Cuaderno de Venecia

venecia
El puente de Rialto, el más famoso de Venecia en diciembre de 2005

 

Dejemos que Venecia se hunda

marina

 

Llueve con furia sobre la augusta ciudad de Venecia

lo que significa que llueve dos veces

sobre esta ciudad prodrida y condenada,

edificada sobre la nada de las aguas

que hoy empujan con violencia el vaporetto

contra los topes neumáticos de la parada

en medio de los gritos del pasaje asustado y ciego.

 

En San Marco, donde un viejo ofrece

impermeables de plástico por pocas liras,

el agua llega ya hasta las rodillas

y es un sálvese quien pueda

cuando me refugio en una trattoria

en el momento mismo en que algo se desploma

en algún sitio

y varios pasquines con la leyenda "Venecia se hunde:

...........................................................................salvémosla"

navegan calle abajo como un scherzo despiadado.

 

"Ay, señor -comenta el dueño del café-,

los venecianos nacemos a bagno

y morimos a bagno come il baccalà

Dicen que somo raros. Y yo me digo:

¿Como no ser raros en una ciudad rara"

 

 

Venecia y las coincidencias

Pensaba hace unos días escribir algo acerca de las coincidencias en una entrada en la que quería enumerar algunas de las que he encontrado al leer la segunda parte de las memorias de Elias Canetti. Pero lo hago ahora porque, después de regresar de Venecia, me apetecía escribir acerca del veneciano Casanova y, cuando me disponía a hacerlo, me he encontrado en mi camino una coincidencia.

Si visitas de vez en cuando esta página, ya sabrás que me gustan mucho las coincidencias. Es cierto, pero me gustan en particular dos tipos de coincidencias, y me interesan muy poco las de un tercer tipo.

El primer tipo de coincidencias que me gusta es el de las coincidencias puras. Vas caminando por una calle enfrascado en la lectura de un libro y te tropiezas con alguien que va también enfrascado en la lectura de un libro. Enseguida descubres que estáis leyendo el mismo libro y que vais por la misma página. Por si esto fuera poco, resulta que en el libro (en los dos libros) se habla de dos que chocaron leyendo el mismo libro.

Esta es sin duda una hermosa coincidencia pura, aunque las coincidencias puras suelen ser más sencillas.

El segundo tipo de coincidencias es el de las coincidencias explicables, aquellas que, cuando se miran de cerca, pierden parte de su carácter casual y resultan ser fenómenos bastante razonables: vas a una conferencia acerca del filósofo Franz Brentano y camino del lugar piensas en un amigo de la universidad al que hace años que no ves. Llegas a la conferencia y encuentras a ese amigo entre el público: "¡Menuda coincidencia, estaba pensando en ti hace cinco minutos!"

Sin embargo, enseguida te das cuenta de por qué estabas pensando en ese amigo: a los dos os gustaba Brentano cuando ibáis a la universidad. Es perfectamente razonable que, viviendo en la misma ciudad y teniendo esa misma afición, los dos hayáis acudido a una conferencia acerca de Brentano.

Lo cierto es que muchas de las casualidades que nos asombran son de este tipo. Soñamos con alguien y lo vemos al día siguiente: probablemente cada noche pasan por nuestros sueños decenas o centenares de personas, así que es lógico que, de vez en cuando, veamos a una de ellas al día siguiente. También es fácil que cuando suene un teléfono pasen por nuestra mente diez o doce posibilidades acerca de quién está al otro lado. Cuando descolgamos, descubrimos que habíamos pensado en esa persona, pero olvidamos, porque ni siquiera fuimos conscientes de ello, que habíamos pensado también en otras nueve personas.

Pero, aunque explicadas, estas coincidencias siguen siendo hermosas.

Las coincidencias que no me gustan son las de un tercer tipo distinto de las dos que he descrito: se trata de las llamadas coincidencias significativas: aquellas que se interpretan como debidas a la influencia de los astros o de un destino escrito no se sabe dónde ni cómo por no se sabe quién.

Este tipo de coincidencias, o de justificación de las coincidencias, me parece una muestra lamentable de pensamiento perezoso que, además, las priva de todo su interés: el del azar más o menos puro y el de la necesidad más o menos férrea, los dos polos entre los que se mueven, con diversas variantes y en especies mezcladas, las coincidencias que sí me gustan.

Uno de los filósofos presocráticos al que más cercano me siento, Demócrito, decía: "Todo es fruto del azar y la necesidad". Con la inspiración de esa frase, el biólogo francés Jacques Monod escribió su hermoso libro El azar y la necesidad. Y eso que dicen Demócrito y Monod es más o menos lo que pienso yo, que a lo único que me resisto es a la vulgarización de las coincidencias como señales de algún tipo de Dios o Destino que, por alguna extraña razón, decide no mostrarse a plena luz.

Las peores explicaciones, de todos modos, son aquellas que ni siquiera recurren a un Dios que juega al escondite, sino a los astros: "Esto ha sucedido porque yo soy sagitario y tú cáncer"; o las que alientan supersticiones tan simplonas como no pasarse un salero o pensar que ver un gato negro trae mala suerte, como si hubiese una sintonía cósmica que influyese en las líneas que van de nuestros ojos al cuerpo del gato: ¿ya no da mala suerte si estamos de espaldas?.

Al leer la biografía de Elias Canetti he encontrado semejanzas o coincidencias asombrosas, como que para los dos nuestro Libro sea La epopeya de Gilgamesh, y otras de las que hablaré en otro momento. Algunas son simples coincidencias puras; otras, razonables puntos de encuentro debido a influencias comunes; muchas más, una mezcla entre ambos extremos. Pero espero que ninguna de ellas se deba a la conjunción de los astros.

Ahora, sin embargo, quiero mencionar una pequeña pero curiosa coincidencia que he encontrado al hojear mis libros de Casanova.

Resulta que, aparte de las Memorias de Casanova, de las que tengo once tomos en español y frances y en tres ediciones diferentes, también tengo bastantes libros acerca de él: la biografía escrita por Stefan Zweig; Casanova último acto, de Schnitzler; Casanova o la pasión de fornicar, de Marina Pino; Casanova un voyage libertin, de Chantal Thomas, o A propósito de Casanova, de Szentkuthy.

Pues bien, al hojear el libro de Szentkuthy, he descubierto en sus primeras páginas una foto en la que aparece él con dos amigos, una mujer y un hombre.

szerb

Al leer el pie de foto he descubierto que el hombre era Antal Szerb. Cuando leí a Szentkuthy, Szerb era para mí un nombre sin significado, pero después, cuando viajé a Hungría, leí su libro El viajero a la luz de la luna. Me gustó tanto que llamé a uno de mis weblogs La vorágine, siguiendo una idea que Szerb describe en ese libro.

De este modo, a través de este veneciano llamado Casanova he llegado por un tortuoso, o al menos inesperado, camino de nuevo a Venecia siguiendo a un húngaro que me ha llevado a otro húngaro, porque Szerb inicia su novela en Venecia: "Todo empezó en Venecia, en los callejones".

venecia

"Las calles eran muy estrechas, y desembocaban en otras calles todavía más estrechas, y según avanzaba, aquellas calles se volvían cada vez más estrechas y más oscuras" (Antal Szerb)

Y todo esto me ha hecho pensar también que si Szentkuthy y Szerb esan amigos, probablemente el raro Szentzkuthy sea uno de los raros personajes que aparecen en El viajero a la luz de la luna, de Szerb.

Miklos Szentkuthy, A propósito de Casanova (Siruela)

Antal Szerb, El viajero bajo el resplandor de la luna (Del Bronce)

Las memorias de Casanova (Historia de mi vida) están editadas más o menos completas en cinco tomos, de casi mil páginas cada uno, por Aguilar. En la colección Les Bouquins de Robert Laffont están editadas en cinco tomos en su versión original (Casanova escribía en francés) y no expurgadas. La historia de la publicación de las Memorias de Casanova es en sí misma una aventura interesantísima.

En cuanto a los otros libros mencionados, los de Schnitzler y Zweig los tengo en viejas ediciones, pero es posible que se hayan reeditado, aprovechando el interés actual por estos dos escritores austríacos. Casanova, un voyage libertin, de Chantal Thomas, está editado en Folio.

En los primeros días de mi weblog La vorágine hablo de Szerb y de lo que es la vorágine.

Craven en un mantel veneciano

craven en venecia

Puedes ver otras versiones de Craven en Craven visto por

Y puedes ver las historietas de Craven en Craven

 

Sacro y profano

Hace unos días paseaba con mi amiga Ana por Venecia, buscando un lugar en el que cenar. A los dos nos gusta mucho caminar, recorrer calles, descubrir rincones más o menos ocultos, explorar las ciudades durante horas y horas.

Venecia es una de las pocas ciudades del mundo en la que no hay coches, así que el paseante puede moverse feliz y despreocupado, evitando, tan sólo caer a los canales.

venecia

Una calle de venecia


Al pasar por una esquina, vimos un pequeño local y miramos la carta. Había un ingrediente que no sabíamos traducir y dió la casualidad que allí estaba, en la puerta, el dueño del local, quien nos lo tradujo amablemente al inglés. Siempre nos toman por ingleses, o al menos por personas procedentes de algún lugar en el que se habla ingles. El hombre nos dijo que aquello estaba muy bueno y que podíamos entrar a cenar si nos apetecía. Sin embargo, yo preferí seguir inspeccionando un poco la zona.

Tras dar unas cuantas vueltas decidimos que aquel lugar era el más apetecible y regresamos. También porque nos había caído muy bien el hombre, ya que, aunque nos invitó a pasar como lo podría haber hecho cualquier dueño de restaurante, lo hizo de una forma simpática.

Todavía quedaba una pequeña mesa junto a la barra. Fue una suerte, porque, una vez que entramos, nos quedamos al instante enamorados del local. Un sitio pequeñito con apenas cinco mesas, una gran barra por detrás de la cual se llegaba también a una cocina que no se veía, pero que debía ser pequeña, y las paredes con cuadros y objetos de todo tipo. Los restauradores italianos, me parece, tienen una habilidad semejante a la de los franceses para conseguir que en un espacio mínimo uno se sienta a gusto e incluso acepte con humor tener que moverse un poco de tanto en tanto para que el camarero pueda pasar. Es lo que los chinos llaman feng shui, aplicado a la convivencia. Las contraventanas, las mesas, la barra, eran de madera lo que contribuía a darle calidez al lugar.

Cenamos unas sardinas deliciosas hechas de manera semejante a los boquerones en vinagre, un plato de berenjenas y queso y unos espaguettis con pulpitos (pero en vez de pulpitos me los sirvieron con gambas, aunque no me quejé). De vez en cuando hablamos con el camarero y dueño del local, que anunciaba los pedidos a alguien que estaba en la cocina, y él mismo servía los platos. Al parecer sólo trabajan allí dos personas.

Desde el primer momento, y no sé por qué, le caímos bien al dueño. Un señor flaco flaco, pequeño, risueño, con gafas y bigote. Le preguntamos muchas cosas sobre el menú y él nos iba diciendo en inglés lo que era cada cosa. Pero se partía de risa. Y nosotros con él.

Sonaba música italiana en un aparato de cd portatil y barato. Música ligera, como Mala femmena o Roberta, de Pepino di Capri.

Roberta
(Pepino di Capri)


Powered by Castpost

Salió el cocinero, un hombre gordo, con barba, a fumarse "una cigaretta" fuera del local. Ahora está prohibido fumar dentro de los locales, lo que es un verdadero descanso y placer para los ojos y los pulmones, así que a menudo se ve gente en la calle, que no es que esté tomando el aire bajo las gélidas temperaturas.

venecia

Profesores fumando a la puerta del colegio

El cocinero regresó. La cosa se fue animando a medida que pasaban los minutos. El camarero charlaba con los americanos y con nosotros. De pronto vuelve a salir el cocinero y exclama en medio del restaurante que aquello es un escándalo, que vaya música, que estámos en Venecia y lo único que suena es este "laralalá laralá", que se supone que lo que hay que escuchar en Venecia es a Albinoni. Así que quitó el disco y puso a Albinoni. El hombre era tan gracioso que nos reíamos a carcajadas. El camarero enrojecía de la risa.

El flaco decía del gordo que era enorme, salió a la calle y regresó con la figura de un angelote y dijo que su socio tenía la panza como ese angelote y que cómo iba a presumir de veneciano si tenía la cara morena de un siciliano. El cocinero explicó que el restaurante se llamaba Sacro é Profano porque él era el profano y su socio el sacro.

El disco de Albinoni estaba rayado, así que el que el camarero lo reiniciaba de tanto en tanto, lo que era motivo de risas también. Oímos tres o cuatro veces el principio del adagio. Profano nos contó un chiste relacionado con los toros:

__Los toros no gustan a todos en España.

__Claro que sí.

__Yo conozco a uno que no le gustan.

__¿A quién?

__Al toro.

Al ver que me había comido los supuestos spaguetis con pulpitos y creer que yo sabía italiano (porque sabía casi todas las canciones) me aclaró que no quedaban pulpitos y me había puesto gambas. Seguramente había pensado que el cliente no se daría siquiera cuenta de la diferencia.

Profano nos contó que había sido fotógrafo de artistas como Mina y Celentano. Hablamos de la muerte de Luigi Tenco. Tenco se suicidó en el Festival de San Remo, por causas nunca aclaradas; el cocinero dijo que por gelosia (celos por su novia Dalidá), otros dicen que porque su canción Ciao amore no entró entre las finalistas. Aquel suicidio terrible hizo que su amigo Gianni Paoli dejara de cantar durante varios años.

Así que también escuchamos la canción más conocida de Gino Paoli, aunque no la más hermosa de su maravilloso repertorio.

Gino Paoli, Sapore di sale


Powered by Castpost

Nos sirvieron grappa, nos dieron a probar quesos deliciosos, bebimos y brindamos de mesa a mesa con los tres americanos (dos chicos y una chica) y con los dos franceses (chico y chica). Algunos empezamos a cantar, sobre todo los dos socios y yo, aunque Ana también tarareaba algunas conocidas. El camarero hizo la broma de echarme una moneda como si yo fuera "una jukebox", porque me las sabía todas.

Profano se situó en el puesto de Dj (ya estaban servidas todas las comidas) y puso música americana y francesa de Serge Reggiani. Por fin pudimos cantar todos con el Je ne regrette rien, de Edith Piaf. 

 


Powered by Castpost

Edith Piaf
Je ne regrette rien

El flaco y sacro, que se llamaba Marino, nos contó que había estado en China, y la chica francesa también nos mostró su recorrido en un mapa. Marino había llegado de Asia hacia ocho años y fue en ese momento cuando Profano abrió el restaurante y le convenció para que fuera su socio.

Estuvimos allí hablando de pie y cantando, apurando el último limoncello, fumando los dos socios, Ana e incluso yo, que no suelo fumar, durante mucho rato y sería imposible que yo ahora pudiera recordar todo lo que pasó en esa maravillosa noche. Nos despedimos tras darnos los correos electrónicos con Sacro y Profano, y salimos con los dos franceses, de los que nos despedimos en el puente del Rialto.

Envía un comentario