre hombres y mujeres: lo importante es que se opine acerca de una persona en concreto atendiendo a si es mujer o si es hombre: “Claro, como María es mujer y las mujeres ya se sabe que…”
Eso es negar la individualidad de las cosas concretas, aparte de ser una muestra de mal gusto y de vagancia argumentativa. Eso es hablar de caballos y de triángulos que no existen en ningún lado, porque lo que existen son triángulos escalenos con un lado un poco romo, de madera de haya envejecida o caballos blancos a los que les falta una herradura y con la crin cortada como un mohicano.

Por eso he dicho también en otra ocasión que esta página web no es una página web, porque ser sólo una página web es una cosa bien triste, incluso en el mundo digital.

Yo siempre me he negado a aplicarme etiquetas: ni he sido ni soy escritor, ni guionista, ni alumno, ni profesor, ni español, ni catalán, ni hombre, ni nada de todo eso. Quien acepta una etiqueta se adapta a ella y va empobreciendo las posibilidades de actuar y elegir.

Los alumnos suelen opinar en general lo mismo acerca de los profesores, pero cuando se convierten en profesores suelen opinar lo mismo que opinan en general los profesores de los alumnos. Los hombres suelen opinar las mismas tonterías acerca de las mujeres que las mujeres opinan de los hombres y así en todas las cosas.

Los niños se comportan como niños (cosa inevitable durante un tiempo tal vez), los adolescentes como tales y los adultos como adultos, los hijos como hijos y los padres como padres.

Las personas, y yo lo he visto a menudo, de pronto caen en la madurez como quien se cae en un pozo, y se hacen personas responsables de la noche a la mañana (en ambos sentidos). Aquel tipo que ayer era una persona normal, hoy es un “señor”. Transformación asombrosa a la que suele seguir una serie de cambios en cadena, que conducen de manera más o menos rápida y más o menos inevitable a que ese señor ya sólo se sepa relacionar con señores (y señoras) y el resto del mundo le parezca distinto y distante. Ha encontrado su ser, su definición, su casillero y a partir de ahora puede vivir tranquilo. Ya no necesita muchos más adjetivos y predicados. Le basta con “señor” (o adulto si se prefiere) y algunos objetos: un coche, una casa, otra casa fuera de la ciudad, un móvil y todas las herramientas que le permitirán disfrutar a conciencia de su aislamiento (junto a los pocos que se han encerrado con él).

Sin embargo, a pesar de su férrea voluntad de ser “algo”, me temo que ni siquiera ese señor conseguirá ser sólo eso. Ya digo que, incluso en este caso, nada es lo que es.

Por eso, cuando se dice que algo, como el Poema a fumetti de Dino Buzzati es un comic, con ello se le está privando de muchas otras cosas que puede ser.

Por eso, cuando se explica un poema pretendiendo que la explicación es el poema se está cayendo en una contradicción, porque si la explicación fuese el poema, el poeta se podría haber ahorrado el esfuerzo.

Por eso, cuando se interpretan las cosas como símbolos de algo se les hace un flaco favor, aunque se diga como elogio.

Ello no quiere decir que no se puedan explicar los poemas: a veces es necesario para disfrutar realmente del poema. Ni que no se pueda decir que el Poema a fumetti es un comic: lo es, pero esa no es ni mucho menos la más importante de sus cualidades. Y también, por supuesto, se puede decir que algo podría ser un símbolo de otra cosa, una muestra de algo, pero, claro, no será esa su única función. Y si lo es, si esa es su única función, entonces lo más probable es que tan sólo sea una señal de tráfico.

Porque es cierto que muchas de las interpretaciones simplistas no son culpa de los que interpretan, sino de los que son interpretados, pues precisamente son ellos quienes quieren reducir la riqueza y pluralidad del mundo a un tópico, a un símbolo sin vida (porque hay símbolos con vida).

Así sucede con tantas obras de arte que se agotan en su explicación o en su título. No hay nada más allá. O quizá sí lo hay, pero no se quiere siquiera mirar. Y así sucede que tantos hombres y mujeres a fuerza de entrenarse día a día en la diferencia de ser hombres y mujeres resulten tan previsiblemente hombres y tan previsiblemente mujeres. Han conseguido ser, definitivamente algo. Pero hay que recordar que algo está muy cerca de nada.