Daniel Tubau
MATERIALES
1. BIBLIOGRAFÍA
A. Traducciones en Internet
Chuang Tzu (Zhuang zi) por Alex Ferrara a partir de la traducción inglesa de Burton Watson.
Los capítulos interiores (Nei Pian) en la traducción de Pilar González España y Jean Claude Pastor-Ferrer, publicada por la Editorial Trotta en 1998.
B. Traducciones en español
1. Los capítulos interiores del Zhuangzi
Pilar González España/Jean Claude Pastor-Ferrer
Editorial Trotta, 1998
Traducción de los siete primeros capítulos, atribuídos al propio Zhuang zi. En verso en vez de, como es habitual, en prosa.
2. Zhuang zi
Iñaki Preciado Ydoeta
Editorial Kairós
Una traducción completa y directamente del chino por un buen traductor, según parece. Sus interpretaciones a veces pecan de marxistas, pero se mantienen dentro de cierto rigor y fiabilidad. En mi opinión, a veces abusa de construcciones anticuadas de la frase española, algo que es frecuente en algunos traductores al verter textos antiguos: hacen que suenen también a castellano antiguo como si así fuesen más fieles a la antigüedad del texto, pero eso, creo yo, es un error.
3. Chuang Tse
Carmelo Elorduy
4. Chuang Tse
Alex Ferrara
Edición digital
C. Sobre el Zhuang zi
Cuatro lecturas sobre Zhuang zi
Jean François Billeter
Editorial Siruela
Un libro muy interesante en el que Billeter propone una lectura más personal y arriesgada de lo habitual, pero que coincide con la tendencia de los estudios actuales sobre el taoísmo, que están poniendo en duda muchas de las ideas tradicionales.
2. ANEXOS: textos de otros autores que se mencionan en mi comentario al Zhuang zi.
Voltaire: Primera Carta sobre los Cuáqueros
"He creído que la doctrina y la historia de
un pueblo tan extraordinario merecerían la curiosidad de un hombre
razonable. Para instruirme, he ido a encontrar a uno de los más célebres
cuáqueros de Inglaterra, quien, después de haber estado treinta
años en el comercio, había sabido poner límites a su
fortuna y a sus deseos, y se había retirado a un lugar en el campo
cerca de Londres. Fui a buscarle a su retiro; era una casa pequeña,
pero bien construida, llena de limpieza sin ornamento. El cuáquero
era un viejo vigoroso que nunca había estado enfermo, porque jamás
había conocido las pasiones ni la intemperancia: nunca en mi vida
he visto un aire más noble ni más atractivo que el suyo. Estaba
vestido, como todos los de su religión, de un traje sin pliegues a
los lados y sin botones sobre los bolsillos ni en las mangas, y llevaba un
gran sombrero de alas abatidas, como nuestros eclesiásticos; me recibió con
el sombrero en la cabeza, y avanzó hacia mí sin la menor inclinación
de su cuerpo; pero había más cortesía en el aire abierto
y humano de su rostro que la que hay en el uso de echar una pierna tras la
otra y llevar en la mano lo que está hecho para cubrir la cabeza. «Amigo,
me dijo, veo que eres un extranjero; si puedo serte de alguna utilidad no
tienes más que hablar. —Señor, le dije, inclinando el
cuerpo y deslizando un pie hacia él, según nuestra costumbre,
me honro en suponer que mi justa curiosidad no os desagradará, y que
querréis hacerme el honor de instruirme en vuestra religión.
—Las gentes de tu país, me respondió,
hacen demasiados cumplidos y reverencias; pero no he visto todavía
ninguno que tenga la misma curiosidad que tú. Entra, y cenemos juntos
primero.
Hice todavía algunos malos cumplidos,
porque no se deshace uno de sus costumbres de repente; y, tras una comida
sana y frugal, que comenzó y acabó con una oración a
Dios, me puse a interrogar a mi hombre. Comencé por la pregunta que
los buenos católicos han hecho más de una vez a los hugonotes: «Mi
querido señor, le dije, ¿está usted bautizado?"
—No, me respondió el cuáquero,
y mis cofrades tampoco lo están.
—¿Cómo, pardiez, proseguí yo,
no sois acaso cristianos?
—Hijo mío, repuso con tono dulce, no
jures; somos cristianos e intentamos ser buenos cristianos pero no creemos
que el cristianismo consista en echar agua fría sobre la cabeza con
un poco de sal.
—¡Eh, voto a bríos!, proseguí yo,
molesto por esta impiedad, ¿habéis pues olvidado que Jesucristo
fue bautizado por Juan?
—Amigo, nada de juramentos, insisto, dijo el
bondadoso cuáquero. Cristo recibió el bautizo de Juan, pero Él
no bautizó nunca a nadie; nosotros no somos los discípulos
de Juan, sino de Cristo.
—¡Ay!, dije, ¡qué pronto
os quemarían en un país con Inquisición, pobre hombre!
... ¡Ah, por el amor de Dios, ojalá pueda yo bautizaros y haceros
cristiano!
—Si sólo eso fuera preciso para condescender
a tu debilidad, lo haríamos gustosos, repuso gravemente; nosotros
no condenamos a nadie por utilizar la ceremonia del bautismo, pero creemos
que los que profesan una religión plenamente santa y espiritual deben
abstenerse, en tanto puedan, de las ceremonias judaicas.
—¡Esa sí que es buena!, grité. ¡Ceremonias
judaicas! —Si, hijo mío, continuó él, y tan judaicas
que bastantes judíos todavía hoy usan a veces el bautismo de
Juan. Consulta la Antigüedad; te enseñará que Juan no
hizo más que renovar esta práctica, que era usual desde mucho
antes entre los hebreos, como la peregrinación a la Meca lo era entre
los ismaelitas. Jesús quiso recibir el bautismo de Juan, lo mismo
que se había sometido a la circuncisión; pero, tanto la circuncisión
como el lavamiento con agua debían ser ambos abolidos por el Bautismo
de Cristo, ese Bautismo espiritual, esa ablución del alma que salva
a los hombres. También el precursor Juan decía: Yo os bautizo
en verdad con agua, pero otro vendrá después de mí,
de quien no soy digno de llevar las sandalias; ese os bautizará con
el fuego y el Espíritu Santo. También él gran apóstol
de los gentiles, Pablo, escribe a los Corintios: Cristo no me ha enviado
para bautizar sino para predicar el Evangelio, también ese mismo Pablo
no bautizó nunca con agua más que a dos personas, y aún
fue a regañadientes; circuncidó a su discípulo Timoteo;
los otros apóstoles circuncidaban a todos los que querían. ¿Estás
circuncidado?, añadió. Le respondí que no tenía
ese gusto. «Pues bien, amigo, dijo, tú eres cristiano sin estar
circuncidado y yo, sin estar bautizado.»
Así es como mi santo hombre abusaba
bastante especiosamente de tres o cuatro pasajes de las Sagradas Escrituras
que parecían favorecer a su secta; pero olvidaba con la mejor buena
fe un centenar de pasajes que la aplastaban. Me guardé muy mucho de
contestarle; no hay nada que ganar con un entusiasta: no hay que empeñarse
en decirle a un hombre los defectos de su amante, ni a un querellante la
debilidad de su causa ni razones a un iluminado; así que pasé a
otras preguntas.
«Respecto a la comunión ¿qué usos tenéis?
—No tenemos ningún
uso, dijo.
—¡Qué! ¿No tenéis
comunión?
—No, salvo la de los corazones.» Entonces
me citó de nuevo las Escrituras. Me echó un sermón muy
bonito contra la comunión, y me habló en un tono inspirado
para probarme que todos los sacramentos eran todos de invención humana,
y que la palabra sacramento no se encuentra ni una sola vez en el Evangelio. «Perdona,
dijo, mi ignorancia, no te he dado ni la centésima parte de las pruebas
de mi religión; pero puedes encontrarlas en la exposición de
nuestra fe por Robert Barclay: es uno de los mejores libros que jamás
hayan salido de mano de los hombres. Nuestros enemigos concuerdan en que
es muy peligroso, lo que prueba cuán razonable es». Le prometí leer
ese libro y mi cuáquero me creyó ya convertido.
A continuación me explicó en pocas palabras algunas singularidades
que exponen esta secta al desprecio de los otros. «Confiesa —dijo— que
has tenido dificultad en no reírte cuando he respondido a todas tus cortesías
con el sombrero en la cabeza y tuteándote; sin embargo, me pareces demasiado
instruido para ignorar que en el tiempo de Cristo ninguna nación caía
en el ridículo de substituir el singular por el plural. Decían
a César Augusto: te amo, te ruego, te agradezco; ni siquiera soportaba
que se le llamase Señor, Dominus. Sólo mucho después de él
los hombres comenzaron a hacerse llamar vos en lugar de tú, como si fuesen
dobles, y a usurpar los títulos impertinentes de Grandeza, de Eminencia,
de Santidad, que unos gusanos dan a otros gusanos, asegurándoles que son,
con un profundo respeto y una falsedad infame, sus muy humildes y obedientes
servidores. Para salvaguardarnos de ese indigno comercio de mentiras y de halagos,
tuteamos igualmente a los reyes y a los zapateros, no saludamos a nadie y no
tenemos por los hombres más que caridad y respeto sólo por las
leyes.»
«Llevamos también un traje un poco diferente al de los otros hombres,
a fin de que sea para nosotros una advertencia continua de que no debemos parecernos
a ellos. Los otros llevan las marcas de sus dignidades, y nosotros, las de la
humildad cristiana; huimos las reuniones de placer, los espectáculos,
el juego; pues seríamos muy de compadecer si llenásemos con esas
bagatelas los corazones que Dios debe habitar; nunca hacemos juramentos, ni siquiera
ante la justicia; pensamos que el nombre del Altísimo no debe prostituirse
en las disputas miserables de los hombres.
Cuando es preciso que comparezcamos ante los magistrados para los asuntos
de los otros (pues nosotros nunca tenemos procesos), afirmamos la verdad con
un sí o un no, y los jueces nos creen simplemente bajo palabra, mientras
que tantos cristianos perjuran sobre el Evangelio. Nunca vamos a la guerra; no
es que temamos a la muerte, por el contrario, bendecimos el momento que nos une
al Ser de los seres; pero resulta que no somos ni lobos, ni tigres, ni dogos,
sino hombres, sino cristianos. Nuestro Señor, que nos ha ordenado amar
a nuestros enemigos y sufrir sin protestar, no quiere sin duda que crucemos el
mar para ir a degollar a nuestros hermanos, porque asesinos vestidos de rojo,
con un gorro de dos pies de alto, enrolan a los ciudadanos haciendo ruido con
dos palitos sobre una piel de asno bien tensa; y cuando, tras batallas ganadas
todo Londres brilla con iluminaciones, el cielo está inflamado de cohetes,
el aire resuena con el ruido de las acciones de gracias, de las campanas, de
los órganos, de los cañones, gemimos en silencio por estos crímenes
que causan la alegría pública».
He tomado este texto de una página en la que están en PDF escritos de Voltaire. Esta es la dirección: Cartas filosóficas
Platón: El mito de la caverna
[Se remite a este texto desde
Zhuang
zi. LIBRO 1. Capítulo 1]
Continúa Platón:
"Ahora imagínate que todo a lo largo del pequeño muro avanzan otros
hombres portadores de objetos de todas clases (figuras de hombres y de animales
de todas formas y especies, talladas en piedra y madera), objetos que sobresalen
de la altura del muro. Estos hombres desfilan, unos hablando entres sí,
los otros sin decir nada."
Antes de seguir, y para que el lector vea claramente la situación
que propone Platon, le ofrezco una interpretación gráfica de
la caverna y de la situación de los prisioneros.
Tras esta completa descripción, pregunta
Sócrates a Glaukón:
"¿Crees que tal cual están colocados podrán ver de sí mismos
y de sus compañeros otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego
en la parte de la caverna que da frente a ellos?"
Glaukón responde que no, pues están encadenados y ni siquiera
pueden girar la cabeza. Sigue preguntando Sócrates:
"¿Y no les ocurrirá otro tanto respecto a los objetos que tras
ellos desfilan?"
Glaukón, como suelen hacer los interlocutores
de Sócrates en los diálogos de Platón, se imita a responder
que sin duda así ha de suceder.
"Y entonces -continúa Platón-, de poder conversar entre sí, ¿no
te parece que al nombrar las sombras que ven creerían nombrar los propios
objetos reales?
"Así es", dice Glaukón.
"Luego, es indudable, concluye Sócrates, que para tales prisioneros la
realidad no podría ser cosa distinta de las sombras de los diversos objetos
citados".
Una vez convencido su interlocutor, Sócrates le pide que imagine
que un cautivo es liberado y puede ver a la luz del sol los objetos que proyectan
las sombras que ha visto durante sus cautiverio. Este hombre reaccionará sintiendo
dolor ante tanta luz y seguirá considerando más reales las sombras
que poblaron su vida anterior. Sólo poco a poco, acostumbrándose
a la luz progesivamente, y saliendo de la caverna, comprenderá que las
sombras no eran sino un reflejo del mundo real.
¿Y qué sucedería si este prisionero liberado volviese con
sus compañeros? Sería recibido con burlas y no se daría
crédito a sus palabras: "¿No dirían que por haber subido
a las alturas volvía con los ojos estropeados?"
[Platón, La república]