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SPEAKER'S CORNERWEB: JUEGO DE IMPROVISACIÓN

Un nuevo juego. En este sólo juego yo, así que es fácil que sea el primero que realmente funcione en esta página. Pero necesito una leve colaboración. Se trata de un juego de improvisación. Un juego a la manera del Speaker’s Corner de Hyde Park, donde cualquiera se pone a lanzar discursos acerca de cualquier cosa; o los improvisadores de flamenco, los payadores que están en el origen del tango y los rimadores del rap, que han recuperado la tradición de improvisar canciones.

  Hace uno o dos años, varios amigos pensamos en montar un puesto callejero en un parque. Nos ofreceríamos a hablar acerca de cualquier tema que propusiera la gente que pasara por allí. El público, por un módico precio (ahora sería un euro, por ejemplo) podría sugerirnos no sólo el asunto a tratar, sino también la manera de tratarlo, el género, por ejemplo.
   El proyecto nunca se llevó a efecto, lo que es una lástima porque la intención que se ocultaba tras él era que parecía un buen método para ligar. Pero todos éramos demasiado tímidos como para dar discursos en un parque público. Pues bien, en esta línea de improvisación, me ofrezco a mí mismo como speakerweb. La cosa consiste en que cualquier cibernauta me propone un tema y yo escribo acerca del asunto un folio o dos.

Para que se trate de una verdadera improvisación, en cuanto yo lea el asunto, me he de poner a escribir.

¿Quién vigila que yo no haga trampa? Nadie. O mi conciencia. Habrá que fiarse. Pero quienes me conocen saben que me encanta jugar y ganar pero que detesto ganar con trampa. La sugerencia de que no he ganado limpiamente me molesta tanto que prefiero darle ventaja a los rivales, aceptar respuestas dudosas y jugadas ilegales por su parte, antes que permitir que haya dudas acerca de la limpieza de mi victoria.

En este caso, no se trata de ganar o perder, sino tan sólo de improvisar. Podría hacerlo yo solo, es cierto, pero tiene más gracia así. Si yo me pongo los temas, incluso con un método más o menos azaroso, difícilmente será verdadera improvisación, como la que hacemos en el curso de teatro, que es lo que a mí me interesa ahora.

 

Las reglas
1. No puedo ver el tema antes de empezar la improvisación
2. La improvisación sólo puede durar media hora. Si no se me ocurre nada, deberé abandonarla.
3. La improvisación ha de tener que ver claramente con el asunto propuesto.

Sugerencias:
Para que yo no pueda ver el tema propuesto antes de tiempo, me tendréis que enviar las sugerencias a: danieltubau@gmail.com, poniendo en el asunto del mensaje: “improvisación”. Eso me permitirá abrir el documento e imprimirlo sin mirarlo, para luego mirarlo justo cuando empiece la improvisación, que tal vez haga en cafés o en la biblioteca.

(Publicado en el diario Libertalia el 26 de diciembre de 2003)

 

 

1

LA COMEDIA, DEMÓSTENES Y LOCKE

 

Camila Aitara me propone una improvisación que yo leo a las cuatro y cincuenta del lunes 29 de diciembre y que ahora mismo empiezo.
La improvisación ha de versar sobre:
La comedia, Demóstenes y Locke.

 

La verdad es que a primera vista me pareció tan difícil que estuve a punto de desistir, con que lo mi primera improvisación habría sido una primera derrota. Pero pensé entonces en el Demóstenes del que he de hablar y en lo que él, maestro de oradores y retóricos, de improvisadores en suma, me habría dicho en una situación semejante. Pensé en ello y no se me ocurrió qué me podría haber dicho Demóstenes.
   Lo único que recordé fue su anécdota de que para aprender a vocalizar lo mejor es hablar con unas cuantas piedrecillas o canicas en la boca. Y aquí estoy, con seis canicas de colores escribiendo esto. La verdad es que el método, por el momento está dando resultados, aunque no digo de qué clase.
   La manera de enlazar a Demóstenes con la comedia es tan clásica como la época en la que él vivió: “la comedia y la oratoria nacieron casi al mismo tiempo en el fértil suelo de Grecia, que tanto ha aportado a la humanidad…”
   Tanto Demóstenes como la comedia nacieron y vivieron en la última etapa del esplendor de Atenas, cuando ya el largo brazo de los macedonios había caído sobre las tierras griegas. Precisamente Demóstenes se distinguió por sus enardecidos discursos contra la dominación de Filipo y su hijo Alejandro y, tal vez convencidos por su oratoria, los atenienses se rebelaron en varias ocasiones y en todas ellas fracasaron.
   Vuelvo a la comedia, pues aquí parezco ponerme trágico. Pero vuelvo sin olvidar lo que decía Demócrito (gran amante de Atenas pero al que Atenas no amó): que la comedia y la tragedia están escritas con las mismas letras, lo que es para mí la mejor metáfora de sus teorías atomistas: todo está hecho de átomos, lo que importa es el orden en el que se hallan. Así que, tras recoger una canica que se me ha caído en el ardor del argumento, continúo. Aunque en las obras de los trágicos griegos abundan los grandes oradores y parece como que Prometeo, Edipo y Orestes no sólo eran grandes héroes sino también grandes charlatanes, en la comedia, ya sea la de Aristófanes o la de Menandro, los oradores al estilo de Demóstenes se convierten precisamente no en un ideal, sino en una parodia.
   Si los héroes de la tragedia emplean discursos grandielocuentes y el espectador se conmueve con ellos, en la comedia, cuando un personaje emplea ese tono, el espectador lo que hace es reírse y considerarlo ridículo. Eso mostraría quizá que el esplendor de la comedia ática coincide con un momento de crisis, donde los valores fundamentales de la sociedad se ponen en entredicho y donde ya no hay héroes, sino antihéroes: en Menandro, los protagonistas son esclavos o soldados que regresan arruinados, un tipo de imágenes muy alejadas del heroísmo de los discursos de Demóstenes. En definitiva, los hombres de esa época de crisis son representantes plenos de la metáfora que Locke utilizaba para describir el cerebro humano: una tabula rasa. Una tableta vacía, sin escribir, en la que no hay nada, nada que no se introduzca a través de los sentidos.
   Los griegos anteriores, los que creían en héroes y dioses, tenían su tableta escrita de arriba abajo casi desde que nacían, con todos los comportamientos posibles: cuáles eran justos y cuáles no lo eran, qué había que hacer cuando te invadían, por qué debías acudir sin rechistar a la guerra cruel, por qué debías respetar a los dioses de la ciudad y al orden establecido. Pero en la época de crisis ateniense que se inicia tras la peste que acabó con uno o dos tercios de su población, incluido Pericles, la derrota frente a Esparta, la condena a muerte de Sócrates y, finalmente, la imposición macedonia, las instrucciones de la tablilla habían sido borradas una tras otra y los ciudadanos andaban perdidos de un lado a otro, sin saber hacia dónde debían caminar. Eran ellos los que buenamente tenían que fiarse de nuevo de sus sentidos, recibir los datos del exterior y escribirlos en la tablilla.
Y los datos, daban mucho para llorar, tanto que lo mejor era sin duda reír. Reír por no llorar. De ahí, podría decirse y lo digo puesto que esta es una improvisación de media hora, sin consultar ningún tipo de fuente de información externa (no uso a la manera de Locke los sentidos, sino que leo la tablilla que ya he escrito) y no se me exige un rigor excesivo, podría decirse, que por que era mejor reír que llorar languideció la tragedia y floreció la comedia, con héroes o antihéroes con los que uno podía identificarse, porque estaban tan perdidos como nosotros, con su tableta vacía, y personajes como Demóstenes ya sólo pasaban por profetas enloquecidos, a los que, como a la adivina Casandra, ya nadie hacía caso.
   Y debo decir para concluir (son las cinco y veintitrés), que afortunadamente sucedió así, pues yo no es que estuviese a favor del bando promacedonio, pero sí a favor del fin de las guerras y de las muertes inútiles que todavía propugnaba Demóstenes.
   Y lo que quizá también es digno de una comedia es que Demóstenes, maestro y paradigma de orador y retórico, se haya convertido con el tiempo quizá en el autor griego menos interesante y más difícil de leer, o al menos así recuerdo que me parecieron sus discursos.
   Pero, su idea de aprender a hablar con piedrecillas la prefiero sin duda a la de un Locke orador que me hubiese impuesto meterme varias tablillas en la boca para escribir esto.

SPEAKERS CORNERWEB 1
 Ya he escrito mi primera improvisación. He cumplido las normas y nada más leer el tema propuesto, me he puesto a escribirla, empleando en ello entre treinta y cuarenta minutos ininterrumpidos, sin consultar ningún tipo de datos, ni libros, ni notas, ni internet.
 Pero el problema de querer seguir a rajatabla las reglas es que con las prisas creo que me he confundido y no he desarrollado el tema propuesto. Resulta que el correo con la primera improvisación era de una tal Camila Aitara (a quien no conozco). 
   El tema propuesto parecía ser “La comedia, Demóstenes y Locke.” Pero, tras escribir la improvisación y releer el correo, me he dado cuenta de que el tema era: “la comedia”, y que estaba firmado por Demóstenes y Locke.
  En fin, lo hecho, no puede ser deshecho, ni siquiera por Dios, aunque sí puede ser destruido, eliminado, ocultado, etcétera. No haré yo tal cosa, sino que aquí pongo mi errónea improvisación y si Demóstenes y Locke o Camila Aitara quieren que vuelva a escribir, pero ahora sólo sobre la comedia, que me escriba (escriban) otro email.

Nota publicada en el diario Libertalia el 29 de diciembre de 2003:

 

2

EL FIN NO JUSTIFICA LOS MEDIOS


Ana Aranda me propone una improvisación sobre el dicho: "El fin no justifica los medios. Comienzo a las seis y media de la tarde del día 2 de enero de 2004.

 

  La frase "El fin no justifica los medios" es una de las más tópicas y repetidas. En realidad, es una variante construida a partir de otra frase que dice: "El fin justifica los medios", que en su momento fue tan tópica y repetida como esta, que la sensibilidad actual prefiere.

  Que el fin no justifica los medios quiere decir que, aunque tengamos un buen objetivo, no podemos emplear malos métodos para alcanzarlo. Dicho con más exactitud: los malos medios no pueden emplearse con la excusa de que el fin es bueno.

   La frase original, sin embargo, lo que sostenía era que en ocasiones debemos emplear medios no del todo adecuados, siempre y cuando sea lícito el fin que perseguimos: el buen fin compensa los malos medios.

   Si uno, en vez de dejarse llevar por el prejuicio de lo que  está de moda, examina ambas ideas o lemas, verá que las dos son en gran parte acertadas.

   En efecto, si la meta que nos proponemos es buena, ¿no podremos quizá para alcanzarla emplear medios que no emplearíamos si la meta fuese detestable?

   Pasar hambre y sufrir terrible cansancio no es en sí algo bueno, pero si lo hacemos porque tenemos que llegar a una remota región para ayudar a las víctimas de un terremoto, estaremos tal vez dispuestos a soportar el hembre y el cansancio: el fin justifica los medios.

    Pero si lo que pretendemos es crear una socieadad justa donde todos sean iguales y para conseguirlo eliminamos a unos cuantos millones de personas, concluiremos que un fin justo (una sociedad eqiuitativa) no justifica los medios (asesinar a millones): no es bueno actuar como Constantino, quien, según  dijo Fontanelle, para aumentar el número de los cristianos redujo el de los seres humanos: el fin no justifica los medios.

  Así pues, como se ve por los ejemplos anteriores, las dos ideas, aunque parecían contrarias, pueden ser correctas, dependiendo del contexto y el uso: es cierto que el fin justifica los medios y es cierto que el fin no justifica los medios. ¿Cómo es esto posible?

  La razón de que ambas frases sean ciertas hay que buscarla tal vez en que las dos son correctas porque no significan nada. Ni la una ni la otra.

Entiéndaseme. Significan algo cuando se aplican a un asunto concreto, pero no significan nada cuando se dicen aisladas, como una letanía moralista.

   Si Felipe González viene de China y nos dice que "Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones" (el fin justifica los medios), nos parece una mala idea porque lo que González quería significar en ese momento era: "Se puede perseguir el terrorismo con los instrumentos legales o creando un grupo antiterrorista que asesine y secuestre".

   Y eso no nos parece una buena idea.

Pero si lo que nos preguntan es si ha de ser la Luna Roja musulmana o la Cruz Roja cristiano-laica la que tiene que atender a las víctimas de un terremoto en Irán, nuestra respuesta será: "gato negro o gato blanco..." Que vaya el que esté más cerca: lo importante es socorrer a las víctimas.

  Como se ve de nuevo, el fin justifica los medios y también no los justifica. Por ello, tal vez sería mejor decir (en vez de "El fin no justifica los medios"), algo como: "Hay medios que no pueden justificarse por ningún fin".

    Esa sería una idea más precisa, pero me parece que las frases hechas como "El fin no justifica los medios" no se utilizan por amor a la precisión o a la verdad, sino tan sólo para que los demás se callen al oirlas.

   Por cierto, las reglas de este juego de improvisación son que he de leer el tema y escribir inmediatamente la improvoisación. Pero en este caso, he de confesar que leí el tema ayer por la noche y me fui a dormir. Lo hice con la conciencia tranquila porque en estas improvisaciones intento adaptarme al tema en la forma y en el fondo. Por ello, en la anterior improvisación hablé acerca de "la comedia, Demóstenes y Locke" en un tono de comedia, y ayer me fui a la cama, tras leer el tema, porque pensé que era una buena manera de mostrar que el fin (escribir descansado y sereno este texto) justificaba los medios (saltarme por una vez una de las reglas del juego).

   No volveré a hacerlo, a no ser...

 

 

3

¿Qué es el arte?

¿Son necesarios los ejércitos?

La confirmación en términos cuánticos de la existencia de Dios


Marcos me propone tres temas para una improvisación del Speakerscornerweb.

Esta es la improvisación que me propone Marcos y que he escrito en unos 20 minutos en el Café Cervantes de Barcelona

 

Una improvisación me pide Marcos Marcóticos y en mi vida digital jamás me he visto en tal aprieto. Tres asuntos he de relacionar y a fé mía que no parece sencillo.

Lo primero que se me ocurre ante la pregunta ¿Qué es el arte? es la respuesta chistosa: "El arte es morirte de frío". Y me doy cuenta entonces de que los ejércitos ayudan a no morirse de frío cuando hay una emergencia nacional, como puede ser una nevada inesperada y brutal que paraliza todo un país. Lo que es más importante: gran parte del arte mundial no existiría si no fuera por los ejércitos, pero no porque los ejércitos protejan ese arte y los museos, o lo roben, como Napoleón en Egipto y los británicos en Atenas. No, yo me refiero a que sin ejércitos no existiría La Ilíada, que habla de un ejército que ataca Troya, ni el larguísimo poema hindú Mahabaratta, que cuenta la guerra entre dos ejércitos que son de la misma familia, ni Guerra y paz sin los ejércitos de Napoleón. Y tantas y tantas grandes obras. En este sentido se puede decir que los ejércitos son necesarios para el arte: le dan constantemente temas, motivos y argumentos.

En cuanto a la pregunta de si son necesarios los ejércitos, un pacifista de tendencias taoístas como yo tiene la tentación inmediata de decir que no, que no son necesarios. Que no deberían existir. Pero mis tendencias confuncianas y una observación atenta de la historia y de la realidad me hacen dudar: parece que mientras haya ejércitos los ejércitos son necesarios. Para desaparecer los ejércitos deberían desaparecer todos a la vez. Hace poco leí unas declaraciones de un pacifista israelí nieto del belicoso Netanhayu que defendía la paz con los palestinos y se negaba a alistarse y que estaba en contra de todas las guerras, "excepto la Segunda Guerra Mundial". No era un razonamiento absurdo o incoherente. Se dice, y yo estoy fundamentalmente de acuerdo, que la peor paz es mejor que la mejor guerra. Pero esa farse elocuente quizá sea discutible si pensamos en qué habría sucedido si los aliados hubiesen hecho la paz con Hitler e Hiro Hito. Esa paz, ¿hubise sido menos horrible que la guerra? ¿Habría matado Hitler en campos de exterminio a millones de seres humanos en esa paz? ¿Lo habría hecho también Hiro Hito siguiendo su ejemplo?

Podemos sospechar que sí. Del mismo modo, resulta difícil imaginar una guerra peor que la paz staliniana (a no ser una guerra de bombas atómicas, que fue lo que quizá impidió la Tercera Guerra Mundial). ¿Una guerra contra Pol Pot habría sido realmente peor que dejar a Pol Pot asesinar a la cuarta parte de la población de Camboya? Como buen taoísta, me iría a la montaña y pensaría que allá los locos se maten unos a otros, pero no estoy seguro de que eso sea lo más razonable ni lo más humano.

Ahora bien, ¿dónde está Dios y dónde está Dios en relación con la mecánica cuántica? Y, en segundo lugar, ¿qué relación hay entre Dios, el arte y los ejércitos?

En primer lugar, procederé con el asunto de la confirmación de la existencia de Dios en términos cuánticos. Esta sí es una cuestión sencilla.

Los fenómenos cuánticos, la imposibilidad de predecir si un fotón entrará por una o por otra ranura, acaba con el determinismo y con la noción misma de causa y efecto: a partir de una causa perfectamente conocida no es, sin embargo, posible predecir el efecto. Esto implica un universo absurdo y sinsentido, como ya descubrió Lucrecio en Sobre la naturaleza, un extraordinario poema filosófico que niega la existencia de los dioses, pero que aquí va a servir para demostrarla.

Dice Lucrecio que si no existe causa y efecto, entonces de cualquier cosa podría surgir cualquier otra, de un papel roto una casa y de una ballena podría nacer un elefante.

Pero resulta que, cuando observamos a nuestro alrededor, descubrimos que no sucede así: no nacen casas de hojas rotas ni elefantes de ballenas. Ahora bien, ya se ha visto que el mundo y las leyes de la cuántica en sí no garantizan esta coherencia y regularidad que observamos. De ello se deduce que ha de existir un ente que se ocupe de dirigir los fotones a la ranura adecuada, de impedir que nazcan casas de los papeles rotos y elefantes de las ballenas. Ese ente es Dios.

Quod est demonstratum, diría Santo Tomás.

Las mutaciones, las terneras con dos cabezas y cualquier accidente contra el orden habitual y cotidiano se pueden atribuir a descuidos de la Criatura Divina. No hace falta decir que esta necesaria presencia del Ordenador y Observador Supremo es también la mejor confirmación del idealismo de Berkeley. Otros lo supieron antes que yo, como Chesterton, quien decía que lo asombroso no era que el tren entrase en el tunel por la estación Victoria y saliese en Saturno, sino que saliese en Kensington: Dios, cada vez que el tren entra en el tunel, decide si esta vez saldrá por Saturno o por Kensington.

Y qué relación hay entre esto y los ejércitos? Hay varias relaciones que ahora me resultan evidentes (sin duda Dios está ahí, atento a mis dificultades). Por ejemplo: la investigación en física avanzada siempre ha estado en relación con las necesidades militares. Sin ejércitos poderosos, la Alemania de inicios del siglo XX no habría sido una gran potencia capaz de desarrollar las ideas cuánticas. Además, ¿qué es el arte? El arte es lo que define la cultura dominante, la que posee los mayores ejércitos. Por otro lado, una vez que hemos demostrado que Dios existe gracias a la mecánica cuántica, es fácil deducir que también los ejércitos son necesarios, puesto que si Dios permite que existan por algo será. Idea que se confirma si recordamos esas obras de arte citadas en las que los ejércitos juegan un papel principal: resulta que en casi todas ellas, Dios también está presente.

En la Ilíada casi se puede decir que los dioses organizan la guerra, desde que Eris, diosa de la discordia lanza una manzana entre tres diosas y dice: "Para la más bella" (momento también artístico: "Las tres Gracias"), lo que provoca el juicio de Paris, quien otorga la manzana a Afrodita a cambio de tener a Helena de Esparta, causa de la unión del ejército aqueo que marcha a recuperar a Helena de (ahora "de Troya"). Y también en el Bagavad Gita (parte del Mahabarata) es el dios Vishnu quien convence al dubitativo y pacífico Arjuna de que se lance al combate contra sus primos, porque desde el punto de vista divino (ese que vigila los fotones) resulta buena la guerra (y por tanto los ejércitos) aunque desde el punto de vista humano no se lleguen a entender las razones.

Y de este modo, como se ve, el Dios cuántico, los ejércitos y el arte camina simpre unidos.

COMENTARIOS

marcoticos dijo...

Genial!!!
Te has ganado 1 euro

Los libros de autoayuda son ahora el género de moda, lo que nos puede hacer sospechar que empezamos a parecernos más a los romanos que a los griegos.

En la época romana, casi todos los filósofos escribían libros de autoayuda, desde Cicerón a Plutarco y Séneca, desde un esclavo como Epícteto a un emperador como Marco Aurelio. Tan sólo algún despistado como Lucrecio, intentaba entender el universo, aunque lo cierto es que empezaba con la física atomista, pero acababa en la autoayuda epícurea, que no le ayudó a evitar el suicidio (por propia voluntad, no como Séneca).

Para algunos, esto de volcarse en uno mismo, este contemplar su propio ombligo el ser humano, es un signo de decadencia. Para otros, es una prueba de sensatez intentar resolver lo más cercano en vez de obsesionarse por lo más lejano. En casi todas las civilizaciones desarrolladas, los libros de autoayuda han sido el género dominante, como en China y la India: Confucio, Lao Zi, Zhunag Zi, Buda, Mahavira. De hecho, los libros de autoayuda actuales, al menos los que yo he leído u hojeado, suelen ser una imitación o reescritura de los clásicos, ya sea su inspiración el taoísmo, el zen, el sufismo, el estoicismo o Baltasar Gracián. Por eso suelen estar llenos de cosas estupendas, aunque su brillo proceda de plumas ajenas.

Pero les falta pensamiento propio y les sobra cierto tono de santón agnóstico, que demuestra que la autoayuda fundamental que proporcionan estos libros es la que recibe el propio autor por las ventas millonarias.

Otro defecto, tal vez debido a esta impostación de la voz en autores como Paulo Coelho, es que sus lectores no aprenden grandes verdades, sino tan sólo a repetir grandes frases, algunas sin ningún sentido, como "lo que tiene que pasar, pasará" (legendaria en tradiciones fatalistas como la musulmana), o "Cuando deseas verdaderamente algo, el universo entero conspira para que lo consigas", que tiene cierta gracia, si uno no se la toma como la llave para la felicidad. Así que los autores y los lectores de los libros de autoayuda conspiran para reducir a lugares comunes y frases huecas algunas buenas ideas tomadas de aquí y allá (El Alquimista de Las Mil y una noches, por ejemplo). Casi siempre es preferible el original.

Pero me doy cuenta, casi al llegar al final de esta improvisación, que falta algo. Me da la sensación de que estas improvisaciones consistían en mezclar dos o más temas, así que, como Darling me añadía un tema opcional: "¿Estamos a salvo de nuestras propias críticas?", que yo interpreto en el sentido: "¿Se nos puede achacar lo que criticamos en los demás?", puedo decir ahora que yo tampoco estoy a salvo de lo que critico, puesto que suelo vulgarizar y hacer triviales con estas improvisaciones ideas complejas que merecen una reflexión más pausada.

Una muestra de esa simpleza mía es el haber aventurado tan rápidamente que nos parecemos a los romanos y a los griegos decadentes. Por dos razones: nunca como ahora, ni siquiera en la Grecia de los presocráticos, ni en la India de los Upanisads, ni en la China de las Cien Escuelas, se ha buscado y se han encontrado tantas respuestas acerca del universo entero (incluido el cerebro del ser humano).

Simple es también dar a entender que este antropocentrismo al que contribuyeron los griegos desde Sócrates (o Demócrito), los romanos, los chinos, los indios y los libros de autoayuda, que se opone al Teocentrismo de los mitos y las religiones, sea sinónimo de decadencia.

En realidad, se puede considerar que los llamados períodos de decadencia son los mejores que ha conocido la humanidad. En uno de ellos vivieron y trasmitieron sus ideas Confucio, Lao Zi y Zhuang Zi; en otro, Buda y Mahavira; en otro se inició la filosofía griega, en otro se inventó la democracia y en uno de los más recientes el antropocentrismo fue origen de la Ilustración y se plasmó en la declaración de los Derechos Humanos. Porque suele suceder que cuando te olvidas de Dios y otras divinidades, como la patria o la raza, te ocupes de ayudar y autoayudar al ser humano. ¡Bendita decadencia!

 

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