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COSAS QUE HE APRENDIDO DE...

Aristipo y los cirenaicos

Buda y el budismo

Jesucristo y los cristianos

Los estoicos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ARISTIPO y los cirenaicos


En la película de Almodóvar La mala educación, dos niños
que se han masturbado uno al otro en el cine hablan por la
noche y uno dice que se arrepiente porque han cometido un pecado y Dios les va a castigar. Pero el otro le responde que él no cree en Dios y no es cristiano.
_¿Entonces, ¿qué eres?
_Hedonista
_¿Y eso qué es?
_Los que se lo pasan bien. Lo he visto en la enciclopedia.

Yo también soy hedonista.
El hedonismo, la búsqueda del placer como idea filosófica, se refiere a dos escuelas principales: la epicúrea y la cireanica.

Siempre me gustó Epicuro y los epicúreos, aunque también me gustaron y me gustan sus principales rivales (al menos en la época romana): los estoicos.

Ya dije en Cosas que he aprendido de… los estoicos, que Séneca me enseñó a apreciar a las dos escuelas, la estoica y la epicúrea y no verme obligado a elegir entre ellas. Séneca es quizá uno de los primeros pensadores que se opone al pensamiento alternante, a la idea de que tenemos que unirnos a un bando o a otro: Beatles o Stones, románticos o modernos, modernos o clásicos, clásicos o barrocos, barrocos o góticos, estoicos o epicúreos, etcétera.

Pero, a pesar de las muchas coincidencias, algunas cosas del hedonista Epicuro no me gustaban de todo: me parecía que su escuela tenía un cierto aire de secta y que él a veces se parecía demasiado a un profeta. Tampoco me gustaba la manera despectiva en la que se refería a los otros filósofos.

Nunca me han gustado este tipo de actitudes: ni las de los profetas e iluminados, ni las de los acólitos, y siempre me ha molestado el sentimiento de élite, de
pertenecer a una casta especial.

Es posible que esté siendo injusto ahora, puesto que de Epicuro se conservan muy pocas cosas, gran parte de ellas textos procedentes de sus enemigos, y él es en muchos aspectos maravilloso.

En cualquier caso, además de la escuela epicúrea, había en Grecia otra escuela hedonista, es decir, otra filosofía que consideraba que el placer era lo mejor que se podía buscar en esta vida: la escuela cirenaica.

La escuela cirenaica es anterior a la epicúrea y, según las malas lenguas, el propio Epicuro tomó gran parte de sus ideas de ella a través de su maestro cirenaico Anniceris.

Yo tengo acerca de este asunto una teoría que me es imposible demostrar: que tanto los cirenaicos como los epicúreos deben mucho a Demócrito, que es el filósofo atomista más famoso y mi pensador favorito entre los griegos (Epicuro también estudió con un atomista: Nausifanes, del que también se burló después).

El fundador de la escuela cireanica fue Aristipo, por quien siento desde que oí hablar de él una gran simpatía, aunque nunca hasta hace poco había podido leer una antología de sus fragmentos.

Aristipo no ha tenido suerte, y ni siquiera ha recibido la atención que, al menos en las últimas décadas, ha permitido que se recupere a Epicuro.

El placer sin esfuerzo

De Aristipo, antes de leer sus fragmentos, me gustaba que parecía disfrutar realmente de la vida, sin que se percibiera en él un esfuerzo fatigoso por alcanzar el placer; que no hacía caso de los prejuicios, pero que no convertía esa lucha con los prejuicios en una manera de llamar la atención o causar escándalo, a la manera de los cínicos, por ejemplo. Ello no quiere decir que no causara escándalo: lo causaba. Pero, por su reacción ante las críticas, se percibe que hacía las cosas porque le apetecía hacerlas y pensaba que eran justas, correctas o razonables, no por la repercusión que pudieran tener.

El cínico Diógenes entraba en el teatro cuando todos salían. Cuando le preguntaban por qué lo hacía, respondía que porque así se comportaba siempre en la vida: a contracorriente.

Parece razonable pensar que tomarse el trabajo de chocar con toda la gente que sale del teatro sólo se puede hacer si uno tiene un gran deseo de publicidad y muchas ganas de que te pregunten: “¿Por qué haces eso Diógenes?”

Aristipo frecuentaba a las hetairas (prostitutas) y no lo hacía a escondidas: incluso vivió con una de ellas de manera pública. En su caso, parece que no las visitaba para que le preguntaran por qué lo hacía, sino por razones sin duda coherentes con su filosofía del placer y fáciles de imaginar. Pero también le preguntaron, como a Diógenes, por qué hacía una cosa tan poco recomendable, e incluso se lo reprocharon.
_¿Por qué Aristipo, pagas a la cortesana Lais? No te das cuenta de que esa mujer entrega su cuerpo al cínico Diógenes sin pedir nada a cambio?

Aristipo respondió: “Es que yo no la pago para que no se acueste con Diógenes, sino para que se acueste conmigo?

Creo que esta es una respuesta tan ingeniosa como razonable, que me recuerda a Oscar Wilde, pues Aristipo a menudo recuerda a Wilde: sus ideas tienen el difícil mérito de ser al mismo tiempo llamativas y razonables.

Fragmentos cirenaicos

En estos días he experimentado el placer multiplicado de leer por fin una antología de fragmentos cirenaicos. Es una edición preparada por Eduardo Acosta Méndez y publicada por el Círculo de Lectores. Llevo varios años persiguiendo este libro, pues sólo se podía adquirir comprando un lote completo de filosofía. Al fin, lo he leído en la Biblioteca. La lectura de estos fragmentos me ha confirmado que Aristipo es el filósofo que me resulta más simpático de la Antigüedad y al que me siento quizá más cercano (tal vez con excepción de Demócrito).

Aristipo es certero y divertido. Ya he dicho que me recuerda a Oscar Wilde, pero también a Groucho Marx. Con Wilde y Groucho compartía también, al parecer, la elegancia: el propio Platón, uno de sus mayores enemigos, dijo que era la única persona que podía llevar con la misma elegancia la clámide o los harapos.

Aristipo nació en Cirene, pero, cuando oyó hablar de Sócrates viajó a Atenas para conocerlo. Fue quizá su discípulo más amado, pero también era célebre porque no aceptaba sin más las opiniones de Sócrates, sino que las discutía siempre que no estaba de acuerdo.

De Aristipo aprendí también quizá que uno ha de ser “extranjero en todas partes”, aunque creo que eso también lo decía Demócrito, y posiblemente también Epicuro. Extranjero es todas partes es casi lo mismo que cosmopolita o ciudadano del cosmos, pero tiene un matiz que me hace más atractiva la idea cireanica: extranjero en todas partes elimina cualquier idea de posesión y además el extranjero es quien más disfruta de los lugares. Por eso titulé uno de mis weblogs Turista en Madrid: ser un turista en tu propia ciudad es disfrutar realmente de ella.

Ya he dicho antes que a Aristipo le reprochaban vivir públicamente con prostitutas y estar entregado al placer, pero él respondía: “Poseo el placer, pero no soy poseído por él”.

Este manera de disfrutar el placer me gusta. También Epicuro decía que si un placer te causa después displacer quizá debas renunciar a él. En Francia se llegó por este camino al cálculo de los placeres, que es una de las mejores ideas que conozco.

La medida y el cálculo de los placeres no te aleja de los placeres, ni los hace mecánicos o fríos, sino todo lo contrario: te permite disfrutarlos más, y más veces. En la película de Almodóvar, el hedonista protagonista no sabe seguir este consejo de Aristipo, de Epicuro y de algunos pensadores franceses, y lo pasa bastante mal.

Otra anécdota relacionada con su afición a las hetairas dice que iba caminando Aristipo con un discípulo y entró en un prostíbulo. El discípulo le miró avergonzado y confuso y Aristipo le dijo: “Lo malo no es entrar aquí, sino no ser capaz de salir”.

También he aprendido de Aristipo que se puede disfrutar tanto del lujo como de la carencia de él.

Los estoicos, por ejemplo, decían: Omnia meum mecum porto: todo lo que es mío lo llevo conmigo.

Eso es cierto, pero ello no implica que uno haya de privarse de todo. Al parecer, a Aristipo le gustaba el lujo, pero cuando no lo tuvo también disfrutó, hasta el punto de que el propio cínico Diógenes dijo de él que era “un perro real”, un verdadero cínico. Y creo que Diógenes, seguramente tenía razón. Por cierto, a mí me gustan muchas cosas de los cínicos, y coincido con ellos en muchísimas cosas, excepto en su afición al espectáculo, en su sentido de élite y en su desprecio a los que no piensan como ellos. Pero, sin embargo, me considero un verdadero perro también al igual que me he considerado siempre un hippie secreto, y quizá más que los hippies que se distinguen a simple vista. No es este lugar para explicar una cosa que quizá a alguno le resulte inexplicable.

En los fragmentos de Aristipo he descubierto otra coincidencia curiosa: tomó como modelo de vida a Ulises. Ulises (Odiseo) es uno de mis personajes favoritos mitológicos, aunque no tanto como lo es Dédalo, quien quizá era incluso más adecuado como modelo para el propio Aristipo.

De Aristipo también me gustaba un rasgo que le emparentaba con los sofistas y que le ha valido muchos reproches: cobraba por sus lecciones.

Sócrates no cobraba por sus lecciones y tampoco lo hacía Platón. De él y de otros como él, de muchos de los sofistas que cobraban por sus lecciones, he aprendido a desconfiar de los puros que lo dan todo gratis. En primer lugar porque a menudo sólo es posible dar gratis si no te falta nada: Aristipo mismo decía que Sócrates no necesitaba cobrar a nadie porque era alimentado y cuidado por media Atenas. Por supuesto, no estoy en contra de dar sin pedir nada a cambio, casi al contrario, pero desconfío cuando se hace ostentación de ello, así que no diré más.

Cuando a Aristipo le reprochaban vivir a expensas del tirano Dionisio, él que había sido discípulo de Sócrates, Aristipo respondía:

“Cuando tuve necesidad de filosofía, fui con Socrates, pero ahora lo que necesito es dinero”.

Como se ve, es difícil convertir a Aristipo en un santo o en un profeta y esa es quizás su mayor virtud. A pesar de esa necesidad de dinero, Aristipo no era un adulador perpetuo del tirano Dionisio, como quizá sí lo era el menos necesitado Platón.

En una ocasión, Aristipo se echó a los pies del tirano para ayudar a un amigo. Le reprocharon que lo hiciera y Aristipo respondió: “Yo no tengo la culpa de que Dionisio tenga las orejas en los pies”.

Me gusta este sentido del humor constante, pues creo que tiene razón Albino Luciani (que fue el breve Papa Juan Pablo I) cuando dice que la bondad y el buen humor van unidos. No sé si es el buen humor el que va asociado a la bondad o la bondad al buen humor, pero se puede observar que casi todos los tiranos son ariscos y gruñones y que los reformadores encendidos también suelen serlo.

También me gusta de Aristipo la manera en la que veía la amistad: no como una obligación o un deber, sino como un placer y una elección. Esta es una idea que me parece elemental, pero que casi nadie parece admitir. Aristipo, en una ocasión en que unos amigos estaban desconsolados, les dijo: “No vengo aquí a compartir vuestra pena, sino para acabar con ella”.

Y quizá lo que más me gustó de Aristipo desde el principio fue que educó a su hija Arete y que ella le sucedió al frente de la escuela cirenaica.