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El problema
de la identidad
Capítulo 1
La joven de Edo
En el relato japonés La joven de Edo se cuenta la historia de Ohatsu, una hermosa muchacha con la que se quieren casar dos jóvenes, Nobuyoshi y Koretsune.
El padre de Ohatsu, un modesto jardinero, no se atreve a elegir a ninguno de los dos pretendientes, por temor a ofender a la familia del rechazado.
La joven de Edo en el jardín de su padre
Para evitar que la rivalidad amorosa acabe mal, se establece uno de esos acuerdos a la japonesa que tanto llaman la atención en Occidente y en los que parecen mezclarse a partes iguales la lógica y el azar. El padre de Ohatsu regala una planta a cada pretendiente. Después les anuncia que su hija y él vivirán durante dos años en la provincia de Kyoto. Cuando regresen, la muchacha se casará con el pretendiente que haya conservado su planta hasta entonces.
-¿Y si las dos plantas sobreviven? -pregunta Nobuyoshi, a quien le ha correspondido un almendro.
-Entonces Ohatsu no se casará con ninguno de los dos y buscará otro marido -responde el jardinero.
-¿Y si mueren las dos plantas? -pregunta Koretsune, a quien le ha tocado cuidar un bambú.
-Entonces Ohatsu permanecerá soltera hasta su muerte.

Los dos lugares en los que trascurre la historia de la joven de Edo: Tokyo (el antiguo Edo) y Kyoto.
Tras diversas peripecias de Ohatsu y su padre en Kyoto, que el narrador detalla prolijamente, a pesar de que no guardan ninguna relación con el desenlace de la historia, regresan a Edo tres años después.
Nobuyoshi cuida su almendro
Los pretendientes visitan al jardinero para entregarle las dos plantas. Nobuyoshi muestra orgulloso su almendro, convencido de que se casará con la muchacha. Sin embargo, Koretsune, su rival, le dice al jardinero que ese almendro no es el mismo que él dio a Noboyushi. Durante el primer mes, explica, el almendro enfermó y Nobuyoshi, al ver que no podía salvarlo, plantó semillas obtenidas de la propia planta. El almendro de Noboyushi nació de aquellas semillas.
Cuando todo parece conducir a la boda de Koretsune con Ohatsu, Nobuyoshi interviene y explica que el bambú de su rival tampoco es el mismo que le entregó el jardinero. El bambú floreció a los pocos días y murió (los bambués mueren cuando florecen). Antes de que muriera, Koretsune arrancó un esqueje y lo plantó, naciendo un nuevo bambú.
Esta segunda revelación hace que los dos jóvenes se conviertan en la vergüenza para sus familias y no les queda otro remedio que hacerse monjes budistas.
Aunque Ohatsu no puede casarse con ninguno de los dos pretendientes, lo que no está tan claro es si debe permanecer soltera para siempre o si puede casarse con otro hombre. Según el acuerdo, si las dos plantas morían, Ohatsu no se casaría, pero ¿han muerto realmente?
La solución la da el joven ayudante del jardinero: aunque es cierto que las plantas no son las mismas que recibieron los pretendientes, tampoco se puede decir que hayan muerto, ni que sean otras, pues tanto el esqueje como las semillas pertenecían a aquellas plantas.
Tras un sutil diálogo lleno de pormenores, todos aceptan que las plantas originales no están ni vivas ni muertas y que Ohatsu, por tanto, puede casarse con otro hombre. A nadie le sorprenderá que el futuro marido de Ohatsu sea precisamente el ayudante del jardinero, quien, por otra parte, es de la misma condición social que la muchacha.
A primera vista, parece que el problema que se plantea en La joven de Edo se resuelve definiendo previamente qué es una planta: la semilla, el tronco, las flores. Pero aquí nos espera una primera dificultad.
Al seleccionar arbitrariamente una parte cualquiera de la planta parece que estamos admitiendo que no existe nada en la naturaleza que haga que una planta sea lo que es, sino que ello depende de nuestro capricho. Si cojo una flor de almendro (porque no tengo a mano una margarita) y le arranco uno a uno los pétalos para averiguar si alguien me ama, cuando ya no quede ningún pétalo (y yo sepa si soy o no correspondido), ¿tendré en mi mano la misma flor que tenía al principio? ¿Tendré otra flor?
Es posible que algún lector piense que contar una historia romántica japonesa no es la mejor manera de plantear una cuestión filosófica, pero creo que el relato de La joven de Edo expone de manera bastante clara el asunto que se va a desarrollar en los próximos capítulos. Se trata de averiguar qué es lo que hace a una cosa ser lo que es. Es el problema de la identidad, que ahora nos llevará desde Japón hasta la India.
Capítulo 2
El carro de Milinda

El imperio de Alejandro Magno
A la parte africana y asiática hay que sumar un pequeño territorio europeo: lo que hoy es Grecia, Macedonia, Bulgaria y quizá Rumanía [Tomado de Universidad de Zaragoza]

Fragmento del célebre mosaico en el que
Alejandro Magno se
enfrenta a Darío en la batalla de Issos

Sagala, el reino greco indio de Menandro en el mapa de Ptolomeo [Tomado de Wikipedia]


Monedas de Menandro
En el reverso se ve a la diosa Atenea armada con un rayo.
La inscripción dice: "Rey Menandro, el Salvador"
Ante estas palabras, los quinientos yonakas aclaman a Nagasena y dicen al rey Milinda: “Ahora, mahârâja, responde si te es posible!”.

Monedas de Menandro
En el anverso se ve una rueda de ocho radios que
simboliza el octuple noble sendero budista.
En el reverso, una palma de la victoria.
En ambos lados se lee: "Rey Menandro el Salvador"
El rey Milinda y el sabio Nagasena, finalmente, aceptan una solución de compromiso:
"-Yo no sueño, venerable: a causa del dosel, el eje, las ruedas... se forma la denominación, la noción común, la expresión corriente, el nombre de “carro”.
-¡Muy bien, mahârâja! Tú sabes lo que es el carro. Del mismo modo, a causa de los cabellos, las uñas, se forma la denominación, la noción común, la expresión corriente, el nombre de “Nagasena”.
Alguien podría pensar que este diálogo encierra una pequeña trampa, pues, ante la pregunta: "¿Es el carro la suma de sus partes?", Milinda podría haber respondido que así es, que el carro es la suma de sus partes.
Pero Nagasena podría contratacar diciendo que no sólo importa sumar esas partes, sino que además han de estar ordenadas de una determinada manera para que se trate de un carro y no de un simple montón de piezas.
La conclusión, entonces, podría ser que el carro son las piezas colocadas de una determinada forma, configurando una estructura concreta.
Quizá, pero ¿qué pasa si quitamos una pieza a ese montón de piezas ordenadas llamado carro?. ¿Qué sucede si, por ejemplo, le quitamos el timón?
¿El carro deja de ser un carro cuando le quitamos el timón? ¿Deja de ser un carro si le quitamos también una rueda?
¿Si a una una flor de almendro le quitamos los pétalos, ¿sigue siendo una flor de almendro?, ¿sigue siendo la misma flor de almendro?
La historia que se cuenta en el próximo capítulo plantea este problema, es decir, ¿qué es lo que hace que un objeto determinado sea ese objeto y no otro?, ¿qué elementos o cualidades permiten que sigamos considerando que un objeto sigue siendo ese objeto a pesar de los cambios?
Esa historia, la siguiente etapa de nuestro viaje, trascurre en la tierra de los antepasados de Milinda: Grecia.

Estas monedas de Menandro parecen probar que
Nagasena logró vencer en la disputa y que el rey se
convirtió al budismo. En el anverso se lee: "Rey Menandro, el Justo"; en el reverso:
"Rey Menandro, seguidor del Dharma"
(El dharma es la ley budista)
Capítulo 3
El barco de Teseo
El rey Egeo de Atenas, preocupado porque no tenía hijos y necesitaba un heredero, decidió viajar a Delfos para consultar el oráculo del dios Apolo.
Antes de continuar, hay que advertir al lector que los oráculos de la antigua Grecia se caracterizaban por sus respuestas ambiguas y confusas. Cuando el rey Creso de Lidia visitó el oráculo de Delfos para saber si debía invadir el reino de los persas, la respuesta fue: “Si cruzas el río Hallis, destruirás un gran reino”. Creso cruzó con su ejército el río Hallis y la profecía del oráculo se cumplió: su propio reino fue destruido por los persas.
Creso recibiendo el tributo de un campesino lidio
(Claude Vignon, 1629)
Pero antes de atacar a los persas, Creso ya había consultado al oráculo de Delfos acerca de la conveniencia de iniciar algún conflicto con otras potencias. El oráculo le respondió:
"Escucha, cuando un mulo sea rey de los medos, entonces, lidio de afeminado andar, allende el pedregoso Hermo huye; no te quedes ni te avergüences de ser cobarde" (Herodoto, Historia , libro I, 55).
Creso pensó que era imposible que un mulo llegase a ser rey de los medos, pero no se dio cuenta de que el oráculo se refería a Ciro, rey de los persas y vencedor de los medos, quien era hijo de una mujer rica de origen medo y de un padre humilde de origen persa. La ambigüedad de los oráculos, por cierto, se sostiene casi siempre en el problema de la identidad: "Ciro" y "mulo" designan al mismo ente, a pesar de las apariencias.La respuesta que dio el oráculo al rey Egeo quizá no resultó tan ambigua como las que había recibido Creso, porque era casi incomprensible:
“No debes abrir la boca de tu repleto odre de vino hasta que llegues al punto más alto de Atenas si no quieres morir de pena un día”.
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Egeo consulta el oráculo de Delfos
Bastante confundido, Egeo emprendió el regreso a Atenas, pero en el camino se detuvo en Corinto, donde la bruja Medea le prometió que gracias a su magia tendría un hijo.
Egeo continuó su viaje y llegó a Trecén, donde contó a Piteo, el rey de la ciudad, lo que le había declarado el oráculo. Sin decirle nada a su huésped, Piteo vació sus odres de vino hasta emborrachar a Egeo, y luego ordenó a su hija Etra que se acostara con el recién llegado.
Al día siguiente, Egeo se despertó en el lecho de Etra con una tremenda resaca y muy avergonzado, pero también pensó que de aquello podía resultar un heredero. Egeo escondió bajo una roca su espada y sus sandalias y le dijo a Etra que si nueve meses después tenía un hijo, le criase y educase hasta los dieciséis años y, entonces, le llevase a la roca, para que cogiese la espada y las sandalias y se encaminase hacia Atenas.

El itinerario del rey Egeo
1. De Atenas al oráculo de Delfos
2. De Delfos a Corinto (encuentro con Medea)
3. De Corinto a Trezén (encuentro con Piteo y Etra)
4. De Trecén a Atenas
Dieciséis años después, Teseo, el hijo que Etra había concebido aquella noche, levantó la roca, cogió la espada y las sandalias y se dirigió hacia Atenas. En vez de viajar por mar como había hecho su padre, eligió a propósito la ruta más larga, atravesando el Istmo de Corinto, pues deseaba igualar las hazañas de su admirado Heracles (el Hércules de los romanos).

Etra enseña a su hijo Teseo dónde están las sandalias y la espada de Egeo Laurent de La Hire (Theseus and Aetra, 1635-1640)
Tras acabar con un buen número de monstruos y bandidos, Teseo llegó a Atenas y fue reconocido por su padre gracias a la espada y las sandalias. Egeo le proclamó su heredero y expulsó de la ciudad a su última esposa (que no era otra que Medea) y al hijo que había tenido con ella.
Como se ve, Egeo había logrado no uno, sino dos hijos. Sin embargo, el triste final que predecía el oráculo, “...si no quieres morir de pena”, ¿era todavía una amenaza futura?
No resultaba fácil saberlo, pues, ¿a qué odre de vino se refería la predicción? ¿A los odres de vino que Piteo ofreció a Egeo?, ¿al estómago del propio Egeo?, ¿a su órgano sexual? ¿Y cómo interpretar aquello de: “El punto más alto de Atenas”?
Hay que suponer que Egeo se hizo estas y otras preguntas poco después de reconocer a su nuevo hijo y heredero. Sin embargo, el anciano rey debía ocuparse de un problema más urgente.
Cuando Teseo llegó a Atenas, la ciudad se hallaba en grandes dificultades, pues debía pagar un cruel tributo a los cretenses, quienes por aquel entonces eran la potencia dominante en el mar Egeo. El tributo consistía en siete muchachas y siete muchachos que los atenienses debían enviar cada nueve años a Knosos, la capital de Creta. Los jóvenes eran encerrados en el Laberinto, construido por Dédalo, y quedaban a merced del terrible monstruo que lo habitaba, un ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro: el Minotauro.

El Minotauro cretense a punto de comerse
a una víctima ateniense
en una
cerámica del artista húngaro
Imre Schrammel
Era la tercera vez que Atenas enviaba este tributo humano a Creta. Teseo decidió que sería la última y se ofreció como víctima para el Minotauro.
En Knossos, Teseo venció al Minotauro, escapó del Laberinto gracias a la ayuda de Ariadna, hija de Minos, y regresó a Atenas. Su felicidad era tanta que olvidó un pacto que había hecho con su padre antes de partir hacia Creta: si lograba vencer al Minotauro, pondría velas blancas en la nave, pero si la nave regresaba con velas negras eso significaría que Teseo había muerto.
Cuando Egeo, que se pasaba los días en la Acrópolis (el punto más alto de Atenas) esperando el regreso de su hijo, divisó en el horizonte las velas negras de la nave, pensó que su hijo había muerto y se arrojó al mar, que desde entonces recibió el nombre del rey suicida: el mar Egeo. Así se cumplió el oráculo.

Atenas, Knossos y el mar Egeo
El lector sagaz tal vez habrá supuesto que la relación entre el barco de Teseo y el problema de la identidad se debe a lo del cambio de velas: ¿Es el mismo barco con velas negras y con velas blancas? Si ha pensado eso, se equivoca: el asunto no tiene nada que ver con las velas.

Teseo y los cautivos embarcan en el barco con velas negras
(Ilustración de M. H. Squire y E. Mars para The Heroes or
Greek Fairy Tales for my children, de Charles Kingsley)
La verdadera relación entre la identidad y el "barco de Teseo" se debe a que el barco en el que Teseo regresó a Atenas se dedicó desde entonces a viajes de ida y vuelta a la isla de Delos y fue reparado y recompuesto tantas veces que, como explica Robert Graves, “los filósofos lo citan como un ejemplo cuando discuten el problema de la identidad continua”.
En época histórica el barco todavía se hallaba en Atenas, pero todo el mundo estaba de acuerdo en que no conservaba ni un sólo fragmento de aquel navío en el que Teseo regresó de Creta.
"El barco en donde volvieron (desde Creta) Teseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaban desde la época de Demetrio Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas, poniendo unas nuevas y más resistentes en su lugar, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era". (Plutarco)
El problema de la identidad contínua al que se refieren Plutarco y Graves es, por supuesto, el de qué es lo que hace que una cosa siga siendo la misma cosa a pesar de los cambios. Por ejemplo, un río es siempre el mismo río y sin embargo nunca es el mismo río, puesto que sus aguas nunca son las mismas: “Nunca te bañarás dos veces en un mismo río”, decía Heráclito.
En la conversación entre Milinda y Nagasena, a veces no sabemos si al decir "carro" los interlocutores se refieren a la palabra "carro" (es decir, a las cinco letras que la componen), al concepto "carro", o a un carro concreto. Sin embargo, en el problema que vamos a examinar ahora, el del barco de Teseo, ha de quedar claro desde el principio que no nos referimos nunca ni a las palabras ni a los conceptos, sino a barcos concretos (aunque sean imaginarios porque no sabemos si son parte de la historia o de la leyenda).
Imaginemos un barco: el barco de Teseo. Un día le quitamos una pieza, que puede ser de un centímetro, y la sustituimos por otra pieza idéntica. Al día siguiente sustituimos otra pieza. Seguimos cambiando piezas día tras día y mes tras mes hasta que llega un momento en el que del barco original no queda nada. Ahora podemos preguntarnos: ¿se trata del mismo barco?
Si respondemos que ya no es el mismo barco, la siguiente pregunta es: ¿cuándo dejó de serlo?
Pocos negarán que cuando le quitamos al barco una pieza de un centímetro y la sustituimos por otra pieza idéntica, el barco sigue siendo el mismo barco, pues nadie piensa que si se produce una vía de agua en un barco y éste es reparado en alta mar, al regresar a puerto ya no es el mismo barco.
Si el Titanic hubiese logrado completar su primer viaje a pesar del accidente, a lo mejor todavía realizaría la travesía Londres-Nueva York. Y nadie diría que el Titanic actual, por muchas reparaciones que hubiese sufrido, no fuera el mismo barco que chocó en 1910 con un iceberg.
Ahora bien, si el barco no conserva ni una sola pieza de aquel barco al que empezamos a quitar piezas, ¿qué es lo que le hace ser el mismo barco? Se responderá que es la forma, como con el carro de Milinda. La forma del barco es la misma, aunque sus piezas no lo sean. Bien, démosle otra vuelta de tuerca al barco de Teseo.
Tenemos de nuevo en nuestras manos un barco. En esta ocasión, a medida que vamos quitando piezas al barco y las sustituimos por otras idénticas, en vez de tirar las piezas desechadas, las unimos, y reconstruimos un barco idéntico al que estamos reparando. Cuando hemos sustituido todas las piezas, descubrimos que tenemos ante nosotros dos barcos completamente idénticos: el barco al que hemos sustituido una a una todas las piezas, y el barco que hemos construido con las piezas que hemos quitado. La pregunta es: ¿cuál de ellos es el barco original?
Con esta variante de dos barcos de Teseo, la respuesta que consiste en decir que la identidad del barco es su forma ya no parece tan evidente, puesto que los dos barcos tienen la misma forma. El segundo barco, además de tener la misma forma, conserva todas las piezas del barco original, pero no ha sido el barco original durante la mayor parte del tiempo, pues al principio ni tenía la forma ni siquiera un número suficiente de piezas del barco original. Podemos suponer que empezó a ser el barco original cuando ya tenía el 80 o el 90% de las piezas del original, así que este segundo barco de Teseo apareció de repente. ¿En qué momento exacto?.
Si consideramos que hasta que el segundo barco no tuvo el 80% de las piezas del primer barco no pudo llamarse propiamente barco de Teseo, ¿qué sucedió en ese momento? ¿Hubo a partir de ese instante dos barcos de Teseo, o lo que sucedió es que el primero dejó de ser el barco de Teseo?
Parece que si sustituimos una a una las piezas del barco de Teseo y tiramos las piezas desechadas, parece que no hay duda de que el único barco que nos queda (un barco de la misma forma pero con piezas nuevas) sigue siendo el barco de Teseo. Pero la cosa no resulta tan clara si usamos las piezas que vamos quitando para construir otro barco: la naturaleza del barco parece depender no de sí mismo, de su forma o de sus piezas, sino de si tiramos o no a la basura las piezas que le quitamos.
Se pueden imaginar mil y una variantes con el barco de Teseo y todas ellas añadirán más dificultades. Pero volvamos al planteamiento original: un sólo barco de Teseo. Resulta difícil responder a la pregunta de si el barco sigue siendo o no el mismo barco una vez que le hemos sustituido todas sus piezas. Porque si la respuesta es afirmativa, si decimos que se trata del mismo , se plantean muchos problemas:
¿Es el mismo barco aunque no conserve ninguna de las piezas originales?
¿Es el mismo barco aunque conserve todas las piezas pero no la apariencia original?, ¿seguiría siendo el mismo barco si con sus pedazos hubiésemos construido una casa?
¿Es el mismo barco aunque no conserve ni las piezas ni la forma original?
Y si la respuesta es negativa, si concluismos que no es el mismo barco), habrá que determinar en qué momento dejó de ser el mismo barco: ¿cuando le quitamos una pieza de un centímetro?, ¿cuando le quitamos el 51% por ciento de las piezas?, ¿cuando le quitamos la última de las piezas originales? ¿Cuándo?
En fin, dejemos aquí varado el barco de Teseo, al menos por el momento.
LOS CALCETINES DE LOCKE
El filósofo inglés John Locke actualizó el problema del barco de Teseo imaginando que a uno de sus calcetines preferidos se le hacía un agujero y le ponían un parche. Poco a poco, más agujeros eran reparados con más parches y al final ya no quedaba ni una hebra del calcetín original, sino tan sólo parches. Locke se preguntaba: ¿cuál es la esencia de los calcetines, la calcetinidad, si no es la materia de la que están hechos?
Pronto nos encontraremos con la mujer más hermosa del mundo, Helena de Troya e intentaremos averiguar qué es la helenidad (de Helena, no de helenismo), pero en el siguiente capítulo, a modo de paréntesis, nos detendremos a examinar la figura de Teseo, porque, como casi todos los héroes griegos, tenía muchos problemas de identidad.
Capítulo 4
(Un paréntesis: Teseo y la identidad)
¿Soy la misma persona si mi padre no es quien yo creía?
Esta puede parecer una pregunta ociosa a primera vista, puesto que mi identidad no sufre ningún cambio aunque cambie la identidad de mi padre. Sin embargo, tal vez no cambie mi persona, pero puedo perder o ganar una herencia si se descubre que mi padre no es el que hasta entonces se pensaba. En tiempos no muy lejanos, la figura paterna tenía más importancia que la meramente monetaria que hemos aventurado. August Strindberg escribió su obra maestra, El padre, alrededor de la figura paterna, y Freud consideró que esa misma figura era la más importante para todo ser humano, sugiriendo que para ser definitivamente una persona era necesario matar antes al padre. No necesatiamente de manera literal, aunque en los mitos griegos sí era frecuente esta exigencia: Edipo mató a su padre, Orestes al suyo, incluso Teseo mató a Egeo por su descuido al no cambiar las velas.
Strindberg duda, al igual que los griegos, de la identidad del padre: Teseo cree ser hijo del rey de Trecén, pero en realidad lo es del rey de Atenas. Sólo la madre es segura, dice Strindberg:
"Laura: Los lazos que unen a un hijo con su madre son más indiscutibles que los del padre, demostrado está que nadie puede probar la paternidad de un padre."
Y, ante la deseperación del padre puesto en cuestión, insiste:
¿Sabes si eres el padre de Berta?…¿Cómo puedes saber si yo te fui totalmente fiel?...Supongamos, que soy sincera declarando Berta es hija mía y no lo es tuya.
En próximos capítulos se examinará la importancia que puede tener para definir la identidad el ser hijo de uno u otro padre y pertenecer a una lugar (Trecén) u a otro (Atenas).
Etra le enseña a Teseo dónde está la espada de su padre (cuadro de Poussin). Robert Graves dice que el motivo del hallazgo de la espada es el mismo del célebre episodio del rey Arturo, cuando extrae la espada de la roca.
“Solo tu nombre es mi enemigo”, dice Julieta al saber que el joven al que ama es hijo de la familia detestada de los Capuletos. Hasta entonces era sólo una persona amada, ahora, al saber que se llama Romeo Montesco, descubre su verdadera identidad, que parece contenida en asl letras de su nombre. Pero Julieta se rebela, anticipándose a la distinción de Frege entre sentido y referente (que conoceremos en próximos capítulos):
“¡Oh , sea otro tu nombre!
¿Qué hay en un nombre?
Lo que llamamos rosa
exhalaría el mismo grato perfume
con cualquier otra denominación.
De igual modo, Romeo,
aunque Romeo no se llamara,
conservaría sin este título
las raras perfecciones que atesora.
¡Romeo, rechaza tu nombre,
y, a cambio de ese nombre,
que no forma parte de ti,
tómame a mí toda entera!”.
"Una vez, cuando Richard Burbage interpretaba a Ricardo III, hubo una ciudadana a la que le gustó tanto que, antes de salir del teatro, lo citó para que acudiese a su casa aquella noche bajo el nombre de Ricardo III, Shakespeare, a cuyos oídos llegó aquel acuerdo, se adelantó, fue recibido y estaba en plena faena antes de que llegase Burbage. Entonces, al taer recado de que Ricardo III estaba en la puerta, Shakespeare hizo que se le despachara diciendo que Guillermo (William) el Conquistador reinó antes que Ricardo III."
¿Una piel de león es un león para quien la ve como tal?

Teseo entra en Atenas y causa admiración
La llegada de Teseo asustó a Medea, que convenció a Egeo de que el recién llegado era un espía. Después, le propuso que hiciera una fiesta en su honor para envenenarlo. La bruja preparó entonces un veneno llamado matalobos.

Medea (1889), por Evelyn de Morgan
El veneno es tan poderoso que las palomas mueren nada más probar las gotas que la bruja ha derramado en el suelo
Antes de tomar su copa de veneno (pensando que era sabroso vino), Teseo sacó la espada para trinchar el asado y fue entonces Egeo vio que era la que él mismo había dejado bajo la roca de Trecén dieciséis años antes. Ese momento de reconocimiento es llamado por Aristóteles anagnórisis. Sucede cuando es revelada la verdadera identidad de alguien, que a menudo se esconde tras un nombre falso, como cuando Ulises regresa a Ítaca, se disfraza de mendigo y adopta un nombre falso; aunque logra engañar al porquero Eumeo, la criada Euriclea le reconoce al lavar su cuerpo y descubrir una cicatriz que se hizo siendo niño.
Pero la escena de reconocimiento más emocionante quizá pertenezca a la época moderna. Tiene lugar en Luces de la ciudad, cuando la muchacha ciega que ha recuperado la vista gracias a Charlot reconoce en el vagabundo que tiene delante a su misterioso benefactor. Ese vagabundo no tiene ninguna de las características aparentes que definían la identidad imaginada de aquel hombre que la ayudó, pero la muchacha ahora es capaz de ver también la otra identidad que se esconde tras las apariencias.
Charlie Chaplin, Luces de la ciudad
El nuevo Teseo
Cuando Egeo comprendió que Medea le había engañado, quiso castigarla, pero ella huyó con su hijo, quien es ese momento perdió una de sus principales señas de identidad: de heredero al trono pasó a ser prófugo.
A partir de su reconocimiento, el joven nacido en Trecén, Teseo, se convertirá en el más célebre de los héroes atenienses, a semejanza de su admirado Heracles. Además de sus hazañas legendarias y la lucha contra el Minotauro, se le atribuyen muchas de las particularidades de la época histórica, como la unificación del Ática (la región de Atenas) y el origen de la democracia. Se cuenta que cuando los atenienses luchaban contra los persas en la batalla de Maratón, se les apareció un gigantesco guerrero que puso en fuga a los persas. Dicen que ese guerrero era Teseo.
Sin embargo, podemos sospechar que el más famoso de los héroes atenienses no era ateniense, ni siquiera por parte de padre. No sólo no era hijo del rey de Trecén, tampoco lo era de Egeo de Atenas.
En efecto, la tradición dice que Teseo no era hijo de Egeo, sino de Poseidón: la noche en la que Etra se acostó con Egeo, también lo hizo con el dios del mar.

El padre de Teseo en Madrid
[Fuente de Neptuno, por Mauro A.Fuentes]
Podemos preguntarnos: ¿el dios romano Neptuno es realmente el dios griego Poseidón?
La historia de la noche que pasó Egeo en Trecén, de cómo le emborracharon, de cómo se acostó con Etra, todo eso sería tan sólo una invención para “nacionalizar” a Teseo como ateniense.
Algunos sospechan que el Teseo histórico fue un extranjero que se hizo con el poder de Atenas, y que había que legitimar su usurpación haciéndole hijo secreto de Egeo. Si así fuera, la fábula que cuenta que Egeo se arrojó al mar al ver regresar el barco con las velas negras serviría para enmascarar la realidad: Egeo fue arrojado al mar por el usurpador Teseo.
Ahora bien, si lo que se pretendía era convertir a Teseo en ateniense haciéndole hijo de Egeo, entonces, ¿qué sentido tendría la historia de que era hijo de Poseidón? Si Teseo es hijo de Poseidón, entonces ya no queda, ni en sus venas ni en su genealogía, una sola gota de sangre ateniense: no la tiene ni por su padre ni por si madre.
Podemos imaginar varias razones para hacer a Teseo hijo de Poseidón.
La historia de Poseidón pudo ser una invención anterior a la de que Egeo pasó una noche en Trecén. Tal vez Egeo no pasó allí ninguna noche y nunca se acostó con Etra. Quizá Etra se acostó con otro hombre y la única manera de explicarlo fue decir que había sido poseída por un dios. ¿Y quién pudo ser ese otro hombre?
En efecto, el padre de Etra: Piteo. Tal vez Piteo violó a su hija y después le echó la culpa a un Dios, o a Egeo, o a los dos.
En la antigüedad era frecuente atribuir a los dioses la paternidad de multitud de niños y niñas. A veces se hacía para conferir a los reyes, príncipes o familias una genealogía de lujo: descendientes de un Dios, ni más ni menos.
En otras ocasiones, se recurría al Dios para justificar una violación o simplemente una infidelidad o un desliz de una mujer, virgen o no. Si el violador o el amante había sido un Dios, ¿quién iba a tomar represalias? Uno de los posibles ejemplos de este uso del Dios germinador es el de la Virgen María del cristianismo.
En el caso de Teseo, su legitimación como ateniense entra en conflicto con el deseo de que tenga orígenes divinos, pero estas contradicciones se dan muy a menudo en la mitología griega y universal. Robert Graves nos recuerda que existieron en la Antigüedad tres héroes con el nombre de Teseo, uno de Trecén, otro de Maratón y otro que era lapita. Los tres acabaron fundiéndose en uno, tal vez hacia el siglo VI antes de Cristo. Eso explicaría muchas de las confusiones que rodean a Teseo. Pero también supone más preguntas comprometidas: ¿cuál de ellos es nuestro "Teseo"?
Existen otros muchos detalles en la leyenda de Teseo que plantean dudas acerca de su identidad, algunos de ellos poco importantes, pero sí curiosos. Por ejemplo, cuando llegó a Atenas por vez primera, unos albañiles le tomaron por una mujer y se burlaron de él.
Como se ve, a Teseo (como a su célebre barco) se le pueden quitar una a una las características que lo definen: su nombre, su padre, su individualidad, su identidad sexual y, sin embargo, parece que sigue siendo Teseo.
Pero existe otro episodio en la vida de Teseo que lo relaciona, al menos de manera indirecta, con el problema de la identidad. Todo el mundo sabe que Helena de Troya era una hermosa mujer que vivía con el rubio Menelao de Esparta hasta que pasó por allí el troyano Paris y la raptó. Así se inició la guerra de Troya, que duró diez años, causó terribles muertes y crueldades en ambos bandos e inspiró a un poeta ciego a escribir la Ilíada. Ese rapto, según Herodoto significó el inicio de las guerras entre los griegos y los asiáticos, que culminarían con la conquista del imperio persa por Alejandro. Pero lo que no es tan conocido es que Helena ya había sido raptada en una ocasión anterior. ¿Quién la raptó?
Teseo, por supuesto.
Pero no es la aventura de Helena con Teseo lo que nos interesa aquí, sino la explicación que, tras la guerra de Troya, se dio al rapto de Helena por Paris.
Lo veremos en el próximo capítulo.
Capítulo 5
¿Quién es Helena de Troya?
Cuando Troya fue saqueada por los griegos, Menelao recuperó a su esposa Helena, a causa de la que había muerto tanta gente, y se la llevó de regreso a Esparta. Fue un curioso comportamiento, pues la costumbre que se seguía con las esposas infieles era matarlas, y, además, casi todo el mundo pensaba que Helena no fue raptada, sino que huyó con Paris por su propia voluntad.

Helena y Paris en la versión de Jacques Louis David
Aunque Helena fue raptada por el joven Troyano, casi todos piensan que la esposa de Menelao amaba a Paris. Helena de Troya es el símbolo de la pasión y el sexo, frente a las virtudes de la castidad y la fidelidad de Penélope, quien esperó a su esposo Ulises durante veinte años en Ítaca resistiendo el acoso de sus pretendientes.
También se decía que, durante el sitio de Troya, Aquiles había logrado pasar una noche con ella. Por si esto fuera poco, cuando murió Paris, Helena se casó con otro de los hijos del rey de Troya: Deífobo, con el que vivió hasta que los griegos conquistaron la ciudad. A ello hay que añadir los amores que tuvo, cuando era casi una niña, con su primer raptor, Teseo.
A pesar de que muchos caudillos griegos exigieron un escarmiento a la voluble Helena, Menelao perdonó a su esposa y se la llevó con él en su regreso a Esparta.
Helena huye del victorioso Menelao y parece implorar ayuda a un arbusto sagrado (¿un olivo de Atenea?). Pero la intención de Menelao no parece ser matar a Helena, pues ya ha dejado caer la espada. Tal vez, al verla de nuevo, olvidó sus deseos de venganza. Este dibujo parece confirmar una versión que recoge Robert Graves: "Algunos dicen que Helena misma le hundió una daga en la espalda a Deífobo , y que esta acción, y la vista de sus pechos desnudos, debilitó de tal modo la resolución de Menelao, quien había jurado: «¡Ella morirá!», que arrojó su espada y la condujo a salvo a las naves." (Los mitos griegos)
Sin embargo, los rumores acerca del comportamiento de Helena en Troya eran atronadores. Afortunadamente, alguien (hay que imaginar que el ingenioso Ulises) ideó una solución que actualmente se emplea mucho para combatir los rumores: propagar un rumor contrario: Helena nunca había estado en Troya.
La cosa resultaba difícil de creer porque la guerra había durado diez años y cientos de troyanos y aqueos habían visto a Helena en la ciudad sitiada. Pero la imaginación griega no se detenía ante detalles tan nimios. Según el rumor hábilmente propagado, Paris no había raptado a Helena, sino a una réplica exacta, hecha de nubes.
"Hay un antiguo medio de purificación para aquellos que se han equivocado hablando de los dioses. Homero no lo conoció, pero Estesícoro se sirvió de él. Privado de la vista por haber hablado mal de Helena, no despreció, como Homero, la causa de su desgracia, sino que, hombre inspirado por las Musas, apenas se dio cuenta de lo que ocurría, cantó:
He hablado con mentira, Helena pura
Decir de ti cual dije fue tramoya
pues de embarcar te libró la cordura
¿Cómo pudiste, pues, nunca ir a Troya?
(Platón, Fedro)
Imaginemos que la gente llegara a creerse esa historia, pero, si Paris se había llevado una falsa Helena a Troya, todavía queda una pregunta: ¿dónde estaba la verdadera Helena?
La respuesta es: en el país del misterio para los antiguos griegos, Egipto. Cuando la falsa Helena fue raptada, aseguraban los rumorólogos, la diosa Hera ordenó a Hermes que llevara a la verdadera Helena a la corte del rey egipcio Proteo.
En conclusión: Helena pasó los diez años que duró la guerra de Troya en Egipto, resistiendo el acoso del hijo del rey Proteo, Teoclímeno, a semejanza de lo que hacía la fiel y admirada esposa de Ulises, Penélope, en Ítaca.
Cuando Menelao regresó de Troya con la falsa Helena, se detuvo en el reino de Proteo, justo a tiempo de salvar a la verdadera Helena del último acoso de Teoclímeno. Los dos esposos se reconocieron y la falsa Helena se disolvió para siempre.
Se podrían hacer muchas preguntas acerca de la verdadera identidad de Helena, de si una Helena que pasa diez años en Egipto es “Helena de Troya”, de la naturaleza de esa Helena ficticia, madre de varios hijos, y sobre todo, de cómo distinguir el original de la copia. Se podrían hacer muchas preguntas. Y se van a hacer.
Algunas preguntas
El relato japonés La joven de Edo nos obligaba a preguntarnos qué elemento, qué parte o qué componente de una cosa es el que permite decir que esa cosa sigue siendo la misma cosa.
En la conversación entre Milinda y Nagasena se discutía si un objeto o una persona puede definirse por sus elementos o cualidades y cuáles son los elementos o cualidades que le hacen ser lo que es.
En la historia del barco de Teseo se trataba de saber si algo sigue siendo lo mismo cuando se sustituyen sus elementos por otros elementos semejantes.
En las tres historias se plantea un mismo problema, el de la identidad, pero podemos distinguir dos aspectos diferentes:
¿Cómo podemos decir que una cosa es lo que es?
¿Qué es un almendro?, ¿qué es un carro?, ¿qué es un individuo?
¿Qué nos permite decir que una cosa es la misma cosa a pesar de los cambios?
El almendro que el jardinero entrega a Nobuyoshi, ¿es el mismo almendro que el muchacho le enseña un año después? El barco de Teseo sin ninguna de sus piezas originales, ¿es el barco de Teseo?
Tanto en el caso del barco de Teseo como en el del almendro japonés, la identidad parece estar relacionada con el cambio. Cambio en el tiempo y en el espacio, o en ambos a la vez. Pero podemos plantear una situación que parece ajena al tiempo y el espacio.
Capítulo 6Raymond Smullyan es un lógico estadounidense especializado en libros de juegos y enigmas, como Alicia en el país de la lógica o La dama o el tigre. También ha publicado dos libros con problemas de ajedrez. Pero no se trata de los problemas habituales de ajedrez.
En un problema tradicional de ajedrez, el lector mira una posición en el tablero y tiene que descubrir cómo ganar la partida o cómo lograr una ventaja determinante. Son preguntas que miran hacia el futuro. A Smullyan le interesa más mirar hacia el pasado y preguntar: "¿Qué ha sucedido en esta partida?".
Dice Smullyan que un amigo de la escuela le incitó a crear su primer problema de ajedrez retrospectivo en el año 1925. Más tarde supo que un pequeño grupo de ajedrecistas ya había desarrollado el asunto “en Inglaterra y Europa”.
Smullyan, en definitiva, nos muestra un tablero de ajedrez y nos pide que reconstruyamos el pasado. ¿Cómo se ha llegado a esta posición?.

Raymond Smullyan, gran lógico y matemático, además de mago y músico
Sherlock Holmes es el protagonista de uno de los libros de ajedrez retrospectivo, de Smullyan.
El famoso detective inglés y su ayudante Watson recorren el mundo resolviendo problemas de ajedrez. En una ocasión se enfrentan a un problema fascinante por sus implicaciones filosóficas que, precisamente, tiene mucho que ver con la identidad. Es un problema cuya solución, dice Holmes, se encuentra en “algún lugar en el límite entre el ajedrez, la lógica, la filosofía, la lingüística, la semántica y la ley”.
Como Watson no está muy al tanto de la historia del ajedrez, Holmes le cuenta la evolución de la regla de coronación de peones. La antigua regla decía que un peón que alcanza la octava casilla puede convertirse en cualquier pieza, con excepción de un peón o un rey. Lo que no especificaba la regla era que el peón tuviera que convertirse en una pieza de su mismo color. La regla fue modificada, concluye Holmes, cuando en un torneo un jugador ganó la partida cambiando su peón blanco por un caballo negro.
Imaginemos, dice el detective, un problema planteado según la vieja regla, es decir: "Cuando un peón corona puede pedir la pieza que quiera y del color que prefiera".
El peón blanco corona en H1 y pide torre negra
La pregunta es: ¿puede enrocar el rey negro?
Antes de continuar, Holmes también recuerda a Watson cuáles son las reglas del enroque. El enroque está permitido siempre y cuando:
(1) Ni el rey ni la torre hayan movido.
(2) el rey no esté en jaque.
(3) el rey no pase por ninguna casilla en jaque.
Las condiciones (2) y (3) se cumplen: el rey no está en jaque, pues ninguna pieza blanca le amenaza. En caso de moverse, tampoco pasaría por una casilla amenazada por piezas blancas.
La única duda es si se cumple la primera condición: no sabemos si el rey o la torre se han movido a lo largo de la partida.
Holmes y Watson preguntan a los jugadores, que todavía están allí, y se enteran de que ni el rey ni la torre negros se han movido de su sitio en toda la partida.
Volvamos a la última jugada.
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El peón blanco llegó a la octava casilla y promocionó, pidiendo torre negra (H1).
Ahora es el turno de las negras: ¿pueden enrocarse? |
"Me atrevería a decir -aventura Holmes- que la torre coronada todavía no tuvo tiempo de mover, de ahí que el negro pueda enrocar”.
Watson responde:
“Yo me atrevería a asegurar lo contrario. Diría que la torre negra fue sacada del tablero cuando fue comida; y devuelta al tablero cuando se la repuso por medio de la coronación. Así que diría que la torre sí movió”.
Pero, pregunta Holmes, ¿es en realidad la misma torre?
La pregunta queda en el aire y así acaba la primera parte del libro y del problema.

Sherlock Holmes jugando al ajedrez
Apenas hay tres o cuatro menciones al ajedrez en las historias de Holmes. En El caso del comerciante de colores retirado, el detective dice: “El sobresalir en ajedrez es signo de una mente intrigante”.
En El caso de la piedra de Mazarino, hay un párrafo que parece tener relación con la aventura que cuenta Smullyan: "Holmes le miró fijamente como un experto jugador de ajedrez que medita acerca de que pieza pedir en la coronación".
Nominalismo y platonismo
En la segunda parte, Holmes y Watson se encuentran, durante un viaje en barco, con el lógico Fergusson (tal vez alter ego de Smullyan).
Fergusson dice:
“El problema va más allá de lo que parece a simple vista. El verdadero problema, tal como yo lo veo, es cómo definir exactamente la noción de pieza.”
Watson admite que él identifica la pieza con un objeto físico tangible: “¿Que más podría ser una pieza de ajedrez si no es un objeto físico?”
Parece que vamos a asistir a una nueva conversación entre Milinda y Nagasena cuando intentan averiguar qué es un carro.
Fergusson explica que Watson (que piensa que la torre se ha movido), es nominalista. Por el contrario, él y Holmes son platónicos, al pensar que la torre negra no se ha movido.
Para Fergusson y para Holmes la "pieza" no es un objeto físico:
“El objeto físico que se maneja es sólo un símbolo de la pieza. La pieza en sí es una entidad matemática idealizada”.
El platónico Fergusson plantea entonces un nuevo problema al nominalista Watson:
“Supongamos que durante una partida alguien quitara un peón blanco de su casilla y lo reemplazara por otro peón blanco del juego de ajedrez. ¿Usted diría que el peón movió?”
Watson admite que su respuesta sería “no", pero se defiende diciendo que la torre negra ya había sido comida y que había estado fuera del tablero por algún tiempo, para luego ser colocada nuevamente por medio de la coronación: “En esas circunstancias, la torre sí movió”.
Fergusson replica que podemos imaginar que el peón blanco del problema coronó al comerse a la torre negra, pero que ni siquiera tocó a la torre: simplemente, el jugador retiró el peón blanco del tablero y anunció: "Pido torre negra", dejando la torre donde estaba, sin ni siquiera tocarla.

El lógico Gottlob Frege, a quien representa el personaje de Fergusson. Frege señalaba la diferencia entre sentido y referente: el 'lucero de la mañana' y el 'lucero de la tarde' son dos maneras de referirse a un mismo referente: el planeta Venus. Un día, en el restaurante de la Facultad de Filosofía, pedí un café con leche. Como tardaban en traérmelo, le comenté a mi amigo Manuel: "Le he dicho al camarero una proposición dotada de sentido, pero no he obtenido el referente".
¿Qué es una torre de ajedrez?
Fergusson tiene mucha razón cuando dice que el problema trasciende las propias reglas del ajedrez e invade los terrenos de la lógica, la filosofía, la lingüística y la semántica. ¿Qué es lo que hace a una pieza de ajedrez ser lo que es?
Evidentemente, en primer lugar una convención. Las torres podrían tener forma de murciélagos y, sin embargo, cumplir la misma función sobre el tablero. Cualquier aficionado al ajedrez se ha visto en alguna ocasión en la necesidad de utilizar un botón o un tapón de corcho para sustituir una pieza perdida.
Ahora bien, admitida esa inevitable convención, y una vez definidas las piezas y elegidos sus modelos físicos (torres, álfiles, caballos...), no acaba de quedar claro si el rey negro se puede enrocar o no con esa torre elegida por su rival al coronar su peón.
Una posible solución es comparar lo que les sucede a las piezas en el tablero con lo que en lingüística se llama estructura profunda y estructura superficial de un enunciado.
Del mismo modo que la expresión “¡No!” en un contexto determinado es la estructura superficial de un enunciado cuya estructura profunda puede ser “No cojas ese cazo con las manos desnudas, pues está caliente”; quizá se podría decir que la acción de retirar el peón, dando a entender que se ha comido la torre blanca y se ha pedido la torre negra, es la estructura superficial del acto implícito que consiste en mover el peón en diagonal, retirar la torre, colocar el peón en H1, retirarlo del tablero, volver a coger la torre negra y colocarla de nuevo en H1.
Recurriendo, pues, a la estructura profunda de la acción, quizá sea lícito decir que la torre negra sí ha movido.
Dicho de otra manera, cuando Fergusson pone a Watson el ejemplo de alguien que quita un peón del tablero y coloca otro igual en su lugar, Watson podría responder que esa acción no puede considerarse parte integrante de la partida.
Si transcribimos la partida para conservarla y poder reproducirla en el futuro, nunca pondremos que uno de los jugadores cambió uno de sus peones por otro. Eso no ha sido una acción perteneciente a la partida, sino un gesto externo, no muy distinto de quitar una mota de polvo del tablero o centrar una pieza correctamente en su casilla. Las reglas especifican que si un jugador quiere colocar bien una pieza debe decir en voz alta: "Compongo". De este modo queda claro que esas operaciones no son parte de la partida.
Sin embargo, la coronación del peón blanco sí sería un acto de la partida. ¿Cómo se transcribiría? Recordemos que se trata de anotar las jugadas para que cualquiera pueda reproducir lo que fue la partida. Pues bien, el hecho de que se hubiera tocado o no la torre negra no afectaría a la partida. Simplemente se escribiría: PxT,Tn. (que significa: "El Peón se come a la Torre, el jugador pide Torre negra).
Cuando, a continuación, el jugador negro pretendiera enrocar, se le podría enseñar la transcripción y demostrarle que ha habido un momento en la partida en el que no había torre negra. El negro perdió sus dos torres. Por tanto, no se puede enrocar.
La torre negra, ¿qué torre negra es?
El rey negro debe enrocarse con una de sus dos torres negras y las dos han desaparecido del tablero. La prueba de que la torre negra que pide el jugador que promociona es otra torre negra (no una de las dos originales) es que cuando un peón promociona no está pidiendo una torre de las que participan o han participado en la partida, sino una torre que se halla en una reserva exterior (e ideal) de piezas promocionables.
¿Por qué?
Porque si no fuese así, un peón no podría pedir una tercera torre cuando ya hubiera dos en el tablero, y tampoco una segunda reina. Y las reglas del ajedrez no impiden que haya más de una reina o más de tres torres, caballos o alfiles sobre el tablero, siempre que las piezas extra sean resultado de la promoción de peones.

En el chaturanga indio, que se considera el origen del ajedrez, cuando un peón promociona no puede pedir una tercera torre, sino que sólo puede elegir una pieza que haya sido ya retirada del tablero.
Aún así, se podría argumentar que el negro no quiere enrocarse con ninguna de sus dos torres, sino con una tercera torre negra: la que ha pedido su rival, porque en las reglas oficiales del ajedrez tampoco se especifica que el rey deba enrocarse con sus dos torres originales.
En definitiva, ¿qué es lo que hace a una torre negra de ajedrez ser una torre negra de ajedrez?
En la China de los Reinos Combatientes, donde florecían las escuelas filosóficas, uno de los filósofos más interesantes no se preguntó por la identidad de las torres negras, pero sí por la de los caballos blancos. Se llamaba Gongsun Long.
Después de visitar la Grecia legendaria de Teseo y de Helena de Troya, el Japón antiguo de la joven de Edo, el reino grecoindio del rey Milinda y la Inglaterra victoriana de Sherlock Holmes, nuestro viaje en busca de la identidad nos lleva ahora a la China de los Reinos Combatientes.
Los Reinos Combatientes de China
En realidad, China todavía no existía y el territorio estaba dividido en siete grandes estados rivales (Zhao, Wei, Yan,Qi, Chu, Qin y Shu) y otros menos poderosos. Finalmente, se impuso Qin (Chin). ¿Podemos hablar de China y de filósofos chinos antes de que China existiera?
La de los Reinos Combatientes fue una época de guerras continuas, pero en la que también se produjo una asombrosa explosión cultural. Coincide casi en el tiempo, y eso es una de las curiosidades históricas que hacen pensar en la cultura mundial como un sistema de vasos comunicantes, con el llamado milagro griego y con la no menos admirable especulación india que va de los Upanisads a Buda y Mahavira. Del mismo modo que sucedió en Grecia y la India, en China las ciudades y los caminos se llenaron de pensadores que enfrentaban sus argumentos con ardor y que pretendían desentrañar los misterios del universo y del ser humano. Había tantas filosofías rivales que se hablaba de las “Cien escuelas”.
Pero, como sucedió en la India y en el mundo grecorromano y cristiano, también las escuelas dominantes acabaron silenciando a sus rivales. En China, el caso se vio agravado por la tiranía del primer emperador que logró unificar el imperio, el rey de Qin (Chin).
Shi Huang Ti puso fin a las continuas guerras entre estados rivales, pero también ordenó quemar todos los libros, incluidos los confucianos. Su crueldad fue tan desmesurada que poco después de su muerte su dinastía fue derribada y los taoístas primero y los confucianos después inspiraron la época más admirada de China: la Han.
Qín Shî Huáng
秦始皇
En La muralla y los libros, Borges señala la paradoja de este emperador, constructor de gran parte de la muralla china y al mismo tiempo destructor de casi todos los libros: "Shih Huang Ti, según los historiadores, prohibió que se mencionara la muerte y buscó el elixir de la inmortalidad y se recluyó en un palacio figurativo, que constaba de tantas habitaciones como hay días en el año; estos datos sugieren que la muralla en el espacio y el incendio en el tiempo fueron barreras mágicas destinadas a detener la muerte”. Ese palacio figurativo, que cuando Borges escribió su relato se creía una fábula, fue encontrado a finales del siglo pasado y ahora podemos admirar sus guerrreros de terracota, como los que se ven tras la figura del emperador en el Museo de Cera de Pekín.
La nueva dinastía Han no pudo o no quiso recuperar todo lo que se había perdido por culpa del primer emperador y dejó que desaparecieran casi todas las corrientes filosóficas, a excepción del confucianismo, el taoísmo y el legismo. También se perdieron casi por completo los escritos de la llamada Escuela de los nombres.
Los sofistas chinos
La Escuela de los Nombres (Mingjia) se desarrolló entre el –300 y –200. A sus partidarios se les ha comparado a menudo con los sofistas griegos y se les ha llamado dialécticos, lógicos, polemistas, disputadores (bianzhi) o discutidores.
Gongsun Long, que vivió entre los años -320 y -250, es el pensador más conocido de esta escuela:
"Gongsun Long fue un erudito en disputas filosóficas del período de los Reinos Combatientes. Entristecido por el caos de que no se llamara a las cosas por su nombre [mingshi], gracias a su gran inteligencia y a su gran talento enunció ensayos... Por medio de estos diálogos procuró corregir el uso de las palabras para referirnos a las cosas, y cambiar así el estado del mundo.”
En el Zhuang zi Gongsun Long, dice de sí mismo:
“Cuando yo era un muchacho, estudié la doctrina de los antiguos soberanos; y ya en mi madurez he alcanzado a comprender la práctica de la benevolencia y de la justicia; ahora soy capaz de unir la identidad y la diversidad, y de distinguir “lo duro y lo blanco”, de hacer verdadero lo que no es verdadero y posible lo que no es posible; de poner en evidencia los conocimientos de las cien escuelas filosóficas y de dejar sin respuestas las bocas de los dialécticos”.
De Gongsun Long se conserva un libro llamado Gongsun Longzi, que aunque es una falsificación escrita más de 700 años después de su muerte, conserva, al parecer, algo de sus ideas.
Gongsun Long no llegó a la ciudad a caballo
A Gongsun Long le preguntaron si había llegado a la ciudad sobre un caballo y él respondió que no, porque “había llegado en un caballo blanco, y un caballo blanco no es un caballo”.
Esta es su más célebre paradoja: “Un caballo blanco no es un caballo”.
Parece una afirmación absurda sin más, pero los expertos han discutido acerca de su significado casi tanto como acerca de las paradojas de Zenón de Elea.
Zenón de Elea propuso la paradoja de la flecha que está en el aire y no se mueve. Una de las paradojas de la Escuela de los nombres es: "Ya disparada, hay momentos en que una flecha ni avanza ni está parada". Pero la más famosa paradoja de Zenón es la de la carrera entre Aquiles y la tortuga, basada en la división constante de la distancia; también en la Escuela de los nombres hay una paradoja que dice: "Si tuviéramos un palo de un pie de largo y lo fuésemos partiendo por la mitad día a día, incluso al cabo de mil generaciones seguiríamos teniendo palo por cortar"
¿Qué es un caballo blanco?
Aunque la paradoja del caballo blanco merece un detallado análisis, aquí sólo nos referiremos a ella en relación estrecha con el tema de este ensayo, la identidad.
Si no resultaba fácil decidir qué es lo que hace a un crisantemo ser un crisantemo, a un carro ser un carro, al barco de Teseo ser el barco de Teseo o a Helena de Troya ser Helena de Troya, tampoco parece sencillo averiguar qué es un “caballo blanco”.
Nadie negaría a primera vista que un caballo blanco es un caballo. Ahora bien, ¿qué queremos decir exactamente al afirmar “Un caballo blanco es un caballo”?
Por ejemplo:
caballo blanco = caballo
Es decir, que hay una identidad o equivalencia entre “caballo” y “caballo blanco”. Resulta entonces evidente que, si caballo blanco es lo mismo que caballo, en cualquier frase se podrá sustituir uno de los miembros de la igualdad por el otro.
Por ejemplo:
Un caballo tiene orejas= un caballo blanco tiene orejas.
Un caballo relincha= un caballo blanco relincha.
Un caballo negro es un caballo=Un caballo negro es un caballo blanco
El último ejemplo nos demuestra que las expresiones “caballo” y caballo blanco” no son idénticas, con lo que tenemos que abandonar la apresurada opinión que identificaba caballo blanco y caballo.
En la expresión 2+2=4, podemos invertir sin problema los términos: 4=2+2; pero, si hacemos el experimento de cambiar el orden de los términos en la frase de Gongsun Long, descubrimos que lo que era una expresión paradójica se convierte de repente en un enunciado perfectamente razonable: "Un caballo no es un caballo blanco".
En consecuencia, no podemos entender el “es”, como sinónimo de igualdad, de identidad completa, en el sentido matemático.
Ni siquiera es cierto de manera estricta que 2+2 sea igual a 4, sino que lo que es igual a 4 es el resultado de sumar 2+ 2. Como sucedía con el caballo y el caballo blanco, hay contextos en los que 2+2 no puede ser sustituido por 4. Por ejemplo: “En esta frase aparece un número que se escribe 4 y se pronuncia en inglés four”, pues sería absurdo decir: “En esta frase aparece un número que se escribe 2+2 y se pronuncia en inglés four”.
Ya sabemos que “es” no indica una igualdad, sino que más bien parece referirse a otro tipo de relación, por ejemplo, la de una parte con el todo, la de pertenencia: un caballo blanco pertenece al conjunto o a la especie de los caballos.
Hay que aclarar que en la frase original china ni siquiera aparece la partícula “es”: Baima fei ma significa literalmente: “Blanco-caballo no caballo”.
La paradoja de Gongsun Long, como se acaba de ver, parece tener relación con los distintos sentidos en los que se puede entender la partícula “es”, que no son sólo los dos mencionados antes (identidad o pertenencia). Sin embargo, no es este lugar para adentrarnos en sutilezas propias de la lógica de juntores y cuantores, que sin duda iluminarían el asunto, pero que oscurecerían la exposición.
Quizá resulte más interesante intentar averiguar cómo deben entenderse las expresiones “caballo” y “caballo blanco”.
La ambigüedad de los caballos blancos
Ya vimos en la conversación entre el rey Milinda y el sabio Nagasena que a veces no sabemos si al decir "carro" los interlocutores se refieren a la palabra "carro" (es decir, a las cinco letras que la componen), al concepto "carro", o a un carro concreto. También podemos preguntarnos a qué se refiere Gongsun Long al decir caballo y al decir caballo blanco.
Los expertos dudan si Gongsun Long aludía a las palabras, a los conceptos a los que apuntan esas palabras; o si tan sólo tenía en mente caballos y caballos blancos reales, por ejemplo el caballo con el que pretendía entrar en la ciudad. Un comentarista clásico chino del Ensayo sobre un caballo blanco opina que se trata de caballos reales:
“Gongsun Long decía también que si un día buscáramos un caballo blanco en los establos y no lo hubiera, de nada serviría hallar uno negro, pues no se ajustaría al caballo blanco que estábamos buscando.”
Como indica Kiril Ole Thompson, un hombre puede pedir un caballo blanco y asegurar que no le han dado lo que pidió si le traen un viejo caballo blanco, porque lo que él quería era “un caballo blanco para una procesión de boda”.
En el Zhuang zi se dice que “las palabras no son sólo aire”. Tampoco son sólo la definición que aparece en un diccionario: cuando alguien dice una palabra no dice sólo esa palabra. Cuando el rey Ricardo exclama “¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!”, no sólo reclama un caballo para regresar a la batalla o salvar la vida, sino también se lamenta porque ha perdido su reino por culpa de un caballo, porque no le trajeron lo que él pidió, no un caballo cualquiera, sino un caballo de combate. Como señala Graeme Forbes en un extenso análisis en el que ofrece más de cuarenta interpretaciones distintas de la frase shakesperiana: “nº17: Ricardo necesita un caballo de combate, pero no necesita un caballo”.
Ricardo III a punto de perder el reino por culpa de un caballo mal herrado, que yace a sus pies (por cierto, es un caballo blanco). Una canción tradicional inglesa recuerda la triste historia del caballo mal herrado:
"Por falta de un clavo se perdió una herradura,
por falta de una herradura, se perdió un caballo,
por falta de un caballo, se perdió una batalla,
por falta de una batalla, se perdió un reino,
y todo por falta de un clavo de herradura."
Volvamos a la distinción entre palabras, conceptos y objetos. Es evidente que Ricardo III no quería un “caballo”, porque no se puede cabalgar sobre un concepto, sino un caballo, y además un caballo de combate bien herrado. Pero no resulta tan claro a qué se refiere Gongsu