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Nosotros y los demás
Solipsismo social
Los demás somos nosotros
El carácter nacional
Kakania
Viena reconstruida
La ciudad museo
Equívoco en Breslav
Nacionalismo en mitteleuropa
Mi pasado húngaro
Todo se puede explicar
Mi vida como húngaro
Nazis en la Citadela
Nazismo en Hungría
El carácter nacional húngaro
La ciudad de las estatuas
Ántal Szerb: el viajero bajo la luz de la luna


 

 

 

 

Cuaderno austrohúngaro

Cuaderno austrohúngaro

 

Nosotros y los demás

El viaje se inicia en Barcelona...

Ana, con una melena pelirroja recién cortada, tomará un vuelo de Alitalia a Viena que tarda cinco horas porque hace escala en Milán. Yo tomaré, una hora antes, un vuelo de Iberia que solo tarda dos horas porque es directo. Bibi viajará a Viena desde Madrid.

Mi billete es muy barato, casi gratis, pero no tengo reserva, así que si el vuelo se llena yo no puedo viajar.

Al facturar me dicen que el vuelo esta completo, pero que espere hasta el ultimo momento "a ver si hay suerte".

Me lo tomo con calma. Si no logro embarcar será un problema porque Bibi y Ana estarán en Viena y tendrán que esperar a que yo llegue, quizá un día o dos más tarde.

No vale la pena ponerse nervioso. A veces me he puesto nervioso en situaciones semejantes, pero desde hace algún tiempo casi no me preocupan.

Es cierto que al principio, cuando me di cuenta de este nerviosismo inútil, me intenté controlar, pero ahora ya no necesito hacerlo, porque la tendencia a inquietarme en tales situaciones casi ha desaparecido. Lo que empieza como control, a menudo, gracias al hábito, acaba convirtiéndose en espontáneo.

[Escrito en Bratislava 9 de agosto de 2004. Publicado originalmente en Seingalt, diario secreto]


 

Solipsismo social

Espero en el aeropuerto de Barcelona porque no se todavía si podré volar hacia Viena. Veo que algunas personas corren frenéticas tras sus vuelos. La tentación inmediata es pensar que es absurdo correr de ese modo, que vaya pérdida de energía. Pero al recordar que yo también lo hacia antes, descarto ese pensamiento. Eso me recuerda algo que he leído hace poco en Las variedades de la experiencia religiosa, de William James, y que ahora copiaré aquí, pues lo copié ayer en otra libreta (no es causalidad que lo haya recordado).

James dice que juzgamos de distinta manera las mismas acciones si las protagonizamos nosotros o si las protagonizan los demás:

"Este método de desacreditar los estados de animo por los que sentimos antipatía nos es familiar, todos lo usamos en cierta medida para criticar a ciertas personas con estados afectivos que nos parecen excesivos. Pero cuando otros critican nuestros momentos mas exaltados y los denominan "nada mas" que expresiones de nuestra disposición orgánica, nos sentimos ofendidos y heridos porque sabemos que fuesen cuales fuesen las peculiaridades de nuestro organismo, nuestros estados mentales tienen un valor sustantivo como revelaciones de la verdad viva, y deseamos acallar semejante materialismo médico".

Recordé este párrafo y otros semejantes de James al descubrirme a mi mismo haciendo generalizaciones acerca de la personalidad de los demás a partir de sus acciones, a partir de esos pequeños fragmentos de su vida que yo allí, en el aeropuerto, podía contemplar.

Este tipo de deducciones y generalizaciones siempre parece funcionar, pero su exactitud y su acierto se basa exclusivamente en que nunca son ni pueden ser comprobadas.

Creemos que somos capaces de deducir grandes verdades a partir de pequeños detalles porque nunca nos tomamos la molestia de averiguar si nuestras deducciones eran o no acertadas. Pero lo mas interesante de esta falacia, que cometemos con tanta frecuencia, es lo que dice James: establecemos explicaciones causales partiendo de datos casuales, avanzamos dictámenes basados en el comportamiento ajeno que nunca nos aplicaríamos a nosotros mismos. Pensamos que ese pasajero que resopla y corre de un lado a otro es un histérico que no sabe tomarse las cosas con la tranquilidad necesaria, pero olvidamos que muchas veces nosotros hemos reaccionado como él, y que no por ello somos histéricos.

Sucede quizá que todos somos socialmente solipsistas. Los solipsistas creen que solo existen ellos y su mente, y que el resto de la humanidad no existe. No hay otras mentes.

Nadie o casi nadie sostendría esta filosofía extravagante, pero en cierto modo todos la aplicamos en el terreno social. Parece como si las leyes que rigen nuestro comportamiento y las que rigen el comportamiento ajeno procediesen de universos distintos e incompatibles.

Sobre esto se podría escribir un libro, y tal vez lo escriba, imitando en cierto modo a Vaihinger y su filosofía del como si (als ob).

Aquí adelanto algunas leyes:

NUESTRO COMPORTAMIENTO COMPORTAMIENTO AJENO
Nuestras decisiones son fruto del libre albedrío.

 

Las decisiones de los demás están determinadas por las circunstancias.

 

Cuando estamos en sitios llenos de gente nosotros somos siempre víctimas

 

Cuando estamos en sitios llenos de gente los otros siempre son culpables.

Nuestras acciones van acompañadas de los estados de ánimo adecuados

Sus estados de animo provocan sus acciones



En este viaje escribo sin acentos y sin esa letra que sale en la palabra ESPA_A porque los teclados son distintos. Ya lo corregiré. Creo que Internet cambiará la grafía de los idiomas actuales y obligará a reformarlos. Espero que eso acabe con los acentos, por ejemplo, aunque no con la letra de la palabra ESPAÑA, que es muy útil (un signo para un sonido, en vez de dos como en francés o portugués o italiano)
(Budapest, 14 de agosto, publicado originalmente en SEINGALT, diario secreto)

[Corregido y acentuado el 16 de septiembre en Madrid]



Los demás somos nosotros

Los demás somos nosotros es el título de un weblog de Ana Aranda, la chica pelirroja que vuela ahora también hacia Viena. Ana se refiere a algo parecido a lo que decía en los dos capítulos anteriores: todas las cosas malas las hacen los demás:

"He cambiado el título de la weblog porque me apetecía poner otro. Y ya de paso explico porque se llamaba “Los demás somos nosotros”. El título lo cogí de un eslogan de Photo España, pero lo transformé un poco. El original era “Los demás también somos nosotros”.

Los demás somos nosotros intenta ser una pequeña broma y también una reflexión sobre como NO nos percibimos. Pongo varios ejemplos. Quizá os suene haber vivido situaciones parecidas a esta.

Os encontráis un viernes por la noche en Huertas con unos amigos. Alguien dice: “Qué manía tiene todo el mundo de salir el viernes por la noche a tomar una copa”.

O un domingo en la puerta del Sol: “Esto está imposible, no se puede andar, está lleno de gente”.

Puede ser que mientras hacéis cola en una exposición algún amigo os haya dicho algo parecido a esto: “Que manía le ha dado a toda la gente con el arte. Ahora resulta que a todo el mundo le interesa el arte. Esto es de locos”.

[Los demás somos nosotros, 24 de noviembre de 2003]

Una de las marcadas diferencias entre cómo vemos nuestro comportamiento y cómo vemos ese mismo comportamiento si lo protagonizan otros se refiere precisamente a los viajes: los demás son turistas, nosotros somos viajeros.

[madrid 16 de septiembre]


 

Kakania

En una guía de viajes leímos que en Viena algunos locales o algunos productos tienen el sello K.K. o K.U.K., que indica que se trata de algo de la máxima distinción.

K.u.K. es una abreviatura de kaiserlich und königlich, que significa "imperial y real", porque la monarquía dual austrohúngara era a la vez una monarquía y un imperio y al emperatriz Elizabeth (Sissi) era emperatriz de Austria pero reina de Hungría. Puesto que Hungría sólo era monarquía, allí sólo se escribía K.

Esta es una de las típicas fórmulas de compromiso mediante las que el antiguo imperio austrohúngaro arreglaba las cosas: cada uno puede interpretar la sigla como quiera y decir que la primera K es para el imperio o para la monarquía, con lo que nadie se puede sentir ofendido por corresponderle la segunda K.

Austria y Hungría tenían ministerios comunes, como el del Ejército, Finanzas o Política Exterior, pero algunas decisiones las tenían que tomar de manera dual, como la participación en una guerra. Los húngaros todavía se lamentan de que su Primer Ministro István Tisza no mantuviera su veto a la guerra en 1914. Tras la derrota de la monarquía imperial y el Tratado de Trianón, Hungría perdió más de un tercio de su inmenso territorio.

Las siglas k.k. dieron origen a la denominación Kakania, que es donde transcurre la novela de Robert Musil El hombre sin atributos, que Musil empezó en 1930 y dejó incompleta al morir en 1942. En uno de los primeros capítulos, Musil, tras hablar del veloz y frenético modo de vida norteamericano, propio de los tiempos modernos, describe Kakania, ese extraño (pero no imaginario) lugar:

 

Robert Musil: Kakania, 1930-42

"En aquellos buenos tiempos del pasado, cuando aún existía el Imperio austriaco, se podía abandonar el tren del tiempo, tomar un tren corriente de una vía férrea común y volver a la patria.

Allí, en Kakania, aquella nación incomprensible y ya desaparecida, que en tantas cosas fue modelo no suficientemente reconocido, allí había también velocidad, pero no excesiva. Cuantas veces se pensaba desde el extranjero en este país, se soñaba en los caminos blancos, anchos y cómodos del tiempo de los viajes a pie y de las diligencias, con bifurcaciones en todas direcciones semejando canales regulados y galones de claro cutí en los uniformes, estrechando las provincias con el abrazo del papeleo administrativo. ¡Y qué comarcas! Mares y glaciares, el Carso, Bohemia con sus campos de grano, las costas adriáticas con el chirrido de inquietos grillos, aldeas eslovacas donde el humo salía de las chimeneas como de los aleros de una nariz respingona, y el pueblecito agazapado entre dos colinas como si hubiera abierto la tierra sus labios para calentar entre ellos a su criatura. Por estas carreteras, naturalmente, también rodaban automóviles, pero no demasiados. Aquí se preparaba, como en otras partes, la conquista del aire, pero sin excesivo entusiasmo. De cuando en cuando se enviaba algún barco a Sudamérica o al Asia oriental, pero no muchas veces; se tenía asiento en el centro de Europa donde se intersecaban los antiguos ejes del continente; las palabras colonia y ultramar sonaban como algo lejano y desconocido. El lujo crecía, pero muy por debajo debajo del refinamiento francés. Se cultivaba el deporte, pero no tan apasionadamente como en Inglaterra. Se concedían sumas enormes al ejercito, pero sólo cuanto necesitaba para figurar como la segunda más débil de las grandes potencias. También la capital era un poco más pequeña que todas las otras metrópolis del mundo, pero algo más grande de lo que suele constituir una gran ciudad. E1 país estaba administrado por un sistema de circunspección, discreción y habilidad, reconocido como uno de los sistemas burocráticos mejores de Europa, al que sólo se podía reprochar un defecto: para él genio y espíritu de iniciativa en personas privadas, sin privilegio de noble ascendencia o de cargo oficial, era incompetencia y presunción. Pero, ¿a quién le gustaría dejarse guiar por desautorizados? En Kakania el genio era un majadero, pero nunca, como sucedía en otras partes, se tuvo a un majadero por genio. Cuántas cosas interesantes se podrían decir de este Estado hundido de Kakania. Era, por ejemplo, imperial-real, y fue imperial y real; todo objeto, institución y persona llevaba alguno de los signos kk. o bien ku.k., pero se necesitaba una ciencia especial para poder adivinar a qué clase, corporación o persona correspondía uno u otro título. En las escrituras se llama Monarquía austro-húngara; de palabra se decía Austria, con un término, pues, que se usaba en los juramentos de Estado, pero se conservaba en las cuestiones sentimentales, como prueba de que los sentimientos son tan importantes como el derecho público, y de que los decretos no son la única cosa del mundo verdaderamente seria. Según la Constitución, el Estado era liberal, pero tenía un gobierno clerical. El gobierno era clerical, pero el espíritu liberal reinaba en el país. Ante la ley, todos los ciudadanos eran iguales, pero no todos eran igualmente ciudadanos. Existía un Parlamento que hacía uso tan excesivo de su libertad que casi siempre estaba cerrado; pero había una ley para los estados de emergencia con cuya ayuda se salía de apuros sin Parlamento, y cada vez que volvía de nuevo a reinar la conformidad con el absolutismo, ordenaba la Corona que se continuara gobernando democráticamente."

 

Otra de estas dualidades austrohúngaras, que cuenta en esta ocasión Paul Watzlawick era curiosímima: al soldado o mando que desobedecía a sus superiores se le condenaba a un tribunal militar y probablemente a la pena de muerte, pero la mayor condecoración del imperio, la orden de María Teresa se concedía a aquellos oficiales que hubieran obtenido una victoria al cambiar el curso de una batalla desobedeciendo las órdenes de sus superiores.

Musil continúa con su descripción de Kakania y su progresiva descomposición. Muestra con ingenio y precisión algo que tiene que ver con lo que comenté en el capítulo anterior (El carácter nacional); cómo se puede definir un carácter nacional si ya resulta difícil definir el carácter personal:

De tales vicisitudes se dieron muchas en este Estado, entre otras, aquellas luchas nacionales que con razón atrajeron la curiosidad de Europa, y que hoy se evocan tan equivocadamente. Fueron vehementes hasta el punto de trabarse por su causa y de paralizarse varias veces al año la máquina del Estado; no obstante, en los períodos intermedios y en las pausas de gobierno la armonía era admirable y se hacía como si nada hubiera ocurrido. En realidad no había pasado nada. Únicamente la aversión que unos hombres sienten contra las aspiraciones de los otros (en la que hoy estamos todos de acuerdo), se había presentado temprano en este Estado, se había transformado y perfeccionado en un refinado ceremonial que habría podido tener grandes consecuencias, si su desarrollo no se hubiera interrumpido antes de tiempo por una catástrofe.
En efecto, no solamente había aumentado la aversión contra el conciudadano hasta ser un sentimiento colectivo; incluso la desconfianza frente a sí mismo y al propio destino había adquirido un carácter de profunda certidumbre. Se procedía en este país —y hasta los últimos grados de la pasión y sus consecuencias— siempre de distinto modo de como se pensaba, o se pensaba de un modo y se obraba de otro. Observadores desconocedores de la realidad calificaron este fenómeno de cortesía o de debilidad, atribuidas siempre al carácter austriaco. Pero eso era falso, como falso es definir las manifestaciones de un país simplemente por el carácter de sus habitantes. Un paisano tiene por lo menos nueve caracteres: carácter profesional, nacional, estatal, de clase, geográfico, sexual, consciente, inconsciente y quizá todavía otro carácter privado; él los une todos en sí, pero ellos le descomponen, y él no es sino una pequeña artesa lavada por todos estos arroyuelos que convergen en ella, y de la que otra vez se alejan para llenar con otro arroyuelo otra artesa más. Por eso tiene todo habitante de la tierra un décimo carácter y éste es la fantasía pasiva de espacios vacíos; este décimo carácter permite al hombre todo, a excepción de una cosa: tomar en serio lo que hacen sus nueve caracteres y lo que acontece con ellos; o sea, en otras palabras, prohíbe precisamente aquello que le podría llenar. Este espacio, reconocido como difícil de describir, tiene en Italia colores y forma distintos que en Inglaterra porque eso que se destaca en él tiene allí otra forma y otro color, y es en una y otra parte el mismo espacio vacío e invisible en cuyo interior está la realidad, como una pequeña ciudad de piedra de un juego de construcciones infantil, abandonada por la fantasía.

Si hay alguien que tenga buena vista podrá ver que lo sucedido en Kakania fue precisamente eso, y en eso era Kakania, sin que lo supiera el mundo, el Estado más adelantado; era el Estado que se limitaba a seguir igual, donde se disfrutaba de una libertad negativa, siempre con la sensación de no tener la propia existencia suficiente razón de ser; allí se fantaseaba sobre lo no realizado o, al menos, sobre lo no irrevocablemente realizado, bañándolo todo como con el soplo húmedo de los océanos de donde ha surgido la humanidad.
"Ha pasado esto o aquello", se decía en Kakania, mientras otros, en alguna otra parte, creían que se había producido un fenómeno milagroso; era una expresión privativa que no se daba ni en alemán ni en ningún otro idioma; al pronunciarla, las realidades y los reveses del destino se hacían tan ligeros como plumas y pensamientos. Sí, a pesar de todo lo que se diga en contra, Kakania era un país de genios, y probablemente esta fue la causa de su ruina."


Viena reconstruida

El escritor austriaco Thomas Bernhard decía que Viena se había convertido en un museo. Viena siempre ha sido célebre por sus muchos museos, pero Bernhard quería decir que la ciudad estaba muerta, sin vida, que ya no quedaba nada de la antigua Viena. No creo que Bernhard sintiera nostalgia por la Viena de su infancia y su juventud, que fue la posterior a la Segunda Guerra Mundial, una ciudad pobre y destruida, en un país que ni siquiera tenía autoridad propia y era gobernado por cuatro naciones (Unión Soviética, Francia, Gran Bretaña y EE UU).

Bernhard durmiendo

Es posible que Bernhard pensará más bien en al Viena del Imperio Austrohúngaro, o en la de entreguerras, cuando era una de las capitales culturales de Europa y del mundo.

Esa capital quedó arrasada tras la Segunda Guerra Mundial y durante varios años los vieneses vivieron en medio de las ruinas de su antigua gloria, sin dinero y sin siquiera permiso para levantar de nuevo la ciudad. Hacia 1949 el dinero comenzó a llegar y los vieneses iniciaron la reconstrucción. Esa es la Viena que aparece en El tercer hombre.


La Riesenrand, noria gigante del parque Prater de Viena.
No es la original, sino una reconstrucción que se hizo tras
la guerra. Pero sí es la misma que aparece en El tercer hombre.
Mide 65 metros de altura. Si te fijas bien en la foto verás los
edificios abajo y en uno de ellos a un gigante sentado.
No sé quién es.

Los vieneses decidieron dejarlo todo tal como estaba antes de la guerra, con algunas pequeñas variaciones, como el techo de colores de la catedral de san Esteban o el número de vagones de la noria gigante del Prater, que redujeron a 14.

Los bellos tejados de piedras de colores de la catedral de San Esteban también fueron añadidos tras la Segunda Guerra Mundial. El escudo del águila bicéfala quizá está de más.

Otras ciudades destruidas tras la Guerra renunciaron a recuperar el aspecto de antaño, como Berlín occidental, que tan sólo en los últimos años, al convertirse de nuevo en capital de Alemania, se ha vuelto a edificar como una gran metrópolis.

Viena y Budapest decidieron reconstruir sus viejos edificios y castillos como si no hubiera pasado nada y la mayoría de los palacios y monumentos que hoy vemos son réplicas de los originales. Se plantea aquí el célebre problema de la identidad y el barco de Teseo.

En la Atenas clásica guardaban una réplica del barco con el que Teseo viajó a Creta para luchar contra el Minotauro. Ese barco con el tiempo iba estropeándose y los atenienses sustituían las piezas rotas por otras nuevas. Al cabo de muchos años ya no quedaba ni una sola pieza del barco original: todo el barco estaba hecho con piezas de madera, tela y metal posteriores al célebre viaje.

La pregunta es: ¿Es el mismo barco? ¿Podemos decir que aquel barco seguía siendo el barco de Teseo? Y, si ya no era el barco de Teseo, ¿cuándo dejó de serlo? ¿Seguimos siendo nosotros la misma persona a pesar de que no compartimos ni una sóla de las células de la persona que éramos hace veinte años?

 

La ciudad museo

Es cierto, como decía Berhard, que Viena tiene un cierto aire de museo, tal vez debido a su limpieza, mientras que en Budapest edificios reformados al mismo tiempo que los vieneses han adquirido en pocas décadas el aspecto de antiguas construcciones.

Pero Bernhard no sólo se quejaba del aspecto de Viena, sino también de su espíritu. No sé si las cosas han cambiado mucho desde que Bernhard se suicidó, pero me parece que Viena es una ciudad bastante más viva de lo que sus palabras me hicieron suponer. Con Ana y Bibi pasé allí unos días deliciosos y gracias a unas bicicletas que alquilamos descubrimos que la ciudad está muy lejos de ser ese museo del que se habla.

Con Goethe en Viena

Hay que admitir que algunos cafés, como el Café Central, son excesivamente formales y casi parece que estás en una exposición en vez de uno de esos locales que aparecen en las novelas de Zweig y Schnitzler. Sin embargo, tal vez, pero no puedo asegurar que sea así, en la opinión despectiva de Bernhard había un fondo de frustración que me recuerda a aquellos españoles que se dolían continuamente de España porque echaban de menos la grandeza perdida. Es obvio que Viena ya no es lo que fue, porque ya no es sede de un imperio, pero tal vez eso es una pequeña desventaja de un cambio finalmente beneficioso. Como dijo el antiguo canciller de Austria Bruno Kreisky: "Austria ha salido de la historia... y está muy contenta de haberlo hecho".

 

Equívoco en Breslav

Leímos en El danubio de Claudio Magris que Bratislava, la capital de Eslovaquia, tenía tres nombres: un nombre checoslovaco, un nombre austríaco-alemán y un nombre húngaro.

Al salir de Viena, Ana y yo decidimos pasar un día o dos en Bratislava, de camino hacia Budapest. Fuimos a la estación de tren pensando que sería fácil encontrar un pasaje a Bratislava. Y así fue. En los horarios vimos enseguida que salían varios trenes hacia Breslav.

El tren tardó más de lo previsto, pero, finalmente, supimos que ya estábamos llegando a nuestro destino cuando una pareja de guardias nos pidió los pasaportes y, poco después, otra pareja, con distinto uniforme también nos pidió los pasaportes.

El tren se detuvo en Breslav. Bajamos y pasamos por otro control rutinario en el andén. Pronto, nos dijimos, estos controles desaparecerán, puesto que Eslovaquia ya pertenece a la Comunidad Europea.

Nos sorprendió que la estación era muy pequeña para una capital, aunquee se tratase de un país pequeño. En la parada de taxis preguntamos por el centro de la ciudad con la intención de que nos llevasen allí, pues estábamos un poco cansados. El taxista nos dijo que el zentrum estaba "allí" y señaló con la mano en una dirección. Nos extrañó que un taxista no quisiera ganarse un dinero llevándonos "allí", aunque allí fuese bastante cerca.

Empezamos a caminar y creo que llegamos al centro de la ciudad en menos de un minuto, auque entonces no lo sabíamos y pensábamos que nos hallabámos en un barrio periférico. Buscamos un hotel donde dejar los bultos y pronto encontramos uno. Nos costó mucho entendernos con la mujer de recepción, pues no sabíamos ni una palabra de checo y muy poco alemán (y ella tampoco sabía inglés ni francés).

En fin, conseguimos una habitación barata y agradable que pagamos en la moneda local (ella misma nos cambió los euros). Vimos que en los billetes ponía "Chequia" y nos hizo gracia que los eslovacos ni siquiera hubieran fabricado moneda propia tras la independencia. Resulta en el fondo razonable, puesto que ¿para qué abandonar la moneda checoslovaca y crear una nueva moneda eslovaca si enseguida tanto los checos como los eslovacos van a adoptar el euro?

Al salir del hotel, nos preguntamos uno a otro dónde estaría el centro porque ya habíamos renunciado por el momento a descifrar el checo. Vimos una oficina de turismo que estaba cerrada (era domingo) y varios mapas en la calle. Allí se veía la ciudad, Breslav, pero el mapa estaba tan ampliado que no se podía situar en Eslovaquia.

Estábamos un poco sorprendidos por lo pequeña que era Bratislava. Yo había seguido hace años con mucho interés la separación sorpresiva de Eslovaquia y Chequia, en la que Vlaclav Haus (eslovaco) aplicó una política de hechos consumados para decirle a Vlaclav Havel, el presidente de Checoslovaquia, que ahora ya no existía un sólo país, sino dos: Chequia y Eslovaquia.

¿Y dónde habría proclamado la independencia Haus? No se veía ninguna plaza adecuada con un balcón desde el que dirigirse a la multitud. Y lo que era aún más llamativo: ¿cómo un lugar tan diminito podía ser capital de un país? Claro hay casos semejantes, como San marino, Ciudad del Vaticano e incluso Mónaco.

Pero también recordábamos que los castillos y casas de Bratislava son célebres por sus cúpulas y sus tejados de colores, mientras que allí el único castillo que se veía era uno a lo lejos, con dos torres medio derruidas.

En fin, así pasaron las horas, en un agradable y enigmático paseo por las calles de Bratislava y por las hermosas ruinas del castillo. Cenamos en una pizzeria con terraza al río y también nos extrañó el poco caudal que tenía allí el Danubio.

En el hotel me conecté a Internet y, en un teclado lleno de signos extraños para mí, escribí la Defensa perfecta de la imperfección.

Dormimos, pues, aquella noche en Bratislava bastante extrañados. Al día siguiente, con todas las tiendas abiertas, nos dimos cuenta de que en realidad no estábamos en Bratislava, que Breslav no era Bratislava, que ni siquiera estábamos en Eslovaquia, que estábamos, en definitiva en un pequeño pueblo de Chequia.

De este modo, por un accidente afortunado o una torpeza, una imperfección en definitiva, pasamos un breve día en la República Checa. Desayunamos en un encantador hotel junto a las ruinas del castillo y continuamos nuestro viaje. Esta vez, sí, hacia Bratislava.

Quizá todo fue un sueño, porque, curiosamente, las fotos que hicimos en Breslav son las únicas que se han perdido y no queda ningún testimonio de aquel día fuera de nuestro cráneo.

Pero espero averiguar más cosas acerca de Breslav. Seguro que tiene una historia interesante. Sé que hay un rabino de los cuentos jasídicos que se llama Nathan de Breslav (no sé si tiene relación con el Nathan el sabio de Lessing). Tal vez todo esto sea el comienzo de algo muy interesante.

Madrid 19 de octubre


El carácter nacional

Las guías de viaje están llenas de generalizaciones del tipo: "En todas las ciudades de Mitteleuropa (Europa Central) hay tranvías." Si alguien se preocupara de comprobar un dato como este y visitar todas las ciudades de mitteleuropa, tal vez nos llevaríamos una sorpresa al descubrir que hay más ciudades sin tranvía que con tranvía.

Los viajeros a menudo hacemos una estadística a partir de dos observaciones: "En Bucarest el café es un líquido espeso que se recomienda no probar", decimos, tras pasar un día en Bucarest y tomar, exactamente, dos cafés.

También es frecuente que el carácter y las costumbres de las personas y de los lugares que visitamos se ajusten a una idea previa que ya tenía el viajero: los franceses son seductores, los italianos descarados, los húngaros alegres. En nuestros viajes al extranjero actuamos como antropólogos aficionados y cometemos sus mismos errores, quizá multiplicados, porque nosotros no solemos pasar tanto tiempo como los antropólogos profesionales entre sus sujetos de estudio.

Sucede, en efecto, que los antropólogos estudian un pueblo o una cultura ajena y aventuran explicaciones a partir de bastantes observaciones (más que las que puede hacer un viajero casual), pero, incluso esas experiencias del antropólogo, están hechas en un momento concreto: 1970, 1896, 2003... Cuando algún antropólogo visita un lugar estudiado décadas atrás por un colega, descubre que aquellas características que parecían formar parte de la esencia de esa cultura ahora ya no parecen existir. Y lo más asombroso es que los nativos de esa cultura en ocasiones ni siquiera recuerdan que tales costumbres hayan existido alguna vez.

La historia nos ofrece a menudo ejemplos de transformaciones asombrosas del carácter nacional: los pacíficos japoneses se convirtieron en 1894 en uno de los pueblos más belicistas y crueles:

"El mundo se había acostumbrado a pensar en Japón como un país bárbaro, aunque sólo florecieran en él las artes pacíficas. Y le concede la categoría de civilizado cuando extermina sin piedad a la población de Manchuria"
(Kakuzo Okakura, El libro del té)

Pero cuando Japón fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, recuperó su antiguo carácter pacífico y tolerante, como quien saca del armario un traje que hacía tiempo que no se ponía.

Lo mismo se podría decir de casi todos los pueblos de Europa: los alemanes, los austriacos, los pueblos del norte, los griegos. Un fenómeno semejante les ha sucedido a los judíos, que han pasado del estereotipo de víctimas pasivas al nuevo estereotipo de verdugos crueles.

Lo cierto es que el carácter nacional es una de las cosas más cambiantes que existen. Claudio Magris escribió El Danubio, un libro de viajes que nos acompaña en este viaje gracias a la recomendación de Teresa y a que Alfonso se lo regaló a Ana. El Danubio se publicó cuando todavía existía el bloque soviético. En los quince años transcurridos, han cambiado tantas cosas que muchos ya ni siquiera recuerdan el mundo anterior, un mundo que, como los caracteres nacionales, también parecía eterno.

Ahora es posible observar que ciertas características que se consideraban propias de algunos países como Checoslovaquia o Hungría, que estaban bajo la órbita soviética, eran sólo un accidente histórico y temporal causado, precisamente, por esa dominación soviética.

Algo parecido pasó con la célebre tolerancia de los yugoslavos hacia las diferentes culturas que integraban la antigua Yugoslavia. ¿Puede cambiar tan rápidamente ese mítico carácter nacional o es que las circunstancias históricas y económicas influyen más de lo que pensamos?

(Escrito en Bratislava, Eslovaquia)

Epílogo en Madrid

Dice Messeguer en su prólogo a Maestros Alemanes.:
"No hay en Europa pueblo importante sin apodo... Con los motes, igual que con las fronteras, suele ocurrir que se los toma por definitivos cada vez que se señalan. Pero la verdad es que cambian según las épocas... Tácito empezó a calificar: reidores y bebedores eran los germanos... Vemos ya, pues, que los historiadores, desde el principio, se han dedicado a adjetivar a los pueblos. Lo malo de la adjetivación es que suele ser transparencia de un enjuiciamiento. El calificativo valoriza a las gentes y da paso a que la observación se estereotipe en lo injusto y, por lo tanto, falso. Si a esto se añade que esas calificaciones nacieron no ya de un cauto Instituto de Sociología, sino de un historiador "de oreja", de un plumífero de paso, de un poeta apasionado o de un periodista a sueldo de una tendencia, entonces comprenderemos por qué los juicios valorativos acerca de muchos pueblos son falsos tópicos, "estereotipias" y generalizaciones sin mesura"
Messeguer en el caso concreto que estudia, lo alemanes, enumera las diferentes calificaciones que han recibido: bebedores y reñidores en época romana, bárbaros y guerreros hacia 1200, tranquilos de 1270 a 1350, gente dotada para las ciencias de la naturaleza más tarde, nobles y libres tras la Contrarreforma, pobres palurdos en el XVII, pueblo de poetas y pensadores en el XVIII y XIX, y hacia 1870 "prusianos" de dureza espartana, insensibilidad y sometimiento de todo al dominio de la voluntad. Estereotipo que, evidentemente, en la actualidad nadie aplicaría a un alemán. De hecho, hoy en día creo que no hay un estereotipo alemán muy claro. Las últimas estadísticas indican que los alemanes, célebres por su laboriosidad, son ahora de los que menos trabajan. Al contrario de los españoles, cuya desidia es una leyenda que se resiste a morir a pesar de que ocupamos el cuarto lugar en horas de trabajo al año, tras Japón, Nueva Zelanda y Australia: 1800 horas, frente a las 1300 de los holandeses. Pero los tópicos a menudo se sobreviven a sí mismos.

 

 

Nacionalismo en mitteleuropa

Atrás queda Eslovaquia. Ahora estamos en Hungría, avanzando por el Danubio hacia Budapest.

Toda esta parte de Europa que hemos visitado (Austria, Chequia, Eslovaquia, Hungría) pertenece en la actualidad al mismo bloque, a la Comunidad Europea. Por primera vez en siglos sucede esto y, tal vez por primera vez, la unión es voluntaria, no forzada.

Al estudiar la historia de estos pueblos, uno se asombra de la trivialidad de problemas nacionales como el de Cataluña o Euskadi, que sólo han tenido que elegir entre Francia, España o la independencia.

Los eslovacos, por ejemplo, pertenecían hasta hace poco a Checoslovaquia, pero era una unión forzada, en la que se llevaban la peor parte, pocas oportunidades y mucha discriminación. Los eslovacos también pertenecían al bloque soviético, y también por la fuerza. A principios de los años 50, las purgas de Stalin diezmaron a los comunistas eslovacos. Sin embargo, a partir de la Primavera de Praga, cuando los checos no fueron secundados en su revolución por los eslovacos, los rusos, tal vez en agradecimiento y sin duda para debilitar a los checos, favorecieron a los eslovacos, que, además son, como los propios rusos, eslavos.

Además de su relación con rusos y checos, los eslovacos han mantenido siempre una dificilísima convivencia con los húngaros. Los húngaros, cuando Hungría fue conquistada por los turcos, se refugiaron en Eslovaquia y establecieron su nueva capital en Bratislava. Trataron entonces a los eslovacos como a seres de una raza inferior, con una dureza mucho mayor que la que nunca emplearon los austriacos con los propios húngaros.

En cuanto a sus vecinos austriacos, los eslovacos tampoco tuvieron suerte, pues el imperio de los Habsburgo, dice Magris, para congraciarse con los problemáticos húngaros, no aplicó su célebre tolerancia a los eslovacos, sino que dejó su administración en manos de los húngaros.

A todo esto hay que añadir a los alemanes, especialmente en la época nazi, para entender que los problemas nacionalistas a menudo no sólo se deben a la ceguera o a la tozudez de un pueblo pequeño, sino que no pocas veces ese problema es alimentado por la crueldad y la discriminación de pueblos supuestamente más civilizados.

 

 

Mi pasado húngaro

La influencia de nuestros antepasados sobre nosotros se parece a la manera en la que nuestro propio pasado (nuestra propia vida) nos condiciona: a menudo no es nuestro pasado el que causa nuestro presente, sino a la inversa. Como decía alguien, no sé si en 1984 de Orwell o en la Unión Soviética de Stalin: ahora lo difícil no es predecir el futuro, sino el pasado. Podemos encontrar en nuestra biografía razones para justificar las aficiones y fobias que tenemos ahora, pero no nos costaría encontrar un origen igual de plausible a fobias y aficiones contrarias

Nuestros traumas y fobias presentes, pues, buscan en nuestra biografía su origen y siempre lo encuentran. Esa es, por otra parte, la mejor manera de hacer imposible que cambiemos de opinión o superemos fobias y traumas: la causa remota que explica nuestra condición actual es un argumento demasiado fuerte, un enemigo formidable e invencible. Sin esa causa, podríamos quitarnos de encima el trauma sin ninguna dificultad, porque casi siempre se trata de verdaderas trivialidades.

Watzlawick y su método de terapia breve renuncian a curar o entender las causas y el origen del trauma, como hacen los psicoanalistas, y se preocupan sólo de los efectos presentes. De nada valen todos esos argumentos, casi siempre enfermizos narcisistas y masoquistas, que apelan al "Si tú supieras lo que me pasó...", "Si conocieras lo que me ha conducido hasta aquí..."

Lo que importa es el momento presente. El remedio se basa en cambiar lo que se puede cambiar. No se puede cambiar lo que pasó, pero sí se puede cambiar lo que pasa ahora: actuar de otra manera. Por eso una de las paradójicas recomendaciones de Watzlawick es: "No hay que cambiar de manera de pensar para comportarse de otra manera, sino que hay que comportarse de distinta manera para cambiar la manera de pensar."

Coincide el método con las ideas de aquel extraño personaje que fue Krishnamurti: no existe el tiempo para la voluntad: si quieres hacer algo, hazlo ahora.

Lo mismo que con nuestra propia vida, sucede con nuestros antepasados: elegimos aquellos que mejor se adaptan a nuestro temperamento, a nuestros gustos o a nuestras aficiones y después explicamos nuestro carácter, nuestros gustos y nuestras aficiones recurriendo a esos antepasados.

Eso es lo que hago yo ahora, cuando, en el barco que nos lleva a Budapest, observó la alegría de los marineros, sus bromas constantes y, puesto que ellos son húngaros, explico yo así mi alegría de vivir recurriendo a la sangre húngara que corre por mis venas.

Entre mis antepasados hay normandos, un soldado de Napoleón que se casó con una aragonesa, tal vez el lugarteniente de Roldán, catalanes que eran dueños del pueblo de Sant Joan de las Abadesas, judíos y un zíngaro con pendientes en las orejas que llegó a España procedente. tal vez, de Hungría. Este es el antepasado que yo elegí cuando era niño y desde entonces me he considerado en cierto modo húngaro. Más húngaro que español o catalán, que son cosas que nunca me he sentido.

Hace años, en Hamburgo, me dijeron que no parecía español, sino húngaro o polaco y eso me alegró. Ahora, en Budapest, podré añadir más coincidencias significativas a esta biografía que yo mismo mismo llevo fabricando desde hace años. Seguro que encuentro mis raíces húngaras: no en vano las estoy buscando.

Desde el barco, mis raíces: Budapest

 

 

Todo se puede explicar

En los análisis políticos, conviene distinguir entre la observación de cómo son las cosas y la manera en la que a nosotros nos gustaría que fuesen. En especial cuando se trata del nacionalismo.

Yo tengo la certeza personal de que el nacionalismo es una estupidez, un sinsentido insensato que ha provocado tantas muertes y tanto sufrimiento como los que ha causado el fanatismo religioso y los dogmas ideológicos. Me gustaría que no existiera el nacionalismo.

Pero, si observo a mi alrededor, constato que existe.

He de entenderme con la realidad aunque no me guste y he de contar con ella para poder contribuir a cambiarla. Los nacionalistas existen. Aquí, en Europa central y también en España. En algunos lugares no sólo existen, sino que también matan y justifican la violencia, como en Euskadi, en la antigua Yugoslavia y en Irlanda hasta hace bien poco.

La muerte, el asesinato y la violencia sí son intolerables.

Cuando una zona o región proclama su independencia, ¿qué hacer? No creo que haya fórmulas mágicas. Una solución que puede resultar incruenta hoy, mañana puede ser el origen de una matanza.

La disolución del antiguo bloque soviético ha llevado a la verdadera independencia a países que ya existían como Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía o Bulgaría; a la creación o recreación de otros Estados, como Estonia, Letonia, Lituania y Ucrania; a la reordenación de algunos mediante su unión, como la Repuública Democrática y la Federal en la nueva Alemania; o mediante su separación, como Eslovaquia y la república Checa.

Lo asombroso es que esta reordenación del mapa de Europa no se haya producido entre guerras y matanzas.

Curiosamente, esas guerras y matanzas en el territorio europeo sólo han tenido lugar en la antigua Yugoslavia (que no pertenecía al bloque soviético), que se ha divido en varias naciones y que seguirá haciéndolo pronto, cuando se separen Serbia y Montenegro.

Pero la disolución del bloque soviético, que habría significado en otras circunstancias un auge feroz del nacionalismo y de la violencia, se ha desarrollado de modo casi pacífico y únicamente folklórico, seguramente debido a que Gorbachov autorizó la creación y separación de cuantos países y repúblicas lo pidieran. Pasado ese momento, y cerrada de nuevo la mano rusa, se han sucedido los problemas, como en Chechenia, que no se fue a tiempo.

Muchos de los países que se alejaron de la órbita soviética ahora vuelven o volverán pronto a estar juntos, esta vez voluntariamente, en la Comunidad Europea. Incluso algunos que se separaron hace poco, como Chequia y Eslovaquia, dentro de poco volverán e eliminar la breve frontera que les ha separado en estos últimos años.

A veces, la distancia entre el folclore y la tragedia depende de un simple gesto, aunque es cierto que resulta difícil saber qué gesto es el correcto. La desmembración del antiguo imperio austrohúngaro fue quizá el caldo de cultivo de nacionalismos violentos, pero la desmebración del bloque soviético parece un paso en la buena dirección. Si los soviéticos no lo hubiesen permitido, parece claro que habría muerto mucha gente.

Por otro lado, ¿quién querría estar hoy en la órbita de un Estado que está volviendo a convertirse en lo que era en la época comunista, dirigido ni más ni menos que por un antiguo miembro de la KGB y que maneja como lo hace la guerra en Chechenia? Aunque yo no soy nacionalista, si viviese en un país como Hungría, Polonia o Lituania no dudaría ni un momento en pedir la independencia.

Por otro lado, también se podría decir que el análisis que considera que la Segunda Guerra Mundial es una consecuencia de la desmembración del Imperio austrohúngaro y de las injusticias del Tratado de Versalles y del de Trianón es muy discutible: cuando existía un Imperio que unía a todas esas naciones (Eslovaquia, Hungria, Croacia, Austria, Eslovenia, Bosnia) se produjo la más terrible de todas las guerras : la Primera Guerra Mundial.

La línea negra gruesa marca las fronteras de Alemania y Austria-Hungría antes de la Primera Guerra Mundial. Las mayores pérdidas de territorio no las sufrieron Alemania ni Austria, sino Hungría (aparte de la disolución propiamente dicha del Imperio Bicéfalo austrohúngaro)

Así que todas estas brillantes explicaciones acerca de si hay que juntar o separar un imperio, suelen ajustarse al dicho post hoc ergo propter hoc (una vez que la cosa ha sucedido resulta muy sencillo explicarla).

 

Mi vida como húngaro

En la genealogía húngara un poco fantasiosa que adopté en la adolescencia, van añadiéndose datos y recuerdos, algunos insospechados. En las cartas que escribía a mi padre, puse durante un tiempo el encabezamiento "Kedves apa", que en húngaro significa "Querido padre". También empecé a catalogar mis libros y decidí hacerlo en húngaro. Recuerdo ahora la expresión Iridalon Nula y Katalogus (que sin duda significa Catálogo).

Los ex-libris de Los papeles de Aspern, de Henry James

 

Detalle de la imagen anterior

 

Mis fantasías húngaras también me llevaban a pensar en la relación que podía tener con el jan mongol Batu jan (o Batu Khan, como se escribía entonces). La única razón era la semejanza entre Batu y Tubau, y que Batu llegó porecisamente hasta Hungría con los ejércitos mongoles de la Horda de Oro.

La horda de oro conquistó Hungría y ya se hallaba a las puertas de Viena, dispuesta a incorporar toda Europa al Imperio mongol. El Papa convocaba en vano a la Cristiandad para que se emprendiera una nueva cruzada, pero Europa estaba a merced de loa mongoles, que ya poseían el mayor imperio, creo, que nunca ha existido sobre la tierra. En la lejana corte mongola, no se si entonces establecida en China, murió inesperadamente el Gran Jan y los mongoles de la horda de oro tuvieron que regresar para elegir al sucesor. De este modo se salvó Europa.

De Batu, que llegó hasta Hungría, pretendía yo descender. Tal vez tuvo una aventura con una lugareña antes de regresar a sus tierras...

Lo único improbable de esta historia que yo mismo fabriqué es que mi supuesta sangre húngara no procede de la familia de mi padre (Tubau), sino de la de mi madre. Así que yo aplicaba mi apellido paterno a un antepasado materno.

Con este tipo de absurdos, y otros mayores, a menudo se construye la historia, la Historia con mayúsculas, la que se enseña en las escuelas y aparece en los libros.

Con farsa o sin ella, los húngaros siempre fueron un estímulo para mí, y me encantaba descubrir que siempre había un húngaro detrás de cualquier cosa interesante: los cohetes (von Braun), los rayos X (Roetgen), los hologramas (Gabor), los bolígrafos (Biro), el mayor matemático del mundo (von Neuman). Un día descubrí el gran secreto, la razón que explica la extravagancia y la inteligencia de los húngaros (a eso dedico mi página Están entre nosotros).

En Budapest he descubierto que uno de los libros que más me gustaron de pequeño es húngaro: Si yo fuera mayor. Hasta ahora pensaba que era un libro polaco, como parece indicar el nombre de su autora: Éva Janikovszky. Pero es húngara, como lo es el ilustrador del libro: László Réber.

Si yo fuera mayor en algún idioma que no conozco (no es húngaro)

Si yo fuera mayor es un libro infantil delicioso, de esos en los que uno encuentra, al releerlos, el germen de lo mejor de su carácter. Otros de esos libros son, para mí, los de Tom Sawyer y Huck Finn, La Isla del tesoro, las aventuras de Guillermo y las del geniecillo Kasperle.

Éva Janikovszky murió hace muy poco, el año pasado.

 

Nazismo en Hungría

3 de noviembre de 2004

Hungría ha tenido la desgracia, como le sucedió a algunos otros países del este de Europa , de conocer el totalitarismo fascista y el comunista. Si la memoria no me falla, la cosa comenzó en los años 20 con el Terror Rojo, que después fue sustituido por el Terror Blanco, mucho más cruel y sanguinario. El Terror Blanco derivó hacia el fascismo de Horthy, que acabó uniéndose a la Alemania nazi. De este modo, Hungría luchó en la Segunda Guerra Mundial junto a Hitler.

Las doctrinas totalitarias se basan en el relativismo cultural, como ya dijo explícitamente Mussolini en su día.

Consideran que no puede existir un verdadero diálogo entre culturas diferentes y que, por ello, la única manera de decidir qué cultura es mejor es el uso de la fuerza. Los totalitarismos también aplican la doctrina extrema del darwinismo social, que inventó el sobrino de Darwin, Francis Galton: al supervivencia del más fuerte. El relativismo y el darwinismo social son nombres modernos para seguir aplicando el comportamiento salvaje e institivo.

Debido a estos fundamentos, los totalitarismos, ya se basen en ideas comunistas, fascistas o simplemente en la identificación con un líder (como Franco), no pueden cooperar y colaborar, excepto de manera transitoria. Si Mussolini predica que la raza superior es la latina y concretamente la italiana, Hitler que lo es la germana y el húngaro Horthy que esa raza superior es la magiar, difícilmente puede fraguarse una alianza duradera. Tarde o temprano, cada uno querrá aplicar sus ideas hasta el final y chocará con sus antiguos aliados. Mussolini, el pionero de los totalitarismos llamados "de derechas", soñó durante un tiempo que la raza, la etnia, la cultura o la civilización latina iba a recuperar la gloria de la antigua Roma. Pero los fracasos de sus andanzas en Europa y África y el impresionante poder germano le obligaron a ceder el primer lugar a Hitler.

Si las potencias del Eje hubieran ganado la guerra, no habría pasado mucho tiempo hasta que estallaran los conflictos entre germanos y latinos, aunque, probablemente, las primeras víctimas habrían sido los eslavos. Tras ellos, quizás le llegaría el turno a los magiares, cultura única y aislada, y más teniendo en cuenta que Hitler había nacido en el antiguo imperio austrohúngaro.

Todo esto explica probablemente el que durante la guerra existieran tensiones entre los nazis alemanes y los fascistas húngaros. El régimen de Horthy persiguió de hecho a todas las minorías, incluída la alemana. Tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen comunista impuesto por los rusos intentó no dar importancia a este dato, precisamente porque de ese modo podían acusar a la minoría alemana de la responsabilidad del pasado nazi de Hungría y así descargar la culpa de los propios magiares. Esa explicación contenía tan sólo un gramo de verdad, pero sirvió a los húngaros de la época comunista para mantener su conciencia tranquila.

Algo parecido sucedía en la República Democrática Alemana que, en un alarde de ficción histórica, siempre hicieron como que el nazismo no tenía nada que ver con ellos, sino sólo con los alemanes de la República Federal. Cuando estuve en Berlín Occidental en 1988 me asombró la memoria y el sentimiento de culpa de los alemanes, que incluso tenían un museo dedicado al holocausto en el antiguo Reichstag. Pero en el lado comunista apenas se hablaba del pasado nazi y se insistía en echar la culpa a los vecinos del otro lado de la ciudad.

Lo mismo sucedía, al parecer, en Hungría y quizás todavía sucede porque en la Citadela hay un museo dedicado a la época nazi de Hungría en el que se condena aquello, pero creo que no de la contundente manera que sería necesario.

 

Nazis en la Citadela

En 1854, tras una revuelta de los ciudadanos de Budapest, los austriacos colocaron en una de las colinas de Buda, un puesto de defensa en previsión de rebeliones de los húngaros contra el Imperio.

Durante la segunda guerra mundial se construyó en esa misma colina un bunker y una ciudadela de defensa antiaérea. Hungría era aliada de la Alemania nazi y se dice que el asedio de Budapest fue el segundo más largo tras el de Stalingrado.

 

Cartel del Museo Nazi de la Citadela

 

El bunker de la Citadela es ahora un museo en el que se reconstruyen con figuras de cera escenas de los años en los que los nazis y los fascistas húngaros ocupaban la Citadela: un médico alemán atendiendo a un herido, soldados y generales preparando una batalla, el interrogatorio a un soldado ruso. Aunque es una reconstrucción, resulta muy interesante porque el lugar es real.

Interrogatorio a un soldado ruso en la Citadela

 

En nuestra visita coincidimos con unos inquietantes visitantes: un grupo de nazis nostálgicos. Dos tipos de aspecto intimidatorio, calvos, gordos, pero robustos y musculosos, que llevaban chaquetas de cuero negro en las que se podía leer en grandes letras: DEUTSCHLAND y GERMANY (Alemania en ambos casos). Supongo que eran nostálgicos nazis de algún país que no era precisamente Alemania, porque escribir Germany (Alemania en inglés) no parece tener mucho sentido para un alemán. Sus novias eran rubias y una de ellas era muy guapa.

La gente, por ejemplo varios obreros que estaban trabajando allí, los miraba asombrada y parecía contener su indignación. Me dio la impresión de que la Citadelka es un lugar de perigranaje nazi y por eso creo que la exposición y los carteles que la anunciam debería mostrar con más claridad un mensaje antinazi. Especialmente porque los húngaros fueron aliados de los nazis, por lo menos hasta 1943, año en el que el presidente fascista húngaro, Horthy, inició negociaciones secretas con los aliados para abandonar a las potencias del Eje. Pero no lo consiguió y fue sustituido por los Flechas Cruzadas, que se mantuvieron al lado de los nazis hasta el final, instaurando un régimen de terror para mantenerse en el poder.

Un inquietante pasadizo en la Citadela,
que no era posible recorrer

 

 

El carácter nacional húngaro

viernes 3 de diciembre de 2004

En las guías de viaje se dice que los húngaros son muy alegres, pero también atormentados. Al parecer, tenían o tienen la tasa de suicidio más alta de Europa. Ana tiene una explicación que resulta plausible para Budapest: es fácil quitarse la vida desde las alturas de Buda o arrojarse al Danubio desde los puentes que unen Buda y Pest.

Uno de los puentes que une Buda y Pest.
Al fondo se ven las colinas de Pest.

Uno nunca sabe si está condicionado por los tópicos y por las guías de viaje, pero a mí sí me ha dado la impresión de que los húngaros son alegres, más alegres que los austríacos. Y también me parece haber visto a más húngaros con aspecto atormentado. Es posible que me haya influido también la lectura de El viajero bajo el resplandor de la luna, un libro de Ántal Szerb que hemos descubierto en Budapest y que estamos leyendo (en su traducción española, por supuesto).

Lo que un suicida vería poco antes de saltar al Danubio

Los propios húngaros parecen ser conscientes y promocionar esos dos aspectos de su personalidad: su alegría y su fatalismo, y se quejan de un destino histórico que les es esquivo. En su himno nacional, ecsrito por Ferenc Kölcsey y con música de Ferenc Erkel) se dice:

"Apiádate, Señor, del húngaro

rodeado de peligros

Extiende sobre él tu brazo protector

en el mar de sus desgracias.

Concede años de felicidad

a quien la adversidad tanto ha maltratado

Su pueblo ya ha expiado

el futuro y el pasado."

Los últimos versos lo dejan claro: los húngaros no sólo han pagado con su sufrimiento todas sus culpas pasadas, sino incluso también sus culpas futuras.

Quizá sea esta creencia de los húngaros en la fatalidad de su destino lo que me ha hecho darme cuenta de una hermosa paradoja: las teorías deterministas están determinadas por las circunstancias culturales.

Las personas, en cualquier época y lugar, tienen un deseo irreprimible de encontrar una causa clara y tangible que lo explique todo. Es una proyección a la evolución social de la tendencia que tiene nuestra mente a tratar de explicar y unir datos dispersos. Siempre queremos encontrar una explicación que haga coherentes los sucesos dispersos de nuestra vida.

Las observaciones astronómicas condujeron a teorías astrológicas deterministas que intentaron hallar en las estrellas las razones de nuestro destino. Por su parte, en religiones como el cristiansimo y el Islam el determinismo se expresa en teorías como la que dice que uno se salva si está predestinado por la Gracia (la Gracia no se puede obtener por méritos propios); o que las mujeres, por ser mujeres, no tienen alma, y por tanto no pueden salvarse, o que en un libro ya están escritos los nombres de quienes se salvarán y condenarán en el Juicio Final.

Pero este determinismo se adapta siempre a las circunstancias cambiantes, por lo que en la época del desarrollo de las teorías económicas surge el deerminismo económico marxista; mientras que los estudios anatómicos conducen a doctrinas deterministas como la frenología, que cree encontrar en la forma del cráneo las causas de la criminalidad o la inteligencia. Cuando la época victoriana y el puritanismo ceden terreno, surge un nuevo determinismo en Freud: todo está determinado o causado por el sexo. El auge de los nacionalismos es en sí otro determinismo (la nación como causa y razón); el belicismo encuentra también su teoría determinista en el ansia de poder de Adler.

Como niños que descubren un nuevo juguete, nos afanamos en convertir cualquier nuevo hallazgo en la clave de bóveda de una explicación total, en la razón final que explica nuestro comportamiento y nuestro carácter. Los átomos conducían a un mundo determinista en el que todo es producto de las colisiones de esas partículas, pero la teoría cuántica se convierte tambien en el paradójico determinismo de la indeterminación. En fin, el último juguete determinista empezó a desarrollarse con la teoría genética: estamos deterninados por nuetsros genes. Una conclusión que, en definitiva, no es otra cosa que una actualización del fatalismo húngaro, de la idea de un destino inscrito en los pueblos, la sangre o las estrellas.

 

La ciudad de las estatuas

25 de octubre de 2004

No recuerdo ninguna ciudad en la que haya visto tantas estatuas como en Budapest. En mi Galería Doblemente Inmóvil, el álbum de fotos en el que sólo hay fotografías con estatuas, pronto habrá más estatuas húngaras que del resto del planeta.

Magris cuenta en El Danubio que cuando el terror blanco fascista reemplazó al Terror rojo comunista en los años 20 y 30, los revolucionarios no destrozaron las estatuas de sus antecesores, sino que las guardaron en algún sótano. Cuando los comunistas volvieron al poder, tras la Segunda Guerra Mundial, las sacaron del sótano y las volvieron a colocar en las calles.

Algo parecido sucede ahora, pues los húngaros han guardado casi todas las estatuas de la época comunista y han creado con ellas un Parque de las Estatuas o Museo del Totalitarismo, en el que se puede ver a Lenin, Marx, Engels, alegorías de la hermandad húngaro-soviética y a diversos líderes comunistas húngaros.

Del único del que no se conserva nada es de Stalin, tal vez porque todas sus estatuas fueron destruidas en la fracasada revolución de 1956 contra los rusos, como cuenta Magris.

Stalin por los suelos, cuando los húngaros creían
que podían librarse de la dictadura en 1956.
Se equivocaron y Jruschev mandó los tanques
rusos a Budapest.

En un museo de Budapest se conserva un pequeño fragmento de la colosal estatua de Stalin que los revolucionarios húngaros cortaron y derribaron, dejando sólo las botas en el pedestal.

Un pequeño fragmento de
la colosal estatua de Stalin
que fue derribada durante
la revolución de 1956.

El Szobord Park o Parque de las Estatuas de Budapest fue inaugurado en 1993, cuando los húngaros, que ya se habían alejado bastante de las doctrinas oficiales soviéticas y se consideraban por fin seguros de su salida de la dictadura tras la caída del Muro de Berlín en 1989. El intento anterior en 1956 fue un fracaso, así que los húngaros estaban obligados a ser prudentes.

La idea original parece que se le ocurrió al historiador László Szörényi que habló de hacer un Jardín de Lenin en el que se juntasen todas las estatuas de Lenin diseminadas por Hungría.

El Parque de las Estatuas, finalmente, se dedicó, como indica su catálogo, a "Monumentos Gigantescos de la Era de la Dictadura Comunista".

En la entrada del Parque, flanqueado por dos estatuas de Marx y Engels hay un largo poema de Gyula Yllyés llamado Una sentencia contra la tiranía, que puedes leer (en inglés) aquí.

En el Parque se venden camisetas conmemorativas en las que se ve a Lenin, Stalin y Mao como si fueran los Tres Tenores (Domingo, Carreras y Pavarotti), pero en la leyenda se lee: "The three Terrors". En otra pone "World Terror Tour, 1917-1989" y, como si se tratara de un grupo de rock de gira, se enumeran las fechas de las sucesivas revoluciones y anexiones comunistas: Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Finlandia, Hungría, China, Afganistán. Terminan con un interrogante acerca de la próxima fecha. Tal vez se podría añadir Chechenia, puesto que en Rusia no ha habido todavía un verdadero cambio de régimen y hasta ahora no ha gobernado ningún dirigente que no hubiera sido comunista (Putin pertenecía al KGB). O tal vez China todavía nos reserva alguna terrible sorpresa. Espero que no.

Músculo y poder revolucionario en
el Parque de las Estatuas

Así que se podría aquí concluir que el célebre sentido del humor húngaro se aplica a todo, o también se puede recordar lo que dice Martin Amis en Koba el temible: que incluso ahora que todos o casi todos saben lo que sucedió en la Unión Soviética de Stalin y en la China de Mao Ze Dong, todavía hay una diferencia en la manera de encararlo respecto a los nazis:

"He aquí una paradoja reveladora: siempre se ha podido bromear a costa de la Unión Soviética, pero nunca sobre la Alemania nazi. No es sólo una cuestión de respeto. En el caso alemán, la risa se va automáticamente. Con el permiso de Adorno, no fue la poesía lo que se volvió imposible después de Auschwitz. Lo que se volvió imposible fue la risa. En cambio, en el caso soviético, la risa se niega a irse. La inmersión en los hechos de la barbarie bolchevique puede aumentar la resistencia a admitirlo, pero dicha inmersión no borrará nunca la risa de la barbarie."

Es cierto: a casi nadie se le ocurre bromear sobre los nazis ni tener recuerdos nazis, cruces gamadas o gorras y abrigos de oficiales de las SS, como si se tratara de algo curioso y simpático, y eso, sin embargo, sí sucede con los recuerdos del antiguo bloque comunista, sin que sus propietarios sientan un rechazo instintivo hacia esos símbolos. En Madrid, por ejemplo, hay un restaurante japonés en el barrio de Chueca con retratos de Mao e imágenes y posters del Partido Comunista Chino. Nadie se ofende ni protesta, que yo sepa. Resulta difícil imaginar que eso se pudiera hacer con parafernalia nazi o simplemente fascista italiana.

 

Ántal Szerb: el viajero bajo la luz de la luna

Ántal Szerb es un escritor húngaro de cuya existencia no tenía noticia hasta que visité Budapest. Allí encontré en una librería uno de sus libros traducidos al español: El viajero bajo la luz de la luna. No es una historia autobiográfica, pero parece claro que contiene muchas cosas de la vida y de la manera de pensar de Szerb. Quiero decir, que se nota la personalidad del escritor detrás, lo que es una buena cosa en muchas ocasiones, aunque a veces esa intromisión estropea una narración con personajes imaginarios, que de pronto parecen salirse del papel. Pero si desde el principio te da la impresión de que los personajes son una máscara del autor, puede ser un verdadero placer, o eso espero, porque yo suelo caer en eso a menudo y me cuesta mucho crear unos personajes que no son, en cierta medida, pero no completamente, en parte yo mismo. Es curioso que otra novela que he leído de Szerb, El último de los Pendragón, no me gustó tanto como El viajero precisamente porque en la lucha entre la personalidad de Szerb y la de sus personajes acaban ganando los personajes y él se diluye. Da siempre la impresión de que Szerb es más interesante que los extravagantes personajes de El último de los Pendragón, pero supongo que a muchos lectores les molestará lo contrario: las intromisiones del autor.

Tampoco hay que caer, sin embargo, en el error frecuente de confundir a un autor con sus personajes: Woody Allen se parecerá sin duda a muchos de sus personajes, sobre todo a los que él mismo interpreta, pero, según él mismo dice, con muchos de ellos no tiene casi nada en común e incluso detestaría a una persona así si la conociera. Como decía Villiers de L'Isle Adam, a nadie se le ocurre pensar que las opiniones del gato con botas son las de Perrault.

En El viajero bajo la luz de la luna aparecen varios personajes que me recuerdan a mí mismo y a personas que conozco, pero también sensaciones que, supongo, serán más frecuentes de lo que pueda parecer. Una de ellas es la vorágine:

"Todo eso se agravó más tarde con el peor de los síntomas: la vorágine. La vorágine, tal cual te lo estoy diciendo. A veces sentía que la tierra se abría debajo de mis pies, y que estaba al borde de una terrible vorágine. Lo de la vorágine no lo tomes tampoco muy en serio, puesto que yo nunca la veía, nunca tuve visiones de ese tipo, pero sabía con certeza que la vorágine estaba allí. Mejor dicho, era consciente de que no estaba, sabía que sólo existía en mi imaginación, pues ya sabes qué complicadas son estas cosas. El hecho es que cuando me invadía esa sensación de vorágine no me atrevía a moverme, no era capaz de pronunciar una palabra, y pensaba que todo había terminado."

El narrador conoce a los extraños hermanos Ulpius, Tamás y Éva, que recuerdan muchísimo a los protagonistas de la última película de Bertolucci (Soñadores). No voy a describirlos porque me parece que eso sería simplificar en dos líneas unos caracteres complejos y hacerles perder todo su interés mediante una definición rápida. Además de los hermanos, en la extraña casa de los Ulpius aparecen otros personajes que luego continuarán apareciendo en la novela, ya en tiempo presente.

Es curioso que el narrador, Mihály, comparte con Tamás "la afición por las cosas antiguas" y la mitología y que los dos están fascinados por los celtas. Me parece divertido, porque a mí, aunque me gustán mucho los celtas, y en particualr las leyendas irlandesas, me fascinan también los húngaros por lo raros que son, pero claro, para dos húngaros como Mihály y Tamás, lo exótico son los celtas (se supone que los españoles somos en gran parte celtas).

Me gustó una cosa que dice Mihály: "No soporto que alguien dependa de mí, ni siquiera soporto tener una criada, por eso de soltero prefería hacerlo todo yo solo. No soporto la responsabilidad y por lo general termino odiando a los que esperan algo de mí...".

Es algo que recuerda mucho a la cita que puse en Esklepsis 3 de Víctor Tausk, un discípulo de Freud y amante de Lou Andreas Salomé:

"Me gustan sólo las personas libres, las que mantienen su independencia con respecto a mí. Porque los que se me someten, me obligan a su vez a depender de ellos; y entonces yo me vengo e incurro en culpabilidad ante aquellos que se portaron bien conmigo (...) Quiero irme abriendo camino conforme a las necesidades de mi naturaleza, sin abrigar falsas emociones o sentimientos ambiguos. El tipo de vida que ahora llevo es el más idóneo para alcanzar el fin que me he propuesto: soy independiente, puesto que nadie depende de mí, y no puedo ser esclavo, ya que no soy amo."

Quizá yo no expresaría las cosas de manera tan apasionada o taxativa, pero coincido con Mihály y con Tausk: no me gusta ni depender de los demás ni que los demás dependan de mí, no me gusta ni mandar ni ser mandado. Pero eso no quiere decir que no pueda aceptar en una circunstancia determinada y concreta depender de alguien, o que alguien dependa de mí. También soy, creo, un buen subordinado siempre que no se interpongan por medio cuestiones que afecten gravemente a mi manera de pensar o a mis ideas acerca de lo que es justo o injusto.

Kamo no Choomei también dice algo parecido en Hoojooki (un relato desde mi choza):

"Si dependes de alguien, acabas por pertenecerle. Si te haces cargo de otros, serás esclavo de tu propio afecto y devoción. Si te adapatas al mundo, se sufre mucho. Si no, te vuelves loco."

Uno de los capítulos del libro de Szerb se inicia con una cita del extraordinario Tigre de William Blake:

"¡Tigre! ¡Tigre!, fuego que ardes

en los bosques de la noche"

Puedes leerlo con este vínculo: El tigre de Blake

Existe un rumor, muy extendido entre la comunidad científica, que sostiene que los extraterrestres llegaron a la tierra hace ya mucho tiempo, que desembarcaron en Budapest y que se hacen lalmar húngaros. Yo tengo una página dedicada a estos extraterrestres (Están entre nosotros), que es anterior a una nueva información que obtuve en mi viaje a Budapest y que tiene que ver con Ántal Szerb.

Szerb escribió una guía de Budapest que se llama: Guía de Budapest para extraterrestres. Curioso, ¿no es cierto?

En el último lugar húngaro que visitamos antes de dejar Hungría, la ciudad de Györ, descubrí otra inesperada y hermosa casualidad relacionada con los hermanos Ulpius.