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El hombre que no fue (PDF)
El hombre que no fue (WORD)
Después de leer el cuento, quizá te interese leer un comentario en el weblog MonadoLOG que incluye una nota escrita en 1997:
Nota de 1997 a El hombre que no fue
EL HOMBRE QUE NO FUE
1982
Elson era un hombre cambiante, camaleónico, le gustaba adentrarse en ambientes desconocidos, descubrir ideas innovadoras, entablar relaciones con las gentes más dispares.
Cuando la última moda se imponía, él ya la había dejado atrás; insaciable, ambicioso en sus afectos, absorbía las personalidades más diversas de entre los que le rodeaban.
Aparentemente.
Su actitud era, en efecto, idéntica en cada circunstancia. Estaba allí donde algo nuevo sucedía, pero siempre asumía un papel pasivo, aceptando todo lo que le ofrecían, pero sin llegar nunca a empaparse de los conceptos ajenos (no hace falta decir que no poseía conceptos propios).
Viajó junto a jóvenes de cabellos largos y vestiduras multicolores, la postpsicodelia aún no muerta dos décadas después; escuchó atentamente las conversaciones de sesudos intelectuales poco dados a utilizar la inteligencia; caminó por calles oscuras rodeado de seres violentos y sin embargo infinitamente desvalidos; comprendió durante apenas unos instantes las locas lucubraciones y desvaríos de fanáticos poetas mal vestidos; contempló las interminables borracheras de artistas solitarios en los clubs del momento; habló, incluso, con personas inteligentes que intentaron hacerle comprender el porqué de sus actitudes; descubrió la extrema sencillez de los vagabundos de la ciudad; no durmió noches enteras siguiendo fielmente a los noctámbulos de ocasión…
Pongamos puntos suspensivos. Mas adelante continuaremos la relación de seres, entes, mujeres, hombres y espectros que conoció.
Antes hemos de mencionar un detalle que para algunos lectores puede resultar bastante revelador: Elson no tenía familia conocida, nadie sabía si poseía casa y… nunca tuvo dinero.
Esto último me hace pensar (modestamente desde la distancia) que quizá Elson nunca existió: podría haber sido tan sólo otro Enoch Soames de cuya figura ficticia yo he sido el único destinatario.
Mi teoría se apoya en el hecho de que Elson entraba libremente en cualquier lugar, sin que nadie (porteros, recepcionistas, anfitriones) reparará en él. Pero prosigamos.
Entre las actividades de nuestro personaje, el amor (o el sexo) ocupaba un lugar de preferencia. Cuentan que pasó noches y días junto a mujeres de bello cuerpo y pérfido rostro (quizá el cronista era algo misógino), que gozó de los placeres importados de Oriente por los ejecutivos de Occidente, y que no hacía distinción ni reparo entre sus partenaires en cuanto edad, estado social, sexo o identidad.
Todas las personas que conocieron a Elson coinciden en lo mediocre de su personalidad. Quizás inducido por esta opinión, o tal vez convencido de que, en efecto, nunca existió, me he impuesto escribir un relato breve y conciso, esclarecedor pero no apologético, sincero y por tanto intranscendente, sin juicios morales y sin conclusiones eruditas… Recrear sin más, en estas líneas, la figura de un hombre al que conocí (creo, pero no diré de qué modo) y al que me veo en la obligación de rendir un modesto homenaje- reciclaje.
Podría detenerme unos instantes y reflexionar largamente acerca de todo lo que Elson descubrió, contempló y vivió; detallar los cientos de ambientes en que se desenvolvió su existencia y los infinitos caracteres de aquellos con los que se relacionó. Mas no es esa mi intención.
Proseguiré, pues, con la descripción, leve y sin entrar en superfluas profundizaciones, de los tipos, modos y maneras exhibidos por los diversos especímenes humanos que atrajeron la atención de Elson. (Si el lector conoce alguno no citado, puede añadirlo libremente al texto. No soy el primero que propone tal cosa).
Conoció Elson a atletas y a forofos de la cultura física; a deportistas célebres y a gimnastas de salón; a políticos triunfadores y a eternos perdedores; a seres mudables, en ocasiones mutantes, de reacciones lógicas y carentes de sentimientos humanos; a mujeres dominantes y a mujeres dominadas; a psicólogos de las mil ramas del florecido árbol mental; a jovencitos y a jovencitas de ardientes pasiones, aún carentes de prejuicios bobos; a excelentes compositores y a músicos callejeros; a vendedores ambulantes y a flamantes ejecutivos de grandes empresas y monopolios; a sectarios de Krishna y a adoradores de Cristo y Buda; a megalómanos y a barítonos; a filósofos y a dictadores, a escritores y a bohemios, a drogadictos y a pastores, a aspirantes al suicidio y a risueños muñecos, a entes informes y a seres uniformes, a conversadores terribles y a modestos, sencillos y solitarios integrados; a chulos y a putas, a proxenetas y a hetairas, a esclarecidos y a confundidos, a hijos de sus padres y padres de sus nietos, a taxistas y a camioneros, a esteticistas y a etiquetistas, a deístas y a dadaístas, a príncipes y a barrenderos, a exploradores de pelo cano y a aventureros de andar por casa, sentados en su silla eterna; a dignos y a consentidos, a revanchistas y a sometidos, a científicos y a niños de playa y monte, a embrutecidos y a refinados; a dandys y a monaguillos, a entendidos y a desatendidos, a pardillos del campo y a ratas de la ciudad, a pintorescos aparecidos y a modelistas de renombre, a políticos con sabañones y a cineastas polifacéticos, a maniquíes de cuero y chapa y a totalistas de franela y algodón, a nostálgicos y a futuristas, a intelectuales y a tangenciales, a naturalistas y a vegetativos, a libertarios y a secretarios, a marxistas insustanciales y a cristianos arrepentidos, a miopes y a sordomudos, a retrógados y a atragantados, a jóvenes prematuros y a viejos reciclados… ¿Demasiado extenso? Desde luego, pero resultaba necesario antes de dar por terminado el relato. Queda por describir una personalidad-ente-forma-figura que no aparece en el catálogo, pero que todos conocemos o intuimos: Elson.
Sin embargo, es poco lo que se puede decir de Elson, excepto que durante años había vivido las existencias de otros hombres y mujeres, olvidando su propia identidad, hasta que llegó un momento en el que sintió que todo a su alrededor se repetía. En cada nuevo gesto adivinaba el reflejo de otro gesto, en cada rostro descubría el rastro de otros rostros. Nada era distinto, tan sólo él había cambiado.
Es comprensible que la certeza que tenía Elson de que ya lo conocía todo fuese lo que le hizo volverse hacia sí mismo, hacia aquel hombre del espejo. De esta, su última aventura, su viaje final, nada podemos saber. El mundo de Elson comenzaba a construirse y, por ello, Elson debía desaparecer de la vida de los hombres. Tal vez entró en el universo de los espejos y se halló, realmente, frente a sí mismo.
Poco más puedo añadir, sólo sé que Elson no fue visto nunca más en aquella ciudad ni en ninguna otra. Desapareció para siempre el tenue recuerdo de su persona, de lo que había sido (si es que existió alguna vez).
La vida no se detuvo y el mundo continuó su eterno girar en torno al sol, las estrellas no interrumpieron su curso y las galaxias permanecieron estables en su ciclo inacabable.
Sin Elson.
Un breve ensayo que originalmente se llamaba Algunas nociones acerca de la acumulación kármica, pero que, afortunadamente, hoy se llama tan sólo Acerca del karma
Daniel Tubau promete unas notas al texto dentro de un mes.
Empezamos con este cuento acerca del pobre Jerome Perceval en el que yo, Baalberith, represento un papel sin duda fundamental, como no podía ser menos.

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Malvenidos a la página de Baalberit
Aquí, navegantes de las luminosas pantallas binarias, podréis encontrar sin duda diversos textos de este ser provisional y transitorio que me aloja y que yo voy encontrando en diferentes soportes silícicos, vegetales transfigurados o incluso sonoros. Algunos son de no hace mucho y otros de hace ya unos cuantos años, pero para mí el tiempo no significa nada. Todos ellos son del siglo XX, que es el único siglo que por ahora me ha cedido el cambiante autor de estos textos.
Escribí este artículo en 1991 para un concurso de la revista El Ciervo cuyo tema era “Dios”. No gané ningún premio.
Si lo quieres leer en Word: Lo uno y lo plural (DOC)
Si lo quieres leer en PDF: Lo uno y lo plural (PDF)
El panteísmo considera que todo es Dios. El ateísmo afirma que nada es Dios. Algunos pensarán que son dos maneras de decir lo mismo, pero implican comportamientos muy distintos.
Para el panteísta restan pocas dudas: si todo es Dios, todo es bueno. Para el ateo, las cosas no son tan sencillas.
Algunos, los fatalistas, piensan que todo es malo; otros, los escépticos, que hay cosas buenas y cosas malas, o que es absurdo decir que haya cosas buenas o malas. Los escépticos pirrónicos dirán que no saben qué responder. Son pocos los ateos optimistas.
Naturalmente, todo esto se refiere a la esencia de la realidad, no a cuestiones de moral o de actividad práctica. Luego se verá que es difícil hablar de lo uno sin hablar de lo otro.
Un arco tensado en exceso siempre se quiebra, a no ser que sea al mismo tiempo duro y flexible, que la tensión de sus extremos se vea compensada por la resistencia de su parte central. La parte central de este arco que tiene sus extremos en el ateísmo y el panteísmo está ocupada por diversos pluralismos. Uno de ellos es el dualismo que distingue entre Dios y el mundo. Otro, el trialismo, como las tres sustancias de David de Dinant (Dios, la materia y el alma), que finalmente serán una y la misma, y su trialismo, monismo.
Pero el pluralismo propiamente dicho distingue, no ya entre Dios y el hombre, sino en la noción de Dios mismo, multiplicándola en dioses (o Dioses, como decían los estoicos y Pániker).
En los últimos siglos occidentales se ha creído en uno de esos pluralismos o dualismos que conciben a Dios como espíritu, o más que espíritu, y al mundo como materia. El hombre es un ser híbrido, unalma espiritual encerrada en una estructura carnal, que puede, por el esfuerzo de su voluntad, descender hasta las bestias o elevarse hacia los ángeles, como dijera Pico de la Mirandola. Al menos esa era la concepción oficial. Si se ajustaba a la ortodoxia cristiana o no, es una cuestión no sólo difícil de resolver, sino más temporal que doctrinal: para Tertuliano, Dios mismo era material.
También existía el Dios de los filósofos. Spinoza proponía el panteísmo, anunciando, solitario, los tiempos presentes, pero casi todos los pensadores de su época preferían el deísmo. Hasta los librepensadores como John Toland eran deístas, a pesar de que suele decirse que el único Dios al que adoraban era la Razón.
El deísmo concibe un Dios que crea el mundo y luego lo abandona, manteniéndose apartado a la manera de los dioses epicúreos. El Dios de los deístas está tan alejado del mundo y del hombre, que uno se pregunta para qué le sirve ese Dios al hombre.
El Dios de los panteístas está tan cerca, que no se sabe para qué sirve el hombre.
En el siglo XIX, Chesterton buscó un pensamiento heterodoxo. Cuando le estaba dado los últimos toques, descubrió que lo que había hallado era la ortodoxia. Podemos considerar a Chesterton, pues, un representante de la ortodoxia cristiana, o católica, a pesar de que Bernard Shaw decía que la barca de la religión hacía aguas cuandoChesterton subía a ella, aludiendo a su peso y a su curiosa manera de defender el dogma. Volveremos a hablar de Chesterton más adelante, como abogado del dualismo.
Lo anterior puede hacer pensar que en los últimos siglos no había en Occidente nada parecido a lo que ahora llega de Oriente. No es así, por supuesto, y quien quiera seguir las enseñanzas del Oriente y al mismo tiempo ser cristiano, sólo tiene que leer a fondo a algunos de lo Santos Padres o a Escoto Erígena. Por otra parte, concibiendo la realidad a la manera de Spinoza y la relación con Dios al modo de Eckhart, uno puede aproximarse muchísimo a las doctrinas de la India. También se ha dicho en Occidente aquello de que Dios está en todas partes, lo que era motivo de continuas bromas en la escuela, pero pocos se tomaban esa afirmación tan en serio como los tantristas de Oriente, a no ser Goethe: “Mi pura, mi honda, mi experimentada idea que me enseñaba a ver a Dios en la Naturaleza y a la Naturaleza en Dios, hasta el punto de constituir esa idea la base de toda mi vida”.
En cualquier caso, el pensamiento oriental comenzó a ser conocido en Occidente desde que los ilustrados comenzaron a mirar más allá de los lindes europeos: Diderot nos habla de muchas filosofías y religiones no europeas, algunas asombrosas para el lector actual, que está mejor informado. Schopenhauer, un gran lector de los Upanisads, tenía en su habitación una estatua de Buda junto al busto de Kant. El injustamente olvidado Fritz Mauthner se consideraba a sí mismo escéptico y budista. A través suyo, tal vez, la influencia oriental llegó hasta Wittgenstein, quien es comparado por Gudmunsen con el mahayana (Russell es equiparado con el hinayana). Sin embargo, todas esas ideas orientales eran sólo planteamientos intelectuales que raramente llevaban a verdaderas transmutaciones religiosas. Eran proposiciones filosóficas, no contenidos de una vivencia religiosa.
El verdadero auge de las religiones orientales se inició en los años veinte y treinta, y culminó en los sesenta. Yo tengo un libro editado en 1949 que constata esta invasión, se llama La intoxicación oriental de Occidente (su autor incluye entre los orientales a los eslavos y a los germanos).
Pero si examinamos eso que llamamos, de un modo ofensivamente simplificador, religiones o filosofías orientales, vemos que lo que realmente ha prosperado en Occidente ha sido el panteísmo monista, con el que muchos, muy precipitadamente, identifican todo el pensamiento oriental. De las seis darsanas ortodoxas hindúes, las únicas que realmente han penetrado en Occidente han sido el yoga y el vedanta. Del budismo, versiones mahayana y el zen japonés. De China, el taoísmo. Del Japón, que hoy inunda Occidente con el zen, el bushido, el sumo, los ninjas, los haikus y las tankas, los samurais y su maravillosa cocina, ha llegado también, y sigue llegando, aquello que Okakura llamaba teísmo (de té, no de Dios): las costumbres, los ritos, la atención hacia lo pequeño, hacia aquello que para los occidentales son sólo detalles. Por último, el tantrismo.
Volvamos al origen de este artículo. Desde el punto de vista de la relación entre el hombre y Dios, podemos hablar de Dios, de los dioses (o los Dioses) y de lo Divino. El monismo habla de lo Divino, el Tao, la Naturaleza, lo Ello, el Todo, lo Brahmán o lo Absoluto. El dualismo, del hombre y de Dios, o del mundo y Dios. El pluralismo, de los hombres y los dioses.
Los pluralistas, desde que el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, han sido llamados paganos en Occidente,y actualmente en casi todas partes. Pero hoy apenas quedan paganos, a pesar de los millones de dioses hindúes y de los millares de vírgenes del cristianismo. Claro que en este artículo, hablo de los hombres preocupados por comprender lo que creen, por supuesto; eso que suele llamarse el pueblo siempre ha sido bastante pagano, cosa que comprendió el mahayana al aceptar a todos los dioses y a cualquier Dios. Pero ahora la lucha doctrinaria parece tener lugar entre las religiones del Libro y las religiones orientales.
Como yo estoy al margen, voy a defender a los cristianos, es decir, a los monoteístas dualistas.
Los partidarios del pensamiento oriental dicen que el Dios del cristianismo -y el de los hebreos y los musulmanes- refleja una creencia egoísta e infantil. Egoísta porque el creyente ruega a Dios que le ayude, le sostenga o le evite caer en la tentación, que le salve. Infantil porque cree que Dios le escucha. A ello se une el creer que Dios premia y castiga, como un padre terrible que aplicase los métodos pedagógicos de Bruno Bettelheim. Decía Sri Ramakrishna que cuando leyó los libros cristianos sólo encontró lamentos acerca del pecado.
Zimmer nos explica que el Dios de la Bhagavad Gita, está mas allá del bien y del mal, pero que el Dios colérico del Antiguo Testamento y el compasivo que se autosacrifica del Nuevo Testamento no nos dicen nada de la naturaleza de la realidad, sino tan sólo de la del devoto.
La ciencia parece también aliarse con Oriente, no sólo a través de las interpretaciones de la física cuántica de David Bhom, del ‘vedantismo’ de Schrodinger o del Tao de la Física, sino también con los hologramas: un fragmento de holograma conserva toda la información del holograma entero, como las mónadas leibnicianas que Chami anticipara: “los átomos, todos cuantos constituyen el universo, vinieron a ser otros tantos espejos, cada uno de los cuales reflejó un aspecto del eterno esplendor”. He aquí en cada individualidad reflejada la totalidad, lo Uno en lo plural.
Todo esto es muy razonable. El problema es si un creyente necesita ser tan razonable. Creo porque es absurdo, decía Tertuliano. Si no fuese absurdo, no se necesitaría el auxilio de la fe, y si se tiene la fe, la razón resulta innecesaria. Habría que ver, sin embargo, si el que la esencia de la realidad sea de una u otra manera tiene verdadera importancia desde el punto de vista práctico del creyente.
El cristianismo tiene un ejemplo excelso de la diferencia que existe entre fundirse con Dios y fundirse en Dios: Francisco de Asís. El poverello ama verdaderamente a Dios, no a sí mismo. Ama a otro, como aman los amantes. Y ama al mundo, a todas las criaturas, a los animales y a los árboles, al hermano Sol y a la hermana Luna, a los leprosos y a los asesinos, pero los ama porque ama a Dios, no porque sean Dios. El verdadero amante ama de la misma manera: la prueba es que si pierde al objeto de su amor deja de amar al mundo. “Podéis decir, decía Chesterton, que Francisco era un lunático, amante de una persona imaginaria; pero se trataba de una persona imaginaria, no de una idea imaginaria.”
La doctrina del Atman-Brahman (Yo-Todo en Imperfecta traducción), ejemplificada en la expresión Tat tvam asi (Tú eres Eso), puede ser muy estimulante desde el punto de vista intelectual, pero desde el punto de vista amoroso es puro egocentrismo. Para Francisco, el mundo es obra de Dios, pero no es Dios. El propio, Francisco, incluso cuando más se acerca a Dios, sigue siendo el poverello. Francisco no quiere ser Dios, quiere amar a Dios, invirtiendo los términos del orientalismo que afirma que sólo se puede ser Dios, pero no conocer a Dios.
Mahoma dice: “El Ihsán consiste en que adores a Dios como si Lo vieses, y si no Lo ves, Él, sin embargo, te ve”. Pero, ante muchas de las ideas orientales de la divinidad, incluido el sufismo musulmán, uno no se pregunta por la imagen de Dios en el hombre, sino por la imagen del hombre en Dios.
Antes hablábamos de Leibniz, asociándolo a las ideas monistas, pero Leibniz pensaba que no había comunicación entre las mónadas (“las mónadas no tienen ventanas”) y que había algo más allá de las monadas, algo que unificaba las infinitas perspectivas de todas ellas. Y ese algo, como el Dios de Francisco, no es ni las mónadas, ni la suma de las monadas, aunque sí su creador. En ese Dios, pero sólo en él, desaparece la antítesis entre sujeto y objeto, entre el proceso del conocer y el objeto del conocimiento.
Martin Gardner se considera a sí mismo teísta (de Dios, no de té) o fideísta. Los teístas consideran que los deístas, al negar todo carácter personal a Dios, son panteístas, y que un panteísta es casi indistinguible de un ateo (el arco se ha tensado tanto, que es un círculo). El fideísta o teísta busca el diálogo con Dios, no el monólogo consigo mismo.
Gardner admite que en su teísmo sólo le mueven motivos emocionales (“no ‘hay otros”) y que necesita, como Francisco de Asís, un Dios al que uno pueda rezar y que ofrezca una esperanza de inmortalidad. Un Dios, dice, que sea “enteramente otro, aunque impregne cada aspecto del universo”.
Robert Graves amaba con la misma intensidad a la Diosa Blanca. En la India, Sri Ramakrishna, que conoció a Dios en todas sus manifestaciones, también prefería hablar de la Diosa, a la que amaba como Francisco al Dios de los cristianos. Tal vez no sea casual que Ramakrishna considerase a Jesucristo una encarnación del Amor.
Pero el Dios del monismo panteísta no puede ser amado de la misma manera. Los tirtankara de los jaina están mas allá del acaecer cósmico y ni escuchan ni ayudan a los fieles. También en Occidente Newton fue influido por la identificación de Henry More entre Dios y vacío: ambos son inextensos, inmateriales, inmutables y muchas cosas mas. Para un fideísta ha de resultar muy difícil rezar y amar a un Dios que es tan sordo como el espacio vacío.
Termino con una frase del Corán, y que cada cual la interprete a su manera. Es Dios quien habla:
“Yo era un tesoro escondido y quise ser conocido, entonces creé el mundo”.