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Piratas y disfraces


—Entrad -dijo Frederick desde dentro de la habitación.
—Mentiría si dijera que vuestro disfraz me parece original -dijo el barón tras examinar la indumentaria de Frederick-, pero he de admitir que resultáis un pirata en extremo elegante.
—Utilicé como modelo a Bartolomé Roberts -explicó Frederick-, que ves-tía como ya ahora: chaqueta y calzón de damasco, una pluma roja en el sombrero, una cadena de oro sobre su pecho, y dos pistolas sujetas a dos cabestrillos de seda parecidos a los que aquí veis -dijo, señalando dos cabestrillos de seda turquesa que colgaban de sus hombros-; sólo he suprimido una gran cruz de diamantes que él había añadido a la cadena. En cuanto a la falta de originalidad -prosiguió Frederick-, es buscada. Pretendo pasar inadvertido y ¿qué mejor modo que vestir de la misma manera que lo harán gran parte de los invitados?. Considero, de todos modos, inadecuado que vos me acuséis de repetitivo, pues vestirse de árabe tampoco denota mucha ingenio.
—Habéis elegido -dijo el barón sin prestar atención a la observación de Frederick- un opuesto: Roberts era un hombre muy religioso, que quiso educar a sus hombres, sin conseguirlo, en la moral cristiana. ¿Por qué no escogisteis a Misson?
—No lo conozco -confesó Frederick.
—Era, como vos mismo, un idealista -explicó el barón-, se estableció con sus seguidores en una isla y fundó la república de Libertalia, donde aplicó muchas de las ideas que vos propugnáis con tanto ardor. Convocó elecciones y creó un Parlamento donde no había diferencias entre negros y blancos. Aquel desdichado pirata, que no pasará a la historia, consiguió lo que en Francia es sólo una utopía que dudo llegue a realizarse.
—¿Por qué le llamáis desdichado? -preguntó Frederick, que aún se admiraba de todo cuanto acababa de escuchar.
—Él y su sueño murieron a manos de una tribu de aborígenes, según nos relata Johnson.
—!Triste final para un hombre extraordinario! -exclamó Frederick.
—Os doy la razón -dijo el barón-. De ahora en adelante, no olvidéis de qué modo acaban los sueños de los hombres.

 

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Libertalia


—Os confieso que vuestra historia acerca de las andanzas del pirata Misson ha excitado mí imaginación _dijo Frederick cuando, horas después de su última conversación, ambos se hallaban en la concurrida fiesta_. Había oído hablar de piratas que fundaron reinos, como John Avery, rey de Madagascar, pero nunca de repúblicas creadas por los espumadores del mar.
—Es, en efecto, un caso único -confirmó el barón-. Entre esas gentes abundan los temperamentos crueles y sanguinarios, que son precisamente los menos peligrosos, por lo que a menudo regresan a su patria y obtienen un título de nobleza. Aquel hombre que habla con la duquesa de Sax -dijo señalando a un caballero que departía con una dama-, aquel hombre parece haber olvidado su disfraz, pues viste como nosotros en un día normal, pero no os dejéis engañar por las apariencias. Su disfraz es perfecto: en sus buenos tiempos fue un pirata inglés de bastante renombre que, tras sus correrías en las Antillas, obtuvo el perdón real a cambio de ayudar a la erradicación de sus antiguos camaradas. Misson fue, en efecto, un caso excepcional.
—Me permito rogaros que me refiráis su trágica historia sin olvidar detalle alguno -pidió Frederick.
—Comenzaré por deciros que no estaba solo. Le acompañaba un antiguo dominico llamado Caraccioli, verdadero artífice de la creación de Libertalia.
—¿Pretendéis dar un sentido religioso a la gesta de Misson? -preguntó Frederick.
—Sólo pretendo respetar los hechos -respondió, un poco molesto, el barón-. El Misson que vos admiráis no habría existido sin Caraccioli. Misson había nacido en el seno de una noble familia provenzal venida a menos; no obstante, fue educado convenientemente y se le preparó para convertirse en mosquetero. Siempre he pensado -prosiguió el barón- que los viajes abren la mente de los hombres. Así le sucedió a Misson, aunque él ya iba predispuesto a ello cuando se embarcó rumbo a Italia en la nave Victoria.
—¿A qué obedeció este viaje? -preguntó Frederick.
—Sentía una admiración extraordinaria hacia las obras de la antigüedad -explicó el barón, y añadió:- En Roma conoció al dominico Caraccioli, un hombre que no se guiaba mas que por sus propias normas, las que, evidentemente, eran contrarias a las propugnadas por la Iglesia. Observo que os agrada la conducta de este hombre, lo que revela cierta hipocresía en vos, pues en nuestro primer encuentro defendisteis la necesidad de obedecer un método y alabasteis al cristiano que obedece fielmente la norma cristiana.
—Alabé al que cree en ella y la cumple -protestó Frederick-. Resulta evidente que ese no era el caso de Caraccioli. Pero no reanudemos una antigua disputa y continuad vuestro relato.
—De acuerdo -concedió, el barón-. Misson y Caraccioli emprendieron viaje rumbo a Las Antillas para combatir a los ingleses. Fue entonces cuando el ex-dominico explicó sus ideas a Misson. Caraccioli calificaba de contrarias a la naturaleza la monarquía, la desigualdad, la opresión, el gobierno de los poderosos y la pena de muerte. Misson quedó subyugado por las palabras de su amigo, al igual que vos por los hechos de la revolución. Nada habría sucedido -prosiguió el barón-, y todo hubiese quedado en una simple conversación, de no ser porque el destino favoreció a aquellos dos idealistas.
—¿De qué modo pudo intervenir el azar? -preguntó Frederick.
—La nave Victoria entabló combate con un buque inglés y toda la oficialidad pereció en el combate. Caraccioli vio en este hecho fortuito la oportunidad de llevar a la práctica sus sueños. Él y Misson convencieron a la tripulación, halagándola con palabras de libertad, y fueron nombrados capitanes del barco, título que ellos aceptaron, aunque aseguraron que sólo harían uso del mando para garantizar el bien común.
  

La conversación fue interrumpida por uno de los invitados, el almirante C… Cuando, tras una correcta, pero breve, presentación, el almirante se alejó, el barón continuó su relato.
—Del mismo modo que a este hombre -dijo, señalando al almirante-, podríais unirle a cualquier causa hablándole de gloria y reconocimiento público, Caraccioli se ganó el apoyo de su inculta tripulación prometiéndoles libertad y aventura. El mismo decidió adoptar como enseña una bandera blanca con la estampa de la libertad y las palabras "A Dea Libertate", rechazando la opi-nión de algunos de sus compañeros, más favorables a la bandera negra de los piratas. Pronto, sin embargo, capturaron un barco inglés, del que se llevaron el ron, perdonando a la tripulación. Sus andanzas continuaron a buen ritmo, asaltaron dos barcos de esclavistas y liberaron a los negros, que se unieron a la tripulación del Victoria con los mismos derechos que los blancos.
—Al parecer, les sonreía la fortuna -comentó Frederick.
—En efecto, con una tripulación compuesta de individuos de todas las nacionalidades, llegaron a las Comores, desembarcando en la isla de Anjuan.
—Perdonad que interrumpa vuestra increíble narración pidió Frederick-. ¿Qué hacían con aquellos que se negaban a unirse a la empresa?
—Los desembarcaban.
—¿Así de sencillo? -preguntó incrédulo Frederick.
—Así de sencillo -repitió el barón-, al menos al decir de Johnson, un biógrafo bastante severo y riguroso por lo general.
—¿Fundaron, entonces, Libertalia en la isla de Anjuan?
—No -respondió el barón-. Allí gobernaba una reina que mantenía una guerra inmemorial con el caudillo de Mohali, una isla cercana. Misson y Caraccioli ayudaron a la reina de Anjuan y permanecieron en su isla durante un tiempo. Desesperados por no poder pacificar a los enemistados indígenas, abandonaron finalmente Anjuan y siguieron la costa de Mozambique. En un combate contra una nave portuguesa, Caraccioli perdió una pierna, pero ello no detuvo la soñada expedición hacia Utopía, donde fundarían el país de Libertalia. Por fin -prosiguió el barón-, se establecieron definitivamente en una bahía al norte de Madagascar y comenzaron a construir una ciudad. Mantenían buenas relaciones con los nativos y de vez en cuando se hacían a la mar para capturar barcos mercantes. Pero, me temo que la conversación se alarga en exceso, no puedo descuidar a mis invitados, incluso aunque ente ellos haya piratas arrepentidos -dijo el barón, ante la desolación de Frederick, pero añadió:- En fin, intentaré ser breve. La existencia de la colonia se desarrollaba en paz y tranquilidad; en una ocasión encontraron al pirata Tom Tew, que se unió a la empresa. Asimismo, para solucionar las disputas entre los ciudadanos, Caraccioli propuso convocar elecciones. También se adoptó un idioma oficial, resultante de las mil lenguas que allí convivían: francés, holandés, inglés, malgache, portugués y un buen número de dialectos africanos.
—Nada hace presagiar el trágico fin que me anunciasteis para Libertalia -observó Frederick-, ¿Fue acaso un destino fatal?
—Tal vez -dijo el barón-, pero me inclino a pensar que fue más bien la excesiva bondad de Misson, su extraordinaria ingenuidad. Poco antes de encontrar a Tom Tew, había atacado a un navío portugués, a cuya tripulación, siguiendo su costumbre, perdonó bajo el juramento de que los liberados nunca buscaran la venganza. Su error fue considerar que los demás estaban hechos de la misma pasta que él. Años después, varios navíos de guerra portugueses entraron en la Bahía Libertalia. Los portugueses fueran vencidos, pero tres de sus naves escaparon. Quizá entonces cometió Caraccioli un error simbólico: condenó a la horca a dos delatores que habían capturado sus hombres.
—¿Fue esa la causa de la desaparición de Libertalia? preguntó Frederick.
—No directamente. Probablemente no tuvo nada que ver en ella, pero, desde aquel momento, los acontecimientos siguieron un ritmo ascendente hacia la destrucción. Fue un símbolo premonitorio, la primera señal. Dios o el destino castigaron la contradicción que significaba aplicar la pena de muerte que el propio Caraccioli combatía con ardor. El final de esta historia os resultará fabuloso, fantástico, más parece la descripción alocada de un escritor imaginativo que la simple enumeración de hechos reales.
—Continuad con vuestro relato, os la ruego.
—Bien. tras su victoria ante la escuadra portuguesa, los piratas de Misson se consideraran invencibles. Tom Tew fue enviado a buscar adhesiones y alianzas entre otros compañeros de profesión, Sin embargo, las ideas de Tew no convencieron a sus antiguos camaradas y emprendió regreso hacia Libertalia. Durante el viaje, su nave naufragó y, aunque él salvó la vida, hubo dé esperar pa-cientemente a que Misson se extrañara de su larga ausencia y fuese a buscarle. Y así sucedió, pero Misson al regresar se encontró con que los indígenas habían atacado Libertalia, aprovechando la ausencia de los piratas al mando de Tew. Nada quedaba ya de la antaño próspera república, Caraccioli había muerto en el combate y la ciudad había sido derruida.
—Tan fuertes eran los indígenas? -preguntó Frederick-, ¿no habíais asegurado que mantenían buenas relaciones con los piratas de Misson?
—Nada se sabe a ciencia cierta, pero, al parecer, los indígenas fueron sublevados por enemigos de Misson, tal vez portugueses, quizás otros piratas, envidiosos de su poder.
—¿Qué fue de Misson?
—Decidió regresar a Francia y llevar una vida tranquila; Tew decidió lo mismo, pero pensó en establecerse en su patria, Nueva Inglaterra; en las Azores. Sin embargo, la nave de Misson naufragó y de nada sirvieron los esfuerzos de Tew para intentar salvarle.
—El destino fue en exceso cruel con Misson -musitó Frederick-. Así que, de aquella gesta heroica, ¿sólo sobrevivió Tew?
—También él murió violentamente. Tras varios años de vida plácida en Rhode Island, regresó a su antiguo oficio, muriendo en el abordaje de un navío del Gran Mogol. Pero ahora _dijo el barón_, os ruego que os alejéis, pues se acerca mi tío el abate.
—Sería imprudente intentar huir; ya me ha visto. Pero, no temáis, mi disfraz le ocultará mi verdadera personalidad, pues apenas me conoce.